domingo, 2 de octubre de 2011

Primera Parte, Capitulo Ocho

—Aquí tienes la pala —dijo el hombre que se ocupaba de los elefantes. —Ahí está la carretilla. Y ahí el camión con el estiércol.
Digger, que era quien se encargaba de los animales de Neeco Martin, el domador, le dio una pala y se alejó cojeando. Era un hombre mayor que padecía artritis; tenía el rostro arrugado y los labios hundidos por la falta de dientes. Digger era ahora el jefe de Rocío.
Rocío miró la pala. Ése era su castigo. Se había imaginado que Gastón la mantendría confinada en la caravana, que utilizaría aquel lugar como una celda ambulante, pero debería haber sabido que él no se conformaría con algo tan sencillo.
La noche anterior Rocío había llorado en el sofá hasta quedarse dormida. No tenía ni idea de si Gastón había dormido en la caravana ni de si había regresado. Por lo que ella sabía, hasta podía haber pasado la noche en compañía de una de las showgirls. La invadió la tristeza. Gastón apenas le había hablado esa mañana salvo para decirle que tendría que trabajar para Digger y que no debía abandonar el recinto sin su permiso.
Desvió la mirada desde la pala que sostenía en la mano al interior del camión. Los elefantes ya habían bajado del remolque a través de unas anchas puertas correderas situadas en el centro de éste, justo encima de la rampa. A Rocío se le puso un nudo en el estómago y una oleada de intranquilidad hizo que le subiera la bilis a la garganta. Había mucho estiércol. Muchísimo. En algunas partes la paja estaba casi limpia. En otras había sido aplastada por las gigantescas patas de los elefantes.
Y aquel olor...
Rocío volvió la cabeza y aspiró aire fresco. Su marido creía que era una ladrona y una mentirosa y, como castigo, la obligaba a trabajar con los elefantes a pesar de que ella le había dicho que los animales le daban miedo. Volvió a mirar hacia dentro del camión.
Adiós a su modelito de Mary McFadden.
Rocío se sintió derrotada y, justo en ese momento, supo que había fallado. No podría hacerlo. Otras personas parecían tener una fortaleza a la que recurrir en tiempos de crisis, pero Rocío no. Era débil y no hacía nada a derechas. Todo lo que su padre y Gastón habían dicho de ella era verdad. Sólo servía para charlar en las fiestas y eso no le valía de nada en este mundo. Con el sol cayendo a plomo sobre su cabeza, rebuscó en su interior, pero no encontró ni un ápice de coraje. Se dio por vencida. Tiró la pala sobre la rampa.
—¿Ya te has dado por vencida?
Rocío bajó la mirada. Gastón estaba al pie de la rampa. Ella asintió lentamente con la cabeza.
Él le sostuvo la mirada con las manos apoyadas en las caderas cubiertas por unos vaqueros descoloridos. —Los hombres han hecho apuestas sobre si harías o no el trabajo.
—¿Y qué has apostado? —La voz de Rocío apenas era un susurro y a él le sonó como un graznido.
—No estás preparada para agarrar mierda, cara de ángel. Cualquiera puede verlo. Pero, y sólo para que conste en acta, no he apostado nada.
No era por lealtad hacia ella, de eso estaba segura, lo habría hecho para mantener su reputación como jefe. Lo miró con una distante curiosidad.
—Has sabido todo el tiempo que no podría hacerlo, ¿verdad?
—Sí, lo sabía —dijo Gastón, asintiendo lentamente con la cabeza.
—Entonces, ¿por qué me has hecho pasar por esto?
—Eras vos la que tenía que entender que no podías soportarlo. Pero has tardado demasiado tiempo en darle cuenta, Rocío. Intenté decirle a Bartolome que no ibas a sobrevivir aquí más que una bola de nieve en el infierno, pero no quiso escucharme. —La voz de Gastón se volvió casi suave y, por alguna razón desconocida, a ella le molestó más aquello que el anterior desprecio de su marido. —Vuelve a la caravana, Rocío, y cámbiate de ropa. Te pagaré un billete de avión.
«¿Adonde iré?», se preguntó. No tenía ningún lugar al que ir. Oyó el rugido de Sinjun y miró hacia su jaula, pero el camión del agua le bloqueaba la vista.
—Te daré dinero para que puedas mantenerte hasta que encuentres trabajo.
—Eso es lo que te pedí en la limusina y no aceptaste. ¿Por qué lo haces ahora?
—Le prometí a tu padre que te daría una oportunidad. He mantenido mi palabra.
Dicho lo cual, él se dio la vuelta para dirigirse a la caravana, seguro de que ella lo seguiría. Esa arrogante seguridad atravesó el dolor de Rocío y lo transformó en un ramalazo de ira, tan extraña en su tranquila naturaleza que la joven apenas reconoció lo que era. Él estaba tan convencido de su derrota que ni siquiera dudaba del hecho de que fuera a rendirse.
«¿Iba a rendirse?»
Miró a la pala tirada sobre la rampa. Tenía abono seco pegado al mango y a la paleta, lo que atraía a un enjambre de moscas. Mientras la miraba, se dio cuenta de que esa pala, sucia, era como todas las malas decisiones que había tomado en su vida.
Con un sollozo entrecortado la agarró con rapidez y se metió dentro del remolque. Contuvo la respiración y deslizó la pala bajo el montón de paja más próximo, agarró una paletada y con brazos temblorosos la llevó hasta la carretilla. Los pulmones le ardieron por el esfuerzo. Aspiró aire fresco y casi se atragantó con aquel pestilente olor. Sin darse tiempo para pensar, fue por el siguiente montón y luego por el siguiente. Comenzaron a dolerle los brazos, pero no se detuvo.
Las botas de Gastón resonaron pesadamente en la rampa.
—Para Rocío y salí de ahí ya. Ella tragó saliva intentando desatascar el nudo de su garganta.
—Andate.
—No podrás sobrevivir acá. Tu obstinación sólo pospondrá lo inevitable.
—Es posible que tengas razón. —Perdió la batalla por contener las lágrimas y éstas se le deslizaron por las mejillas. Sorbió por la nariz, pero no dejó de trabajar.
—Lo único que estás consiguiendo con esto es convencerme de lo tonta que eres.
—No estoy intentando convencerte de nada y, francamente, ya no quiero hablar más. —Con un trémulo sollozo, levantó otro pesado montón y, sin apenas fuerzas, consiguió llevarlo hasta la carretilla.
—¿Estás llorando?
— Andate.
Él entró y se puso delante de ella.
—Sí, estás llorando.
—Perdona, pero me estás interrumpiendo —dijo Rocío con voz estremecida.
Él trató de quitarle la pala, pero ella la apartó a un lado antes de que pudiera agarrarla. Un arranque de cólera alimentado por la adrenalina le dio la fuerza suficiente para deslizar la pala bajo otro montón de paja y amenazar con arrojárselo.
—¡ Andate! ¡Lo digo en serio, Gastón! Si no me dejas en paz te lo echaré encima.
—No te atreverás.
A Rocío le temblaban los brazos y las lágrimas le caían desde la barbilla a la camiseta, pero sostuvo la mirada de Gastón sin rendirse.
—No deberías desafiar a alguien que no tiene nada que perder.
Gastón se quedó inmóvil por un momento. Luego meneó lentamente la cabeza y retrocedió.
—De acuerdo, pero sólo lo estás haciendo más difícil.
La joven tardó dos horas en limpiar el remolque. Bajar la pesada carretilla por la rampa fue lo más difícil. Se le volcó la primera vez que lo intentó y tuvo que meter todo de nuevo. Había seguido llorando todo el tiempo, pero no se detuvo. De vez en cuando levantaba la cabeza y veía a Gastón, que la observaba con esos ojos verdes, pero lo ignoró. Los hombros y los brazos le dolían demasiado, pero apretó los dientes y se obligó a seguir.
Cuando terminó de limpiar con la manguera el interior del camión, la camiseta y los vaqueros que Gastón le había comprado dos días antes estaban cubiertos por una capa de porquería que parecía formar parte de ellos. Tenía el pelo alborotado alrededor de la cara y se le habían roto las uñas. Examinó el trabajo intentando sentir orgullo por lo bien que lo había hecho, pero lo único que sintió fue un cansancio mortal.
Se apoyó en la puerta del camión. Desde aquella ventajosa posición, en lo alto de la rampa, podía ver a los elefantes encadenados cerca de la carretera para anunciar que el circo estaba allí.
—Baje, señorita —dijo Digger. —El día no ha terminado todavía.
Rocío bajó por la pendiente cojeando sin apartar la vista de los elefantitos que estaban, sin atar, a unos quince metros.
Digger los llamó por señas.
—Hay que llevarlos a remojar. Use esto para empujarlos, cláveselo en los costados. —Le señaló un palo de casi dos metros con un pincho en el extremo, luego se acercó a los pequeños elefantes (que debían de pesar cerca de una tonelada cada uno). Combinando las órdenes y la voz con unos ligeros golpecitos del pincho, Digger los hizo ponerse en movimiento hacia un tanque lleno de agua. Rocío se mantuvo tan alejada de ellos como le fue posible, con el corazón latiéndole con fuerza por el miedo.
El hombre volvió la mirada hacia ella.
—Así es como debe hacerlo.
Rocío se acercó poco a poco, diciéndose a sí misma que, a pesar de su tamaño, aquellas bestias eran sólo unos bebés. Al menos no eran unos desagradables perritos.
Observó que algunos bebían directamente de la artesa, mientras que otros aspiraban el agua con la trompa y luego se la llevaban a la boca. Digger notó que ella se mantenía apartada.
—No le darán miedo, ¿verdad, señorita?
—Por favor, tutéame.
—No debes dejar nunca que los animales perciban tu miedo.
—Eso me ha dicho todo el mundo.
—Tienes que demostrarles quién es el jefe. Enseñarles que eres tú la que manda.
Él golpeó a uno de los animales, haciendo que se echara a un lado para que pudieran pasar los demás. Desde lo alto de las gradas, durante el espectáculo, Rocío había encontrado preciosos a los elefantitos, con esas orejas blanditas, aquellos encantadores rabitos y las expresiones solemnes, pero ahora le daban muchísimo miedo.
Rocío había visto cómo manejaba Neeco Martin a los adultos (los machos, se recordó a sí misma, aunque hubiera jurado que todas eran hembras). Hizo una mueca cuando Digger golpeó con fuerza a uno de ellos. Puede que ella no fuera amante de los animales, pero al ver aquello se revolvió por dentro. Los elefantes no habían nacido para vivir en un circo y nadie debería tratarlos tan brutalmente por no seguir las reglas de los hombres, en especial cuando dichas reglas iban contra sus instintos.
—Tengo que ayudar a Neeco a pasear a los elefantes —dijo Digger. —Encárgate de llevar a los elefantitos hasta la estaca. Iré dentro de unos minutos para ayudarte a atarlos.
—¡Oh, no! No, no creo que... —Aquel de allí es Puddin. Ése es Tater. El del fondo es Pebbies y este de aquí es Bam Bam, lo llamamos Bam para abreviar. Dale ahora a Pebbies con el pincho. Tienes que enseñarle modales. —Le ofreció el pincho a Rocío y se alejó.

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