Rocío miró con consternación aquella arma del diablo. Bam abrió la boca, Rocío no supo si lo hacía para bostezar o para pegarle un bocado, y se echó hacia atrás. Dos de los elefantes metieron la trompa en el abrevadero.
«Ahora sí que me voy a rendir», pensó ella. Había conseguido limpiar el camión, pero no lograría acercarse a los elefantes. Había alcanzado su límite.
A lo lejos vio a Gastón observándola, vigilándola como un buitre acecha a su presa antes de saltar sobre ella.
Ella se estremeció y dio un paso indeciso hacia los elefantitos.
—Eh... vengan, amiguitos. —Temblorosamente señaló la estaca con el pincho.
Bam (o quizá fuera Pebbies) levantó la cabeza y le lanzó una mirada de desdén.
Ella se acercó con inquietud.
—Por favor, no me des más problemas. Ha sido un día terrible.
Tater levantó la trompa de la artesa y giró la cabeza hacia ella. A continuación Rocío recibió un chorro de agua fría en la cara.
—¡Aaah! —Gritó dando un salto atrás.
Tater salió disparado aunque, por supuesto no hacia la estaca, sino hacía los remolques.
—¡Vuelve! —gritó ella, frotándose la cara. —¡No hagas eso! ¡Por favor, vuelve!
Neeco se acercó corriendo con una larga barra metálica con un aguijón en forma de U en el extremo. Lo dirigió hacia Tater, escogiendo un punto detrás de la oreja. El elefante dio un fuerte chillido de dolor; se detuvo en seco y se giró inmediatamente hacia la estaca. Los demás elefantes lo siguieron con rapidez.
Rocío miró a los animales antes de volverse hacia Neeco.
—¿Qué le has hecho?
Él se pasó la barra metálica de una mano a otra y se apartó el largo cabello rubio de la cara.
—Es una picana. Lanza descargas eléctricas. No la uso a menos que sea necesario, pero ellos saben que la utilizaré si no se comportan correctamente.
Rocío miró la picana con desagrado.
—¿Les das descargas? ¿No te parece que es una medida muy drástica?
—Cuando se trabaja con animales no se puede ser sentimental. Puede que los quiera mucho, pero no soy estúpido. Tienen que saber quién es el que manda, quién lleva aquí la voz cantante.
—Neeco, esto no es para mí. Ya le he dicho a todo el mundo que los animales me dan miedo, pero nadie me hace caso.
—Acabarás por superarlo. Sólo necesitas pasar algún tiempo con ellos. No les gustan las personas ni los ruidos inesperados, así que tienen que verte venir. —Le quitó el pincho de la mano y le dio la picana a cambio. —Si te ven con ella te respetarán más. Los pequeños son fáciles de controlar; un par de descargas rápidas si no te hacen caso y listo. Cuando uses el pincho, apunta detrás de las orejas, es donde más les molesta.
Ella sintió como si estuviera siendo obligada a sujetar algo obsceno. Miró a los elefantitos y vio que Tater le devolvía la mirada. El animal observó la picana y, aunque tal vez fuera cosa de su imaginación, Rocío pensó que parecía decepcionado.
Cuando Neeco se marchó, ella se acercó a los animalitos tosiendo para no sorprenderlos. Ellos levantaron la cabeza y se removieron inquietos al ver lo que llevaba en la mano. Bam abrió la boca y emitió un fuerte barrito de tristeza.
Debían de estar acostumbrados a que les dieran descargas eléctricas. Rocío pensó lo mucho que comenzaba a desagradarle Neeco Martin. Más que incrementar la confianza en sí misma, la picana hacía que se sintiera incómoda. No importaba lo mucho que le asustaran los animales, jamás podría hacerles daño, así que dejó el artilugio detrás de una bala de heno.
Miró con anhelo la caravana de Gastón. Sólo tres días antes la había considerado repugnante, pero ahora le parecía el lugar más acogedor del mundo. Se recordó a sí misma que si había podido limpiar el remolque, también podía sobrevivir a eso.
Se acercó a las bestias de nuevo, esta vez sin la picana. Ellos la observaron durante un momento. Satisfechos de que ella ya no supusiera una amenaza, se dedicaron a remover el heno.
Todos salvo Tater. ¿Sería cosa de su imaginación o él le estaba realmente sonriendo? ¿Y no tenía esa sonrisa cierto toque diabólico?
—Elefantes bonitos. Elefantitos b-bonitos —canturreó ella. —Rocío es buena. Rocío es muuuuuy buena.
Pebbies y Bam levantaron la cabeza y se miraron el uno al otro, y ella hubiera jurado que incluso habían puesto los ojos en blanco. Tater, mientras tanto, levantó un fardo de heno y lo dejó caer sobre su lomo. Aunque los demás elefantes continuaron observándola, Tater no estaba molesto por la presencia de la joven. Parecía el más sociable de todos.
El animal dejó caer otro fardo de heno sobre su lomo. Rocío se acercó unos pasos más, hasta que sólo hubo tres metros entre ellos. Tater comenzó a resollar en la paja.
—Tater bonito. Tater es un elefantito muy bonito. —Se acercó a él unos centímetros más, susurrándole tonterías como si fuera un bebé de verdad. —Niño bonito. Sé bueno. —Comenzó a temblarle la voz. —Tater tiene que ser más educado. —Estaba tan cerca que podía palmearle la trompa, y Rocío sintió la piel húmeda y pegajosa por el sudor. —A Tater le gusta Rocío. Rocío es amiga de Tater. —Alargó la mano lentamente, obligándose a hacerlo centímetro a centímetro, diciéndose a sí misma que los elefantes no comían personas, tan sólo... «¡Zas!»
El elefantito le plantó la trompa en el pecho y la tiró al suelo. La joven cayó con tal fuerza que vio las estrellas. El dolor le subió por el costado izquierdo. La vista se le aclaró justo a tiempo de observar cómo el elefante levantaba la trompa y emitía un grito de inequívoca victoria.
Rocío se quedó allí sentada, demasiado deprimida para levantarse. Las florecitas de las sandalias centelleaban como estrellas plateadas ante sus ojos. Levantó la cabeza y vio que Eugenia Quest la miraba desde detrás de unas gafas de sol. Eugenia llevaba un ceñido top blanco, unos pantalones cortos a juego y un cinturón de color lavanda. Cargaba sobre la cadera a un bebé de pelo oscuro, un niño que Rocío recordaba haber visto con uno de los hermanos Tolea y su mujer. Eugenia bajó la mirada hacia ella, luego se colocó las gafas de sol en la coronilla, retirándose el pelo lo suficiente para dejar a la vista unos pendientes púrpura con brillantes en forma de estrellas.
Rocío esperaba ver una expresión de triunfo en los ojos de Eugenia, pero sólo vio satisfacción. Se dio cuenta de que estaba tan hundida que la mujer ni siquiera la consideraba una amenaza.
—¿De dónde demonios te saco Gastón?
Negando con la cabeza, Eugenia pasó por encima de los pies de Rocío, para acercarse a Tater y acariciarle la trompa
—Eres un pequeño demonio, ¿verdad, colega? ¿A que es un diablillo, Theo? —dijo Eugenia, cogiendo el pie del niño.
Rocío había sido derrotada por todos y ya no pudo soportarlo más. En lo que a ella concernía, el trabajo había terminado por ese día, y había sobrevivido a duras penas. Se puso en pie y se dirigió a la caravana. En ese momento vio a Gastón. Demasiado cansada para volver a enfrentarse a él, se dio la vuelta y comenzó a deambular por el recinto del circo.
Se cruzó con dos de las animadoras, pero le dieron la espalda. Uno de los payasos fingió no verla. Rocío necesitaba con urgencia un cigarrillo.
Dio un respingo cuando un potente chillido surcó el aire. La joven giró la cabeza con rapidez y vio a Frankie cerca de uno de los camiones de la mano de Jill. La señaló y chilló de nuevo. Jill lo agarró en brazos y, sin dirigirle la palabra a Rocío, se alejó.
Rocío se sintió fatal. El mensaje era claro. La habían declarado una paria.
Siguió caminando hasta que se encontró delante de la casa de fieras. La puerta de lona estaba levantada y todos los animales estaban dentro menos Sinjun, cuya jaula aún se encontraba a pleno sol. El animal bajó las orejas cuando ella se acercó, y la miró con desdén. La noche anterior había estado demasiado oscuro para ver en qué condiciones se encontraba la jaula, pero ahora podía ver lo sucia que estaba. Digger era quien se encargaba de cuidar a los animales, pero estaba claro que éstos ocupaban el último lugar en su lista de tareas.
El tigre clavó los ojos en ella y Rocío no pudo apartar la mirada de él. La noche anterior el pelaje a rayas parecía brillar bajo los reflectores, pero ahora el animal parecía flaco y sucio. La joven miró fijamente aquellos misteriosos iris dorados y, al cabo de unos segundos, se sintió muy sofocada.
El sudor le cubría el hueco de la garganta y los brazos. Tenía la cara congestionada y los pechos mojados. Nunca había sentido tantísimo calor. Quiso desnudarse por completo y meterse en una piscina de agua helada. Tenía un calor insoportable. Sabía que el ardor no provenía de ella sino del tigre.
—Aquí estás.
Rocío volvió la cabeza y vio que Gastón se acercaba a ella. La miró de arriba abajo y se quedó helada bajo el impacto de esos ojos fríos e impersonales.
—Aún te queda algo de tiempo libre antes de la función —dijo. —¿Por qué no vas a ducharte y luego cenamos algo?
—¿La función?
—Ya sabes que es parte de tu trabajo.
—Pero no esta noche. Es imposible que pueda hacer nada esta noche. ¡Mírame!
Mientras la observaba, Gastón casi se rindió. La parte más decente de sí mismo le exigía que la dejara en paz por esa noche. Estaba pálida debido al agotamiento y tan sucia que era imposible reconocerla. El único rastro de cosméticos en su cara era la mancha de rímel bajo los ojos. Su pequeña boca tenía un gesto de tristeza y Gastón pensó que nunca había estado en presencia de alguien que estuviera tan a punto de quebrarse.
Sintió una renuente chispa de admiración ante el hecho de que ella estuviera todavía en pie. Por la forma que había manejado la pala supo lo difícil que le había resultado todo aquello. La joven lo había dejado sorprendido. Por desgracia, aquella pequeña rebelión sólo había prolongado lo inevitable.
¿Por qué no se rendía? No sabía de dónde había sacado las fuerzas para llegar hasta allí, pero sí que acabaría por ceder, y se negaba a torturarla más. Luchó contra esa debilidad interior que lo impulsaba a ablandarse, sabiendo que sería una crueldad presionarla. Pero tenía que hacerlo si quería que Rocío aceptara la verdad.
Se recordó con firmeza que era una ladrona y que, a pesar de las circunstancias, no podía perdonárselo.
—La primera función es a las seis. Saldrás con los elefantes.
—Pero...
Se fijó en que ella tenía un corte en la palma de la mano y se la agarró con rapidez para examinarla.
—¿Cuánto hace que te vacunaste del tétanos?
Lo miró sin comprender.
—La vacuna del tétanos. Por la infección.
Ella parpadeó; estaba tan agotada que él tuvo que resistir el deseo de agarrarla en brazos y llevarla a la caravana. Gastón no quiso pensar lo que sería sentir ese menudo y suave cuerpo entre sus brazos. Si no hubiera robado ese dinero, hubieran pasado la noche anterior en la misma cama, pero al ver lo que había hecho, él se había enfurecido tanto que no había confiado en sí mismo para tocarla. No había deseado tocarla.
—¿Cuándo te has vacunado del tétanos? —repitió el bruscamente.
Ella se miró el corte.
—El año pasado. Me corté en el yate de Biffy Brougenhaus.
«Santo Dios.» ¿Cómo podía estar casado con una mujer que conocía a alguien llamado Biffy Brougenhaus? Al diablo con ella.
—Échate un poco de antiséptico —le espetó— y procura estar lista a tiempo para la función o también te encargarás del remolque del caballo.
Mientras la miraba, el semblante de Gastón se endureció todavía más. Siempre se había sentido orgulloso de su sentido de la justicia, pero ella lo hacía sentir como un matón malhumorado. Otro punto más en contra de ella.
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