lunes, 10 de octubre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Ocho

Rocío sobrevivió a la función, básicamente porque el cansancio la había entumecido de tal manera que no le dio vergüenza aparecer en público vestida con el minúsculo maillot rojo. Aunque Gastón le había dicho que desfilaría con los elefantes, había ocupado un lugar algo más atrás, como si fuera un miembro de los Tolea Voladores.
Se había obligado a ducharse, algo que le había resultado muy doloroso por los arañazos que le cubrían los brazos. Se lavó y secó el pelo y se maquilló más de lo habitual siguiendo las instrucciones de Gastón. Entre ambas funciones, se quedó dormida en la caravana con un sándwich de mantequilla de cacahuete en la mano. Si él no la hubiera despertado se habría perdido la segunda función.
Al finalizar, Neeco la detuvo cuando salía por la puerta de los artistas.
—Digger necesita que le eches una mano para subir a los elefantitos al camión.
Digger no parecía necesitar ayuda, pero ése era su trabajo y ella no quería que Gastón le echara nada en cara.
—No seré de mucha ayuda —dijo ella.
—Tienen que acostumbrarse a vos, eso es todo.
Rocío se puso una bata azul de Gastón que había encontrado colgada en la percha del cuarto de baño. Aunque se enrolló las mangas, todavía le quedaba enorme, pero era apropiada para preservar su pudor.
Al ver que los elefantitos salían en ese momento por la puerta trasera, Rocío se acercó a Digger.
—¿Necesitas ayuda?
—No te pasees por delante de ellos, todavía les pones nerviosos.
Se puso detrás de Digger, a varios metros de distancia de los elefantes. No tuvo ningún problema en reconocer a Tater dado que era el más pequeño de los cuatro; recordaba de sobra el golpe que le había dado y lo miró con resentimiento mientras él trotaba detrás de Puddin agarrado de su cola. Cuando llegaron a la estaca, Digger los ató con una correa.
—Ven aquí, Bam. Acércate Rocío, así aprenderás cómo se hace.
Rocío estaba tan atenta a lo que él estaba haciendo con Bam que no se dio cuenta de que Tater se había acercado a ella por detrás, hasta que sintió un cosquilleo húmedo, suave como una caricia, por el lateral de su cuello. Dio un gritito y saltó hacia atrás, alejándose de la trompa extendida del elefante.
El elefantito la miró con un brillo testarudo en los ojos, se acercó a ella y alargó la trompa de nuevo. Demasiado tensa para moverse, Rocío se quedó mirando las fosas nasales de la trompa que cada segundo estaban más cerca de ella.
Tater b-bonito. Elefantito b-bonito. —Emitió un chillido asustado cuando Tater le metió la trompa por el cuello, abriéndole la bata. —Digger... —gritó.
Digger la miró y se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.
—¿Te has puesto perfume?
Ella tragó saliva y asintió con la cabeza. Tater le pasó la trompa con delicadeza por detrás de la oreja.
—A Tater le vuelven loco los perfumes de mujer.
—¿Qué tengo que hacer ahora? —dijo con voz entrecortada.
Digger la miró sin entender qué le preguntaba.
—¿A qué te refieres?
—¿A T-Tater?
—Pues no lo sé. ¿Qué quieres hacer?
Se oyó una risa entrecortada.
—Es probable que quiera desmayarse, ¿verdad, Rocío ?
Gastón apareció justo detrás de ella y la joven intentó mostrar valor.
—No... no exactamente.
—Es por el perfume. —Alargó la mano y acarició a Puddin. Tater, mientras tanto, emitió un barrito de alegría y metió la punta de la trompa por el cuello de la bata, hasta la base de la garganta de Rocío.
—N-nadie me dijo que no usara perfume. —Para sorpresa de la joven, el elefantito bajó más la trompa, hacia las llamas que dibujaban las lentejuelas rojas que cubrían el corpiño del maillot. Recordó que también se había puesto perfume entre los pechos.
—Gastón... —le imploró. —Me va a tocar... me va a tocar... —la trompa de Tater alcanzó su meta. —¡Los pechos! —gritó.
—Tienes razón. —Gastón palmeó la trompa y la apartó a un lado. —Ya basta, amiguito. Eso es de mi propiedad.
Rocío estaba tan asombrada por aquella declaración que no notó que Tater retrocedía.
Digger soltó una risita jadeante y señaló al elefante con la cabeza.
—Parece que Tater se ha enamorado.
—Eso me temo—repuso Gastón.
—¿De mí? —Rocío miró a los dos hombres con incredulidad.
—¿Ves a alguien más? —contestó Gastón.
Lo cierto era que el elefante le estaba lanzando una mirada conmovedora.
—Pero si me odia. Esta tarde me golpeó y me tiró al suelo.
—Esta tarde no llevabas perfume.
Digger se levantó y le crujieron las rodillas. Se acercó al elefantito.
—Ven, chico. La joven no está interesada.
Mientras Digger lo alejaba de allí, Tater le lanzó por encima del hombro una mirada de adolescente enamorado. Rocío no sabía si sentir temor o agradecimiento por gustarle al menos a alguien de ese horrible circo.
Esa noche se quedó dormida en cuanto su cabeza tocó la almohada. Oyó entre sueños que Gastón entraba en la caravana unas horas más tarde y notó que le cubría los hombros con la manta mientras volvía a dormirse.

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