Cuando la función finalizó, él se fue a la caravana para cambiarse de ropa. Rocío solía estar ya allí, pero no la vio por ninguna parte.
Intranquilo, se vistió rápidamente y regresó al circo. Un destello de lentejuelas rojas cerca de la puerta principal atrajo su atención. Vio a su esposa rodeada por tres espectadores. Todos se comportaban con cortesía y, desde luego, ella no corría peligro, pero aun así quería estrellar el puño contra aquellas caras presumidas.
Uno de ellos dijo algo y Rocío se rió, un sonido angelical que flotó en el aire de la noche. Gastón maldijo por lo bajo.
—¿Qué es lo que te pone de tan mala leche?
Al ver a Nicolás detrás de él, Gastón se obligó a relajarse.
—¿Qué te hace pensar que estoy de mala leche?
Nicolás se puso un palillo en la comisura de la boca.
—La manera en que miras a esos tíos.
—No sé de qué estás hablando.
—No lo entiendo, Gastón. Pensaba que ella no te importaba.
—No quiero hablar de eso.
—No te preocupes, no tengo intención de hablarte de ella. —Se pasó el palillo de un lado a otro de los labios. —Pero de todas maneras creo que, a pesar de que sea una ladrona y la odies, no deberías hacer trabajar tan duro a una mujer embarazada.
—¿Quién te ha dicho que está embarazada?
—Es lo que piensa todo el mundo. La noche de la fiesta sorpresa no parecías exactamente un novio feliz.
Gastón apretó los dientes.
—No está embarazada.
A Nicolás se le cayó el palillo.
—¿Entonces por qué coño te casaste con ella?
—Eso no es asunto tuyo. —Gastón se alejó.
Gastón trabajó hasta medianoche. Cuando entró en la caravana, Rocío estaba dormida, pero en lugar de estar acurrucada sobre un montón de sábanas arrugadas como siempre, yacía en el sofá con el maillot de la función todavía puesto, como si se hubiera sentado unos minutos y se hubiera quedado dormida sin querer. Él sabía que una cosa era ser duro con ella y otra llevarla hasta el límite de sus fuerzas. En ese momento supo que no podía dejar que siguiera trabajando así. En lo que a él concernía, Rocío había pagado su deuda y había llegado el momento de bajar el ritmo.
Rocío tenía los labios ligeramente entreabiertos y los mechones del pelo rubio se extendían sobre el almohadón del sofá como cintas sedosas. Estaba tumbada boca abajo y a Gastón se le secó la boca al ver ese dulce culito respingón cubierto sólo por la trama en forma de diamantes de las medias negras de red. La fina tira de lentejuelas que cubría la unión de las nalgas hacía que la visión fuera todavía más atrayente. Se obligó a apartar la mirada, se desnudó y entró en el cuarto de baño, donde se metió rápidamente bajo el agua fría.
El ruido de la ducha debió de despertar a Rocío , porque cuando Gastón apareció envuelto en una toalla, la joven estaba delante del fregadero con la bata azul de Gastón cubriendo el maillot. Las pequeñas manos femeninas asomaban por las mangas mientras cortaba un trozo de pan.
—¿Quieres que te haga un bocadillo? —Rocío parecía de mejor humor que cualquiera de los días anteriores. —Me quedé dormida antes de cenar y estoy muerta de hambre.
Se le abrió el albornoz, revelando las curvas de los pechos bajo las lentejuelas llameantes del maillot. Gastón deslizó la mirada sobre ella y en vez de agradecerle el ofrecimiento, le lanzó:
—Como Eugenia te atrape durmiendo con uno de sus maillots, te desnudará estés donde estés.
—Entonces tendré que asegurarme de que no me agarre.
El renovado ánimo en la voz de Rocío hizo que Gastón se sintiera mejor.
—No se puede esperar que lo aprendas todo de inmediato.
Rocío se volvió hacia él, pero cualquier cosa que fuera a decir murió en sus labios. Deslizó la mirada por el pecho de su marido hasta la toalla amarilla que le cubría las caderas.
Gastón quiso gritarle, decirle que no lo mirara de esa manera a no ser que quisiera acabar en la cama con él. Casi sintió que perdía el control.
—¿Quieres que... er... quieres tu bata? —preguntó ella.
Él asintió con la cabeza.
Ella tiró del cinturón, se la quitó y se la tendió.
Gastón la dejó caer al suelo.
Ella se lo quedó mirando.
—¿No acabas de pedírmela?
—Lo único que quería era que te la quitaras.
Rocío se humedeció los labios y él la estudió mientras esperaba una respuesta, llamándose estúpido en todos los idiomas que conocía, pues sabía que no podría resistirse a ella otra noche.
—No estoy segura de qué quieres decir exactamente —dijo ella con timidez.
—Quiero decir que no voy a poder mantener mis manos alejadas de vos durante más tiempo.
—Eso es lo que me temía. —Rocío respiró hondo y alzó la barbilla. —Lo siento, pero no puedo acostarme contigo. No estaría bien.
—¿Por qué?
—Porque no sería sagrado. Hacer el amor significa algo más para mí. No lo hago con cualquiera.
—Me alegro de oírlo. —Impulsado por una fuerza que no podía resistir, Gastón se acercó a ella.
Rocío dio un paso atrás, hasta tropezar contra el mostrador, sin apartar la mirada de los ojos de él.
—No puedo hacerlo sin que signifique algo.
—Espero que eso quiera decir que no tengo que preocuparme por ninguna enfermedad de transmisión sexual como las que le mencionaste a la camarera al poco de casarnos.
—¡Por supuesto que no!
—En ese caso tampoco tienes que preocuparte por mí. Estoy perfectamente sano.
—Me alegro mucho por vos, pero...
—¿No te ha dicho nadie que hablas demasiado?
Él plantó las manos en el mostrador atrapándola entre sus brazos.
—Tenemos que hablarlo. Es importante. Es...
—Lo que realmente necesitamos es dejar de hablar. Rodeó la cintura de Rocío con las manos. —Ya hemos jugado suficiente al gato y al ratón, cara de ángel. ¿No crees que ha llegado el momento de actuar?
El olor de Rocío lo tentaba. La recorrió con la mirada; su cuerpo quedaba resaltado por el maillot de llameantes lentejuelas rojas y la suave respiración de la joven le agitaba el vello del pecho.
—¿Por qué quieres hacerlo con alguien a quien no respetas?
A Rocío se le cerraron los ojos cuando él inclinó la cabeza y le acarició el cuello con los labios.
—¿Por qué no dejas que sea yo quien se preocupe de eso?
—Me consideras una ladrona.
—Bueno, he estado dándole vueltas a ese asunto.
Rocío ladeó la cabeza, y otra punzada de culpabilidad golpeó a Gastón cuando vio que los ojos mieles de su esposa brillaban con deleite y su boca suave se curvaba en una sonrisa tonta.
—¡Me crees! ¡Sabes que no fui yo quien robó el dinero!
Él no había dicho eso. Pero ya no estaba enfadado. Aunque no podía perdonarle lo que había hecho, entendía lo que era la desesperación y no quería seguir juzgándola.
—Creo que eres endemoniadamente sexy. —Le rozó el labio inferior con el pulgar y lo encontró húmedo bajo su caricia. —¿Utilizas algún anticonceptivo o quieres que me encargue yo?
Los ojos de Rocío llamearon.
—Tomo la píldora, pero...
—Bien.
Gastón inclinó aún más la cabeza y cubrió los labios de ella con los suyos. Los dos se estremecieron. ¡Santo Dios, qué dulces eran! Rocío debía de haberse comido una de las ciruelas maduras que había en una bolsa sobre el mostrador, porque él podía saborear la fruta en su boca.
La joven entreabrió los labios, pero el movimiento fue titubeante, como si aún no hubiera tomado una decisión. A él le resultó muy excitante esa aceptación tímida e insegura. En ese momento decidió que no le daría más tiempo para pensar, y la estrechó contra su cuerpo.
Fuera del pequeño mundo de la caravana, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, que golpearon el techo metálico con un ligero y agradable repiqueteo. El sonido era hipnótico y tranquilizador. El ruido de la lluvia los aislaba, los apañaba del resto del universo y los llevaba a un lugar íntimo y acogedor.
Rocío suspiró contra los gentiles y pacientes labios de su marido. La medalla esmaltada que colgaba del cuello de Gastón se rozaba contra ella y, cuando él le pasó la punta de la lengua por la sensible superficie interior del labio inferior, una oleada de calor le atravesó las venas. En ese momento todos sus principios morales se evaporaron, y cualquier idea que hubiera tenido de rechazarlo se esfumó. Ella había deseado eso desde el principio y ya no podía reprimir la fuerza que la impulsaba hacia él.
Se rindió y separó los labios, dejándole entrar.
Gastón se tomó su tiempo y, cuando le invadió la boca, el beso fue completamente arrebatador. Rocío respondió con fervor y él le permitió indagar todo lo que quiso.
Ella introdujo la lengua entre los labios de Gastón, besando las comisuras de esa boca dura, explorando el interior una y otra vez. Rodeó los hombros de su marido con los brazos y se puso de puntillas para mordisquearle la oreja. Le dejó la marca de los dientes en la curva de la mandíbula antes de regresar de nuevo a su boca. Entraba y salía. Se retiraba e indagaba. Y dentro otra vez.
Rocío se sentía cada vez más excitada, una excitación alimentada por la respiración entrecortada de Gastón y por la sensación que le provocaban sus manos, estrechándola con fuerza: una en la cintura, otra magreándole las nalgas. ¿Cómo podía haber tenido miedo de él? La imagen de los látigos guardados bajo la cama apareció en su mente, pero ella la ignoró. Gastón no le haría daño. No podría.
Rocío lamió el dulce camino entre el cuello y el pecho de su marido y hurgó con la punta de la lengua en el vello oscuro que le cubría el torso hasta llegar a la piel de debajo. La respiración de Gastón era ahora más rápida y, cuando habló, su voz sonó ronca.
—Si es así como besas, ángel, no quiero ni pensar en cómo... —gimió cuando ella encontró la tetilla.
Rocío le subió los brazos al cuello y uno de los dedos se le quedó atrapado en la cadena de oro que sostenía la medalla esmaltada. Esos besos ardientes y esas caricias tentadoras eran tan deliciosos que no tenía suficiente. El cuerpo de Gastón era ahora suyo para explorarlo a placer, y ella ansiaba conocer cada centímetro de él.
—Quiero quitarte la toalla —susurró.
Gastón le hundió los dedos en el pelo. Ella alargó el brazo hacia el nudo, pero él le atrapó la mano.
—No tan rápido, cariño. Primero enséñame tú algo.
—¿Qué quieres ver?
—Lo que tú quieras.
—Con este maillot no dejo nada a la imaginación
—Aun así quiero verte más de cerca.
Rocío sabía que el sexo podía ser excitante, pero no había esperado el sensual tono provocador en la voz de Gastón. De repente pensó que quizá debería decirle que era virgen, pero entonces él creería que era un bicho raro. Y lo cierto es que Gastón nunca lo sabría si ella no se lo decía. Al contrario de lo que decían los libros románticos, los frágiles hímenes no sobrevivían a veintiséis años de exámenes médicos y ejercicio físico.
Echando la cabeza hacia atrás, Rocío observó cómo Gastón se la comía con los ojos y, mientras permanecía delante de él, sólo cubierta por el maillot, encontró que la idea de jugar a ser una experimentada mujer fatal era demasiado excitante para ignorarla. Había leído montones de libros al respecto, pero ¿sería capaz de conseguirlo? ¿Qué podía hacer para provocarlo aún más?
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