Le dio la espalda, intentando ganar tiempo para pensar, y entonces vio que las cortinas azules que colgaban en la ventana de la cocina no estaban cerradas del todo. Dudaba que alguien se paseara por ahí fuera con ese tiempo, pero por si acaso se apresuró a cerrarlas. Apoyando una mano en el mostrador, se estiró por encima para alcanzar la cortina.
Oyó un sonido ahogado, casi como un gemido.
—Una buena elección, cariño.
No supo de qué estaba hablando Gastón hasta que lo sintió detrás, acariciándole las nalgas. Él le amasó la carne por encima de las mallas de red en forma de diamante.
A Rocío se le tensaron los pezones y su piel comenzó a arder de una manera extraña. Comenzó a sentirse nerviosa. No importaba lo que había querido que pensara él, ni siquiera sabía hacer el amor de la manera básica, así que mucho menos podía probar a hacerlo de forma exótica.
Gastón le deslizó un dedo bajo la tira de lentejuelas y le dibujó la hendidura entre las nalgas. Rocío se mordió los labios para no gritar de placer. El dedo se deslizó más abajo.
Incapaz de resistirlo más, Rocío se enderezó y se giró hacia los brazos de Gastón.
—Quiero volver a besarte.
Él gimió.
—Tus besos son más de lo que puedo manejar ahora mismo. —Gastón se ajustó el nudo de la toalla y Rocío se dio cuenta de que la tenía abultada. De hecho estaba muy abultada.
Ella se quedó mirándolo fijamente y sintió que se le secaba la boca.
—S-sigo queriendo besarte.
—Hagamos un trato. Ábrete el corchete del maillot y nos besaremos todo lo que quieras.
Rocío levantó la vista a regañadientes y llevó los brazos a la espalda para hacer lo que le pedía. Cuando terminó, el corpiño comenzó a caer, pero ella lo sostuvo contra sus pechos.
Gastón inclinó la cabeza y la besó al tiempo que le agarraba las muñecas y se las corria del pecho. Mientras el indagaba con la lengua en su boca, el maillot se le bajó hasta la cintura. Gastón la empujó contra la pared, al lado de la mesa, le levantó las muñecas y se las sujetó a ambos lados de la cabeza.
—No es justo —susurró ella contra sus labios mientras la apretaba contra la pared. —Eres más fuerte que yo.
—Ahora es mi turno —respondió él con un susurro.
Y lo fue.
Manteniéndole las muñecas inmovilizadas, Gastón usó la boca para excitarla. Le mordisqueó la oreja y el cuello. Le recorrió con rapidez la clavícula y la base de la garganta. Y luego se echó hacia atrás para poder mirarla de arriba abajo.
Aquella posición hacía que los pechos de Rocío quedaran elevados. Él jugueteó con uno y luego con el otro, haciendo que le ardiesen con tal ferocidad que ella apenas podía soportarlo.
—Para —le dijo la joven sin aliento. —Suéltame.
Él le soltó de inmediato las muñecas.
—¿Te hago daño?
—No, pero vas muy rápido.
—¿Muy rápido? —la miró con una sonrisa torcida. —¿Estás criticando mi técnica?
—Oh, no. Tu técnica es maravillosa —repuso ella con rapidez, en tono serio y ansioso, y él sonrió. Avergonzada, Rocío evitó mirarlo a los ojos y clavó la vista en su boca. Luego se dio cuenta de que si iba a hacer el amor con ese hombre feroz y orgulloso, tenía que ser tan fuerte como él.
Levantó la cabeza y le sostuvo la mirada.
—No quiero que seas vos quien lleve la voz cantante. No ahora. Quizá después, pero aún no.
—¿Me estás diciendo que quieres mandar un rato?
Ella asintió con la cabeza. Puede que estuviera nerviosa, pero nada iba a impedir que explorara los maravillosos misterios ocultos bajo la toalla.
—Sólo te pongo una condición, ángel. —Gastón enganchó un dedo en el maillot que se enredaba en la cintura de la joven. —Quítatelo todo excepto las medias.
Rocío tragó saliva. No llevaba bragas debajo de las medias. Éstas consistían en una red que la cubría desde la cintura a los dedos de los pies, y que no tapaban absolutamente nada.
Él arqueó una ceja después de retarla, luego la soltó y se sentó a los pies de la cama.
—Y quiero ver cómo te desnudas.
Eso era demasiado. Rocío se aclaró la garganta y le habló con toda la despreocupación que pudo fingir.
—¿Quieres decir aquí mismo? ¿Con luz y todo?
—Así es. Desnúdate y hazlo despacio.
La joven se armó de valor decidida a mantenerse a su altura.
—¿Luego te quitarás la toalla?
—Cada cosa a su tiempo.
Rocío se deslizó lentamente el maillot por las caderas, inclinándose hacia delante mientras lo bajaba para cubrir su desnudez ante él. El maillot se le deslizó a los tobillos. Ella lo apartó con el pie, examinó la desgastada alfombra y escuchó el ligero repiqueteo de la lluvia sobre el techo de la caravana.
—Oh, no, así no. —Él se rio entre dientes. —Levántate. Y olvídate del maillot.
La ronca voz de Gastón hizo que se estremeciera. Le temblaron las manos cuando acató su orden.
—Eres muy hermosa —susurró Gastón cuando se exhibió ante él, desnuda salvo por las negras medias de red que realzaban, más que ocultaban, la parte inferior de su cuerpo.
Rocío decidió que ya le había dado tiempo más que suficiente para mirarla.
—Tiéndete en la cama —le dijo ella en voz baja.
Él vaciló sólo un momento antes de acostarse como le decía, apoyándose en los codos.
—¿Así?
—Ah, no. De eso nada; tirate por completo.
Para deleite de Rocío, él hizo lo que le pedía. Gastón recostó la cabeza en dos almohadas apiladas para no perderse nada.
Ella se mordisqueó los labios. No estaba completamente segura de poder conseguirlo, pero sí decidida a intentarlo.
—Ahora levanta las manos hasta tocar la pared. Y no se te ocurra moverlas.
Él le dirigió una perezosa sonrisa que hizo que se le derritieran los huesos.
—¿Estás segura?
—Muy segura.
Gastón colocó los brazos como ella quería, haciéndola sentir muy orgullosa de sí misma. Se acercó a la cama. Él le recorrió los pechos y el vientre con una mirada ardiente, haciéndola ser consciente de que estaba casi desnuda. Cuando se acercó a él, cada célula del cuerpo de Rocío bullía de excitación y anticipación. Por un momento la imagen de los látigos guardados bajo la cama irrumpió en su mente, pero la ahuyentó.
Miró los brazos extendidos de Gastón en aquella falsa pose de esclavitud. Era su cautivo. Si se quedaba de esa manera, cada parte de aquel cuerpo sería suya, para explorarlo a voluntad, incluyendo el imponente montículo que abultaba la toalla. Apartó los ojos de allí y se arrodilló en el borde de la cama.
—Recuérdalo —susurró ella. —No apartes las manos en la pared. No las muevas.
—Si separas un poquito las piernas, cariño, seré tan colaborador como quieras.
Rocío decidió que era un trato justo, y separó los muslos. Gastón se recreó en lo que quedaba ahora a la vista. Tensó el brazo derecho, como si fuera a moverlo, pero luego se relajó.
Rocío inclinó la cabeza y comenzó a saborearle de nuevo, mordisqueando cada centímetro del torso masculino, y siguió bajando. La piel, firme y tensa, delineaba cada músculo. Le deslizó las manos por el pecho, disfrutando de la textura del vello y de la piel húmeda. No pudo resistirse a las tetillas color café y las capturó con los labios, haciendo que Gastón se contorsionara debajo de ella. Extendiendo una mano, Rocío le agarró el bíceps y se lo apretó. Después deslizó los dedos hacia abajo, buscando el suave vello de su axila. Cuando se demoró allí, a Gastón se le puso la piel de gallina y soltó un profundo gemido entrecortado. Ella levantó la cabeza lentamente y lo miró a los ojos.
—Voy a quitarte la toalla.
—¿Ahora?
El crudo deseo en la mirada de Gastón le recordó que estaba jugando con fuego. Pero no pensaba retroceder; bajó las manos a la toalla. Deshizo el nudo con un movimiento fluido y la abrió.
—Oh... —Era magnífico. Alargó la mano y lo tocó tímidamente con la punta del dedo. Gastón dio un brinco y ella apartó la mano.
La mirada de Rocío voló hacia la cara de Gastón; la mueca que diseñaba parecía reflejar dolor.
—¿Te he hecho daño?
—Tienes sesenta segundos —graznó él, —después moveré los brazos.
Un estremecimiento de placer atravesó como un relámpago el cuerpo de Rocío al darse cuenta de lo que pasaba.
—No lo harás hasta que te dé permiso —le dijo con severidad.
—Cincuenta segundos —repuso él.
Rocío se apresuró a acariciarlo otra vez, dejando que las indagadoras puntas de sus dedos vagaran por todas partes, acariciándolo aquí y allá. Deslizó la mano por los muslos separados de Gastón y buscó más sitios donde tocarlo.
—Veinte segundos —gimió él.
—No cuentes tan rápido.
Él se rió entre dientes al tiempo que gemía, haciéndola sonreír. Pero la sonrisa de Rocío se desvaneció con rapidez. Después de tantos años de abstinencia, ¿cómo lograría su pequeño cuerpo alojar algo de ese tamaño? Cuando cerró su mano en torno a él, se le ocurrió que quizá sus partes privadas se habían atrofiado por falta de uso. Rocío lo acarició.
—¡Se acabó el tiempo!
Sin previo aviso, se encontró de espaldas sobre la cama bajo el cuerpo de Gastón.
—Es hora de que recibas un poco de tu propia medicina. Ponte en la misma postura que yo.
—¿Cómo dices?
—Las manos contra la pared.
Rocío tragó saliva y pensó en los látigos. Quizás eso de jugar a mujer fatal se le había dado demasiado bien. Él la estaba creyendo mucho más experimentada de lo que era en realidad.
—¿Gastón?
—No quiero que hables, sino que obedezcas mis órdenes.
Lentamente Rocío levantó los brazos por encima de la almohada.
—Te he dicho que apoyes las manos contra la pared.
Hizo lo que le ordenaba y se sintió indefensa y excitada. Cuando sus nudillos rozaron el cabecero de la cama, Rocío estaba confundida por la inquietante mezcla de desasosiego y profundo deseo sexual. Quería rogarle que fuera suave con ella pero, a la vez, quería que la poseyera con todas sus fuerzas.
Permaneció cautiva bajo la mirada de Gastón. El hecho de que no la hubiera atado de verdad no hacía que su cautiverio fuera menos real. Él era más fuerte que ella, más poderoso, podía hacerle lo que quisiera, estuviera Rocío de acuerdo o no. El deseo de la joven se incrementó todavía más cuando él le pasó la yema del dedo por el estómago, de un lado a otro de la cinturilla de las medias de red, hasta que Rocío quiso gritar. Gastón siguió bajando hasta rozar los rizos claros.
—Separa las piernas, cariño. Ella lo hizo, pero al parecer Gastón no quedó satisfecho con su acción porque le agarró los muslos y se los separó todavía más.
Las medias no suponían ninguna barrera para él, y Rocío se sintió demasiado expuesta, demasiado vulnerable. Apartó las manos de la pared.
—Ni se te ocurra —susurró Gastón, deslizándole los dedos sobre la parte de su cuerpo que ella había revelado.
Rocío gimió y permaneció inmóvil mientras él separaba sus húmedos pliegues con los pulgares por debajo de la trama en forma de diamante. Entonces Gastón inclinó la cabeza. La joven gritó y apretó los puños contra la pared cuando él la acarició con la boca, lamiéndola a través de la red. Un ronco murmullo de placer escapó de la garganta de Rocío. Sintió cómo él tensaba la red sobre ella, apretando profundamente las hebras contra su suavidad femenina.
Gastón le separó más las rodillas con los hombros y le ahuecó los pechos con las palmas de las manos mientras la acariciaba con los labios. La lluvia tamborileaba en el vientre de metal que los cobijaba y el propio vientre de Rocío se estremeció en respuesta a lo que le estaba ocurriendo. Estaba perdida en un torbellino de sensaciones cuando sintió en las manos la vibración de un trueno a través de la pared que retumbó en cada nervio de su cuerpo. Rocío arqueó la espalda y se entregó a un clímax destructivo.
Él la sostuvo mientras se estremecía. Sólo cuando se recuperó sintió Rocío que Gastón le tiraba con fuerza de las piernas. Rocío no comprendió lo que su marido estaba haciendo hasta que se acomodó sobre ella y experimentó esa penetración tan largamente esperada en la entrada de su cuerpo.
—Me has roto las medias —murmuró Rocío , deslizándole los brazos alrededor de los hombros y recreándose en la sensación de ese cuerpo masculino apretándola contra el colchón.
Gastón le rozó la sien con los labios.
—Te compraré un nuevo par. Te lo juro. —Y embistió con suavidad.
Y no consiguió nada.
Ella se puso rígida. Sus peores temores se estaban haciendo realidad. Su cuerpo se había atrofiado por tantos años sin usar.
Gastón se retiró un poco y le sonrió, pero ella podía sentir la tensión de su cuerpo y notaba lo cercano que estaba de perder el control.
—Pensé que estabas lista, pero imagino que no es suficiente. —Cambió de posición sobre ella y comenzó a acariciarla.
La voz de Gastón pareció llegar de muy lejos.
—Eres muy estrecha, cariño. Ha pasado mucho tiempo para vos ¿no?
Ella le hundió las uñas en los hombros.
—Sí... puede ser... —la joven soltó un jadeo cuando las nuevas sensaciones crecieron vertiginosamente en ni interior —que esté un poco cerrada.
Él gimió y se volvió a colocar sobre ella.
—Volvamos a intentarlo. —Dicho eso intentó penetrarla otra vez.
Rocío gritó y se arqueó sin saber si quería apartarse o acercarse más a él. Su cuerpo se abrió suavemente con un ardiente dolor. Él la sujetó por las nalgas y la penetró profundamente al tiempo que le cubría la boca con la suya, devorándola. Su posesión era rápida e intensa, pero la tensión que ella sentía en él le decía que Gastón seguía controlándose. No supo por qué hasta que escuchó su murmullo.
—Deja de contenerte, cariño. Deja de contenerte.
Rocío supo en ese momento que él la estaba esperando y esas palabras suaves la hicieron llegar otra vez al clímax .
Cuando volvió en sí, la piel de Gastón estaba húmeda y su cuerpo tenso de deseo bajo las manos de Rocío. Pero era un amante fuerte y generoso.
—Otra vez, cariño. Otra vez.
—No, yo...
—¡Sí! —Con firmeza, la condujo de nuevo al éxtasis.
Fuera de la caravana retumbó un trueno y, dentro, ella hizo lo que le pedía. Y, esta vez, él la siguió.
El tiempo transcurrió mientras yacían inmóviles, con los cuerpos entrelazados, con el todavía enterrado en su interior.
Rocío no lo olvidaría jamás. A pesar de todas las cosas horribles que la habían conducido a ese momento, no podía haber tenido una iniciación más maravillosa, y siempre le estaría agradecida a Gastón por ello.
Apretó los labios contra el pecho de su marido mientras le acariciaba con las palmas de las manos. Después de tanto tiempo, por fin había pasado.
—Ya no soy virgen.
Rocío sintió que Gastón se ponía rígido debajo de sus manos. Sólo entonces se percató de que había dicho su secreto en voz alta.
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