viernes, 28 de octubre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Once

—He sido justo contigo. —Vaciló. —Bueno, tal vez no lo fui el día de la fiesta sorpresa, pero aquello me agarro desprevenido y... eso no me excusa, ¿verdad? Lo siento Rocío. No debería haberte humillado de aquella manera.
Ella lo observó, luego asintió con la cabeza.
—Acepto tus disculpas.
—Y no fui tonto anoche.
—Preferiría no hablar de lo que pasó anoche. Y quiero que me prometas que no intentarás seducirme de nuevo esta noche. Tengo que reflexionar y pienso hacerlo en el sofá.
—No sé qué tienes que pensar. No crees en el sexo fuera del matrimonio, pero estamos casados, así que, ¿cuál es el problema?
—Nuestro matrimonio es un «acuerdo legal» —señaló ella con suavidad. —Hay una sutil diferencia.
Él masculló una obscenidad especialmente desagradable. Antes de que pudiera recriminárselo, Gastón giró a la derecha bruscamente y entró en el aparcamiento de camiones de una estación de servicio.
Esta vez la camarera era hosca y de mediana edad, así que Rocío no tuvo ningún problema en dejarlo solo para ir al servicio. Debería habérselo pensado mejor, pues cuando salió él había entablado conversación con una atractiva rubia que estaba sentada en la mesa de al lado.
Rocío sabía que él la había visto salir del baño, pero aun así vio cómo la rubia cogía su taza de café y se sentaba al lado de su marido. Sabía por qué Gastón hacía eso. Quería asegurarse que ella no le daba importancia a lo que había sucedido entre ellos.
Rocío apretó los dientes. Tanto si Gastón Dalmau quería admitirlo como si no, era un hombre casado, y ningún flirteo del mundo cambiaría eso.
Vio un teléfono público en la pared, no lejos de la mesa donde la rubia admiraba los músculos de su marido. En cuanto controló su temperamento, descolgó el teléfono y lo mantuvo apretado contra la oreja mientras contaba hasta veinticinco. Finalmente, se volvió hacia él y exclamó:
—¡Gastón, querido! ¡¿A que no lo adivinas?!
Él levantó la cabeza y la miró con cautela.
—¡Buenas noticias! —canturreó. —¡El médico dice que esta vez serán trillizos!
Gastón volvió a dirigirle la palabra cuando llegaron al nuevo recinto. Cuando bajó de la camioneta y empezó a desenganchar la caravana, le dijo a Rocío que no volvería a trabajar con los animales. Que debía dedicarse a cosas más ligeras, como ordenar el vestuario y, claro está, aparecer en el desfile todas las noches.
Ella lo miró con el ceño fruncido.
—Pensaba que te alegraría no tener que trabajar tan duro —dijo él. —¿Qué es lo que te parece mal ahora?
—¿Por qué has esperado hasta esta mañana para aligerar mis tareas?
—Por ninguna razón en particular.
—¿Seguro?
—Déjate de rodeos y decime qué estás pensando.
—Me siento como una prostituta a la que están pagando por los servicios prestados.
—Vaya ridiculez. Había tomado la decisión antes de que nos acostáramos juntos. Además, quién dice que tendría que pagarte. Creo sin duda alguna que mi actuación fue buenísima.
Ella no picó el anzuelo.
—Dije que me ocuparía de las fieras y eso es lo que haré.
—Y yo te digo que no tienes por qué hacerlo.
—Y yo digo que quiero hacerlo. —Era cierto. Tras su experiencia con los elefantes, sabía que sería un trabajo duro, pero no podía ser peor de lo que ya había sido.
Había sobrevivido. Había agarrado estiércol hasta que le salieron ampollas en las manos, había transportado pesadas carretillas y había sido golpeada por malhumorados elefantitos. Se había enfrentado al miedo y todavía seguía en pie —magullada, tal vez— pero con la cabeza bien alta.
El la miró con una mezcla de incredulidad y algo que casi parecía admiración, aunque Rocío sabía que no podía ser eso.
—¿Por qué no me haces caso y dejas correr el tema?
Rocío se mordisqueó el labio inferior y frunció el ceño.
—Mira, no sé qué me deparará el futuro, me limito a vivir el día a día. Ahora mismo lo único que tengo claro es que tengo que hacerlo.
—Rocío, es demasiado trabajo.
—Lo sé. —Sonrió. —Por eso tengo que hacerlo.
Gastón la observó un buen rato y luego, para sorpresa de Rocío, inclinó la cabeza y la besó. Allí mismo, en mitad del recinto, con todos yendo de un lado para otro, con Nicolás y sus hijos ensayando sus saltos acrobáticos y Heather haciendo equilibrios a su lado. En medio de todo eso le dio un beso largo y profundo.
Cuando se separaron, ella se sentía débil y jadeante. Él levantó la cabeza y miró a su alrededor. Rocío esperaba que se sintiera avergonzado por aquella exhibición pública, pero no lo parecía. Quizás intentaba compensar el incidente de la fiesta sorpresa, o tal vez sus motivaciones fueran más complicadas pero, sin importar cuál fuera la razón, había dejado claro a todo el que quisiera mirar que ella significaba algo para él.
Rocío tuvo poco tiempo para pensar en el tema cuando emprendió sus tareas en la casa de fieras. Poco después apareció un joven llamado Trey Skinner que dijo que Gastón le había enviado para ayudarla con el trabajo más pesado. Rocío le mandó poner la jaula de Sinjun a la sombra y meter dentro un poco de heno, después le dijo que podía marcharse.
Por suerte, Lollipop no intentó escupirle de nuevo, pero aun así Rocío se mantuvo alejada de la llama. Además de Lollipop, Sinjun y Chester, en la casa de fieras también había un leopardo llamado Fred, un buitre con las alas cortadas y una gorila. Había también una boa pero, para alivio de Rocío, la serpiente se había convertido en la mascota de Jill y vivía en su caravana cuando no estaba en la exhibición.
Siguiendo las resumidas instrucciones de Digger, Rocío alimentó a los animales y después comenzó a limpiar las jaulas, empezando por la de Sinjun. El tigre la miraba con aire condescendiente cuando comenzó a remojarlo con la manguera, como si le estuviera otorgando el privilegio de servirlo.
—No me gustas —murmuró ella empapándolo de agua.
«Mentirosa.»
Ella casi dejó caer la manguera.
—Deja de hacer eso —siseó. —Deja de meterte en mi mente.
El tigre bostezó y se estiró bajo el chorro de agua, haciéndola sentir increíblemente tonta.
Cuando terminó de duchar a Sinjun, volvió a la carpa y miró a la gorila que recibía el nombre de Glenna y ocupaba la jaula de la esquina. Sus ojos color chocolate parecían tristes y le sostuvieron la mirada cuando la observó a través de los barrotes oxidados de aquella vieja jaula que parecía demasiado pequeña para ella. Algo en la tranquila resignación del animal enterneció a Rocío, que se acercó a la jaula.
Glenna se sentó, observándola en silencio, estudiando a uno más de los cientos de humanos que pasaba cada día por su jaula. Rocío se detuvo y esperó. De alguna manera sentía que tenía que obtener el permiso de Glenna para poder acercarse más, como si en este pequeño acto la gorila tuviera voz y voto.
Glenna se acercó a la parte delantera de la jaula y la observó. Lentamente el animal levantó el brazo y lo metió entre los barrotes. Rocío la miró y se dio cuenta de que la gorila trataba de darle la mano.
Glenna esperó pacientemente, con la mano tendida hacia ella. A Rocío se le aceleró el corazón. Si apenas se atrevía a acariciar a un gatito, ni hablar de tocar a un animal salvaje. Quiso darse la vuelta, pero el animal parecía tan humano que ignorar su gesto hubiera sido imperdonable, y se acercó vacilante hacía ella.
Glenna se mantuvo inmóvil con la palma hacia arriba. Con gran renuencia, Rocío extendió la mano y tocó cautelosamente la punta del dedo de Glenna con su dedo índice. Era blanda y suave. Sintiéndose un poco más valiente, deslizó el dedo sobre el de la gorila. Glenna cerró los ojos y suspiró con suavidad.
Rocío se quedó allí un rato, acariciándole la mano, y sintiendo como si le hubiera encontrado sentido a su vida.
Según transcurrió la mañana, se multiplicaron las dudas de Rocío sobre el cuidado correcto de los animales. Varias veces acudió a Digger para pedir consejo sobre piensos y rutinas diarias y, cada vez que se acercaba, Tater le daba un golpe con la trompa como si fuera el matón del patio.
Digger respondió a las preguntas a regañadientes, por lo que Rocío supuso que todavía estaba molesto por lo ocurrido el día anterior. La segunda vez que se acercó a preguntarle ese día, él escupió cerca de la deportiva de ella.
—No tengo tiempo para más preguntas, señorita. No quiero que nadie piense que no hago mi trabajo.
—Digger, no dije que no hicieras tu trabajo. Sólo estaba preocupada por las condiciones en las que se encontraban los animales de la casa de fieras. —Rocío se preguntó para sus adentros si Digger conocería realmente la manera correcta de tratar a los animales de la exposición. Digger estaba loco por los elefantes, pero los demás le traían sin cuidado. Lo cierto es que el hombre no sabía que a los tigres les gustaba el agua. Rocío decidió informarse en su tiempo libre.
Los legañosos ojos del anciano estaban llenos de resentimiento.
—Llevo cincuenta años cuidando animales. ¿Cuánto llevas vos?
—Sólo dos semanas. Por eso necesito tu consejo.
—No tengo tiempo para hablar. Tengo demasiado trabajo que hacer. —El hombre miró por encima del hombro de Rocío y esbozó una amplia sonrisa que dejó al descubierto sus dientes amarillentos y los huecos de los que le faltaban. La joven se dio cuenta demasiado tarde de cuál era la fuente de su diversión. Tater se había acercado a ella a hurtadillas.
«¡Zas!»
Rocío sintió como si le hubieran golpeado en el pecho con una alfombra enrollada. Sin nada a lo que aferrarse, patinó por el suelo antes de tropezar con un fardo de heno. Cayó de lado sobre el estiércol golpeándose la cadera y el dolor le atravesó el cuerpo de arriba abajo. La risa cascada de Digger resonó en sus oídos. Rocío levantó la cabeza justo a tiempo de ver en los ojos de Tater una expresión que se parecía muchísimo a una sonrisa de satisfacción.
Rocío comenzó a ver rojo. ¡Ya había tenido suficiente!
Ignorando el dolor de la pierna y de la cadera, se puso bruscamente en pie y se plantó delante del elefantito meneando el puño ante sus narices.
—¡No vuelvas a hacerlo! ¡Jamás! ¿Me has oído?
El elefante retrocedió torpemente mientras ella avanzaba hacia él.
—Eres bruto, sucio y malo. ¡Y la próxima vez que me tires, lo lamentarás! ¡No dejaré que sigas abusando de mí! ¿Me has entendido?
Tater soltó un gemido lastimoso y agachó la cabeza, pero ya se había pasado demasiado con ella y Rocío no se ablandó. Olvidando su aversión a tocar animales, le clavó el dedo índice en la trompa.
—¡Si quieres mi atención, compórtate como es debido! ¡Pero no vuelvas a golpearme!
Él agarró la trompa y plegó una de sus orejas. Rocío se irguió en toda su estatura.
—¿Nos entendemos o no?
Tater levantó la cabeza y le dio una cabezadita en el hombro. Ella se cruzó de brazos, rechazando aquella oferta de reconciliación.
—No puedo olvidar lo que has hecho.
Él le dio otro empujoncito con la cabeza, con esos melancólicos ojos oscuros. Rocío se hizo la fuerte ante la mirada que él le brindaba tras las rizadas pestañas.
—Lo siento, pero te va a llevar tu tiempo. Tienes que hacerme olvidar muchas cosas. Ahora si me perdonas, tengo que volver a la casa de fieras. —Se giró para marcharse.
Tater gimió. Desconsolado. Triste. Como un niño que hubiera perdido a su madre.
Rocío aminoró el paso y se le rompió el corazón cuando vio al desolado elefantito con las orejas caídas y los oscuros ojos tristes. Arrastraba la pequeña trompa por el suelo manchándola de tierra.
—Tú te lo has buscado —señaló.
El animal soltó un gemido plañidero.
—Yo intenté ser simpática.
Otro gemido patético. Y luego, para asombro de Rocío, vio que comenzaban a caerle lágrimas de los ojos. Digger le había dicho que los elefantes eran uno de los animales más sentimentales que existían y que además lloraban, pero no le había creído. Ahora, mientras observaba resbalar las lágrimas por la arrugada piel de Tater, se evaporó todo su resentimiento.
Por segunda vez en el día, ignoró la aversión que sentía a acariciar animales. Tendió la mano y acarició la trompa de Tater.
—Eso no se vale. Eres tan llorón como yo.
Él levantó la cabeza y dio unos pasos vacilantes hacia ella. Cuando estuvo a su lado se paró como si quisiera pedir permiso antes de restregarle la cabeza contra el hombro.
Una vez más casi la arrojó al suelo, pero esta vez el gesto había sido cariñoso. Rocío le acarició la frente.
—No pienses que te perdono porque soy una debilucha. Tienes que mejorar tus modales o todo habrá terminado entre nosotros.
Él se frotó contra ella con la misma suavidad que un patito.
—Nada de golpes. Nada de trucos.
Tater dejó salir un suave suspiro y Rocío se rindió.
—Eres un bebé tonto.
Mientras Rocío perdía el corazón por el elefante, Gastón estaba en la puerta trasera del circo, observando lo sucedido. Vio cómo el elefante curvaba la trompa en torno al brazo de su esposa y sonrió. Lo supiera Rocío o no, acababa de hacer un amigo para toda la vida. Se rió entre dientes y se encaminó hacia el vagón rojo.

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