domingo, 30 de octubre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Once

Heather nunca se había sentido tan desdichada. Sentada en la mesa de cocina de la Airstream de su padre, clavó la mirada en los deberes de la escuela, pero lo escrito en la página no captaba su atención. Como los demás niños del circo, recibía lecciones por correspondencia a través de la Calvert School de Baltimore, un lugar especializado en enseñar a los niños que no podían ir a la escuela. Cada pocas semanas llegaba un grueso paquete con libros, cuadernos y exámenes.
Eugenia se había acostumbrado a supervisar la tarea escolar de Heather, pero la educación de la mujer no había sido demasiado buena y no había mucho que pudiera hacer excepto comprobar los exámenes. Heather tenía dificultades con la geografía y había suspendido lengua inglesa.
En ese momento apartó el libro y miró el cuaderno de apuntes que había debajo, donde había garabateado algunos nombres. «Señora de Gastón Dalmau. Heather Dalmau. Heather Pepper Dalmau.»
«Mierda.» ¿Porque él lo había permitido? ¿Por qué Gastón había dejado que Rocío lo besara de esa manera delante de todo el mundo? Heather había querido morirse al presenciar ese beso. Odiaba a Rocío y lo mejor que le había ocurrido esas dos semanas había sido verla sucia y cubierta de mierda. Era lo que se merecía, estar cubierta de mierda.
Más de una vez, Heather había intentado aliviar la culpa que sentía por lo que le había hecho a Rocío diciéndose a sí misma que se lo merecía. Que allí no había sitio para ella. Que no encajaba en el circo. Y que nunca debería haberse casado con Gastón. Que Gastón era suyo.
Se había enamorado de él hacía seis semanas, la primera vez que lo vio. Al contrario que su padre, Gastón siempre tenía tiempo para hablar con ella. No le importaba pasar el rato con ella e incluso, antes de que llegara Rocío, había dejado que lo acompañara a hacer algunos recados. Una vez, en Jacksonville, habían ido juntos a una sala de exposiciones y le había explicado cosas sobre los cuadros. También la había invitado a hablar sobre su madre y en dos ocasiones la había consolado por algo que le había dicho su terco padre.
Pero a pesar de lo mucho que lo amaba, Heather sabía que aún la veía como una niña. Últimamente había estado pensando en que tal vez, si él se hubiera dado cuenta de que era una mujer, la habría mirado de forma diferente y no se habría casado con Rocío.
De nuevo sintió que le invadía la culpa. No había planeado agarrar ese dinero y esconderlo en la maleta de Rocío, pero había entrado en el vagón rojo y Rocío estaba ocupada con aquella llamada telefónica. El cajón de la recaudación estaba abierto y, simplemente, había ocurrido.
Estaba mal, pero no dejaba de decirse a sí misma que no era tan grave como parecía. Gastón no amaba a Rocío, hasta Eugenia lo decía. Rocío cargaría con la culpa del delito y él se desharía de ella ahora en vez de más adelante.
Pero el beso que había presenciado esa mañana le decía que Rocío no iba a dejarlo escapar con tanta facilidad. Heather todavía no podía creerse la manera en que se había abalanzado sobre él. ¡Gastón no la necesitaba! No necesitaba a Rocío cuando podía tenerla a ella.
¿Pero cómo iba a saber él lo que ella sentía si nunca se lo había dicho? Apartó los libros a un lado y se levantó de un salto. No podía soportarlo más. Tenía que hacerle entender que ya no era una niña. Tenía que hacerle entender que no necesitaba a Rocío.
Sin darse tiempo a pensarlo dos veces, salió rápidamente de la caravana y se encaminó al vagón rojo.
Gastón levantó la vista del escritorio cuando entró Heather. La jovencita llevaba metidos los pulgares dentro de los bolsillos de unos pantalones cortos de cuadros, que quedaban casi cubiertos por completo por una enorme camiseta blanca. Se la veía pálida e infeliz, como un hada con las alas cortadas. Sintió pena por ella. La trataban de una manera muy dura, pero a pesar de eso seguía luchando y a él le gustaba que lo hiciera.
—¿Qué te pasa, cariño?
Ella no le respondió. En vez de eso deambuló por la caravana, tocando el brazo del sofá o cogiendo un archivador. Gastón vio una imperceptible mancha naranja en la mejilla, donde había intentado tapar una espinilla, y sintió un señal de ternura. Algún día, muy pronto, Heather se convertiría en una auténtica belleza.
—¿Problemas?
Ella levantó la cabeza de golpe.
—No.
—Bien.
Heather tragó saliva y se aclaró la garganta.
—Es sólo que pensé que tal vez quisieras saber... —La jovencita inclinó la cabeza y comenzó a mordisquearse una uña ya comida.
—¿Saber qué?
—Vi lo que Rocío te ha hecho hoy —dijo Heather con rapidez. —Sólo quiero que sepas que sé que no puedes evitarlo y todo eso.
—¿Y qué me hizo Rocío?
—Ya sabes a qué me refiero.
—Pues me temo que no.
—Ya sabes —ella clavó la vista en un punto sobre la mesa. —Te ha besado donde todos podían verlo y todo eso. Te ha humillado.
Tal y como Gastón lo recordaba, había sido él quien la había besado a ella. No le gustaba la manera en la que todos miraban el vientre de su esposa y contaban los meses con los dedos. Tampoco le gustaba la manera en que la ridiculizaban a sus espaldas, en especial cuando sabía que él tenía la culpa.
—No sé qué tiene que ver eso contigo, Heather.
Ella se agarró las manos y habló atropelladamente.
—Todos saben lo que sientes por ella y todo eso. Que no te gusta. Y cuando mi padre me dijo que no estaba embarazada ni nada, no pude entender por qué te casaste con ella. Luego recordé que los hombres se vuelven locos si tienen una chica cerca y no pueden... ya sabes... mantener relaciones con ella, pero a veces dicen que no conseguiran nada a menos que se casen con ellas. Así que me imaginé que fue por esa razón por la que te casaste con ella. Pero lo que quiero decir es que... si quieres que se vaya y todo eso...
Por primera vez desde que comenzó su acalorada charla, lo miró directamente a los ojos y él vio desesperación en ellos. Heather hizo una mueca y soltó a borbotones el resto de las palabras.
—Sé que piensas que soy una niña, pero no lo soy. Tengo dieciséis años. Puede que no sea tan bonita como Rocío, pero ya soy una mujer y puedo hacer que... te dejaría mantener relaciones sexuales conmigo y todo eso, así no tendrías que hacerlo con ella.
Gastón se quedó pasmado y no supo qué decir. Heather se había puesto colorada como un tomate —probablemente igual que él— y no hacía otra cosa que mirar el suelo.
Él se puso en pie lentamente. Se había enfrentado a sucios borrachos y camioneros con navajas, pero nunca a nada semejante. Heather había confundido su amistad con otra cosa y tenía que aclararlo de inmediato.
—Heather... —Gastón se aclaró la garganta y rodeó el escritorio. Cuando se detuvo, Rocío apareció en la puerta detrás de Heather, pero la adolescente estaba tan absorta en lo que había dicho que no se dio cuenta. Rocío debió de notar que estaba ocurriendo algo importante porque se detuvo y esperó.
—Heather, cuando una jovencita se encapricha...
—¡No es un encaprichamiento! —Heather levantó la cabeza con los ojos suplicantes y llorosos. —Me enamoré de vos a primera vista, y creía que quizá vos también me querías, pero que, como era tan joven y todo eso, no te decidías a dar el primer paso. Por eso he venido a decírtelo.
Gastón deseó que Rocío le echara una mano, pero ella seguía inmóvil y en silencio, asimilando lo que acababa de oír. Por el bien de Heather, él tenía que hacerle ver la realidad de la situación.
—No me amas, Heather.
—¡Sí te amo!
—Sólo crees que me amas. Pero eres una niña, es sólo un encaprichamiento absurdo. Lo superarás. Créeme, dentro de un par de meses los dos nos reiremos de esto.
Heather lo miró como si la hubiera abofeteado y Gastón se dio cuenta de que había metido la pata. La chica respiró hondo y se le llenaron los ojos de lágrimas. Pensó con consternación en cómo podría reparar el daño.
—Me gustas, Heather, en serio. Pero sólo tienes dieciséis años. Yo soy adulto y vos sos todavía una niña. —Se dio cuenta por su expresión de que sólo estaba empeorando las cosas. Nunca se había sentido tan indefenso y le lanzó a Rocío una mirada suplicante.
Para irritación de Gastón, su esposa puso los ojos en blanco, como si él fuera la persona más estúpida de la tierra. Luego se plantó delante de Heather como un vaquero en un duelo.
—¡Sabía que te encontraría aquí, escurridiza! ¡Piensas que porque eres joven y muy guapa puedes robarme al marido sin que yo te lo impida!
Heather la miró boquiabierta y dio un paso atrás. Gastón clavó los ojos en Rocío con incredulidad. De todas las idioteces que la había visto hacer, y eran unas cuantas, ésta se llevaba la palma. Incluso un retrasado mental se habría dado cuenta de lo histriónico de sus palabras.
—¡No me importa lo joven y bonita que seas! —exclamó Rocío. —¡No dejaré que arruines mi matrimonio! —y con aire dramático alargó el brazo y señaló la puerta con un dedo. —Ahora te sugiero que te largues de aquí antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme.
Heather cerró la boca de golpe. Corrió a ciegas hacia la puerta y huyó de allí.
Pasaron varios segundos antes de que Gastón se hundiera bruscamente en el sofá y preguntara:
—¿La cage no?
Rocío lo miró con algo parecido a la piedad.
—Para ser un hombre listo no pareces tener demasiado sentido común

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