Gastón clavó los ojos en la puerta por donde acababa de desaparecer Heather, luego miró a su esposa.
—La tuya ha sido la peor actuación que he visto en mi vida. ¿De verdad has dicho que le vas a impedir que te robe el marido o me lo he imaginado?
—Heather se lo ha creído y eso es lo único que cuenta. Después de lo que le has dicho era necesario que alguien la tratara como a una mujer adulta.
—No pretendía herir sus sentimientos, pero ¿qué querías que hiciera? No es una adulta. Es una niña.
—Te ha ofrecido su corazón, Gastón, y lo rechazaste como si no valiera nada.
—No sólo me ha ofrecido su corazón. Un poco antes de que llegaras me dejó bien claro que su cuerpo también iba incluido en el lote.
—Está desesperada. Si hubieras aceptado, se hubiera desmayado del susto.
Él se estremeció.
—Una quinceañera no está en mi lista de perversiones favoritas.
—¿Qué clase de perversiones...? —Rocío se mordió la lengua. ¿Cuándo iba a comenzar a pensar antes de hablar?
Gastón le brindó una sonrisa enloquecedora que le puso la piel de gallina.
—Será más divertido que lo vayas averiguando poco a poco.
—¿Por qué no me lo dices ahora?
—Espera y verás.
Rocío lo observó.
—¿Incluye algo con...? No, claro que no.
—Estás pensando en los látigos otra vez.
—No, por supuesto que no —mintió.
—Bien. Porque no tienes por qué preocuparte de eso. —Gastón hizo una pausa significativa. —Si lo hago bien no duele en absoluto.
Rocío abrió los ojos de par en par.
—¡Deja de hacer eso!
—¿El qué?
La expresión inocente de Gastón no la engañó ni por un instante.
—Deja de plantar todas esas dudas en mi cabeza.
—No soy yo quien planta dudas en tu cabeza. Lo haces vos sólita.
—Sólo porque seguís diciendo esas cosas. No me gusta que me tomes el pelo. Sólo tienes que responderme sí o no. ¿Alguna vez le has dado latigazos a una mujer?
—¿Sólo sí o no?
—Eso he dicho, ¿no?
—¿Sin ninguna aclaración?
—Sin ninguna aclaración.
—Bueno, entonces sí. Sí, definitivamente le he dado latigazos a una mujer.
—Bueno, será mejor que me lo aclares —dijo ella débilmente tragando saliva.
—Lo siento, cariño, pero ya te he respondido. —Con una amplia sonrisa, él se sentó detrás del escritorio. —Tengo mucho trabajo que hacer, quizá sea mejor que me digas para qué querías verme.
Pasaron varios segundos antes de que Rocío lograra recordar lo que la había llevado hasta allí.
—Se trata de Glenna.
—¿Qué pasa con ella?
—Es un animal grande y su jaula es muy pequeña. Necesita una nueva.
—¿Nada más? ¿Sólo quieres que compremos una jaula nueva? —replicó él con ironía.
—Es inhumano que la pobre viva en un lugar tan estrecho. Se la ve muy deprimida, Gastón. Tiene esos deditos tan suaves, y los saca por los barrotes como si necesitara el contacto de otro ser vivo. Y ése no es el único problema que tenemos. Las jaulas son tan viejas que no son de fiar. La del leopardo se cierra sólo con un alambre.
Gastón agarró un lápiz y tamborileó con él la gastada superficie del escritorio.
—Estoy de acuerdo. Odio esa condenada exposición de fieras, me parece inhumana, pero las jaulas son caras y Eugenia aún se está pensando si deshacerse de esos anímales o no. Por ahora tendrás que arreglártelas como puedas. —Gastón desplazó la mirada a la ventana y la silla rechinó cuando se reclinó para ver mejor. —Vaya, mira ahí fuera. Parece que tienes visita.
Ella siguió la dirección de la mirada y vio a un elefantito con la correa colgando delante del vagón rojo,
—Es Tater. —Cuando ella lo miró, el elefante levantó su trompa y bramó como un trágico héroe que vagara por el mundo en busca de su amor perdido. —¿Qué hace ahí?
—Supongo que estará buscándote. —Gastón sonrió. —Los elefantes crean fuertes vínculos familiares, y Tater parece haberlo establecido con vos.
—Es un poco grande para ser mi mascota.
—Me alegra oír eso, porque por mucho que me lo pidas jamás dormirá en nuestra cama.
Rocío se rió. Pero se abstuvo de recordarle que aún no estaba segura de si ella dormiría o no con él. Había demasiadas cosas por resolver entre ellos.
Eugenia estaba de un humor de perros cuando se acercó a Gastón. Esa mañana Nicolás le había dicho que Rocío no estaba embarazada. La idea de que esa mujer llevara a un Dalmau en su vientre era tan aborrecible que debería haberse sentido aliviada, pero por el contrario se le había puesto un nudo de angustia en la boca del estómago. Si Gastón no se había casado con Rocío porque estaba embarazada, entonces lo había hecho porque quería. Lo había hecho porque la amaba.
La bilis la corroía por dentro. ¿Cómo podía Gastón amar a esa pobre e inútil niña rica cuando no la había amado a ella?
¿No veía lo indigna que era Rocío? ¿Habría perdido Gastón todo su orgullo?
En ese momento la intención de Eugenia era poner en práctica el plan que hacía días que le rondaba la mente. Tenía cabeza para los negocios —siempre pensaba en lo mejor para el circo, por encima de sus sentimientos terrenales, —pero lo que se le había ocurrido haría que Gastón viera con otros ojos a su esposa.
Se detuvo detrás de él mientras éste estaba trajinando en la grúa de montaje del circo. La camiseta húmeda K le pegaba a los firmes músculos de la espalda. Recordó el tacto de esa piel tensa bajo las manos, pero en lugar de excitarla ese recuerdo hizo que sintiera asco de sí misma. Eugenia Quest, la reina de la pista central, le había robado a ese hombre que la amara y él la había rechazado. El rencor hizo que se le revolviera el estómago.
—Tenemos que hablar sobre tu número.
Él agarró un trapo grasiento y se limpió las manos con él. Gastón siempre había sido un mecánico de primera y reparar la grúa no era un problema para él, aunque hora mismo Eugenia no sentía ningún tipo de gratitud por el dinero que le ahorraba.
—Dime.
La mujer levantó la mano para protegerse los ojos del sol, tomándose su tiempo, haciéndole esperar. Tardó un buen rato en hablar.
—Deberías hacer algún cambio. No lo has hecho desde la última gira y aún queda demasiada temporada para seguir repitiendo lo mismo.
—¿Qué pensaste?
Eugenia agarró las gafas de sol con las que se retiraba el pelo de la cara.
—Quiero que Rocío intervenga en tu número.
—Olvídalo.
—¿Crees que no podrá hacerlo?
—Sabes muy bien que no.
—Bueno, pues tendrá que hacerlo. ¿O es que ahora es ella quien lleva los pantalones en tu casa?
—¿Qué pretendes, Eugenia?
—Rocío es ahora una Dalmau. Es hora de que comience a comportarse como tal.
—Eso es asunto mío, no tuyo.
—No mientras yo siga siendo la dueña del circo, Rocío sabe cómo meterse al público en el bolsillo y tengo intención de aprovecharlo. —Le dirigió a Gastón una larga y dura mirada. —Quiero que actúe en el espectáculo, Gastón, te doy dos semanas para prepararla. Si se niega a hacerlo recuérdale que, si quiero, todavía puedo denunciarla.
—Estoy harto de tus amenazas.
—Entonces limítate a pensar en lo que es mejor para el espectáculo.
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