miércoles, 2 de noviembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Doce

Gastón terminó de reparar la grúa y se dirigió a la caravana para lavarse las manos llenas de grasa. Mientras tomaba el cepillo de las uñas y el jabón de debajo del fregadero, se obligó a reconocer que Eugenia tenía razón. Rocío sabía cómo atraer al público y, aunque no había querido admitirlo antes, ya había pensado en incluirla en el número. Su ironía provenía de lo difícil que sería entrenarla.
Todas las ayudantes con las que había trabajado en el pasado habían sido artistas con experiencia y no les daban miedo los látigos. Pero Rocío sentía terror. Si se sobresaltaba cuando no debía...
Ahuyentó ese pensamiento. Podía entrenarla para que no se sobresaltase y permaneciese completamente inmóvil. Su tío Sergey lo había entrenado a él y lo había hecho tan bien que incluso cuando la función terminaba y aquel pervertido hijo de puta lo castigaba por alguna ofensa imaginaria, Gastón no había movido ni un solo músculo.
Su mente había recorrido aquel tortuoso camino de su infancia más veces de las que quería recordar y no quería remover aquella mierda otra vez, así que apartó un lado aquellos viejos recuerdos. Había otra ventaja en utilizar a Rocío como ayudante, una más importante que el simple hecho de cambiar el número, le daría a él una razón válida para mandarle menos trabajo, una razón contra la que ella no podría discutir.
Aún no podía creer que Rocío se hubiera negado a permitir que le facilitara las cosas. Esa mañana Gastón había vuelto a insistir, pero algo en la expresión de su esposa lo había hecho desistir. El trabajo era importante para ella; se había dado cuenta de que Rocío lo consideraba una especie de prueba de supervivencia.
Pero a pesar de lo que ella pensaba, él no tenía intención de permitir que acabara agotada. Lo supiera Rocío o no, actuar en la pista central con él era mucho menos duro que agarrar estiércol de elefante. O limpiar jaulas.
Mientras se lavaba las manos y se las secaba con una toalla de papel, recordó lo frágil que la había sentido bajo él la noche anterior. La manera de hacer el amor de su esposa había sido tan buena que lo asustaba. No se lo había esperado, nunca se hubiera imaginado que Rocío tuviera tantas facetas: inocente y tentadora, infantil e insegura, agresiva y generosa. Había querido conquistarla y protegerla al mismo tiempo, y ahora estaba jodidamente confundido.
Al otro lado del recinto, Rocío salió del vagón rojo. A Gastón no le agradaría descubrir que había hecho un par de llamadas a larga distancia con su móvil, pero ella estaba más que satisfecha con lo que había aprendido del guardián del zoo de San Diego. El hombre le había sugerido algunos cambios que ella intentaría llevar a cabo: tenía que reajustar la dieta de los animales, darles vitaminas extras y cambiar los horarios de alimentación.
Caminó hacia la caravana, donde había visto dirigirse a su marido unos minutos antes. Al terminar las tareas en la casa de fieras había ido a echarle una mano a Digger, pero el hombre le había dicho con un gruñido que no necesitaba su ayuda, así que Rocío había decidido aprovechar esas horas libres para ir a la biblioteca de la localidad. La vio al pasar por el pueblo y quería investigar un poco más sobre los animales. Pero antes tenía que conseguir que Gastón le dejara las llaves de la camioneta, cosa que, hasta entonces, no había conseguido.
Cuando ella entró en la caravana, él estaba delante del fregadero lavándose las manos. La atravesó una especie de vértigo absurdo. Gastón era demasiado grande para un lugar tan estrecho y Rocío pensó que aquella oscura presencia que él poseía parecía mucho más adecuada para vagar por un páramo inglés del siglo XIX que para viajar con un circo itinerante del siglo XX. Gastón se volvió y ella contuvo el aliento ante el impacto de esa mirada color ámbar.
—¿Podrías dejarme las llaves de la camioneta? —dijo Rocío cuando recuperó la voz. —Tengo que hacer unos recados.
—¿Vas a ir a comprar tabaco?
—Por si no te has dado cuenta, he dejado de fumar.
—Estoy orgulloso de vos. —Gastón lanzó la toalla de papel a la basura y Rocío observó cómo la camiseta se le pegaba al pecho húmedo de sudor. Tenía una mancha de grasa en el brazo. —Te llevaré dentro de una hora o así.
—Puedo ir sola. Esta mañana vi una lavandería al lado de la biblioteca del pueblo. He pensado que podría hacer la colada y, al mismo tiempo, pillar algún libro. ¿Te parece bien?
—Genial. Pero prefiero llevarte yo.
—¿Tienes miedo de que te robe la camioneta?
—No. Es sólo que... la camioneta no es mía. Es del circo y no creo que debas conducirla.
—Soy una conductora excelente. No voy a darle ningún golpe.
—Eso no puedes asegurarlo.
Rocío tendió la mano decidida a salirse con la suya.
—Por favor, dame las llaves.
—Te acompañaré y aprovecharé para agarrar un libro de la biblioteca.
Ella le dirigió su mirada más intimidante.
—Las llaves, por favor.
Él se frotó la barbilla con los dedos como si considerase la idea.
—Hagamos un trato. Desabróchate la camisa y te daré las llaves.
—¿Qué?
—Es mi mejor oferta. O la tomas o la dejas.
Al observar el brillo divertido en los ojos de Gastón, Rocío se preguntó cómo alguien tan serio podía tener una naturaleza tan juguetona cuando se trataba de sexo.
—¿De verdad esperas que yo...?
—Aja. —Gastón se apoyó en el fregadero y se cruzó de brazos, esperando.
Una ardiente llamarada de excitación atravesó el cuerpo de Rocío al ver el deseo en los ojos de Gastón. No estaba segura de estar preparada para otro encuentro sexual con él, pero por otra parte... ¿qué daño podía hacerle jugar un rato? La humedad de la blusa le recordó que llevaba toda la mañana trabajando y que estaba sucia. Aunque por otro lado, él también lo estaba y, después de todo, sólo retozarían un poco. Entonces ¿qué importaba lo demás?
Lo miró por encima del hombro con un gesto altivo.
—No acostumbro a utilizar mi cuerpo como moneda de cambio. Es ofensivo.
—Siento que pienses así. —Sacó las llaves del bolsillo y, con exagerada inocencia, las lanzó al aire y las agarró con la mano.
La suave piel de los pechos de Rocío se erizó bajo la húmeda camisa y los pezones se le pusieron como guijarros.
—¿De verdad te gustaría que hiciera algo así?
—Cariño, me encantaría.
Conteniendo una sonrisa, Rocío se desabrochó lentamente el botón superior.
—Está bien, pero sólo una miradita. —Una vocecilla interior le dijo que estaba jugando con fuego, pero la ignoró.
—Con una miradita conseguirás la llave de la puerta, pero no la del contacto.
Rocío se desabrochó otro botón.
—¿Qué tendría que hacer para conseguir la llave del contacto?
—¿Llevas sujetador?
—Sí.
—Pues quitártelo.
Rocío sabía que debería poner fin al juego en ese momento, pero se desabrochó el siguiente botón.
—Bueno, supongo que como eres el responsable de la camioneta, es normal que pongas las reglas.
Se tomó su tiempo con los últimos botones. Cuando estuvieron todos abiertos, agarró las solapas de la blusa y jugueteó con ellas, tomándole el pelo, aunque sabía que lo estaba provocando.
—Quizá debería pensármelo un poco más.
—No hagas que me ponga duro. —El ronco susurro de Gastón no era amenazador, pero hizo que Rocío se pusiera a temblar.
—Ya que te pones así... —abrió la blusa, mostrando un sujetador con un estampado floral.
—Quítatelo también.
Rocío se lo acarició con la mano, pero no lo abrió.
—Haz lo que te digo y nadie resultará herido.
Rocío no pudo ocultar una sonrisa mientras abría el broche. Se desprendió lentamente de las húmedas copas de encaje que le cubrían los pechos y se exhibió ante él con descarado atrevimiento, sin haberse desnudado del todo, pero con la blusa abierta y los pechos desnudos.
—Eres preciosa. —El susurrante cumplido de Gastón la hizo sentir la mujer más bella del mundo.
—¿Lo bastante para que me des la llave del contacto?
—Lo suficiente para que te dé toda la puta camioneta.

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