En dos pasos la tomó entre sus brazos. Gastón bajó la cabeza con rapidez y le cubrió la boca con la suya, y Rocío sintió que el mundo comenzaba a girar como un loco carrusel. Él se deshizo de la camisa de Rocío fácilmente, bajándosela por los hombros; luego la agarró por las caderas y la alzó lo justo para rozarla contra las suyas. Rocío lo sintió duro y exigente, y supo que el tiempo de jugar había terminado.
La sangre rugió ardiente y necesitada en las venas de Rocío . Separó los labios para que la lengua de Gastón penetrara en su boca mientras él la cogía en brazos y la llevaba a la cama donde la dejó caer sin ningún miramiento.
—Estoy sucia y sudada.
—Yo también, así que no hay problema. —Con un rápido movimiento Gastón se quitó la manchada camiseta por la cabeza. —Vas demasiado vestida para mi gusto.
Rocío se deshizo de los zapatos y se desabrochó los vaqueros, pero al parecer no con la suficiente rapidez para él.
—¿Por qué tardas tanto? —En unos instantes Gastón le había arrancado la ropa para dejarla tan desnuda como él.
Los ojos de Rocío recorrieron el cuerpo de su marido, los músculos marcados, la piel morena y el vello del pecho donde resaltaba la medalla esmaltada. Tenía que preguntarle por ella. Tenía que preguntarle muchas cosas.
Cuando Gastón se dejó caer junto a ella, Rocío inhaló el carnal olor a sudor, producto del trabajo duro, y se preguntó por qué no se sentía asqueada. Lo primitivo de aquel encuentro la excitaba de una manera que nunca hubiera creído posible. El desenfreno que sentía la hacía avergonzarse.
—T-tengo que ducharme.
—Después. —Gastón agarró un condón del cajón de la mesilla, lo abrió y se lo puso.
—Pero estoy muy sucia.
Él le separó las rodillas.
—Quiero que disfrutes, Rocío.
Ella gimió y le mordió el hombro cuando se apretó contra ella. Su piel le supo a sal y a sudor; lo mismo que él saboreaba en sus pechos. Se le puso un nudo en la garganta.
—De verdad, Gastón, tengo que ducharme.
—Después.
—Oh, Dios mío, ¿qué me estás haciendo?
—¿Te gusta?
—¿Te gusta a vos?
—Sí. ¿Quieres más?
—Sí, oh, sí.
Olores y sabores. Caricias. Sudor y fuerza bajo las palmas de las manos de Rocío mientras Gastón embestía una y otra vez.
A ella se le pegó el pelo a las mejillas y una brizna de paja le hizo cosquillas en el cuello. Gastón le pasó los dedos por la hendidura del trasero y la puso sobre su cuerpo, manchándole el costado con la grasa del brazo. Le aferró los muslos con las manos y la alzó sobre él.
—Móntame.
Ella lo hizo. Se arqueó y bajó con rapidez, moviéndose como le dictaba su instinto, e hizo una mueca de dolor al intentar albergarle en su cuerpo.
—Más despacio, cariño. No voy a ir a ningún sitio.
—No puedo. —Lo miró a través de una neblina de dolor y deseo y vio la cara de Gastón cubierta de sudor con los labios apretados y pálidos. La suciedad oscurecía esos rudos pómulos eslavos y tenía un poco de paja en el brillante pelo negro. El sudor se deslizaba entre los pechos de Rocío . Volvió a descender sobre él y soltó un jadeo de dolor.
—Así no, cariño. Shhh... más despacio.
Gastón le deslizó las manos por la espalda y la atrajo hacia él, apretándole los pechos contra su torso, enseñándole a encontrar un nuevo ritmo.
Rocío lo abrazó con los muslos y la medalla esmaltada le arañó la piel. Se movió sobre el cuerpo masculino. Lentamente al principio, contoneándose después adorando la sensación de tener el control, de dictar el compás y la profundidad. Ahora ya no había dolor, sólo placer.
Gastón le aferró las nalgas, pero dejó que siguiera a su ritmo. Rocío sabía por la tensión de esos duros músculos que a él le costaba renunciar al control. Gastón le mordió en la clavícula, sin hacerle daño; como si quisiera utilizar otra parte de su cuerpo para sentirla.
Rocío se abandonó en medio del sudor y el olor almizcleño. Gastón emitió unos sonidos incoherentes y ella respondió en el mismo lenguaje. Olvidaron cualquier rastro de civilización, regresando a la selva, a la caverna, al mundo primitivo; a un momento suspendido en el tiempo en el que recordaron el origen de la creación.
Rocío dejó la cama en cuanto pudo y se metió en el cuarto de baño. Mientras el agua caía sobre su cuerpo se estremeció por esa desconocida y salvaje parte de sí misma ¿Era sagrada o profana? ¿Cómo podía abandonarse de esa manera a un hombre al que no amaba? Aquella pregunta la atormentaba.
Cuando salió del baño envuelta en una toalla, con la piel limpia y el alma confusa, Gastón estaba apoyado en el fregadero. Se había vuelto a poner los vaqueros sucios y sostenía una cerveza en la mano.
La miró fijamente y frunció el ceño.
—Vas a complicarlo todo, ¿verdad?
Ella agarró ropa limpia del cajón y le dio la espalda para vestirse.
—No sé a qué te refieres.
—Lo veo en tu cara. Estás dándole vueltas a lo que acaba de ocurrir.
—¿Y vos no?
—¿Por qué iba a hacerlo? Es sólo sexo, Rocío. Es divertido y ardiente. Y no hace falta enredarlo más.
Ella señaló la cama con la cabeza.
—¿Te ha parecido algo sencillo?
—Ha estado bien. Eso es todo lo que importa.
Rocío se subió la cremallera de los pantalones cortos y se puso unas sandalias.
—Te has acostado con muchas mujeres, ¿verdad?
—No de manera indiscriminada, si es eso lo que quieres decir.
—¿Ha sido así siempre?
Gastón vaciló.
—No.
Por un momento, desapareció parte de la tensión de Rocío.
—Me alegro. Quiero que signifique algo.
—Lo único que significa es que, aunque nos cueste comunicarnos a nivel mental, nuestros cuerpos no encuentran ninguna dificultad para hacerlo.
—No creo que sea tan sencillo.
—Para mí sí.
—La tierra se ha movido —dijo ella suavemente. —Es algo más que dos cuerpos que se atraen.
—A veces sucede, a veces no. A nosotros nos pasa y punto.
—¿De verdad crees eso?
—Rocío, escúchame. Si comienzas a imaginar cosas que no van a ocurrir, lo único que conseguirás es salir herida.
—No sé lo que quieres decir.
Gastón la miró fijamente a los ojos y ella sintió como si estuviera mirándole el alma.
—No voy a enamorarme de vos, cariño. No ocurrirá. Me importas, pero no te amo.
Cómo herían esas palabras. ¿De verdad era amor lo que quería de él? Ciertamente, lo deseaba. Lo respetaba. ¿Pero cómo era posible llegar a amar a alguien que sentía tan poco aprecio por ella? En lo más profundo de su alma sabía que a ella le resultaría muy difícil amar a un hombre como Gastón Dalmau. Él necesitaba a alguien tan terco y arrogante como él, alguien obstinado e imposible de intimidar, una mujer que no se echara a temblar ante todos esos oscuros ceños y que le respondiera de la misma manera. Una mujer que se sintiera como en casa en el circo, que no temiera a los animales ni el trabajo agotador. Necesitaba a Eugenia Quest.
Los celos la inundaron. Aunque reconocía la lógica de que Gastón y Eugenia eran perfectos el uno para el otro, su corazón rechazaba la idea.
Vivir con él le había enseñado algo de orgullo, y Rocío irguió la cabeza.
—Lo creas o no, no me he pasado todo el tiempo pensando en cómo voy a conseguir que te enamores de mí. —Agarró la cesta de ropa que se iba a llevar a la lavandería. —De hecho, no quiero tu amor. Lo que sí quiero son las llaves de la maldita camioneta.
Las agarró del mostrador y salió corriendo hacia la puerta. Él se movió con rapidez para bloquearle el paso. Gastón le quitó la cesta de las manos.
—No pretendo hacerte daño, Rocío —dijo. —Me importas. No quería que fuera así, pero no puedo evitarlo. Eres dulce y graciosa, y me encanta mirarte.
—¿De veras?
—Aja.
Rocío alargó la mano para limpiarle con el pulgar una mancha del pómulo.
—Bueno, a pesar de que eres un hombre con muy mal genio, también me gusta mirarte.
—Me alegro.
Ella sonrió e intentó agarrar de nuevo la cesta de la ropa sucia, pero él no se la dio.
—Antes de que te vayas... Eugenia y yo hemos hablado. A partir de ahora tendrás una nueva tarea.
Ella lo miró con cautela.
—Ya estoy ayudando con los elefantes y con las fieras. No creo que tenga tiempo para hacer nada más.
—A partir de ahora, ya no te encargarás de los elefantes, y Trey se hará cargo de la casa de fieras.
—Los animales son responsabilidad mía.
—Bien. Puedes supervisarlo si quieres. El hecho es que le gustas al público y Eugenia quiere aprovecharse de ello. Actuarás conmigo. —Ella clavó los ojos en él. —Comenzaré a entrenarte mañana.
Rocío se dio cuenta de que le rehuía la mirada.
—¿Entrenarme para que haga qué?
—Tu trabajo consistirá en estar quieta y hermosa.
—¿Y qué más?
—Tendrás que ayudarme. No será difícil.
—Ayudarte. ¿A qué te refieres con eso de ayudarte?
—Sólo eso. Lo hablaremos mañana.
—Dímelo ahora.
—Sostendrás algunas cosas, eso es todo.
—¿Sostenerlas? —Rocío tragó saliva. —¿Las arrancarás de mi mano?
—De tu mano —Gastón hizo una pausa, —de tu boca.
Rocío palideció.
—¿De mi boca?
—Es un truco fácil. Lo he hecho centenares de veces, y no debes preocuparte de nada. —Gastón abrió la puerta y le puso la cesta en los brazos. —Si quieres pasarte por la biblioteca, será mejor que te vayas ya. Te veré más tarde.
Con un suave empujón la echó afuera. Rocío se dio la vuelta para decirle que de ninguna manera pensaba actuar en la pista central con él, pero Gastón le cerró la puerta en las narices antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
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