Normalmente sería imposible
despegar de delante del espejo a una chica que ha de prepararse para su primera
cita, pero cuando llegó la noche del viernes, la de la escapada a Riverton, María
estaba tan ocupada mirándose que para el caso podría haberme vestido en la
oscuridad. Estuvo examinándose la cara y la figura en el espejo de cuerpo
entero, volviéndose a un lado y al otro, incapaz de encontrar lo que estuviera
buscando, ya fueran imperfecciones o belleza.
—Estás muy guapa — dije — Come
algo, ¿vale? casi te transparentas.
—No queda ni un mes para el
Baile de otoño. Quiero estar estupenda.
—¿Y de qué sirve ir al Baile
de otoño si no puedes disfrutarlo?
—Así lo disfrutaré más —
María me sonrió. Tenía el don de poder ser paternalista y completamente sincera
al mismo tiempo — Algún día lo entenderás.
No me gustaba cuando me
hablaba de esa manera, con esos aires de superioridad, pero ya la consideraba
como a una amiga. María me había prestado un jersey muy suave de color marfil
para mi cita como si fuera el mayor favor que alguien pudiera hacer nunca a
otra persona. Tal vez estuviera en lo cierto. Gracias a ese jersey, mi
figura... Vamos, que se hacía evidente que tenía una, algo que las sosas faldas
plisadas y las chaquetas de Mandalay ocultaban al mundo.
—¿Vosotros no vais a ir? — le
pregunté, mientras trataba de hacerme una trenza alta. No hacía falta que
concretara a quién me refería.
—Augusto va a dar otra
fiesta junto al lago — María se encogió de hombros. Todavía llevaba puesta la
bata de satén rosa y una cinta que le retiraba el pelo de la cara. Si ella ni
siquiera había empezado a prepararse, era señal de que seguramente la fiesta no
empezaría hasta después de medianoche — La mayoría de los profesores estarán en
la ciudad haciendo de acompañantes y eso nos asegura una noche de primera aquí.
—Me cuesta mucho imaginar
que en la Academia Mandalay haya noches de primera.
—Ni que nos tuvieran
encerrados en una jaula, Rocío. Además, ese peinado no te favorece nada.
Suspiré.
—Ya lo sé, ya lo veo yo
sólita.
—Espera.
María se puso detrás de mí,
deshizo las trenzas desiguales que había conseguido entretejer con muchos
esfuerzos y pasó los dedos entre los mechones de pelo. Luego me recogió el
cabello en un moño flojo y muy bajo, y unos cuantos mechones se soltaron y me cayeron
sobre la cara. Desenfadado, pero con estilo, como siempre había querido
llevarlo. Al ver la transformación en el espejo, pensé que casi parecía que me
hubieran arreglado el pelo por arte de magia.
—¿Cómo lo has hecho?
—Ya aprenderás con el tiempo
— María sonrió, más satisfecha de su trabajo que de mí — Tienes un color de
pelo precioso, ¿sabes? Tienes que lucirlo más cuando te caiga sobre el jersey;
mira qué contraste hace con el color marfil, ¿lo ves?
¿Cuándo aquel tono dorado se
había convertido en un «color precioso» de pelo? Le sonreí a mi reflejo
pensando que, partiendo de que Gastón y yo íbamos a salir juntos, cualquier
milagro era posible.
—Perfecto — dijo María y, no
sé por qué, pero supe que lo decía con sinceridad.
No por eso el cumplido dejaba
de ser impersonal. Estaba convencida de que el concepto de perfección
significaba más para ella que para mí, pero María no lo habría dicho si no lo
pensara de verdad.
Cohibida y encantada, me
quedé mirando mi reflejo en el espejo. Si María conseguía encontrarme guapa,
entonces tal vez Gastón también lo haría.
—¡Estás estupenda! — exclamó
Gastón al verme.
Lo saludé con un gesto de
cabeza, intentando no perder el contacto visual mientras nos abríamos paso
entre los alumnos que iban apretujándose en el autobús que nos llevaría a la
ciudad. La Academia Mandalay no podía tener algo tan ordinario como un autobús
escolar amarillo normal y corriente, eso por descontado; en vez de eso, nos
esperaba una pequeña lanzadera de lujo, de las que suelen utilizar los hoteles
de postín, que seguramente habrían alquilado para la ocasión. Yo entré a
presión con la primera oleada de estudiantes mientras Gastón seguía haciendo lo
que podía por acercarse a la puerta. Al menos podía verlo sonreír desde la
ventanilla.
—De lujo — Nicolás se echó a
reír, dejándose caer en el asiento libre que había a mi lado. Llevaba un
sombrero de fieltro que parecía directamente sacado de los cuarenta, y la
verdad es que estaba muy guapo, pero aun así no era la persona que deseaba como
acompañante; y algo debió de delatar mi expresión, porque me dio un codazo
amistoso — No te preocupes, solo le estoy calentando el asiento a Gastón.
—Gracias.
Si no hubiera sido por Nicolás,
no podría haberme sentado con Gastón. La gente se mataba por subir al autobús y
parecía que unas veinte personas — de hecho, casi todas las que no encajaban
con el típico alumno de Mandalay — estaban decididas a ir a Riverton. Teniendo
en cuenta lo aburrida que era la ciudad, seguramente lo único que deseaban era
alejarse de la escuela y para eso cualquier lugar valía. Sabía cómo se sentían.
Nicolás cedió el asiento con
galantería a Gastón cuando este consiguió llegar por fin hasta nosotros, aunque
yo no diría que la cita empezó entonces. Estábamos completamente rodeados por
otros compañeros que no dejaban de reír, hablar y gritar, aliviados por poder
salir por fin de las claustrofóbicas propiedades de la escuela. Candela se
sentaba unas filas más adelante y charlaba animadamente con su compañera de
cuarto; debía de haber aplacado sus temores, al menos por el momento. Hubo
algunos que me lanzaron miraditas sorprendidas no demasiado amistosas. Por lo
visto seguía siendo sospechosa de formar parte de los «legítimos», algo tan
absurdo que hasta tenía gracia. Nicolás se arrodilló en el asiento de delante y
se volvió hacia nosotros con la intención de hablarnos del ampli que iba a
comprarse en una tienda de música que acababan de abrir en la ciudad.
—¿Qué vas a hacer con un
ampli? — le pregunté, alzando la voz para hacerme oír por encima del bullicio
general, a medida que avanzábamos a trompicones por la carretera en dirección a
la ciudad — No van a dejarte tocar la guitarra eléctrica en la habitación.
Nicolás se encogió de
hombros, pero no perdió la sonrisa.
—¡Me basta con poder
mirarlo, tío! Y saber que tengo algo tan increíble. Así iré contento todos los
días.
—Pero si tú siempre estás
contento. Sonríes hasta en sueños.
A pesar del tono burlón en
que Gastón lo había dicho, estaba claro que en el fondo le gustaba Nicolás.
—Es lo que te mantiene vivo,
¿sabes?
Nicolás era justo lo
contrario al típico alumno de Mandalay y decidí que a mí también me gustaba.
—¿Qué vas a hacer mientras
nosotros estemos en el cine?
—Explorar, dar una vuelta,
sentir la tierra bajo mis pies — Nicolás enarcó las cejas repetidas veces — Tal
vez conocer a alguna tía buena en la ciudad.
—Entonces será mejor que
compres el ampli después — dijo Gastón — Igual te corta el rollo tener que
arrastrar esa cosa contigo.
Nicolás asintió muy serio y
tuve que cubrirme la boca con la mano para ocultar una sonrisa.
Es decir, que Gastón y yo no
estuvimos realmente solos hasta que no nos encontramos paseando por la calle
principal de Riverton, a una sola manzana del cine. Ambos nos alegramos mucho
cuando vimos lo que había anunciado en la marquesina.
—Sospecha — leyó — Dirigida por Alfred Hitchcock, un genio.
—Con Cary Grant — Cuando Gastón
me miró, añadí — Tú tienes tus preferencias y yo las mías.
Había más alumnos pululando
por el vestíbulo, algo que seguramente estaba más relacionado con que Riverton
no ofreciera demasiados entretenimientos que con un súbito y renovado interés
en Cary Grant. Sin embargo, a nosotros nos interesaba de verdad, al menos hasta
que comprobamos quiénes eran los profesores que harían de acompañantes en el
cine.
—Créeme, estamos tan
sorprendidos como tú — dijo mi madre.
—Estábamos convencidos de que
irías a tomarte algo — Mi padre le había pasado el brazo por los hombros a mi
madre, como si se tratara de su cita y no de la nuestra. Estábamos todos
plantados delante del cartel del vestíbulo y Joan Fontaine nos miraba
fijamente, escandalizada, como si se enfrentara a mi dilema en vez de al suyo —
Por eso decidimos encargarnos del cine. Ya hay otros encargándose de la
cafetería.
—Todavía no es demasiado
tarde para un pastelito — añadió mi madre, intentando animarnos — No nos
ofenderemos.
—No os preocupéis — En
realidad sí que era preocupante tener que pasar mi primera cita con mis padres,
pero ¿qué iba a decir si no? — Resulta que a Gastón le gustan las películas
antiguas, así que... No pasa nada, ¿no?
—No, no pasa nada.
Aunque no parecía
precisamente que no pasara nada; daba la impresión de que Gastón estaba incluso
más disgustado que yo.
—A no ser que te gusten los
pastelitos — dije.
—No. Es decir..., sí, los
pastelitos me gustan, pero me gustan bastante más las películas antiguas — Levantó
la barbilla como si estuviera retando a mis padres a que intentaran intimidarlo
— Nos quedamos.
Mis padres, lejos de
sentirse intimidados, sonrieron de oreja a oreja.
Les había contado que Gastón
y yo íbamos a ir juntos a Riverton durante la comida del domingo anterior. No
les di más detalles por miedo a paralizarlos de la impresión, pero quedó claro
que no les había entrado por un oído y salido por el otro. Para mi sorpresa y
alivio, no me interrogaron; de hecho, primero intercambiaron una mirada,
calibrando su reacción respectiva delante de mí. Probablemente era extraño que
tu «niña milagro» ya fuera lo bastante mayor para salir con alguien. Mi padre
mencionó con calma que Gastón parecía un buen chico y luego me preguntó si
quería más macarrones con queso.
Resumiendo, no sé que tipo
de exagerada reacción sobreprotectora estaría esperando Gastón, pero esta no se
produjo.
—En el caso de que
quisierais evitarnos, cosa que no me extrañaría, nosotros vamos a ir a la
platea, que es donde estarán casi todos los alumnos — dijo mi madre.
Mi padre asintió.
—Las plateas son poderosas
tentaciones y ejercen una intensa atracción gravitacional sobre las bebidas
sostenidas por manos adolescentes. Yo he sido testigo.
—Creo haberlo estudiado en
alguna clase de ciencias del instituto — dijo Gastón, muy serio.
Mis padres rieron y yo me
dejé arropar por una cálida oleada de alivio. Gastón les gustaba y puede que no
tardaran mucho en invitarlo a comer algún domingo. Ya nos estaba viendo juntos
a todas horas y en todas partes, a mi lado, amoldado a mi vida.
Gastón no parecía tan
convencido como yo — tenía una mirada cautelosa al entrar en el cine —, pero di
por hecho que se trataba de la típica reacción del chico ante los padres de su
pareja.
Escogimos las butacas que
quedaban debajo de la platea, donde era imposible que mis padres pudieran
vernos. Gastón y yo nos sentamos muy juntos, con el cuerpo medio inclinado
hacia el otro, de modo que nuestros hombros y rodillas se rozaban.
—Nunca había hecho esto — dijo.
—¿Nunca habías ido a un cine
antiguo? — Miré embelesada las volutas doradas que decoraban las paredes y la
platea, y el telón de terciopelo granate — Son preciosos.
—No me refiero a eso — A
pesar de su agresividad innata, a veces incluso podía parecer tímido; aunque
eso solo ocurría cuando hablaba conmigo — Nunca había llegado a... Salir con
una chica.
—¿También es tu primera
cita?
—Cita. ¿La gente todavía
utiliza esa palabra? — Me habría muerto de vergüenza si Gastón no me hubiera
dado un codazo socarrón — Me refiero a que nunca me había sentido así con
nadie, sin presiones ni temiendo tener que mudarme otra vez al cabo de un par
de semanas.
—Hablas como si nunca te
hubieras sentido como en casa en ningún sitio.
—Hasta ahora no.
Lo miré con escepticismo.
—¿Te sientes como en casa en
Mandalay? Venga ya.
Una leve sonrisa apareció
lentamente en el rostro de Gastón.
—No me refería a Mandalay.
En ese momento las luces del
cine empezaron a bajar de intensidad, y menos mal, porque si no seguramente me
habría dado por decir alguna tontería en vez de disfrutar del momento.
Sospecha era una de las películas de
Cary Grant que no había visto. La mujer, Joan Fontaine, se casaba con Cary a
pesar de que él era un irresponsable y despilfarraba mucho dinero, pero lo
hacía de todos modos porque se trataba del macizo de Cary Grant, y eso bien
valía quedarse sin blanca. A Gastón no pareció convencerle mi razonamiento.
—¿No crees que es un poco
extraño que él investigue sobre venenos? — me susurró — ¿Quién estudia los
venenos como si se tratara de un pasatiempo? Al menos admite que tiene un
entretenimiento un poco raro.
—Un hombre con esa planta no
puede ser un asesino — insistí.
—¿Te han dicho alguna vez
que confías en la gente demasiado deprisa?
—Que te calles.
Le di un codazo y varias
palomitas saltaron de la bolsa. Estaba disfrutando de la película, pero aún más
de estar tan cerca de Gastón. Era increíble lo mucho que podíamos decirnos sin
abrir la boca, solo necesitábamos una divertida mirada de soslayo o el modo
natural en que nuestras manos se rozaron y él entrelazó sus dedos con los míos.
Me acarició la palma de la mano con su pulgar, dibujando circulitos y si eso
solo ya fue suficiente para que se me desbocara el corazón, ¿qué debía de
sentirse entre sus brazos?
Al final se demostró que no
estaba equivocada: por lo visto Cary estudiaba los venenos para suicidarse y
así evitar que la pobre Joan Fontaine tuviera que cargar con las deudas. Ella
insistía en que encontrarían una solución y se iban juntos en coche. Gastón
sacudió la cabeza con el fundido de la última toma.
—No es el verdadero final,
¿sabes? Hitchcock quería que él fuera el culpable, pero el estudio le obligó a
salvar a Cary Grant al final para que le gustara al público.
—Si se acaba así, es el
verdadero final — insistí. Encendieron las luces unos momentos, antes del
inicio de la siguiente sesión — Vamos a otro sitio, ¿vale? Todavía queda un
buen rato antes de que tengamos que volver al autobús.
Gastón echó un vistazo hacia
arriba y adiviné que no le importaba lo más mínimo alejarse un poco de los
vigilantes paternos.
—Vamos.