miércoles, 30 de noviembre de 2011

Capitulo 005 - Primera Parte


Normalmente sería imposible despegar de delante del espejo a una chica que ha de prepararse para su primera cita, pero cuando llegó la noche del viernes, la de la escapada a Riverton, María estaba tan ocupada mirándose que para el caso podría haberme vestido en la oscuridad. Estuvo examinándose la cara y la figura en el espejo de cuerpo entero, volviéndose a un lado y al otro, incapaz de encontrar lo que estuviera buscando, ya fueran imperfecciones o belleza.
—Estás muy guapa — dije — Come algo, ¿vale? casi te transparentas.
—No queda ni un mes para el Baile de otoño. Quiero estar estupenda.
—¿Y de qué sirve ir al Baile de otoño si no puedes disfrutarlo?
—Así lo disfrutaré más — María me sonrió. Tenía el don de poder ser paternalista y completamente sincera al mismo tiempo — Algún día lo entenderás.
No me gustaba cuando me hablaba de esa manera, con esos aires de superioridad, pero ya la consideraba como a una amiga. María me había prestado un jersey muy suave de color marfil para mi cita como si fuera el mayor favor que alguien pudiera hacer nunca a otra persona. Tal vez estuviera en lo cierto. Gracias a ese jersey, mi figura... Vamos, que se hacía evidente que tenía una, algo que las sosas faldas plisadas y las chaquetas de Mandalay ocultaban al mundo.
—¿Vosotros no vais a ir? — le pregunté, mientras trataba de hacerme una trenza alta. No hacía falta que concretara a quién me refería.
—Augusto va a dar otra fiesta junto al lago — María se encogió de hombros. Todavía llevaba puesta la bata de satén rosa y una cinta que le retiraba el pelo de la cara. Si ella ni siquiera había empezado a prepararse, era señal de que seguramente la fiesta no empezaría hasta después de medianoche — La mayoría de los profesores estarán en la ciudad haciendo de acompañantes y eso nos asegura una noche de primera aquí.
—Me cuesta mucho imaginar que en la Academia Mandalay haya noches de primera.
—Ni que nos tuvieran encerrados en una jaula, Rocío. Además, ese peinado no te favorece nada.
Suspiré.
—Ya lo sé, ya lo veo yo sólita.
—Espera.
María se puso detrás de mí, deshizo las trenzas desiguales que había conseguido entretejer con muchos esfuerzos y pasó los dedos entre los mechones de pelo. Luego me recogió el cabello en un moño flojo y muy bajo, y unos cuantos mechones se soltaron y me cayeron sobre la cara. Desenfadado, pero con estilo, como siempre había querido llevarlo. Al ver la transformación en el espejo, pensé que casi parecía que me hubieran arreglado el pelo por arte de magia.
—¿Cómo lo has hecho?
—Ya aprenderás con el tiempo — María sonrió, más satisfecha de su trabajo que de mí — Tienes un color de pelo precioso, ¿sabes? Tienes que lucirlo más cuando te caiga sobre el jersey; mira qué contraste hace con el color marfil, ¿lo ves?
¿Cuándo aquel tono dorado se había convertido en un «color precioso» de pelo? Le sonreí a mi reflejo pensando que, partiendo de que Gastón y yo íbamos a salir juntos, cualquier milagro era posible.
—Perfecto — dijo María y, no sé por qué, pero supe que lo decía con sinceridad.
No por eso el cumplido dejaba de ser impersonal. Estaba convencida de que el concepto de perfección significaba más para ella que para mí, pero María no lo habría dicho si no lo pensara de verdad.
Cohibida y encantada, me quedé mirando mi reflejo en el espejo. Si María conseguía encontrarme guapa, entonces tal vez Gastón también lo haría.


—¡Estás estupenda! — exclamó Gastón al verme.
Lo saludé con un gesto de cabeza, intentando no perder el contacto visual mientras nos abríamos paso entre los alumnos que iban apretujándose en el autobús que nos llevaría a la ciudad. La Academia Mandalay no podía tener algo tan ordinario como un autobús escolar amarillo normal y corriente, eso por descontado; en vez de eso, nos esperaba una pequeña lanzadera de lujo, de las que suelen utilizar los hoteles de postín, que seguramente habrían alquilado para la ocasión. Yo entré a presión con la primera oleada de estudiantes mientras Gastón seguía haciendo lo que podía por acercarse a la puerta. Al menos podía verlo sonreír desde la ventanilla.
—De lujo — Nicolás se echó a reír, dejándose caer en el asiento libre que había a mi lado. Llevaba un sombrero de fieltro que parecía directamente sacado de los cuarenta, y la verdad es que estaba muy guapo, pero aun así no era la persona que deseaba como acompañante; y algo debió de delatar mi expresión, porque me dio un codazo amistoso — No te preocupes, solo le estoy calentando el asiento a Gastón.
—Gracias.
Si no hubiera sido por Nicolás, no podría haberme sentado con Gastón. La gente se mataba por subir al autobús y parecía que unas veinte personas — de hecho, casi todas las que no encajaban con el típico alumno de Mandalay — estaban decididas a ir a Riverton. Teniendo en cuenta lo aburrida que era la ciudad, seguramente lo único que deseaban era alejarse de la escuela y para eso cualquier lugar valía. Sabía cómo se sentían.
Nicolás cedió el asiento con galantería a Gastón cuando este consiguió llegar por fin hasta nosotros, aunque yo no diría que la cita empezó entonces. Estábamos completamente rodeados por otros compañeros que no dejaban de reír, hablar y gritar, aliviados por poder salir por fin de las claustrofóbicas propiedades de la escuela. Candela se sentaba unas filas más adelante y charlaba animadamente con su compañera de cuarto; debía de haber aplacado sus temores, al menos por el momento. Hubo algunos que me lanzaron miraditas sorprendidas no demasiado amistosas. Por lo visto seguía siendo sospechosa de formar parte de los «legítimos», algo tan absurdo que hasta tenía gracia. Nicolás se arrodilló en el asiento de delante y se volvió hacia nosotros con la intención de hablarnos del ampli que iba a comprarse en una tienda de música que acababan de abrir en la ciudad.
—¿Qué vas a hacer con un ampli? — le pregunté, alzando la voz para hacerme oír por encima del bullicio general, a medida que avanzábamos a trompicones por la carretera en dirección a la ciudad — No van a dejarte tocar la guitarra eléctrica en la habitación.
Nicolás se encogió de hombros, pero no perdió la sonrisa.
—¡Me basta con poder mirarlo, tío! Y saber que tengo algo tan increíble. Así iré contento todos los días.
—Pero si tú siempre estás contento. Sonríes hasta en sueños.
A pesar del tono burlón en que Gastón lo había dicho, estaba claro que en el fondo le gustaba Nicolás.
—Es lo que te mantiene vivo, ¿sabes?
Nicolás era justo lo contrario al típico alumno de Mandalay y decidí que a mí también me gustaba.
—¿Qué vas a hacer mientras nosotros estemos en el cine?
—Explorar, dar una vuelta, sentir la tierra bajo mis pies — Nicolás enarcó las cejas repetidas veces — Tal vez conocer a alguna tía buena en la ciudad.
—Entonces será mejor que compres el ampli después — dijo Gastón — Igual te corta el rollo tener que arrastrar esa cosa contigo.
Nicolás asintió muy serio y tuve que cubrirme la boca con la mano para ocultar una sonrisa.
Es decir, que Gastón y yo no estuvimos realmente solos hasta que no nos encontramos paseando por la calle principal de Riverton, a una sola manzana del cine. Ambos nos alegramos mucho cuando vimos lo que había anunciado en la marquesina.
Sospecha — leyó — Dirigida por Alfred Hitchcock, un genio.
—Con Cary Grant — Cuando Gastón me miró, añadí — Tú tienes tus preferencias y yo las mías.
Había más alumnos pululando por el vestíbulo, algo que seguramente estaba más relacionado con que Riverton no ofreciera demasiados entretenimientos que con un súbito y renovado interés en Cary Grant. Sin embargo, a nosotros nos interesaba de verdad, al menos hasta que comprobamos quiénes eran los profesores que harían de acompañantes en el cine.
—Créeme, estamos tan sorprendidos como tú — dijo mi madre.
—Estábamos convencidos de que irías a tomarte algo — Mi padre le había pasado el brazo por los hombros a mi madre, como si se tratara de su cita y no de la nuestra. Estábamos todos plantados delante del cartel del vestíbulo y Joan Fontaine nos miraba fijamente, escandalizada, como si se enfrentara a mi dilema en vez de al suyo — Por eso decidimos encargarnos del cine. Ya hay otros encargándose de la cafetería.
—Todavía no es demasiado tarde para un pastelito — añadió mi madre, intentando animarnos — No nos ofenderemos.
—No os preocupéis — En realidad sí que era preocupante tener que pasar mi primera cita con mis padres, pero ¿qué iba a decir si no? — Resulta que a Gastón le gustan las películas antiguas, así que... No pasa nada, ¿no?
—No, no pasa nada.
Aunque no parecía precisamente que no pasara nada; daba la impresión de que Gastón estaba incluso más disgustado que yo.
—A no ser que te gusten los pastelitos — dije.
—No. Es decir..., sí, los pastelitos me gustan, pero me gustan bastante más las películas antiguas — Levantó la barbilla como si estuviera retando a mis padres a que intentaran intimidarlo — Nos quedamos.
Mis padres, lejos de sentirse intimidados, sonrieron de oreja a oreja.
Les había contado que Gastón y yo íbamos a ir juntos a Riverton durante la comida del domingo anterior. No les di más detalles por miedo a paralizarlos de la impresión, pero quedó claro que no les había entrado por un oído y salido por el otro. Para mi sorpresa y alivio, no me interrogaron; de hecho, primero intercambiaron una mirada, calibrando su reacción respectiva delante de mí. Probablemente era extraño que tu «niña milagro» ya fuera lo bastante mayor para salir con alguien. Mi padre mencionó con calma que Gastón parecía un buen chico y luego me preguntó si quería más macarrones con queso.
Resumiendo, no sé que tipo de exagerada reacción sobreprotectora estaría esperando Gastón, pero esta no se produjo.
—En el caso de que quisierais evitarnos, cosa que no me extrañaría, nosotros vamos a ir a la platea, que es donde estarán casi todos los alumnos — dijo mi madre.
Mi padre asintió.
—Las plateas son poderosas tentaciones y ejercen una intensa atracción gravitacional sobre las bebidas sostenidas por manos adolescentes. Yo he sido testigo.
—Creo haberlo estudiado en alguna clase de ciencias del instituto — dijo Gastón, muy serio.
Mis padres rieron y yo me dejé arropar por una cálida oleada de alivio. Gastón les gustaba y puede que no tardaran mucho en invitarlo a comer algún domingo. Ya nos estaba viendo juntos a todas horas y en todas partes, a mi lado, amoldado a mi vida.
Gastón no parecía tan convencido como yo — tenía una mirada cautelosa al entrar en el cine —, pero di por hecho que se trataba de la típica reacción del chico ante los padres de su pareja.
Escogimos las butacas que quedaban debajo de la platea, donde era imposible que mis padres pudieran vernos. Gastón y yo nos sentamos muy juntos, con el cuerpo medio inclinado hacia el otro, de modo que nuestros hombros y rodillas se rozaban.
—Nunca había hecho esto — dijo.
—¿Nunca habías ido a un cine antiguo? — Miré embelesada las volutas doradas que decoraban las paredes y la platea, y el telón de terciopelo granate — Son preciosos.
—No me refiero a eso — A pesar de su agresividad innata, a veces incluso podía parecer tímido; aunque eso solo ocurría cuando hablaba conmigo — Nunca había llegado a... Salir con una chica.
—¿También es tu primera cita?
—Cita. ¿La gente todavía utiliza esa palabra? — Me habría muerto de vergüenza si Gastón no me hubiera dado un codazo socarrón — Me refiero a que nunca me había sentido así con nadie, sin presiones ni temiendo tener que mudarme otra vez al cabo de un par de semanas.
—Hablas como si nunca te hubieras sentido como en casa en ningún sitio.
—Hasta ahora no.
Lo miré con escepticismo.
—¿Te sientes como en casa en Mandalay? Venga ya.
Una leve sonrisa apareció lentamente en el rostro de Gastón.
—No me refería a Mandalay.
En ese momento las luces del cine empezaron a bajar de intensidad, y menos mal, porque si no seguramente me habría dado por decir alguna tontería en vez de disfrutar del momento.
Sospecha era una de las películas de Cary Grant que no había visto. La mujer, Joan Fontaine, se casaba con Cary a pesar de que él era un irresponsable y despilfarraba mucho dinero, pero lo hacía de todos modos porque se trataba del macizo de Cary Grant, y eso bien valía quedarse sin blanca. A Gastón no pareció convencerle mi razonamiento.
—¿No crees que es un poco extraño que él investigue sobre venenos? — me susurró — ¿Quién estudia los venenos como si se tratara de un pasatiempo? Al menos admite que tiene un entretenimiento un poco raro.
—Un hombre con esa planta no puede ser un asesino — insistí.
—¿Te han dicho alguna vez que confías en la gente demasiado deprisa?
—Que te calles.
Le di un codazo y varias palomitas saltaron de la bolsa. Estaba disfrutando de la película, pero aún más de estar tan cerca de Gastón. Era increíble lo mucho que podíamos decirnos sin abrir la boca, solo necesitábamos una divertida mirada de soslayo o el modo natural en que nuestras manos se rozaron y él entrelazó sus dedos con los míos. Me acarició la palma de la mano con su pulgar, dibujando circulitos y si eso solo ya fue suficiente para que se me desbocara el corazón, ¿qué debía de sentirse entre sus brazos?
Al final se demostró que no estaba equivocada: por lo visto Cary estudiaba los venenos para suicidarse y así evitar que la pobre Joan Fontaine tuviera que cargar con las deudas. Ella insistía en que encontrarían una solución y se iban juntos en coche. Gastón sacudió la cabeza con el fundido de la última toma.
—No es el verdadero final, ¿sabes? Hitchcock quería que él fuera el culpable, pero el estudio le obligó a salvar a Cary Grant al final para que le gustara al público.
—Si se acaba así, es el verdadero final — insistí. Encendieron las luces unos momentos, antes del inicio de la siguiente sesión — Vamos a otro sitio, ¿vale? Todavía queda un buen rato antes de que tengamos que volver al autobús.
Gastón echó un vistazo hacia arriba y adiviné que no le importaba lo más mínimo alejarse un poco de los vigilantes paternos.
—Vamos.

martes, 29 de noviembre de 2011

Capitulo 004 - Segunda Parte


Esa misma semana, la estación cambió de la noche a la mañana. El frío fue el primero en despertarme con las primeras luces y lo noté en los huesos.
Me arrebujé entre las mantas, pero no sirvió de nada. El otoño ya había adornado los cristales con escarcha. No tendría más remedio que bajar el pesado edredón del estante superior de mi armario más tarde. A partir de ese momento, iba a ser más complicado no morirme de frío.
La luz seguía siendo tenue y alborada y supe que hacía un rato que había amanecido. Refunfuñando, me enderecé y me resigné a estar despierta. Podría haber sacado el edredón y haber intentado arañar unas cuantas horas de sueño, pero tenía que terminar de darle un último repaso al trabajo sobre Drácula o enfrentarme una vez más a la ira de la señora Bethany. Así que me puse la bata y pasé de puntillas junto a María, que dormía profundamente, como si el frío no pudiera penetrar la fina sábana que la cubría.
Los baños de Mandalay habían sido construidos en otra época, en un tiempo en que los alumnos probablemente daban gracias por no tener que salir fuera para utilizar el lavabo como para ponerse tiquismiquis con cosas como las instalaciones: insuficientes cubículos, sin comodidades tipo vaciado eléctrico de las cisternas o espejos, y grifos distintos para el agua fría y caliente en los lavamanos diminutos... Les había cogido manía desde el primer día. Al menos ya había aprendido a acumular un poco de agua helada en la palma de la mano antes de abrir el grifo del agua caliente, que salía ardiendo. De ese modo podía lavarme la cara sin escaldarme los dedos. Noté el suelo tan frío bajo los pies descalzos, que me obligué a recordar ponerme calcetines cuando me fuera a la cama, como mínimo hasta la primavera.
En cuanto cerré los grifos, oí algo, un débil sollozo. Me sequé la cara con mi toalla y me acerqué al lugar del que procedía el gemido.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Los lamentos cesaron. Estaba empezando a pensar que me había metido donde no me llamaban cuando la cara de Candela asomó por uno de los cubículos. Llevaba puesto el pijama y la pulsera de cuero entretejido de la que estaba visto que no se separaba nunca. Tenía los ojos enrojecidos.
—¿Rocío? — susurró.
—Sí. ¿Estás bien?
Candela negó con la cabeza y se secó las mejillas.
—Estoy atacada, no puedo dormir.
—Ha empezado a hacer frío de golpe, ¿verdad?
No pude sentirme más idiota al decir aquello. Sabía tan bien como Candela que no estaba llorando en el baño de madrugada porque hubieran bajado las temperaturas.
—Tengo que decirte algo — La mano de Candela se cerró sobre mi muñeca y la apretó con una fuerza que nunca le hubiera imaginado. Estaba muy pálida y tenía la nariz enrojecida de tanto llorar — Necesito que me digas si crees que estoy volviéndome loca.
Una petición bastante rara indistintamente de quién la hiciera, cuándo, dónde o cómo.
—¿Crees que estas volviéndote loca? — le pregunté, con cautela.
—¿Quizá?
A Candela se le escapó una risita entrecortada y eso me dio confianza: si era capaz de verle un lado divertido, entonces era probable que no le pasara nada grave. Eché una mirada a mi alrededor, pero el baño estaba vacío. A esas horas, podíamos estar seguras de que tendríamos los lavabos para nosotras solas durante un buen rato.
—¿Tienes pesadillas o algo así?
—Vampiros, capas negras, colmillos y toda la pesca — Fingió que se reía— Nadie diría que a alguien que ya no va a parvulario pudieran seguir dándole miedo los vampiros, pero en mis sueños... Rocío, son horribles.
—La noche anterior a que empezaran las clases tuve una pesadilla sobre una flor marchita — dije. Quería distraerla para que dejara de pensar en sus pesadillas y creí que tal vez ayudaría en algo compartir las mías, aunque me sintiera un poco tonta comentándola en voz alta — Era una orquídea, o un lirio o algo así que se marchitaba en medio de una tormenta. Me dio tanto repelús, que no pude sacármela de la cabeza en todo el día.
—Yo tampoco puedo quitármelos de la cabeza. Esas manos muertas, apresándome...
—Solo piensas en esas cosas por el trabajo de Drácula — dije — La semana que viene ya habremos acabado con Bram Stoker, ya lo verás.
—Ya lo sé, no soy tonta, pero tendré pesadillas con otras cosas. Nunca me siento segura. Es como si siempre hubiera una persona, una presencia, alguien, algo que se cierne sobre mí. Algo espantoso — Candela se inclinó hacia mí y me susurró — ¿Nunca has tenido la sensación de que en esta escuela hay algo... malo?
—Eugenia, a veces — contesté, intentando bromear.
—No me refiero a ese tipo de maldad, sino a la de verdad — le temblaba la voz — ¿Crees en el Mal?
Nadie me había hecho jamás esa pregunta, pero sabía la respuesta.
—Sí.
Oí que Candela tragaba saliva y nos quedamos mirándonos un momento sin saber qué decir. Sabía que debía seguir animándola, pero la intensidad de su miedo me obligó a prestarle atención.
—Aquí siempre tengo la sensación de que me observan — comentó — A todas horas. Incluso cuando estoy sola. Sé que parece de locos, pero es verdad. A veces tengo la sensación de que las pesadillas continúan aunque esté despierta. Oigo cosas ya entrada la noche, arañazos y golpes en el tejado. Cuando miro por la ventana, te juro que a veces veo una sombra adentrándose en el bosque. Y las ardillas... Las has visto, ¿no? Hay ardillas muertas por todas partes.
—He visto un par.
Tal vez fuera el frío otoñal del ventilado y antiguo baño lo que hizo que me estremeciera, pero también pudo haber sido el miedo de Candela.
—¿Alguna vez te has sentido segura aquí?
—No me siento segura, pero no creo que sea nada raro — contesté entre balbuceos. Aunque, claro, «raro» significaba cosas distintas para según quién — Es esta escuela, este sitio. Las gárgolas, el edificio de piedra, el frío... Y el ambiente. Todo eso me hace sentir fuera de lugar. Sola. Y asustada.
—Mandalay te chupa la vida — Candela se rió débilmente — ¿Lo ves? Chupar la vida. Como los vampiros.
—Lo que tú necesitas es descansar — dije con firmeza, recordándome a mi madre — Algo de descanso y cambiar de lecturas.
—Lo de descansar no suena mal. ¿Crees que la enfermera de la escuela me daría pastillas para dormir?
—No creo que aquí haya enfermería — Candela arrugó la nariz, contrariada — Pero seguramente podrás comprarlas en el drugstore cuando vayamos a Riverton — sugerí.
—Supongo. En cualquier caso es una buena idea — Hizo una pausa y luego me sonrió, con los ojos llorosos — Gracias por escucharme. Ya sé que parece de locos.
Sacudí la cabeza.
—En absoluto. Como ya te he dicho, Mandalay pone los pelos de punta.
—El drugstore — dijo Candela en voz baja, recogiendo sus cosas para volver a su dormitorio — Pastillas para dormir. Así dormiré a pesar de todo.
—¿A pesar de qué?
—Aunque continúe habiendo ruidos en el tejado. — Estaba muy seria, había adoptado la expresión de una persona mucho mayor de lo que correspondería a su edad — Porque de noche hay alguien ahí arriba. Lo oigo. Eso no forma parte de la pesadilla, Rocío. Es real.
Bastante tiempo después de que Candela regresara a su cama, yo seguía sola en el lavabo, temblando.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Capitulo 004 - Primera Parte


Llegué a mi cuarto justo a tiempo de meterme bajo las sábanas antes de que entrara María acompañada de la señora Bethany. La figura de la directora se recortó contra la débil luz del pasillo, por lo que solo pude distinguir su silueta.
—Ya conoces las normas, María — dijo en voz baja, aunque indudablemente seria. Decir que intimidaba sería quedarse corto, y eso que ni siquiera era yo a la que reprendía — Debes comprender que las normas están para obedecerlas. No podemos andar corriendo por el campo en plena noche. ¿Qué diría la gente? Los alumnos se desmadrarían y podría ocurrir una tragedia. ¿Está claro?
María asintió y la puerta se cerró de golpe. Me enderecé.
—¿Ha ido muy mal? — le pregunté en un susurro.
—No, solo un poco — gruñó María mientras empezaba a desnudarse. Llevábamos una semana cambiándonos en la misma habitación, pero a mí seguía dándome vergüenza. A ella no. De hecho, ni siquiera dejó de mirarme mientras se quitaba la camisa precipitadamente — ¡Pero si todavía vas vestida!
—Ah, sí.
—Creía que te habías ido de la fiesta.
—Lo hice, pero... No pude entrar en la escuela. Estaban de patrulla. Luego se dieron cuenta de dónde estabais y salieron pitando. He llegado tres minutos antes que tú.
María se encogió de hombros al agacharse para recoger el pijama. Yo hice lo que pude para cambiarme sin volverme. La conversación se había terminado y yo había mentido con éxito a mi compañera de cuarto por primera vez.
Tal vez debería haberle explicado por qué me había retrasado. La mayoría de las chicas se morirían por contarle a todo el mundo que acababan de ligar con un chico guapísimo, pero quería que siguiera siendo un secreto, me gustaba. En cierto modo, el hecho de que yo fuera la única en saberlo lo hacía más especial. «Yo le gusto a él y él me gusta a mí. Tal vez pronto estemos juntos.»
Mientras volvía a meterme bajo las sábanas, recapacité y decidí que quizá estaba echando las campanas al vuelo. Los pensamientos se atropellaban en mi cabeza y me impedían dormir. Le sonreí a la almohada.
«Es mío.»


—He oído que anoche hubo una fiesta — dijo mi padre, dejando delante de mí una hamburguesa y patatas fritas; estábamos sentados a la mesa de mi familia.
—Hum... — contesté con la boca llena de patatas. Acabé de tragar y mascullé — Es decir, eso me han dicho.
Mis padres intercambiaron una mirada y tuve la impresión de que incluso les hacía gracia. Qué alivio.
Sería la primera de las muchas cenas semanales de los domingos. Todo el tiempo que pudiera pasar con mi familia en los alojamientos del profesorado en vez de rodeada de alumnos de Mandalay, para mí era tiempo bien invertido. Aunque intentaban actuar de la manera más informal posible, era fácil adivinar que mis padres me habían echado de menos tanto como yo a ellos. Duke Ellington sonaba en el equipo de música y, a pesar del interrogatorio paterno, el mundo volvía a recuperar su orden.
—No os desmadrasteis mucho, ¿verdad? — Por lo visto mi madre había decidido pasar por alto el hecho de que yo hubiera negado mi asistencia a dicha fiesta — Solo hubo cerveza y música, por lo que me han dicho.
—No sé nada del asunto — contesté, sin negarlo. Es decir, yo solo estuve unos quince minutos en la fiesta.
—Da igual que solo se tratara de unas cervezas — dijo mi padre sacudiendo la cabeza, en dirección a mi madre — Las normas están para cumplirlas, Celia. Una cosa es el terreno de la escuela, pero ¿y si la semana que viene les da por ir a la ciudad? Rocío no me preocupa, pero algunos de los otros...
—No estoy en contra de las normas, pero es normal que los alumnos de mayor edad se rebelen contra ellas de vez en cuando. Es mejor tener algún que otro desliz sin importancia de vez en cuando que incidentes más graves — Mi madre se volvió hacia mí — ¿Cuál es tu asignatura preferida hasta ahora?
—La tuya, ¿cuál va a ser? — respondí, y la miré como queriendo decir si de verdad creía que iba a ser tan tonta como para responder otra cosa. Se echó a reír.
—Además de la mía — Mi madre descansó la barbilla en la mano, saltándose a la torera la norma de no poner los codos sobre la mesa — ¿Tal vez Inglés? Siempre te ha gustado mucho.
—No con la señora Bethany.
El comentario no me granjeó ninguna simpatía.
—Pues atiende a lo que te diga — dijo mi padre con severidad. Dejó las gafas sobre la mesa de roble con brusquedad, de un porrazo — Tómatela muy en serio.
Qué tonta había sido, pero si era su jefa. ¿Qué ocurriría si corría la voz de que su hija iba por ahí hablando mal de la directora? Tal vez debería dejar de pensar solo en mí para variar.
—Me esforzaré — le prometí.
—Sé que lo harás.
Mi madre cubrió mi mano con la suya.


El lunes entré en la clase de Inglés decidida a hacer borrón y cuenta nueva. Hacía poco que habíamos empezado a hablar de la mitología y el folclore en la literatura, dos temas que siempre me habían gustado. Si había algún área en que poder demostrarle mis aptitudes a la señora Bethany, era precisamente esa.
Aunque estaba visto que no iba a poder demostrarle nada.
—Supongo que relativamente pocos de ustedes habrán leído nuestro siguiente libro de estudio — dijo, a medida que iba repartiendo por la clase una pila de libros de tapa blanda. La señora Bethany siempre olía a lavanda. Femenino, pero muy penetrante — Sin embargo, imagino que prácticamente todos habrán oído hablar de él.
Los libros llegaron hasta mi escritorio y cogí un ejemplar de Drácula, de Bram Stoker.
—¿Vampiros? — oí que Candela murmuraba en la fila de enfrente.
Nada más pronunciar esas palabras, el aire pareció cargarse de electricidad.
—¿Tiene algún problema con el libro, señorita Vetrano? — le espetó la señora Bethany, clavando su brillante mirada de ave rapaz en Candela, quien daba la impresión de haber preferido morderse la lengua antes de abrir la boca. Le estaban saliendo bolas al único jersey de la escuela que tenía, al que también se le estaban gastando los codos.
—No, señora.
—Pues no lo parece. Por favor, señorita Candela, ilumínenos — La señora Bethany se cruzó de brazos, encantada con el modo de conducir la situación. Tenía unas uñas gruesas y extrañamente surcadas — Si encuentra que las sagas escandinavas sobre monstruos gigantes son merecedoras de su atención, ¿por qué no las novelas sobre vampiros?
Candela estaba perdida respondiera lo que respondiera. Ella intentaría contestar y la profesora echaría por tierra su argumento, cualquiera que fuera, y así podíamos tirarnos casi toda la hora. Ese era el modo de entretenimiento que la señora Bethany había escogido durante sus clases: elegía a alguien a quien torturar, por lo general para deleite de los alumnos por cuyas poderosas familias sentía una obvia predilección. Lo más sensato habría sido guardar silencio y dejar que ese día Candela fuera la cabeza de turco de la señora Bethany, pero no pude resistirme.
Levanté la mano, tímidamente. La señora Bethany apenas me miró.
—¿Sí, señorita Igarzabal?
—Con todo, Drácula no es un libro muy bueno, ¿no? — Todos me miraron desconcertados, sorprendidos de que alguien además de Candela se hubiera atrevido a contradecir a la señora Bethany — Tiene un lenguaje muy florido y muchas cartas dentro de otras cartas.
—Ya veo que alguien desaprueba el estilo epistolar que tantos autores distinguidos emplearon durante los siglos XVIII y XIX. — El repiqueteo de los tacones de los zapatos de la señora Bethany sobre el suelo embaldosado resonó con fuerza extraordinaria al encaminar sus pasos hacia mí, olvidando a Candela. El aroma a lavanda se intensificó — ¿Lo encuentra anticuado? ¿Desfasado?
¿Quién me mandaría levantar la mano?
—Es que no se trata de un libro que se lea rápido, nada más.
—La velocidad, claro, el criterio por el cual se ha de juzgar toda la literatura  —Las risitas ahogadas que recorrieron el aula me hicieron encoger de vergüenza en mi asiento — Tal vez querría que sus compañeros de clase se preguntaran si vale la pena estudiarlo.
—Estamos estudiando folclore — intervino Eugenia — Y los vampiros son un elemento común al folclore mundial.
No había salido en mi ayuda, únicamente estaba presumiendo. Me pregunté si lo haría para hacerme quedar mal o para que Victorio se fijara en ella. Hacía días que procuraba que la falda le quedara lo más corta posible para lucir las piernas al máximo cada vez que se sentaba, pero hasta el momento no parecía haber surtido ningún efecto en él. La señora Bethany se limitó a asentir en dirección a Eugenia.
—En la cultura moderna occidental no hay ningún vampiro más famoso que Drácula. ¿Por dónde empezar mejor?
Otra vuelta de tuerca — contesté, sorprendiendo a todo el mundo, a mí incluida.
—¿Disculpe?
La señora Bethany enarcó las cejas. Nadie parecía saber a qué me refería salvo Victorio, quien era evidente que se estaba mordiendo el labio para no echarse a reír.
Otra vuelta de tuerca. La novela de Henry James sobre fantasmas, al menos en un principio — No iba a iniciar el viejo debate sobre si el personaje principal estaba loco o no. Los fantasmas siempre me habían parecido aterradores, pero eran más fáciles de afrontar en la ficción que a una señora Bethany de carne y hueso — Los fantasmas son incluso más universales en el folclore que los vampiros. Y Henry James es mejor escritor que Bram Stoker.
—Señorita Igarzabal, cuando sea usted quien programe las clases, podrá empezar por los fantasmas — La voz afilada de la profesora podría haber cortado el cristal. Tuve que reprimir un estremecimiento al verla cernerse sobre mí más imperturbable que una gárgola — Aquí se empezará por los vampiros. Aprenderemos de qué modo los han percibido diferentes culturas a lo largo de la historia, desde tiempos remotos hasta el día de hoy. Si lo encuentra aburrido, anímese, no tardaremos mucho en llegar a los fantasmas, avanzaremos bastante rápido, incluso para usted.
Después de eso aprendí a estarme calladita.
Al acabar la clase, ya en el pasillo, temblorosa por culpa de esa extraña debilidad que siempre acompaña a la humillación, fui abriéndome paso lentamente entre los bulliciosos alumnos. Parecía como si todo el mundo tuviera un amigo con quién pasar el rato menos yo. Candela y yo podríamos habernos consolado mutuamente, pero ella ya había desaparecido.
—Otra lectora de Henry James — oí que decía alguien.
Me volví y vi a Victorio, que había apretado el paso para darme alcance. No estaba segura de si se había acercado para transmitirme su apoyo o para evitar a Eugenia, pero en cualquier caso me alegré de ver una cara amiga.
—Bueno, yo solo he leído Otra vuelta de tuerca y Daisy Miller, nada más.
—Pues lee Retrato de una dama, creo que te gustará.
—¿De verdad? ¿Por qué?
Supuse que Victorio diría algo sobre lo bueno que era el libro, pero me sorprendió.
—Va de una mujer que quiere definirse a sí misma en vez de permitir que otra gente la defina a ella — Se iba abriendo paso entre la gente sin ningún esfuerzo y sin apartar la vista de mí. El único chico que en algún momento me había mirado con aquella intensidad era Gastón — Tuve el presentimiento de que te interesaría el tema.
—Puede que tengas razón — dije — Lo buscaré en la biblioteca. Y... gracias. Por la recomendación.
Y por pensar tanto en mí.
—De nada — Victorio sonrió de oreja a oreja, luciendo ese hoyuelo de la barbilla, pero entonces ambos oímos reír a Eugenia, no demasiado lejos, y él puso una cara de pánico fingido que me hizo reír — Hora de salir corriendo.
—¡Rápido! — le susurré al tiempo que él se escabullía por el pasillo que le quedaba más cerca.
Aunque el apoyo de Victorio me había levantado el ánimo, seguía sintiéndome fatal después del enfrentamiento con la señora Bethany, así que decidí dar un paseo cortito por los jardines en busca de un poco de aire fresco y tranquilidad antes de comer. Tal vez podría disfrutar de unos minutos a solas.
Por desgracia, no fui la única a la que se le había ocurrido la misma idea: fuera había varios alumnos paseándose mientras escuchaban música o charlaban. Reparé en un grupo de chicas sentadas a la sombra. Por lo visto ninguna de ellas volvía a su dormitorio para comer y, mientras las veía cuchichear entre las sombras proyectadas por uno de los viejos olmos, se me ocurrió que seguramente estarían a dieta, pensando en el Baile de otoño.
Solo había una persona allí fuera a quien me apetecía ver. Lo recordé del primer día y lo reconocí por la descripción de Gastón.
—Nicolás — lo llamé.
Nicolás me sonrió.
—¡Eh!
Cualquiera diría que éramos viejos amigos en vez de ser la primera vez que hablábamos. Su largo y ondulado cabello de color rubio asomaba por debajo de la gorra de los Phillies y llevaba un mp3 con una carcasa estampada de espirales de color naranja y verde.
—Hola, ¿has visto a Gastón? — le pregunté, cuando se acercó a mí al trote y se quitó los auriculares
—Ese tío es un zumbao — En el mundo de Nicolás, «estar zumbado» por lo visto era un cumplido — Iba a pirárselas de la sala de estudio cuando voy y le digo: «¿Oye, qué haces?» Y él va y me dice que si le puedo cubrir y eso, ¿no? Bueno, pues eso hacía hasta ahora, pero tú no vas a delatarlo, tú eres legal.
Teniendo en cuenta que Nicolás y yo nunca habíamos hablado antes, ¿cómo podía saber si yo era legal o no? Pero entonces me pregunté si Gastón no le habría hablado de mí, y la idea me hizo sonreír.
—¿Sabes dónde está?
—Si me lo preguntara un profe, no sé nada, pero ya que eres tú... Yo miraría por la cochera.
La cochera, que quedaba al norte, cerca del lago, era donde antaño se guardaban los caballos y las calesas. Con el tiempo se había transformado en las oficinas administrativas de la Academia Mandalay y en la residencia de la señora Bethany. ¿Qué estaría haciendo Gastón allí?
—Creo que voy a darme un paseo por allí — dije — Solo voy a caminar un rato, ¿eh? No voy a hacer nada en particular.
—Tope — contestó Nicolás, asintiendo con la cabeza como si yo hubiera dicho algo realmente inteligente — Lo has pillado.
Mientras me dirigía con toda parsimonia hacia la cochera, como quien no quiere la cosa, iba pensando en que Nicolás no era precisamente un lumbrera, aunque parecía un chico majo. Por lo menos no era el típico alumno de Mandalay. Nadie se fijó en mí cuando me alejé de los demás; eso era lo bueno de parecer invisible, que podías desaparecer como si lo fueras.
En aquella parte no había bosque en el que poder cobijarme, solo el extenso césped de los prados, lleno de tréboles y varios árboles dispuestos a intervalos regulares que seguramente fueron plantados mucho tiempo atrás para proporcionar sombra. Atisbé entre la maleza el cuerpo de una ardilla muerta, apenas un testimonio marchito de lo que había sido; el viento le erizaba la cola tristemente. Arrugué la nariz e intenté ignorarla para concentrarme en lo que andaba buscando. Aminoré el paso y presté más atención con la esperanza de oír a Gastón.
La cochera era un edificio alargado y blanco, de una sola planta. Supuse que un segundo piso no habría tenido sentido si los inquilinos iban a ser unos caballos. Estaba rodeado por árboles altos que lo envolvían todo en unas sombras tan densas que casi parecía de noche, y solo unos cuantos rayos vacilantes de luz alcanzaban el suelo. Me acerqué a la parte trasera de puntillas, asomé la cabeza al llegar a la esquina y vi a Gastón saliendo por la ventana de la señora Bethany. Aterrizó con ligereza y cerró los batientes con cuidado detrás de él.
En ese momento, se volvió y me vio. Nos quedamos mirándonos fijamente un segundo eterno y tuve la sensación de haber sido yo la pillada in fraganti haciendo algo que no debía en vez de al contrario.
—Eh — balbucí.
En vez de intentar justificar su comportamiento, Gastón sonrió.
—Eh, ¿por qué no estás comiendo?
Su caminar despreocupado al acercarse a mí me dejó claro que Gastón pretendía fingir que no había ocurrido nada, que yo no había visto nada fuera de lo normal. ¿O acaso yo le había dado pie a que creyera algo así al saludarlo en vez de preguntarle qué estaba haciendo?
—Creo que no tengo hambre.
—No es propio de ti pasarlo por alto.
—¿La comida?
—Hombre, yo me referiría antes a por qué no me has preguntado qué estaba haciendo en la oficina de la señora Bethany.
Solté un suspiro de alivio y ambos nos echamos a reír.
—Vale, si estás dispuesto a decírmelo, entonces no puede ser tan malo.
—Mi madre no deja de decir que solo firmará la autorización para que pueda ir a Riverton los sábados si saco un excelente en los exámenes parciales, pero tuve el presentimiento de que ya la había firmado y Química no la llevo muy bien, así que decidí comprobar si la autorización estaba en mi expediente. Como ya te dije: las normas y yo no acabamos de congeniar.
—Ya, claro — Aunque no estuviera bien lo que había hecho, tampoco era tan terrible, ¿no? Era muy fácil confiar en Gastón — ¿La has encontrado?
—Sí — Gastón exageró su autocomplacencia para hacerme sonreír. Y lo consiguió — Soy libre como un pájaro aunque saque un notable.
—¿Por qué son tan importantes los fines de semana libres? En verano estuve en la ciudad antes de que llegarais vosotros y, créeme, no hay mucho que ver.
Paseamos entre las sombras y fuimos avanzando con cuidado por uno de los lados hacia Mandalay, hasta que acabamos mezclándonos con los demás estudiantes sin ser observados. A los dos se nos daba bastante bien lo de andar con sigilo.
—Se me ha ocurrido que podría ser un buen lugar donde poder pasar un tiempo juntos. Lejos de Mandalay. ¿Qué te parece?
Dada la conversación que habíamos mantenido en el cenador, la sorpresa no debería haberme dejado tan patidifusa, pero lo hizo, y fue una sensación aterradora a la vez que, en cierto modo, maravillosa.
—Sí. Es decir, que me gusta la idea.
—A mí también.
Después de eso, los dos seguimos callados. Deseaba que me diera la mano, aunque yo todavía no me sintiera lo bastante lanzada para cogerle la suya. Rebusqué febrilmente entre mis recuerdos algo divertido que pudiera hacerse en Riverton, una ciudad más grande que Arrowwood, pero incluso más aburrida. Al menos había un cine donde a veces proyectaban películas clásicas antes de las sesiones normales.
—¿Te gustan las películas antiguas? — me atreví a preguntarle.
A Gastón se le iluminó la mirada.
—Me encantan las pelis, las antiguas, las de ahora, todas. Desde John Ford a Quentin Tarantino.
Le sonreí aliviada. Tal vez era cierto que todo iba a salir bien.

Primera Parte, Capitulo Diecisiete


Rocío tragó saliva.
—¿Quieres que me desnude?
Sabía que parecía idiota, pero Gastón la había agarrado por sorpresa. ¿Qué quería decir exactamente con que «se sentía violento»? Miró al otro lado de la caravana el látigo que él había dejado enrollado sobre el brazo del sofá. Sabía que le había asustado muchísimo al decirle que lo amaba, pero ella no se había esperado esa reacción. Aun así, sabiendo que aquél era un tema delicado para Gastón, debería haber imaginado que reaccionaría de manera exagerada.
—Deja de perder el tiempo. —Gastón se quitó la camiseta. Los vaqueros le caían a la altura de las caderas, haciéndole parecer oscuro y peligroso. Estaba medio desnudo y mostraba esa flecha de vello rubio que le dividía el estómago plano en dos y que indicaba el camino del peligro con la misma sutileza que un letrero de neón.
—Cuando dices que te sientes violento...
—Quiero decir que es el momento de mostrarte algo diferente.
—Para ser sinceros, no creo que aún esté preparada para eso.
—Pensaba que habías dicho que me amabas, Rocío, demuéstramelo. —Definitivamente Gastón la estaba retando, y Rocío contó mentalmente hasta diez.
 —No soy de esos hombres románticos que regalan flores. Lo sabes. Me gusta el sexo. Me gusta practicarlo a menudo y no me gusta contenerme.
«¡Dios! Sí que le había asustado.» Rocío se mordisqueó el labio inferior. A pesar de lo que ella había dicho antes, Gastón no era previsible, así que debía ser cautelosa. Por otra parte, Tater y sus compañeros le habían ensenado una regla básica para tratar con bestias grandes. Si retrocedes, te aplastan.
—Muy bien —dijo. —¿Qué quieres que haga?
—Ya te lo he dicho. Desnúdate.
—Te he dicho que quería hacerte el amor, nada más.
—Quizá yo no quiera hacer el amor. Quizá sólo quiera follar.
Era un cebo; uno que, evidentemente, Gastón quería que picara. Rocío tuvo que morderse la lengua para no caer en la trampa. Si perdía la calma le estaría siguiendo el juego, que era justo lo que él quería. Tenía que hacerle frente de alguna manera y tenía que ser ella la que dictara las normas. Lo amaba demasiado para dejar que la intimidara.
Consideró sus opciones, luego se levantó de la cama y comenzó a desnudarse. Él no dijo nada; se limitó a observarla. Rocío se quitó los zapatos y se deshizo del maillot, pero cuando se quedó en bragas y sujetador, se detuvo indecisa. Gastón estaba muy excitado, un hecho que revelaban los ceñidos vaqueros, y su estado de ánimo era tan volátil que ella no sabía qué esperar. Quizá lo mejor sería distraerlo. Puede que de esa manera lograra ganar un poco de tiempo.
Desde la charla que había mantenido con su padre, Rocío no había tenido oportunidad de hablar con Gastón sobre su asombroso origen. Si ahora sacaba el tema a colación, puede que le pillara desprevenido. Una conversación sobre sus orígenes familiares podría calmar el imprevisible humor de su marido.
—Mi padre me ha dicho que tu padre era un Romanov.
—Quítame los vaqueros.
—Y no cualquier Romanov. Me ha dicho que eres el nieto del zar Nicolás II.
—No quiero tener que repetírtelo.
Gastón la miró con tal arrogancia que no le resultó difícil imaginarlo sentado en el trono de Catalina la Grande mientras le ordenaba a alguna de las obstinadas mujeres Petroff que se lanzara al Volga.
—Dice que eres el heredero de la corona rusa.
—Calla y haz lo que te digo.
Rocío contuvo un suspiro. «Señor, qué difícil estaba siendo.» Parecía que no había nada como una declaración de amor para que ese ruso se lanzara al ataque. A Rocío le costó trabajo sostenerle la mirada con algo de dignidad cuando sólo llevaba puesta la ropa interior y él parecía tan alarmantemente omnipotente, pero lo hizo lo mejor que pudo. Estaba claro que ése no era el momento adecuado para obtener las respuestas que deseaba de él.
—Y cuando me quites los vaqueros, hazlo de rodillas —le dijo Gastón con desdén.
«¡Mamón insufrible!»
Él apretó los labios.
—Ahora.
Rocío respiró hondo tres veces. Nunca hubiera imaginado que él la presionaría de esa manera. Le sorprendía cómo reaccionaba un hombre bajo los efectos del miedo. Y ahora tenía intención de presionarla para que ella retirara aquella declaración de amor. ¿Cuántos tigres tenía que domesticar en un día?
Al estudiar los arrogantes ojos entornados de Gastón, la llamarada insolente de sus fosas nasales, Rocío sintió una inesperada oleada de ternura. Pobrecito. Se enfrentaba al miedo de la única manera que sabía y castigarlo sólo lo pondría más a la defensiva. «Oh, Gastón, ¿qué le hizo el látigo de tu tío?»
Lo miró a los ojos y se puso de rodillas. La inundó una oleada de sensaciones al ver lo excitado que estaba. Ni siquiera el miedo podía evitarlo. Gastón cerró los puños.
—¡Maldita sea! ¿Y tu orgullo?
Rocío se sentó sobre los talones y miró aquella cara dura e inflexible; esa combinación eslava de pómulos prominentes y profundas sombras, así como las pálidas líneas de tensión que le enmarcaban la boca.
—¿Mi orgullo? Está en mi corazón, por supuesto.
—¡Estás permitiendo que te humille!
Ella sonrió.
—Tú no puedes humillarme. Sólo yo puedo rebajarme. Y me arrodillo ante ti para desnudarte porque eso me excita.
Un traidor silencio se extendió entre ellos. Gastón parecía muy torturado y a Rocío le dolió verlo así. Se inclinó hacia él y apretó los labios contra aquel duro abdomen, justo encima de la cinturilla de los vaqueros. Le dio un ligero mordisco, luego tiró del botón hasta que cedió bajo sus dedos y le bajó la cremallera.
A Gastón se le puso la piel de gallina.
—No te comprendo en absoluto. —Su voz sonó áspera.
—Creo que a mí sí. Es a vos mismo a quien no comprendes.
Gastón la agarró por los hombros y la hizo ponerse de pie. Sus ojos parecían tan oscuros e infelices que ella no podía soportar mirarlos.
—¿Qué voy a hacer contigo? —dijo él.
—¿Quizá corresponder a mi amor?
Gastón respiró hondo antes de cubrirle la boca con la suya. Rocío sintió su desesperación, pero no sabía cómo ayudarlo. El beso los capturó a los dos. Los envolvió como un ciclón.
Rocío no supo cómo se despojaron de la ropa, pero antes de darse cuenta estaban desnudos sobre la cama. Una sensación cálida y ardiente comenzó a extenderse por su vientre. La boca de Gastón estaba en su hombro, en sus pechos, rozándole los pezones. La besó en el vientre. Rocío abrió las piernas para él y permitió que le subiera las rodillas.
—Voy a tocarte por todas partes —le prometió él contra la suave piel del interior de sus muslos. Y lo hizo. Oh, cómo lo hizo. Puede que no la amara con el corazón, pero la amaba con su cuerpo, y lo hizo con una desenfrenada generosidad que la llenó de deseo. Rocío aceptó todo lo que él quiso darle y se lo devolvió a su vez, usando las manos y los pechos, la calidez de su boca y el roce de su piel.
Cuando finalmente él se hundió profundamente en su interior, Rocío lo envolvió con las piernas aferrándose a él.
—Sí —susurró ella. —Oh, sí.
Las barreras entre ellos desaparecieron y mientras buscaban juntos el éxtasis, ella comenzó a murmurar:
—Oh, sí. Me gusta eso. Me encanta... Sí. Más profundo. Oh, sí. Justo así...
Rocío siguió susurrando aquellas palabras, guiada, por el instinto y la pasión. Si dejaba de hablar, él trataría de olvidar quién era ella y la convertiría en un cuerpo anónimo. Y eso no podía consentirlo. Era Rocío. Era su esposa.
Así que habló, se aferró a él y juntos alcanzaron el éxtasis.
Finalmente, la oscuridad dejó paso a la luz.
—Ha sido sagrado.
—No ha sido sagrado. Ha sido sexo.
—Hagámoslo de nuevo.
—Vamos a cien por hora, no hemos dormido más de tres horas y llegamos con retraso a Allentown.
—Estirado.
—¿A quién llamas estirado?
—A vos.
La miró de reojo, con una chispa diabólica en los ojos.
—A ver si te atreves a repetirlo cuando estés desnuda.
No volverás a verme desnuda hasta que admitas que ha sido sagrado.
—¿Y si admito que fue especial? Porque fue muy especial.
Ella le dirigió una mirada engreída y lo dejó pasar. La noche anterior había sido más que especial y los dos lo sabían. Rocío lo había sentido en la urgencia con la que habían hecho el amor y en la forma en que se habían abrazado después. Cuando se habían mirado a los ojos no se habían ocultado nada, no se habían reservado nada.
Esa mañana, Rocío esperaba que él volviera a las nidadas y que actuara de la misma manera hosca y distante de siempre. Pero para su sorpresa, él se había mostrado tierno y cariñosamente burlón. Como si se hubiera rendido. Rocío quería creer con cada latido de su romántico corazón que su marido se había enamorado de ella, pero sabía que eso no sería fácil. Por ahora, agradecía que Gastón hubiera bajado la guardia.