martes, 29 de noviembre de 2011

Capitulo 004 - Segunda Parte


Esa misma semana, la estación cambió de la noche a la mañana. El frío fue el primero en despertarme con las primeras luces y lo noté en los huesos.
Me arrebujé entre las mantas, pero no sirvió de nada. El otoño ya había adornado los cristales con escarcha. No tendría más remedio que bajar el pesado edredón del estante superior de mi armario más tarde. A partir de ese momento, iba a ser más complicado no morirme de frío.
La luz seguía siendo tenue y alborada y supe que hacía un rato que había amanecido. Refunfuñando, me enderecé y me resigné a estar despierta. Podría haber sacado el edredón y haber intentado arañar unas cuantas horas de sueño, pero tenía que terminar de darle un último repaso al trabajo sobre Drácula o enfrentarme una vez más a la ira de la señora Bethany. Así que me puse la bata y pasé de puntillas junto a María, que dormía profundamente, como si el frío no pudiera penetrar la fina sábana que la cubría.
Los baños de Mandalay habían sido construidos en otra época, en un tiempo en que los alumnos probablemente daban gracias por no tener que salir fuera para utilizar el lavabo como para ponerse tiquismiquis con cosas como las instalaciones: insuficientes cubículos, sin comodidades tipo vaciado eléctrico de las cisternas o espejos, y grifos distintos para el agua fría y caliente en los lavamanos diminutos... Les había cogido manía desde el primer día. Al menos ya había aprendido a acumular un poco de agua helada en la palma de la mano antes de abrir el grifo del agua caliente, que salía ardiendo. De ese modo podía lavarme la cara sin escaldarme los dedos. Noté el suelo tan frío bajo los pies descalzos, que me obligué a recordar ponerme calcetines cuando me fuera a la cama, como mínimo hasta la primavera.
En cuanto cerré los grifos, oí algo, un débil sollozo. Me sequé la cara con mi toalla y me acerqué al lugar del que procedía el gemido.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Los lamentos cesaron. Estaba empezando a pensar que me había metido donde no me llamaban cuando la cara de Candela asomó por uno de los cubículos. Llevaba puesto el pijama y la pulsera de cuero entretejido de la que estaba visto que no se separaba nunca. Tenía los ojos enrojecidos.
—¿Rocío? — susurró.
—Sí. ¿Estás bien?
Candela negó con la cabeza y se secó las mejillas.
—Estoy atacada, no puedo dormir.
—Ha empezado a hacer frío de golpe, ¿verdad?
No pude sentirme más idiota al decir aquello. Sabía tan bien como Candela que no estaba llorando en el baño de madrugada porque hubieran bajado las temperaturas.
—Tengo que decirte algo — La mano de Candela se cerró sobre mi muñeca y la apretó con una fuerza que nunca le hubiera imaginado. Estaba muy pálida y tenía la nariz enrojecida de tanto llorar — Necesito que me digas si crees que estoy volviéndome loca.
Una petición bastante rara indistintamente de quién la hiciera, cuándo, dónde o cómo.
—¿Crees que estas volviéndote loca? — le pregunté, con cautela.
—¿Quizá?
A Candela se le escapó una risita entrecortada y eso me dio confianza: si era capaz de verle un lado divertido, entonces era probable que no le pasara nada grave. Eché una mirada a mi alrededor, pero el baño estaba vacío. A esas horas, podíamos estar seguras de que tendríamos los lavabos para nosotras solas durante un buen rato.
—¿Tienes pesadillas o algo así?
—Vampiros, capas negras, colmillos y toda la pesca — Fingió que se reía— Nadie diría que a alguien que ya no va a parvulario pudieran seguir dándole miedo los vampiros, pero en mis sueños... Rocío, son horribles.
—La noche anterior a que empezaran las clases tuve una pesadilla sobre una flor marchita — dije. Quería distraerla para que dejara de pensar en sus pesadillas y creí que tal vez ayudaría en algo compartir las mías, aunque me sintiera un poco tonta comentándola en voz alta — Era una orquídea, o un lirio o algo así que se marchitaba en medio de una tormenta. Me dio tanto repelús, que no pude sacármela de la cabeza en todo el día.
—Yo tampoco puedo quitármelos de la cabeza. Esas manos muertas, apresándome...
—Solo piensas en esas cosas por el trabajo de Drácula — dije — La semana que viene ya habremos acabado con Bram Stoker, ya lo verás.
—Ya lo sé, no soy tonta, pero tendré pesadillas con otras cosas. Nunca me siento segura. Es como si siempre hubiera una persona, una presencia, alguien, algo que se cierne sobre mí. Algo espantoso — Candela se inclinó hacia mí y me susurró — ¿Nunca has tenido la sensación de que en esta escuela hay algo... malo?
—Eugenia, a veces — contesté, intentando bromear.
—No me refiero a ese tipo de maldad, sino a la de verdad — le temblaba la voz — ¿Crees en el Mal?
Nadie me había hecho jamás esa pregunta, pero sabía la respuesta.
—Sí.
Oí que Candela tragaba saliva y nos quedamos mirándonos un momento sin saber qué decir. Sabía que debía seguir animándola, pero la intensidad de su miedo me obligó a prestarle atención.
—Aquí siempre tengo la sensación de que me observan — comentó — A todas horas. Incluso cuando estoy sola. Sé que parece de locos, pero es verdad. A veces tengo la sensación de que las pesadillas continúan aunque esté despierta. Oigo cosas ya entrada la noche, arañazos y golpes en el tejado. Cuando miro por la ventana, te juro que a veces veo una sombra adentrándose en el bosque. Y las ardillas... Las has visto, ¿no? Hay ardillas muertas por todas partes.
—He visto un par.
Tal vez fuera el frío otoñal del ventilado y antiguo baño lo que hizo que me estremeciera, pero también pudo haber sido el miedo de Candela.
—¿Alguna vez te has sentido segura aquí?
—No me siento segura, pero no creo que sea nada raro — contesté entre balbuceos. Aunque, claro, «raro» significaba cosas distintas para según quién — Es esta escuela, este sitio. Las gárgolas, el edificio de piedra, el frío... Y el ambiente. Todo eso me hace sentir fuera de lugar. Sola. Y asustada.
—Mandalay te chupa la vida — Candela se rió débilmente — ¿Lo ves? Chupar la vida. Como los vampiros.
—Lo que tú necesitas es descansar — dije con firmeza, recordándome a mi madre — Algo de descanso y cambiar de lecturas.
—Lo de descansar no suena mal. ¿Crees que la enfermera de la escuela me daría pastillas para dormir?
—No creo que aquí haya enfermería — Candela arrugó la nariz, contrariada — Pero seguramente podrás comprarlas en el drugstore cuando vayamos a Riverton — sugerí.
—Supongo. En cualquier caso es una buena idea — Hizo una pausa y luego me sonrió, con los ojos llorosos — Gracias por escucharme. Ya sé que parece de locos.
Sacudí la cabeza.
—En absoluto. Como ya te he dicho, Mandalay pone los pelos de punta.
—El drugstore — dijo Candela en voz baja, recogiendo sus cosas para volver a su dormitorio — Pastillas para dormir. Así dormiré a pesar de todo.
—¿A pesar de qué?
—Aunque continúe habiendo ruidos en el tejado. — Estaba muy seria, había adoptado la expresión de una persona mucho mayor de lo que correspondería a su edad — Porque de noche hay alguien ahí arriba. Lo oigo. Eso no forma parte de la pesadilla, Rocío. Es real.
Bastante tiempo después de que Candela regresara a su cama, yo seguía sola en el lavabo, temblando.

1 comentario:

  1. ESTA NOVE ME DA MIEDO..YO SE ALGO VA A PASAR PERO TODAVIA NO DESCUBRO K ES??
    AGUIEN VA A MORIR??
    VA A APARECER ALGUIEN ???
    NO SE PERO TANTO MISTERIO EN ESE INTERNADO...

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