Esa misma semana, la
estación cambió de la noche a la mañana. El frío fue el primero en despertarme
con las primeras luces y lo noté en los huesos.
Me arrebujé entre las
mantas, pero no sirvió de nada. El otoño ya había adornado los cristales con
escarcha. No tendría más remedio que bajar el pesado edredón del estante
superior de mi armario más tarde. A partir de ese momento, iba a ser más
complicado no morirme de frío.
La luz seguía siendo tenue y
alborada y supe que hacía un rato que había amanecido. Refunfuñando, me
enderecé y me resigné a estar despierta. Podría haber sacado el edredón y haber
intentado arañar unas cuantas horas de sueño, pero tenía que terminar de darle
un último repaso al trabajo sobre Drácula o enfrentarme una vez más a la ira de
la señora Bethany. Así que me puse la bata y pasé de puntillas junto a María,
que dormía profundamente, como si el frío no pudiera penetrar la fina sábana
que la cubría.
Los baños de Mandalay habían
sido construidos en otra época, en un tiempo en que los alumnos probablemente
daban gracias por no tener que salir fuera para utilizar el lavabo como para
ponerse tiquismiquis con cosas como las instalaciones: insuficientes cubículos,
sin comodidades tipo vaciado eléctrico de las cisternas o espejos, y grifos
distintos para el agua fría y caliente en los lavamanos diminutos... Les había
cogido manía desde el primer día. Al menos ya había aprendido a acumular un
poco de agua helada en la palma de la mano antes de abrir el grifo del agua
caliente, que salía ardiendo. De ese modo podía lavarme la cara sin escaldarme
los dedos. Noté el suelo tan frío bajo los pies descalzos, que me obligué a
recordar ponerme calcetines cuando me fuera a la cama, como mínimo hasta la
primavera.
En cuanto cerré los grifos,
oí algo, un débil sollozo. Me sequé la cara con mi toalla y me acerqué al lugar
del que procedía el gemido.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Los lamentos cesaron. Estaba
empezando a pensar que me había metido donde no me llamaban cuando la cara de Candela
asomó por uno de los cubículos. Llevaba puesto el pijama y la pulsera de cuero
entretejido de la que estaba visto que no se separaba nunca. Tenía los ojos
enrojecidos.
—¿Rocío? — susurró.
—Sí. ¿Estás bien?
Candela negó con la cabeza y
se secó las mejillas.
—Estoy atacada, no puedo
dormir.
—Ha empezado a hacer frío de
golpe, ¿verdad?
No pude sentirme más idiota
al decir aquello. Sabía tan bien como Candela que no estaba llorando en el baño
de madrugada porque hubieran bajado las temperaturas.
—Tengo que decirte algo — La
mano de Candela se cerró sobre mi muñeca y la apretó con una fuerza que nunca
le hubiera imaginado. Estaba muy pálida y tenía la nariz enrojecida de tanto
llorar — Necesito que me digas si crees que estoy volviéndome loca.
Una petición bastante rara
indistintamente de quién la hiciera, cuándo, dónde o cómo.
—¿Crees que estas
volviéndote loca? — le pregunté, con cautela.
—¿Quizá?
A Candela se le escapó una
risita entrecortada y eso me dio confianza: si era capaz de verle un lado
divertido, entonces era probable que no le pasara nada grave. Eché una mirada a
mi alrededor, pero el baño estaba vacío. A esas horas, podíamos estar seguras
de que tendríamos los lavabos para nosotras solas durante un buen rato.
—¿Tienes pesadillas o algo
así?
—Vampiros, capas negras,
colmillos y toda la pesca — Fingió que se reía— Nadie diría que a alguien que
ya no va a parvulario pudieran seguir dándole miedo los vampiros, pero en mis
sueños... Rocío, son horribles.
—La noche anterior a que
empezaran las clases tuve una pesadilla sobre una flor marchita — dije. Quería
distraerla para que dejara de pensar en sus pesadillas y creí que tal vez
ayudaría en algo compartir las mías, aunque me sintiera un poco tonta
comentándola en voz alta — Era una orquídea, o un lirio o algo así que se
marchitaba en medio de una tormenta. Me dio tanto repelús, que no pude
sacármela de la cabeza en todo el día.
—Yo tampoco puedo
quitármelos de la cabeza. Esas manos muertas, apresándome...
—Solo piensas en esas cosas
por el trabajo de Drácula — dije — La semana que viene ya habremos acabado con
Bram Stoker, ya lo verás.
—Ya lo sé, no soy tonta,
pero tendré pesadillas con otras cosas. Nunca me siento segura. Es como si
siempre hubiera una persona, una presencia, alguien, algo que se cierne sobre
mí. Algo espantoso — Candela se inclinó hacia mí y me susurró — ¿Nunca has
tenido la sensación de que en esta escuela hay algo... malo?
—Eugenia, a veces — contesté,
intentando bromear.
—No me refiero a ese tipo de
maldad, sino a la de verdad — le temblaba la voz — ¿Crees en el Mal?
Nadie me había hecho jamás
esa pregunta, pero sabía la respuesta.
—Sí.
Oí que Candela tragaba
saliva y nos quedamos mirándonos un momento sin saber qué decir. Sabía que
debía seguir animándola, pero la intensidad de su miedo me obligó a prestarle
atención.
—Aquí siempre tengo la
sensación de que me observan — comentó — A todas horas. Incluso cuando estoy sola.
Sé que parece de locos, pero es verdad. A veces tengo la sensación de que las
pesadillas continúan aunque esté despierta. Oigo cosas ya entrada la noche,
arañazos y golpes en el tejado. Cuando miro por la ventana, te juro que a veces
veo una sombra adentrándose en el bosque. Y las ardillas... Las has visto, ¿no?
Hay ardillas muertas por todas partes.
—He visto un par.
Tal vez fuera el frío otoñal
del ventilado y antiguo baño lo que hizo que me estremeciera, pero también pudo
haber sido el miedo de Candela.
—¿Alguna vez te has sentido
segura aquí?
—No me siento segura, pero
no creo que sea nada raro — contesté entre balbuceos. Aunque, claro, «raro»
significaba cosas distintas para según quién — Es esta escuela, este sitio. Las
gárgolas, el edificio de piedra, el frío... Y el ambiente. Todo eso me hace
sentir fuera de lugar. Sola. Y asustada.
—Mandalay te chupa la vida —
Candela se rió débilmente — ¿Lo ves? Chupar la vida. Como los vampiros.
—Lo que tú necesitas es
descansar — dije con firmeza, recordándome a mi madre — Algo de descanso y
cambiar de lecturas.
—Lo de descansar no suena
mal. ¿Crees que la enfermera de la escuela me daría pastillas para dormir?
—No creo que aquí haya
enfermería — Candela arrugó la nariz, contrariada — Pero seguramente podrás
comprarlas en el drugstore cuando vayamos a Riverton — sugerí.
—Supongo. En cualquier caso
es una buena idea — Hizo una pausa y luego me sonrió, con los ojos llorosos —
Gracias por escucharme. Ya sé que parece de locos.
Sacudí la cabeza.
—En absoluto. Como ya te he
dicho, Mandalay pone los pelos de punta.
—El drugstore — dijo Candela
en voz baja, recogiendo sus cosas para volver a su dormitorio — Pastillas para
dormir. Así dormiré a pesar de todo.
—¿A pesar de qué?
—Aunque continúe habiendo
ruidos en el tejado. — Estaba muy seria, había adoptado la expresión de una
persona mucho mayor de lo que correspondería a su edad — Porque de noche hay
alguien ahí arriba. Lo oigo. Eso no forma parte de la pesadilla, Rocío. Es
real.
Bastante tiempo después de
que Candela regresara a su cama, yo seguía sola en el lavabo, temblando.
ESTA NOVE ME DA MIEDO..YO SE ALGO VA A PASAR PERO TODAVIA NO DESCUBRO K ES??
ResponderEliminarAGUIEN VA A MORIR??
VA A APARECER ALGUIEN ???
NO SE PERO TANTO MISTERIO EN ESE INTERNADO...