domingo, 27 de noviembre de 2011

Primera Parte, Capitulo Diecisiete


Rocío tragó saliva.
—¿Quieres que me desnude?
Sabía que parecía idiota, pero Gastón la había agarrado por sorpresa. ¿Qué quería decir exactamente con que «se sentía violento»? Miró al otro lado de la caravana el látigo que él había dejado enrollado sobre el brazo del sofá. Sabía que le había asustado muchísimo al decirle que lo amaba, pero ella no se había esperado esa reacción. Aun así, sabiendo que aquél era un tema delicado para Gastón, debería haber imaginado que reaccionaría de manera exagerada.
—Deja de perder el tiempo. —Gastón se quitó la camiseta. Los vaqueros le caían a la altura de las caderas, haciéndole parecer oscuro y peligroso. Estaba medio desnudo y mostraba esa flecha de vello rubio que le dividía el estómago plano en dos y que indicaba el camino del peligro con la misma sutileza que un letrero de neón.
—Cuando dices que te sientes violento...
—Quiero decir que es el momento de mostrarte algo diferente.
—Para ser sinceros, no creo que aún esté preparada para eso.
—Pensaba que habías dicho que me amabas, Rocío, demuéstramelo. —Definitivamente Gastón la estaba retando, y Rocío contó mentalmente hasta diez.
 —No soy de esos hombres románticos que regalan flores. Lo sabes. Me gusta el sexo. Me gusta practicarlo a menudo y no me gusta contenerme.
«¡Dios! Sí que le había asustado.» Rocío se mordisqueó el labio inferior. A pesar de lo que ella había dicho antes, Gastón no era previsible, así que debía ser cautelosa. Por otra parte, Tater y sus compañeros le habían ensenado una regla básica para tratar con bestias grandes. Si retrocedes, te aplastan.
—Muy bien —dijo. —¿Qué quieres que haga?
—Ya te lo he dicho. Desnúdate.
—Te he dicho que quería hacerte el amor, nada más.
—Quizá yo no quiera hacer el amor. Quizá sólo quiera follar.
Era un cebo; uno que, evidentemente, Gastón quería que picara. Rocío tuvo que morderse la lengua para no caer en la trampa. Si perdía la calma le estaría siguiendo el juego, que era justo lo que él quería. Tenía que hacerle frente de alguna manera y tenía que ser ella la que dictara las normas. Lo amaba demasiado para dejar que la intimidara.
Consideró sus opciones, luego se levantó de la cama y comenzó a desnudarse. Él no dijo nada; se limitó a observarla. Rocío se quitó los zapatos y se deshizo del maillot, pero cuando se quedó en bragas y sujetador, se detuvo indecisa. Gastón estaba muy excitado, un hecho que revelaban los ceñidos vaqueros, y su estado de ánimo era tan volátil que ella no sabía qué esperar. Quizá lo mejor sería distraerlo. Puede que de esa manera lograra ganar un poco de tiempo.
Desde la charla que había mantenido con su padre, Rocío no había tenido oportunidad de hablar con Gastón sobre su asombroso origen. Si ahora sacaba el tema a colación, puede que le pillara desprevenido. Una conversación sobre sus orígenes familiares podría calmar el imprevisible humor de su marido.
—Mi padre me ha dicho que tu padre era un Romanov.
—Quítame los vaqueros.
—Y no cualquier Romanov. Me ha dicho que eres el nieto del zar Nicolás II.
—No quiero tener que repetírtelo.
Gastón la miró con tal arrogancia que no le resultó difícil imaginarlo sentado en el trono de Catalina la Grande mientras le ordenaba a alguna de las obstinadas mujeres Petroff que se lanzara al Volga.
—Dice que eres el heredero de la corona rusa.
—Calla y haz lo que te digo.
Rocío contuvo un suspiro. «Señor, qué difícil estaba siendo.» Parecía que no había nada como una declaración de amor para que ese ruso se lanzara al ataque. A Rocío le costó trabajo sostenerle la mirada con algo de dignidad cuando sólo llevaba puesta la ropa interior y él parecía tan alarmantemente omnipotente, pero lo hizo lo mejor que pudo. Estaba claro que ése no era el momento adecuado para obtener las respuestas que deseaba de él.
—Y cuando me quites los vaqueros, hazlo de rodillas —le dijo Gastón con desdén.
«¡Mamón insufrible!»
Él apretó los labios.
—Ahora.
Rocío respiró hondo tres veces. Nunca hubiera imaginado que él la presionaría de esa manera. Le sorprendía cómo reaccionaba un hombre bajo los efectos del miedo. Y ahora tenía intención de presionarla para que ella retirara aquella declaración de amor. ¿Cuántos tigres tenía que domesticar en un día?
Al estudiar los arrogantes ojos entornados de Gastón, la llamarada insolente de sus fosas nasales, Rocío sintió una inesperada oleada de ternura. Pobrecito. Se enfrentaba al miedo de la única manera que sabía y castigarlo sólo lo pondría más a la defensiva. «Oh, Gastón, ¿qué le hizo el látigo de tu tío?»
Lo miró a los ojos y se puso de rodillas. La inundó una oleada de sensaciones al ver lo excitado que estaba. Ni siquiera el miedo podía evitarlo. Gastón cerró los puños.
—¡Maldita sea! ¿Y tu orgullo?
Rocío se sentó sobre los talones y miró aquella cara dura e inflexible; esa combinación eslava de pómulos prominentes y profundas sombras, así como las pálidas líneas de tensión que le enmarcaban la boca.
—¿Mi orgullo? Está en mi corazón, por supuesto.
—¡Estás permitiendo que te humille!
Ella sonrió.
—Tú no puedes humillarme. Sólo yo puedo rebajarme. Y me arrodillo ante ti para desnudarte porque eso me excita.
Un traidor silencio se extendió entre ellos. Gastón parecía muy torturado y a Rocío le dolió verlo así. Se inclinó hacia él y apretó los labios contra aquel duro abdomen, justo encima de la cinturilla de los vaqueros. Le dio un ligero mordisco, luego tiró del botón hasta que cedió bajo sus dedos y le bajó la cremallera.
A Gastón se le puso la piel de gallina.
—No te comprendo en absoluto. —Su voz sonó áspera.
—Creo que a mí sí. Es a vos mismo a quien no comprendes.
Gastón la agarró por los hombros y la hizo ponerse de pie. Sus ojos parecían tan oscuros e infelices que ella no podía soportar mirarlos.
—¿Qué voy a hacer contigo? —dijo él.
—¿Quizá corresponder a mi amor?
Gastón respiró hondo antes de cubrirle la boca con la suya. Rocío sintió su desesperación, pero no sabía cómo ayudarlo. El beso los capturó a los dos. Los envolvió como un ciclón.
Rocío no supo cómo se despojaron de la ropa, pero antes de darse cuenta estaban desnudos sobre la cama. Una sensación cálida y ardiente comenzó a extenderse por su vientre. La boca de Gastón estaba en su hombro, en sus pechos, rozándole los pezones. La besó en el vientre. Rocío abrió las piernas para él y permitió que le subiera las rodillas.
—Voy a tocarte por todas partes —le prometió él contra la suave piel del interior de sus muslos. Y lo hizo. Oh, cómo lo hizo. Puede que no la amara con el corazón, pero la amaba con su cuerpo, y lo hizo con una desenfrenada generosidad que la llenó de deseo. Rocío aceptó todo lo que él quiso darle y se lo devolvió a su vez, usando las manos y los pechos, la calidez de su boca y el roce de su piel.
Cuando finalmente él se hundió profundamente en su interior, Rocío lo envolvió con las piernas aferrándose a él.
—Sí —susurró ella. —Oh, sí.
Las barreras entre ellos desaparecieron y mientras buscaban juntos el éxtasis, ella comenzó a murmurar:
—Oh, sí. Me gusta eso. Me encanta... Sí. Más profundo. Oh, sí. Justo así...
Rocío siguió susurrando aquellas palabras, guiada, por el instinto y la pasión. Si dejaba de hablar, él trataría de olvidar quién era ella y la convertiría en un cuerpo anónimo. Y eso no podía consentirlo. Era Rocío. Era su esposa.
Así que habló, se aferró a él y juntos alcanzaron el éxtasis.
Finalmente, la oscuridad dejó paso a la luz.
—Ha sido sagrado.
—No ha sido sagrado. Ha sido sexo.
—Hagámoslo de nuevo.
—Vamos a cien por hora, no hemos dormido más de tres horas y llegamos con retraso a Allentown.
—Estirado.
—¿A quién llamas estirado?
—A vos.
La miró de reojo, con una chispa diabólica en los ojos.
—A ver si te atreves a repetirlo cuando estés desnuda.
No volverás a verme desnuda hasta que admitas que ha sido sagrado.
—¿Y si admito que fue especial? Porque fue muy especial.
Ella le dirigió una mirada engreída y lo dejó pasar. La noche anterior había sido más que especial y los dos lo sabían. Rocío lo había sentido en la urgencia con la que habían hecho el amor y en la forma en que se habían abrazado después. Cuando se habían mirado a los ojos no se habían ocultado nada, no se habían reservado nada.
Esa mañana, Rocío esperaba que él volviera a las nidadas y que actuara de la misma manera hosca y distante de siempre. Pero para su sorpresa, él se había mostrado tierno y cariñosamente burlón. Como si se hubiera rendido. Rocío quería creer con cada latido de su romántico corazón que su marido se había enamorado de ella, pero sabía que eso no sería fácil. Por ahora, agradecía que Gastón hubiera bajado la guardia.

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