sábado, 26 de noviembre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Dieciseis


Gastón se abrió paso a empujones entre los periodistas y fotógrafos que rodeaban a Rocío al término de la última función.
—Mi esposa ha tenido suficiente por hoy. Necesita descansar un poco.
Ignorándole, un periodista metió una pequeña grabadora bajo las narices de Rocío.
—¿En qué pensó cuando se dio cuenta de que el tigre andaba suelto?
Rocío abrió la boca para responder, pero Gastón la interrumpió sabiendo que su esposa era tan condenadamente educada que respondería a todas las preguntas aunque estuviera muerta de cansancio.
—Lo siento, no tenemos nada más que decir. —Pasó el brazo por los hombros de Rocío y la alejó de allí.
Los periodistas se habían enterado enseguida de la fuga del tigre y no habían dejado de entrevistarla desde la primera función. Al principio Eugenia se había alegrado por la publicidad que eso suponía, pero luego había oído que Rocío comentaba que la casa de fieras era cruel e inhumana, por lo que se había puesto hecha una furia. Cuando Eugenia había tratado de interrumpir la entrevista, Rocío le había lanzado una mirada inocente y había dicho sin pizca de malicia:
—Pero Eugenia, los animales odian estar allí. Son infelices en esas jaulas.
Cuando Gastón y Rocío llegaron a la caravana, él estaba muy contento de tenerla sana y salva que no podía concentrarse en lo que le estaba contando. Rocío trastabilló y Gastón se dio cuenta de que caminaba demasiado rápido. Siempre le estaba haciendo eso. Arrastrándola. Empujándola. Haciendo que se tropezara. ¿Y si hubiera resultado herida? ¿Y si Sinjun la hubiera matado?
Sintió un pánico aplastante mientras se le cruzaban por la cabeza unas imágenes horripilantes de las garras de Sinjun despedazando aquel delgado cuerpo. Si le hubiera ocurrido algo a Rocío, jamás se lo hubiera perdonado a sí mismo. La necesitaba demasiado.
Le llegó la dulce y picante fragancia de su esposa mezclada con algo más, quizás el olor de la bondad. ¿Cómo había logrado Rocío metérsele bajo la piel en tan poco tiempo? No era su tipo, pero le hacía sentir emociones que nunca había imaginado. Esa joven cambiaba las leyes de la lógica y hacía que el negro fuera blanco y el orden se convirtiera en caos. Nada era racional cuando ella estaba cerca. Convertía a los tigres en mascotas y retrocedía con espanto ante un perrito. Le había enseñado a reírse y, también, había conseguido algo que nadie más había logrado desde que era un niño, había destruido su rígido autocontrol. Tal vez fuera por eso que él comenzaba a sentir dolor.
Una imagen le cruzó por la mente, al principio difusa, aunque poco a poco se volvió más nítida. Recordó cuando en los días más fríos de invierno pasaba demasiado tiempo a la intemperie y luego entraba para calentarse. Recordó el dolor en sus manos congeladas cuando empezaban a entrar en calor. El dolor del deslució. ¿Sería eso lo que le ocurría? ¿Estaba sintiendo el deshielo de sus emociones?
Rocío volvió la mirada a los reporteros.
—Van a pensar que soy una maleducada, Gastón. No debería haberme ido así.
—Me importa un bledo lo que piensen.
—Eso es porque tienes la autoestima alta. Yo, sin embargo, la tengo baja...
—No empieces...
Tater, atado cerca de la caravana, soltó un barrito al ver a Rocío.—Tengo que darle las buenas noches.
Gastón sintió los brazos vacíos cuando ella se acercó a Tater y apretó la mejilla contra su cabeza. Tater la rodeó con la trompa y Gastón tuvo que contener el deseo de apañarla antes de que el elefantito la aplastara por un exceso de cariño. Un gato. Quizá podría comprarle un gato. Sin uñas, para que no le arañara.
La idea no lo tranquilizó. Conociendo a Rocío, probablemente se asustaría también de los gatos domésticos.
Finalmente Rocío se alejó de Tater y siguió a Gastón a la caravana, donde comenzó a desvestirse, pero se lo pensó mejor y se sentó a los pies de la cama.
—Dale, grita, enojate, decime lo que pensas. Sé que llevas queriendo hacerlo todo el día.
Gastón nunca la había visto tan desolada. ¿Por qué siempre tenía que pensarlo peor de él? Aunque su corazón lo impulsaba a tratarla con suavidad, su mente le decía que tenía que dejar las cosas claras y echarle un sermón que jamás olvidaría. El circo estaba lleno de peligros y él haría cualquier cosa para mantenerla a salvo.
Mientras pensaba en eso, ella lo miró y todos los problemas del mundo se reflejaron en las profundidades violeta de sus ojos.
—No podía dejar que lo mataras, Gastón. No podía.
Las buenas intenciones de Gastón se disolvieron.
—Lo sé. —Se sentó a su lado y comenzó a quitarle las hebras de paja del pelo mientras le hablaba con voz ronca: —Lo que has hecho hoy fue lo más valiente que he visto nunca.
—Y lo más estúpido. Decilo.
—Eso, también. —Gastón alargó la mano y le apartó un mechón de la mejilla con el dedo índice. Miró la nariz respingona y no pudo recordar haber visto algo que lo conmoviera más profundamente. —Cuando te conocí, pensé que eras una niña mimada, tonta y consentida; demasiado hermosa para su propio bien.
Como era de esperar, ella comenzó a negar con la cabeza.
—No soy hermosa. Mi madre...
—Lo sé. Tu madre era bellísima y vos sos feísima —sonrió. —Lamento decirte, nena, que no estoy de acuerdo.
—Eso es porque no la conociste.
Rocío lo dijo con tal seriedad que él tuvo que reprimir uno de esos ataques de risa que lo asaltaban cada vez que estaban juntos.
—¿Tu madre habría conseguido meter al tigre en la jaula?
—Quizá no, pero era muy buena con los hombres. Se desvivían por ella.
—Este hombre se desvivirá por vos.
Rocío abrió mucho los ojos, y él lamentó haber dicho esas palabras porque sabía que habían revelado demasiado. Se había prometido a sí mismo que la protegería de sus sueños románticos, pero acababa de insinuar cuánto le importaba. Conociendo a Rocío y su anticuada visión del matrimonio, imaginaría que aquel cariño era amor y empezaría a construir castillos en el aire sobre un futuro juntos; ilusiones que la retorcida carga emocional de él no le dejarían cumplir. La única manera de protegerla era hacerle ver con qué hijo de perra se había casado.
Pero era difícil. De todas las crueles jugarretas que le había hecho el destino, la peor había sido atarlo a esa frágil y decente mujer, con esos bellos ojos y ese corazón tan generoso. El cariño no era suficiente para ella. Rocío necesitaba a alguien que la quisiera de verdad. Necesitaba hijos y un buen marido, uno de esos tipos con el corazón de oro y trabajo fijo, que fuera a la iglesia los domingos y que la amara hasta el final de sus días.
Sintió una dolorosa punzada en su interior al pensar que Rocío podría casarse con otra persona, pero la ignoró. Sin importar lo que tuviera que hacer, iba a protegerla.
—¿Qué queres decir, Gastón? ¿Te desvivirías realmente por mí? —A pesar de todas aquellas buenas intenciones, Gastón asintió como un tonto. —Entonces siéntate y déjame hacerte el amor.
Gastón se tensó, duro y palpitante; deseaba tanto a Rocío que no podía contenerse. En el último instante, antes de que el deseo de poseerla lo dominase, la boca de Rocío se curvó en una sonrisa tan dulce y suave que él sintió como si le patearan el estómago.
Ella no se reservaba nada. Nada en absoluto. Se ofrecía a él en cuerpo y alma. ¿Cómo podía alguien ser tan autodestructivo? Gastón se puso a la defensiva. Si ella no era capaz de protegerse a sí misma, él haría el trabajo sucio.
—El sexo es algo más que dos cuerpos —le dijo con dureza. —Eso fue lo que me dijiste. Que tenía que ser sagrado, pero no hay nada sagrado entre nosotros. Entre nosotros no hay amor, Rocío. Es sólo sexo. No olvides.
Para absoluta sorpresa de Gastón, ella le brindó una tierna sonrisa, teñida por un poco de piedad.
—Eres tonto. Por supuesto que hay amor. ¿Acaso no lo sabes? Yo te amo.
Él sintió como si le hubieran golpeado a traición.
Ella tuvo el descaro de reírse.
—Te amo, Gastón, y no hay necesidad de hacer una montaña de un grano de arena. Sé que te dije que no lo haría, pero no he podido evitarlo. He estado negando la verdad, pero hoy Sinjun me hizo comprender lo que siento.
A pesar de todas las advertencias y amenazas, de todos sus sermones, Rocío había decidido que estaba enamorada de él. Pero era él quien tenía la culpa. Debería haber mantenido más distancia entre ellos. ¿Por qué había paseado por la playa con ella? ¿Por qué le había abierto su corazón? Y lo más reprobable de todo, ¿por qué no la había mantenido alejada de su cama? Ahora tenía que demostrarle que lo que ella pensaba que era amor no era más que una visión romántica de la vida. Y no iba a ser fácil.
Antes de que pudiera señalarle su error, ella le cubrió la boca con la suya. Gastón dejó de pensar. La deseaba. Tenía que poseerla.
Rocío le recorrió los labios con la punta de la lengua, luego profundizó el beso con suavidad. Él le agarró la cabeza entre las manos y hundió los dedos en su suave pelo. La joven se acomodó entre sus brazos, ofreciéndose a él por completo.
Rocío gimió con dulzura. Vulnerable. Excitada. El sonido atravesó la embotada conciencia de Gastón y lo trajo de vuelta a la realidad. Tenía que recordarle a Rocío cómo eran las cosas entre ellos. Por su bien tenía que ser cruel. Mejor que ella sufriera un pequeño dolor en ese momento que uno devastador más adelante.
Se apartó bruscamente de ella. La hizo tumbarse en la cama con una mano y se ahuecó la protuberancia de los vaqueros con la otra.
—Lo mires como lo mires, un buen polvo es mejor que el amor.
Gastón dio un respingo para sus adentros ante la expresión de sorpresa que cruzó por la cara de Rocío antes de que se ruborizara. Conocía a su esposa y se preparó para lo que vendría a continuación: iba a levantarse de la cama de un salto y a hacer que le saliera humo por los oídos con un sermón sobre la vulgaridad.
Pero no lo hizo. El rubor de la cara de Rocío se desvaneció y fue sustituido por la misma expresión de pesar que había adoptado antes.
—Sabía que te pondrías difícil con esto. Eres tan previsible.
«¿Previsible? ¿Así lo veía? ¡Maldita fuera, estaba tratando de salvarla y ella se lo pagaba burlándose de él. Pues bien, se lo demostraría con hechos.»
Se obligó a esbozar una sonrisa cruel.
—Quítate la ropa. Me siento un poco violento y no quiero desgarrártela.
—¿Violento?
—Eso es lo que he dicho, nena. Ahora desnúdate.

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