Gastón
se abrió paso a empujones entre los periodistas y fotógrafos que rodeaban a
Rocío al término de la última función.
—Mi
esposa ha tenido suficiente por hoy. Necesita descansar un poco.
Ignorándole,
un periodista metió una pequeña grabadora bajo las narices de Rocío.
—¿En
qué pensó cuando se dio cuenta de que el tigre andaba suelto?
Rocío
abrió la boca para responder, pero Gastón la interrumpió sabiendo que su esposa
era tan condenadamente educada que respondería a todas las preguntas aunque
estuviera muerta de cansancio.
—Lo
siento, no tenemos nada más que decir. —Pasó el brazo por los hombros de Rocío
y la alejó de allí.
Los
periodistas se habían enterado enseguida de la fuga del tigre y no habían
dejado de entrevistarla desde la primera función. Al principio Eugenia se había
alegrado por la publicidad que eso suponía, pero luego había oído que Rocío
comentaba que la casa de fieras era cruel e inhumana, por lo que se había
puesto hecha una furia. Cuando Eugenia había tratado de interrumpir la
entrevista, Rocío le había lanzado una mirada inocente y había dicho sin pizca
de malicia:
—Pero
Eugenia, los animales odian estar allí. Son infelices en esas jaulas.
Cuando
Gastón y Rocío llegaron a la caravana, él estaba muy contento de tenerla sana y
salva que no podía concentrarse en lo que le estaba contando. Rocío trastabilló
y Gastón se dio cuenta de que caminaba demasiado rápido. Siempre le estaba
haciendo eso. Arrastrándola. Empujándola. Haciendo que se tropezara. ¿Y si hubiera
resultado herida? ¿Y si Sinjun la
hubiera matado?
Sintió
un pánico aplastante mientras se le cruzaban por la cabeza unas imágenes
horripilantes de las garras de Sinjun
despedazando aquel delgado cuerpo. Si le hubiera ocurrido algo a Rocío, jamás
se lo hubiera perdonado a sí mismo. La necesitaba demasiado.
Le
llegó la dulce y picante fragancia de su esposa mezclada con algo más, quizás
el olor de la bondad. ¿Cómo había logrado Rocío metérsele bajo la piel en tan
poco tiempo? No era su tipo, pero le hacía sentir emociones que nunca había
imaginado. Esa joven cambiaba las leyes de la lógica y hacía que el negro fuera
blanco y el orden se convirtiera en caos. Nada era racional cuando ella estaba
cerca. Convertía a los tigres en mascotas y retrocedía con espanto ante un
perrito. Le había enseñado a reírse y, también, había conseguido algo que nadie
más había logrado desde que era un niño, había destruido su rígido autocontrol.
Tal vez fuera por eso que él comenzaba a sentir dolor.
Una
imagen le cruzó por la mente, al principio difusa, aunque poco a poco se volvió
más nítida. Recordó cuando en los días más fríos de invierno pasaba demasiado
tiempo a la intemperie y luego entraba para calentarse. Recordó el dolor en sus
manos congeladas cuando empezaban a entrar en calor. El dolor del deslució.
¿Sería eso lo que le ocurría? ¿Estaba sintiendo el deshielo de sus emociones?
Rocío
volvió la mirada a los reporteros.
—Van
a pensar que soy una maleducada, Gastón. No debería haberme ido así.
—Me
importa un bledo lo que piensen.
—Eso
es porque tienes la autoestima alta. Yo, sin embargo, la tengo baja...
—No
empieces...
Tater,
atado cerca de la caravana, soltó un barrito al ver a Rocío.—Tengo que darle
las buenas noches.
Gastón
sintió los brazos vacíos cuando ella se acercó a Tater y apretó la mejilla contra su cabeza. Tater la rodeó con la trompa y Gastón tuvo que contener el deseo de
apañarla antes de que el elefantito la aplastara por un exceso de cariño. Un
gato. Quizá podría comprarle un gato. Sin uñas, para que no le arañara.
La
idea no lo tranquilizó. Conociendo a Rocío, probablemente se asustaría también
de los gatos domésticos.
Finalmente
Rocío se alejó de Tater y siguió a
Gastón a la caravana, donde comenzó a desvestirse, pero se lo pensó mejor y se
sentó a los pies de la cama.
—Dale,
grita, enojate, decime lo que pensas. Sé que llevas queriendo hacerlo todo el
día.
Gastón
nunca la había visto tan desolada. ¿Por qué siempre tenía que pensarlo peor de
él? Aunque su corazón lo impulsaba a tratarla con suavidad, su mente le decía
que tenía que dejar las cosas claras y echarle un sermón que jamás olvidaría.
El circo estaba lleno de peligros y él haría cualquier cosa para mantenerla a
salvo.
Mientras
pensaba en eso, ella lo miró y todos los problemas del mundo se reflejaron en
las profundidades violeta de sus ojos.
—No
podía dejar que lo mataras, Gastón. No podía.
Las
buenas intenciones de Gastón se disolvieron.
—Lo
sé. —Se sentó a su lado y comenzó a quitarle las hebras de paja del pelo
mientras le hablaba con voz ronca: —Lo que has hecho hoy fue lo más valiente
que he visto nunca.
—Y
lo más estúpido. Decilo.
—Eso,
también. —Gastón alargó la mano y le apartó un mechón de la mejilla con el dedo
índice. Miró la nariz respingona y no pudo recordar haber visto algo que lo
conmoviera más profundamente. —Cuando te conocí, pensé que eras una niña
mimada, tonta y consentida; demasiado hermosa para su propio bien.
Como
era de esperar, ella comenzó a negar con la cabeza.
—No
soy hermosa. Mi madre...
—Lo
sé. Tu madre era bellísima y vos sos feísima —sonrió. —Lamento decirte, nena,
que no estoy de acuerdo.
—Eso
es porque no la conociste.
Rocío
lo dijo con tal seriedad que él tuvo que reprimir uno de esos ataques de risa
que lo asaltaban cada vez que estaban juntos.
—¿Tu
madre habría conseguido meter al tigre en la jaula?
—Quizá
no, pero era muy buena con los hombres. Se desvivían por ella.
—Este
hombre se desvivirá por vos.
Rocío
abrió mucho los ojos, y él lamentó haber dicho esas palabras porque sabía que
habían revelado demasiado. Se había prometido a sí mismo que la protegería de
sus sueños románticos, pero acababa de insinuar cuánto le importaba. Conociendo
a Rocío y su anticuada visión del matrimonio, imaginaría que aquel cariño era
amor y empezaría a construir castillos en el aire sobre un futuro juntos; ilusiones
que la retorcida carga emocional de él no le dejarían cumplir. La única manera
de protegerla era hacerle ver con qué hijo de perra se había casado.
Pero
era difícil. De todas las crueles jugarretas que le había hecho el destino, la
peor había sido atarlo a esa frágil y decente mujer, con esos bellos ojos y ese
corazón tan generoso. El cariño no era suficiente para ella. Rocío necesitaba a
alguien que la quisiera de verdad. Necesitaba hijos y un buen marido, uno de
esos tipos con el corazón de oro y trabajo fijo, que fuera a la iglesia los
domingos y que la amara hasta el final de sus días.
Sintió
una dolorosa punzada en su interior al pensar que Rocío podría casarse con otra
persona, pero la ignoró. Sin importar lo que tuviera que hacer, iba a
protegerla.
—¿Qué
queres decir, Gastón? ¿Te desvivirías realmente por mí? —A pesar de todas
aquellas buenas intenciones, Gastón asintió como un tonto. —Entonces siéntate y
déjame hacerte el amor.
Gastón
se tensó, duro y palpitante; deseaba tanto a Rocío que no podía contenerse. En
el último instante, antes de que el deseo de poseerla lo dominase, la boca de
Rocío se curvó en una sonrisa tan dulce y suave que él sintió como si le
patearan el estómago.
Ella
no se reservaba nada. Nada en absoluto. Se ofrecía a él en cuerpo y alma. ¿Cómo
podía alguien ser tan autodestructivo? Gastón se puso a la defensiva. Si ella
no era capaz de protegerse a sí misma, él haría el trabajo sucio.
—El
sexo es algo más que dos cuerpos —le dijo con dureza. —Eso fue lo que me
dijiste. Que tenía que ser sagrado, pero no hay nada sagrado entre nosotros.
Entre nosotros no hay amor, Rocío. Es sólo sexo. No olvides.
Para
absoluta sorpresa de Gastón, ella le brindó una tierna sonrisa, teñida por un
poco de piedad.
—Eres
tonto. Por supuesto que hay amor. ¿Acaso no lo sabes? Yo te amo.
Él
sintió como si le hubieran golpeado a traición.
Ella
tuvo el descaro de reírse.
—Te
amo, Gastón, y no hay necesidad de hacer una montaña de un grano de arena. Sé
que te dije que no lo haría, pero no he podido evitarlo. He estado negando la
verdad, pero hoy Sinjun me hizo
comprender lo que siento.
A
pesar de todas las advertencias y amenazas, de todos sus sermones, Rocío había
decidido que estaba enamorada de él. Pero era él quien tenía la culpa. Debería
haber mantenido más distancia entre ellos. ¿Por qué había paseado por la playa
con ella? ¿Por qué le había abierto su corazón? Y lo más reprobable de todo,
¿por qué no la había mantenido alejada de su cama? Ahora tenía que demostrarle
que lo que ella pensaba que era amor no era más que una visión romántica de la
vida. Y no iba a ser fácil.
Antes
de que pudiera señalarle su error, ella le cubrió la boca con la suya. Gastón
dejó de pensar. La deseaba. Tenía que poseerla.
Rocío
le recorrió los labios con la punta de la lengua, luego profundizó el beso con
suavidad. Él le agarró la cabeza entre las manos y hundió los dedos en su suave
pelo. La joven se acomodó entre sus brazos, ofreciéndose a él por completo.
Rocío
gimió con dulzura. Vulnerable. Excitada. El sonido atravesó la embotada
conciencia de Gastón y lo trajo de vuelta a la realidad. Tenía que recordarle a
Rocío cómo eran las cosas entre ellos. Por su bien tenía que ser cruel. Mejor
que ella sufriera un pequeño dolor en ese momento que uno devastador más
adelante.
Se
apartó bruscamente de ella. La hizo tumbarse en la cama con una mano y se
ahuecó la protuberancia de los vaqueros con la otra.
—Lo
mires como lo mires, un buen polvo es mejor que el amor.
Gastón
dio un respingo para sus adentros ante la expresión de sorpresa que cruzó por
la cara de Rocío antes de que se ruborizara. Conocía a su esposa y se preparó
para lo que vendría a continuación: iba a levantarse de la cama de un salto y a
hacer que le saliera humo por los oídos con un sermón sobre la vulgaridad.
Pero
no lo hizo. El rubor de la cara de Rocío se desvaneció y fue sustituido por la
misma expresión de pesar que había adoptado antes.
—Sabía
que te pondrías difícil con esto. Eres tan previsible.
«¿Previsible?
¿Así lo veía? ¡Maldita fuera, estaba tratando de salvarla y ella se lo pagaba
burlándose de él. Pues bien, se lo demostraría con hechos.»
Se
obligó a esbozar una sonrisa cruel.
—Quítate
la ropa. Me siento un poco violento y no quiero desgarrártela.
—¿Violento?
—Eso
es lo que he dicho, nena. Ahora desnúdate.
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