Se lo pasaron bien en la excursión, aunque Rochi no logró localizar
el camino traicionero que le había prometido. Tal vez porque se lo había
inventado. Aun así, en los peñascos que cruzaron hacía mucho frío y el viento
soplaba con fuerza, por lo que Gas no se quejó demasiado. Incluso le tendió la
mano a Ro en un tramo helado, pero ella no fue tan temeraria: se limitó a
lanzarle una mirada fachendosa y le dijo que tendría que arreglárselas solo
porque ella no estaba dispuesta a ayudarle a subir cada vez que viese un poco
de hielo y se le metiera el miedo en el cuerpo.
Él se rió y se encaramó a un montón de rocas resbaladizas. Al verle
contemplando las aguas grises del invierno, con la cabeza echada atrás y sus
cabellos rubios flotando al viento, Rochi se quedó sin aliento.
Durante el resto de la caminata, ella se olvidó de ser odiosa y se
divirtieron mucho. Cuando regresaron a la casa, los dientes le castañeteaban
por el frío, pero todas sus partes femeninas ardían.
Gastón se quitó el abrigo y se frotó las manos.
-Si no te importa, me meteré en tu bañera.
Ella hubiera preferido que se metiese en su cuerpo, pero se limitó a
decir:
-Tú mismo. Yo tengo que volver al trabajo.
Tras subir a toda prisa al desván, Rochi recordó lo que Mery le había
dicho una vez.
«Cuando te has criado como nosotras, Ro, el sexo intrascendente es
como un foso de serpientes. Nosotras necesitamos un amor que nos llegue al
alma, y puedo asegurarte que eso no se encuentra saltando de cama en cama.»
Aunque Ro jamás había saltado de cama en cama, sabía que su hermana
tenía razón. Pero ¿qué se suponía que tenía que hacer una mujer de veintisiete
años con un cuerpo sano y sin un amor que le llegase al alma? Si al menos Gastón
se hubiese comportado como alguien superficial y estúpido durante la
excursión... Pero no había hablado de fútbol ni una sola vez. Se habían pasado
la mañana hablando de libros, de la vida en Chicago, y de su pasión mutua por
la película This Is Spinal Tap.
No podía concentrarse en Daphne, así que abrió su ordenador portátil
para trabajar en «Darse el lote: ¿hasta dónde se puede llegar?». El tema la
deprimió aún más.
Durante su tercer año en la universidad se había hartado de esperar la Gran Historia de Amor,
por lo que había decidido olvidarse de un amor profundo y se había dedicado al
cuidado profundo de un chico con el que llevaba saliendo un mes. Pero perder la
virginidad había sido una equivocación. La aventura la había dejado deprimida,
y había visto que Rochi tenía razón. Ella no estaba hecha para el sexo intrascendente.
Pocos años más tarde, se había convencido a sí misma de que finalmente
había conocido a un hombre que le importaba lo bastante como para volverlo a
intentar. Era un hombre inteligente y cariñoso, pero la dolorosa tristeza que
la invadió después de esa aventura tardó meses en desaparecer.
Había tenido una serie de novios desde entonces, pero ningún amante, y
había hecho todo lo posible por sublimar sus impulsos sexuales esforzándose en
el trabajo y entregándose a buenas amistades. Tal vez la castidad estuviera pasada
de moda, pero el sexo era un auténtico atolladero emocional para una mujer que
no había conocido el amor hasta los quince años. Así que, ¿por qué seguía
pensando en él, especialmente teniendo a Gastón Dalmau en casa?
Porque era simplemente humana, y el quarterback
de los Stars era un deleitable pedazo de caramelo, un afrodisíaco andante, un
hombre con todas las letras. Rochi gimió, miró el teclado del ordenador y se
obligó a concentrarse.
A las cinco oyó que Gas se marchaba. A las siete, «Darse el lote:
¿hasta dónde se puede llegar?» ya estaba casi terminado. Por desgracia, el
tema la había tensado y excitado considerablemente. Llamó a Lali, pero su amiga
no estaba en casa, así que bajó las escaleras y se miró en el pequeño espejo
de la cocina. Era demasiado tarde para que las tiendas estuvieran abiertas; de
lo contrario podría haber salido corriendo a por un tinte de pelo. Tal vez se
lo cortaría y listo. Ese corte al rape no había quedado tan mal hacía unos
años.
Se mentía a sí misma. Había quedado horrible.
En lugar de las tijeras, cogió un sobre de comida instantánea y se lo
comió en el mostrador de la cocina. Después extrajo los dulces que había en el
fondo de un cartón de helado Rocky Road. Finalmente, cogió el cuaderno de
dibujo y se sentó ante el fuego para dibujar. Pero no había dormido bien, y al
poco rato empezaron a pesarle los párpados. La llegada de Gastón poco después
de medianoche la hizo levantarse de golpe.
-Hola, Daphne.
Ella se frotó los ojos.
-Hola, Gonzalo.
Gastón colgó su abrigo en el respaldo de una silla. Apestaba a
perfume.
-Habría que airearlo -comentó él.
-Eso digo yo.
Los celos se la comían. Mientras Rochi babeaba pensando en el cuerpo
de él y se obsesionaba por sus fracasos amorosos, había pasado por alto un
hecho importante: Gastón no había mostrado el más mínimo interés por ella.
-Debes de haber estado ocupado-dijo-. Huele a más de una marca. Todas
ellas nacionales, ¿o has encontrado a alguna au pair en alguna parte?
-No he tenido esa suerte. Por desgracia eran todas mujeres
americanas, y todas hablaban demasiado -dijo dejándole claro con la mirada que
ella también hablaba demasiado.
-Y seguro que muchas de las palabras tenían más
de una sílaba, así que probablemente te dolerá la cabeza.
No podía seguir por ahí. Gastón no era tan tonto como ella hubiera
querido, y si no se andaba con cuidado, él iba a descubrir por qué se
interesaba tanto por su vida privada.
Gas parecía más irritado que
enfadado.
-Resulta que me gusta relajarme cuando tengo una cita. No me gusta
debatir sobre política mundial, ni discutir sobre el calentamiento global, ni
que me obliguen a escuchar a gente con una higiene personal imprevisible
recitando mala poesía.
-Vaya, pues ésas son mis cosas favoritas.
El rubio sacudió la cabeza, luego se levantó y se estiró, alargando
su formidable cuerpo vértebra a vértebra. Ya estaba aburrido de ella.
Probablemente porque ella no le había entretenido recitándole sus estadísticas
profesionales.
-Será mejor que me acueste -dijo Gastón-. Me iré mañana por la mañana
a primera hora, así que si no nos vemos, gracias por tu hospitalidad.
Rocío forzó un bostezo.
-Ciao, bambino.
Sabía que él tenía que volver a los entrenamientos, pero eso no alivió
su disgusto.
Gas sonrió.
-Buenas noches, Daphne.
Ella se lo quedó mirando mientras subía las escaleras: los vaqueros se
ajustaban a sus hermosas piernas, moldeaban sus caderas estrechas, y la
camiseta dejaba entrever todos sus músculos.
¡Dios, si estaba babeando! ¡Y eso que había pertenecido a la sociedad
universitaria Phi Beta Kappa!
Ro se sintió dolorida y desasosegada, irreprimiblemente insatisfecha
con toda su vida.
-¡Maldita sea!
Tiró el cuaderno de dibujo al suelo, se puso en pie de un salto y
salió disparada hacia el baño para mirarse el pelo. ¡Se lo raparía!
¡No! No quería estar calva, y esta vez no se iba a permitir
comportarse como una loca.
Caminó decidida hacia el estante de los vídeos y extrajo el remake de Juego
de Gemelas. A la niña que llevaba dentro le encantaba ver cómo las gemelas
lograban reunir a sus padres, y a la niña que llevaba fuera le encantaba la
sonrisa de Dennis Quaid.
Gas tenía la misma sonrisa torcida.
Con resolución, sacó la cinta de la retransmisión del partido de
fútbol del vídeo, introdujo Juego de Gemelas y se sentó a mirarla.
A las dos de la madrugada, Hallie y Annie habían reunido a sus
padres, pero Rochi se sentía todavía más inquieta que antes. Empezó a hacer
zapping saltando a toda velocidad de películas antiguas a múltiples anuncios, y
sólo se detuvo al oír la sintonía familiar de la vieja serie Encaje, S.L.
«Encaje está al caso, sí... Encaje resolverá el caso, sí...» Dos
hermosas mujeres atravesaban corriendo la pantalla, las atractivas detectives
Sable Drake y Ginger Hill.
Encaje, S.L. había sido una de las series favoritas de Rochi cuando
era niña. Había querido ser Sable, la inteligente colorica interpretada por la
actriz Mallory McCoy. Ginger era la morena sexy experta en kárate. Encaje, S.L.
no fue en su momento más que una serie de segunda fila, pero a Ro eso no le
importaba. Simplemente disfrutaba viendo a dos mujeres ganando a los malos,
para variar.
Los créditos del inicio mostraban primero a Mallory McCoy, y luego a Julia
Calvo, que interpretaba a Ginger Hill. Rocío se incorporó un poco al recordar
un fragmento de la conversación que había oído una vez en las oficinas de los
Stars sobre si Julia Calvo tenía algún tipo de relación con Gastón. No quería
que nadie supiera que estaba interesada, así que no hizo preguntas. Estudió a
la actriz más detenidamente.
Llevaba uno de sus característicos pantalones ajustados, un top que le
dejaba los hombros completamente al descubierto y tacones altos. Los cabellos,
negros y rizados, le colgaban sobre los hombros, y sus ojos pestañeaban seductoramente
a la cámara. Incluso con aquel peinado pasado de moda y esos enormes aros de
oro que llevaba como pendientes, era un bombón.
Actualmente, Julia debía de rondar ya los cuarenta y pico; sin duda
era un poco mayor para ser una de las mujeres de Gastón, de modo que ¿qué
relación tenían? En una fotografía de la actriz que había visto hacía sólo unos
pocos años se veía que había ganado unos kilos desde la serie de televisión.
Sin embargo, seguía siendo una mujer hermosa, así que era posible que hubieran
tenido una aventura.
Rochi presionó el botón de cambio del mando a distancia y apareció un
anuncio de cosméticos. Tal vez fuera eso lo que necesitaba. Un maquillaje
total.
Apagó la tele y subió a su habitación. Algo le hacía pensar que un
maquillaje no solucionaría sus problemas.
Tras una ducha caliente, se puso uno de los camisones de lino irlandés
que se había comprado cuando aún era rica. Todavía la hacía sentir como la
heroína de una novela de Georgette Heyer. Se llevó el cuaderno a la cama para
poder seguir pensando en Daphne, pero la oleada de creatividad que había
experimentado aquella tarde se había desvanecido.
Cafreoo
roncaba suavemente a los pies de la cama. Rochi se dijo a sí misma que le
estaba entrando sueño. Pero no.
Tal vez podía acabar de pulir su artículo, pero mientras se dirigía al
desván para coger el portátil, echó un vistazo al baño de invitados. Tenía dos
puertas: aquella en la que estaba ella y, al otro lado, la que llevaba
directamente al dormitorio donde dormía Gastón. La puerta estaba abierta de par
en par.
Sus piernas inquietas y nerviosas la llevaron hasta las baldosas del
baño.
Vio el bolso Louis Vuitton sobre el lavabo. No se imaginaba a Gas
comprándolo por su cuenta: debía de ser un regalo de una de sus bellezas
internacionales. Se acercó más y vio un cepillo de dientes rojo con las cerdas
blancas. Había vuelto a tapar el tubo de Aquafresh.
Pasó la punta del dedo por el tapón del desodorante y luego alcanzó
una botella de cristal deslustrado de algo para después de afeitarse del caro.
Desenroscó el tapón y acercó la nariz. ¿Olía como Gastón? Él no era de esos
hombres que se ahogan en colonia, y no se había acercado a él lo suficiente
como para saberlo con seguridad, pero algo familiar en el aroma le hizo cerrar
los ojos y aspirar más profundamente. Se estremeció; volvió a dejar la botella
donde estaba y luego se fijó en el bolso.
Tirado junto a un bote de ibuprofeno y un tubo de Neosporin estaba el
anillo de la Super Bowl de Gastón. Sabía que lo había ganado en los primeros
tiempos de su carrera, como suplente de Agustín Sierra. Le sorprendió ver un
anillo de campeón tirado tan descuidadamente en el fondo del bolso, aunque por
lo que sabía de Gastón era de suponer que no quisiera ponerse un anillo que
había ganado por los méritos de otro.
Empezó a alejarse, pero se detuvo en seco cuando vio en el bolso algo
que le había pasado inadvertido.
Un condón.
No era nada del otro mundo. Era natural que Gastón llevara condones
consigo. Probablemente tendría todo un cajón lleno. Lo cogió y lo estudió.
Parecía ser un condón de lo más normal. Entonces, ¿por qué estaba allí
observándolo?
¡Era una locura! Llevaba todo el día comportándose como una obsesiva.
Si no se recomponía, acabaría cocinando un conejo como la loca Glenn Close en
Atracción fatal.
Rochi se estremeció. «Lo siento, Daphne.»
Una miradita. Nada más. Sólo le echaría una miradita mientras dormía y
se marcharía.
Se acercó a la puerta del dormitorio y la abrió lentamente.
QUE MALA COMO LO DEAS AHI!!!
ResponderEliminarUNA MIRADITA ....Y PARA Q LLEVO EL CONDON JAJAJA