viernes, 25 de noviembre de 2011

Cuarta Parte, Capitulo Dos


Se lo pasaron bien en la excursión, aunque Rochi no lo­gró localizar el camino traicionero que le había prometido. Tal vez porque se lo había inventado. Aun así, en los peñascos que cruzaron hacía mucho frío y el viento soplaba con fuerza, por lo que Gas no se quejó demasiado. Inclu­so le tendió la mano a Ro en un tramo helado, pero ella no fue tan temeraria: se limitó a lanzarle una mirada fachen­dosa y le dijo que tendría que arreglárselas solo porque ella no estaba dispuesta a ayudarle a subir cada vez que viese un poco de hielo y se le metiera el miedo en el cuerpo.
Él se rió y se encaramó a un montón de rocas resbaladi­zas. Al verle contemplando las aguas grises del invierno, con la cabeza echada atrás y sus cabellos rubios flotando al vien­to, Rochi se quedó sin aliento.
Durante el resto de la caminata, ella se olvidó de ser odio­sa y se divirtieron mucho. Cuando regresaron a la casa, los dientes le castañeteaban por el frío, pero todas sus partes fe­meninas ardían.
Gastón se quitó el abrigo y se frotó las manos.
-Si no te importa, me meteré en tu bañera.
Ella hubiera preferido que se metiese en su cuerpo, pero se limitó a decir:
-Tú mismo. Yo tengo que volver al trabajo.
Tras subir a toda prisa al desván, Rochi recordó lo que Mery le había dicho una vez.
«Cuando te has criado como nosotras, Ro, el sexo in­trascendente es como un foso de serpientes. Nosotras nece­sitamos un amor que nos llegue al alma, y puedo asegurarte que eso no se encuentra saltando de cama en cama.»
Aunque Ro jamás había saltado de cama en cama, sa­bía que su hermana tenía razón. Pero ¿qué se suponía que tenía que hacer una mujer de veintisiete años con un cuerpo sano y sin un amor que le llegase al alma? Si al menos Gastón se hu­biese comportado como alguien superficial y estúpido du­rante la excursión... Pero no había hablado de fútbol ni una sola vez. Se habían pasado la mañana hablando de libros, de la vida en Chicago, y de su pasión mutua por la película This Is Spinal Tap.
No podía concentrarse en Daphne, así que abrió su or­denador portátil para trabajar en «Darse el lote: ¿hasta dónde se puede llegar?». El tema la deprimió aún más.
Durante su tercer año en la universidad se había hartado de esperar la Gran Historia de Amor, por lo que había deci­dido olvidarse de un amor profundo y se había dedicado al cuidado profundo de un chico con el que llevaba saliendo un mes. Pero perder la virginidad había sido una equivocación. La aventura la había dejado deprimida, y había visto que Rochi tenía razón. Ella no estaba hecha para el sexo intras­cendente.
Pocos años más tarde, se había convencido a sí misma de que finalmente había conocido a un hombre que le importa­ba lo bastante como para volverlo a intentar. Era un hombre inteligente y cariñoso, pero la dolorosa tristeza que la inva­dió después de esa aventura tardó meses en desaparecer.
Había tenido una serie de novios desde entonces, pero ningún amante, y había hecho todo lo posible por sublimar sus impulsos sexuales esforzándose en el trabajo y entre­gándose a buenas amistades. Tal vez la castidad estuviera pa­sada de moda, pero el sexo era un auténtico atolladero emo­cional para una mujer que no había conocido el amor hasta los quince años. Así que, ¿por qué seguía pensando en él, es­pecialmente teniendo a Gastón Dalmau en casa?
Porque era simplemente humana, y el quarterback de los Stars era un deleitable pedazo de caramelo, un afrodisíaco andante, un hombre con todas las letras. Rochi gimió, miró el teclado del ordenador y se obligó a concentrarse.
A las cinco oyó que Gas se marchaba. A las siete, «Dar­se el lote: ¿hasta dónde se puede llegar?» ya estaba casi ter­minado. Por desgracia, el tema la había tensado y excitado considerablemente. Llamó a Lali, pero su amiga no esta­ba en casa, así que bajó las escaleras y se miró en el pequeño espejo de la cocina. Era demasiado tarde para que las tien­das estuvieran abiertas; de lo contrario podría haber salido corriendo a por un tinte de pelo. Tal vez se lo cortaría y listo. Ese corte al rape no había quedado tan mal hacía unos años.
Se mentía a sí misma. Había quedado horrible.
En lugar de las tijeras, cogió un sobre de comida instan­tánea y se lo comió en el mostrador de la cocina. Después ex­trajo los dulces que había en el fondo de un cartón de hela­do Rocky Road. Finalmente, cogió el cuaderno de dibujo y se sentó ante el fuego para dibujar. Pero no había dormido bien, y al poco rato empezaron a pesarle los párpados. La lle­gada de Gastón poco después de medianoche la hizo levan­tarse de golpe.
-Hola, Daphne.
Ella se frotó los ojos.
-Hola, Gonzalo.
Gastón colgó su abrigo en el respaldo de una silla. Apes­taba a perfume.
-Habría que airearlo -comentó él.
-Eso digo yo.
Los celos se la comían. Mientras Rochi babeaba pensan­do en el cuerpo de él y se obsesionaba por sus fracasos amorosos, había pasado por alto un hecho importante: Gastón no había mostrado el más mínimo interés por ella.
-Debes de haber estado ocupado-dijo-. Huele a más de una marca. Todas ellas nacionales, ¿o has encontrado a alguna au pair en alguna parte?
-No he tenido esa suerte. Por desgracia eran todas mu­jeres americanas, y todas hablaban demasiado -dijo deján­dole claro con la mirada que ella también hablaba demasiado.
-Y seguro que muchas de las palabras tenían más de una sílaba, así que probablemente te dolerá la cabeza.
No podía seguir por ahí. Gastón no era tan tonto como ella hubiera querido, y si no se andaba con cuidado, él iba a des­cubrir por qué se interesaba tanto por su vida privada.
Gas parecía  más irritado que enfadado.
-Resulta que me gusta relajarme cuando tengo una cita. No me gusta debatir sobre política mundial, ni discutir so­bre el calentamiento global, ni que me obliguen a escuchar a gente con una higiene personal imprevisible recitando mala poesía.
-Vaya, pues ésas son mis cosas favoritas.
El rubio sacudió la cabeza, luego se levantó y se estiró, alar­gando su formidable cuerpo vértebra a vértebra. Ya estaba aburrido de ella. Probablemente porque ella no le había en­tretenido recitándole sus estadísticas profesionales.
-Será mejor que me acueste -dijo Gastón-. Me iré ma­ñana por la mañana a primera hora, así que si no nos vemos, gracias por tu hospitalidad.
Rocío forzó un bostezo.
-Ciao, bambino.
Sabía que él tenía que volver a los entrenamientos, pero eso no alivió su disgusto.
Gas sonrió.
-Buenas noches, Daphne.
Ella se lo quedó mirando mientras subía las escaleras: los vaqueros se ajustaban a sus hermosas piernas, moldea­ban sus caderas estrechas, y la camiseta dejaba entrever todos sus músculos.
¡Dios, si estaba babeando! ¡Y eso que había pertenecido a la sociedad universitaria Phi Beta Kappa!
Ro se sintió dolorida y desasosegada, irreprimible­mente insatisfecha con toda su vida.
-¡Maldita sea!
Tiró el cuaderno de dibujo al suelo, se puso en pie de un salto y salió disparada hacia el baño para mirarse el pelo. ¡Se lo raparía!
¡No! No quería estar calva, y esta vez no se iba a permi­tir comportarse como una loca.



Caminó decidida hacia el estante de los vídeos y extrajo el remake de Juego de Gemelas. A la niña que llevaba dentro le encantaba ver cómo las gemelas lograban reunir a sus padres, y a la niña que llevaba fuera le encanta­ba la sonrisa de Dennis Quaid.
Gas tenía la misma sonrisa torcida.
Con resolución, sacó la cinta de la retransmisión del par­tido de fútbol del vídeo, introdujo Juego de Gemelas y se sentó a mirarla.
A las dos de la madrugada, Hallie y Annie habían reuni­do a sus padres, pero Rochi se sentía todavía más inquieta que antes. Empezó a hacer zapping saltando a toda velocidad de películas antiguas a múltiples anuncios, y sólo se detuvo al oír la sintonía familiar de la vieja serie Encaje, S.L.
«Encaje está al caso, sí... Encaje resolverá el caso, sí...» Dos hermosas mujeres atravesaban corriendo la pantalla, las atractivas detectives Sable Drake y Ginger Hill.
Encaje, S.L. había sido una de las series favoritas de Rochi cuando era niña. Había querido ser Sable, la inteli­gente colorica interpretada por la actriz Mallory McCoy. Ginger era la morena sexy experta en kárate. Encaje, S.L. no fue en su momento más que una serie de segunda fila, pero a Ro eso no le importaba. Simplemente disfrutaba viendo a dos mujeres ganando a los malos, para variar.
Los créditos del inicio mostraban primero a Mallory McCoy, y luego a Julia Calvo, que interpretaba a Ginger Hill. Rocío se incorporó un poco al recordar un fragmen­to de la conversación que había oído una vez en las oficinas de los Stars sobre si Julia Calvo tenía algún tipo de rela­ción con Gastón. No quería que nadie supiera que estaba in­teresada, así que no hizo preguntas. Estudió a la actriz más detenidamente.
Llevaba uno de sus característicos pantalones ajustados, un top que le dejaba los hombros completamente al des­cubierto y tacones altos. Los cabellos, negros y rizados, le colgaban sobre los hombros, y sus ojos pestañeaban seduc­toramente a la cámara. Incluso con aquel peinado pasado de moda y esos enormes aros de oro que llevaba como pendien­tes, era un bombón.
Actualmente, Julia debía de rondar ya los cuarenta y pico; sin duda era un poco mayor para ser una de las mu­jeres de Gastón, de modo que ¿qué relación tenían? En una fotografía de la actriz que había visto hacía sólo unos pocos años se veía que había ganado unos kilos desde la serie de te­levisión. Sin embargo, seguía siendo una mujer hermosa, así que era posible que hubieran tenido una aventura.
Rochi presionó el botón de cambio del mando a distan­cia y apareció un anuncio de cosméticos. Tal vez fuera eso lo que necesitaba. Un maquillaje total.
Apagó la tele y subió a su habitación. Algo le hacía pen­sar que un maquillaje no solucionaría sus problemas.
Tras una ducha caliente, se puso uno de los camisones de lino irlandés que se había comprado cuando aún era rica. To­davía la hacía sentir como la heroína de una novela de Geor­gette Heyer. Se llevó el cuaderno a la cama para poder seguir pensando en Daphne, pero la oleada de creatividad que ha­bía experimentado aquella tarde se había desvanecido.
Cafreoo roncaba suavemente a los pies de la cama. Rochi se dijo a sí misma que le estaba entrando sueño. Pero no.
Tal vez podía acabar de pulir su artículo, pero mientras se dirigía al desván para coger el portátil, echó un vistazo al baño de invitados. Tenía dos puertas: aquella en la que estaba ella y, al otro lado, la que llevaba directamente al dormitorio donde dormía Gastón. La puerta estaba abierta de par en par.
Sus piernas inquietas y nerviosas la llevaron hasta las bal­dosas del baño.
Vio el bolso Louis Vuitton sobre el lavabo. No se ima­ginaba a Gas comprándolo por su cuenta: debía de ser un regalo de una de sus bellezas internacionales. Se acercó más y vio un cepillo de dientes rojo con las cerdas blancas. Había vuelto a tapar el tubo de Aquafresh.
Pasó la punta del dedo por el tapón del desodorante y luego alcanzó una botella de cristal deslustrado de algo para después de afeitarse del caro. Desenroscó el tapón y acercó la nariz. ¿Olía como Gastón? Él no era de esos hombres que se ahogan en colonia, y no se había acercado a él lo suficiente como para saberlo con seguridad, pero algo familiar en el aroma le hizo cerrar los ojos y aspirar más profundamente. Se estremeció; volvió a dejar la botella donde estaba y luego se fijó en el bolso.
Tirado junto a un bote de ibuprofeno y un tubo de Neos­porin estaba el anillo de la Super Bowl de Gastón. Sabía que lo había ganado en los primeros tiempos de su carrera, como suplente de Agustín Sierra. Le sorprendió ver un anillo de cam­peón tirado tan descuidadamente en el fondo del bolso, aunque por lo que sabía de Gastón era de suponer que no qui­siera ponerse un anillo que había ganado por los méritos de otro.
Empezó a alejarse, pero se detuvo en seco cuando vio en el bolso algo que le había pasado inadvertido.
Un condón.
No era nada del otro mundo. Era natural que Gastón lle­vara condones consigo. Probablemente tendría todo un ca­jón lleno. Lo cogió y lo estudió. Parecía ser un condón de lo más normal. Entonces, ¿por qué estaba allí observándolo?
¡Era una locura! Llevaba todo el día comportándose como una obsesiva. Si no se recomponía, acabaría cocinando un co­nejo como la loca Glenn Close en Atracción fatal.
Rochi se estremeció. «Lo siento, Daphne.»
Una miradita. Nada más. Sólo le echaría una miradita mientras dormía y se marcharía.
Se acercó a la puerta del dormitorio y la abrió lentamente.

1 comentario:

  1. QUE MALA COMO LO DEAS AHI!!!
    UNA MIRADITA ....Y PARA Q LLEVO EL CONDON JAJAJA

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