—¿Todavía no estás lista? — María
se encaramó al alféizar de la ventana. Su esbelto cuerpo se recortaba contra la
noche, grácil incluso a punto de saltar hasta la rama más cercana del árbol —
Los monitores pasarán enseguida.
Los monitores de pasillo
vigilaban la academia todas las noches, aunque mis padres eran los únicos
profesores a los que todavía no había visto merodeando por los corredores,
agazapados para abalanzarse sobre quien pretendiera saltarse las normas.
Aquella razón era suficiente para salir cuanto antes, pero seguí intentando
arreglarme delante del espejo.
«Arreglarse» era la palabra
clave. Con unos pantalones de sport ajustados y un jersey rosa claro que hacía
resaltar su piel resplandeciente, María tenía una elegancia natural. En cambio
yo... Ya tenía bastante con intentar que unos téjanos y una camiseta negra me
quedaran pasables. Sin demasiado éxito, debería añadir.
—Rocío, vamos — A María se le
había acabado la paciencia —Yo me voy ya. ¿Vienes o no?
—Voy, voy.
De todas formas, ¿qué más
daba la pinta que tuviera? Solo iba a ir a la fiesta porque no había tenido
agallas para negarme.
María saltó hasta la rama
del árbol y luego se dejó caer al suelo con un aterrizaje tan controlado como
la salida de una gimnasta de las barras paralelas. La seguí como pude y acabé
raspándome las manos con la corteza. El miedo a que nos descubrieran aguzó mi
oído y presté atención a todos los sonidos que nos envolvían: risas en un
dormitorio, el susurro de las primeras hojas del otoño en el suelo, el ulular
de otra lechuza saliendo de caza...
El frío aire nocturno me
hizo estremecer al cruzar los prados a la carrera en dirección al bosque. María
sabía abrirse camino entre la maleza sin hacer ruido, una habilidad que le
envidié. Tal vez algún día llegaría a tener esa coordinación, pero me costaba
imaginarlo.
Por fin vimos la hoguera.
Habían encendido un fuego a la orilla del lago, lo bastante pequeño para no
llamar la atención, pero suficientemente grande para emitir una luz
fantasmagórica y vacilante y poder calentarnos a su alrededor. Los alumnos se
juntaban en grupos desperdigados, inclinándose para hablar entre susurros o
cuando se echaban a reír. Me pregunté si serían las mismas risas que había oído
la noche del picnic.
A primera vista, no se
diferenciaban de cualquier otro grupo de adolescentes que hubiera salido a
divertirse, pero algo vibraba en el aire que agudizaba mis sentidos, algo que
añadía tensión a sus movimientos y crueldad a la mayoría de las sonrisas. En
ese momento, recordé lo que había pensado al conocer a Gastón en el bosque
durante nuestro primer y aterrador encuentro: al mirar a ciertas personas, a
veces se percibe algo salvaje bajo la superficie. Pues eso mismo era lo que
sentía allí.
Alguien había puesto música
en su radio, hipnotizante y suave. No conocía al cantante y no cantaban en
inglés. María no tardó en desaparecer entre su círculo de amistades, así que me
quedé allí plantada y sola, sin saber qué hacer con las manos.
«¿Me las meto en los
bolsillos? No, así tendré pinta de imbécil. ¿Pongo los brazos en jarras? Venga
ya, ¿cómo si estuviera enfadada o algo así? No. Vale, incluso pensar en esto es
patético.»
—Eh, hola — me saludó Victorio.
Se me había acercado por la
espalda, por eso no lo había visto venir. Llevaba una chaqueta negra de ante y
una botella en la mano. La hoguera le bañaba el rostro con una luz cálida.
Tenía el cabello oscuro, una mandíbula cuadrada y cejas gruesas. Parecía un
tipo duro, un matón, alguien más familiarizado con los puños que con las
palabras. Sin embargo, su mirada lo hacía accesible e incluso atractivo, porque
en sus ojos se adivinaba la inteligencia y también el ingenio. Además, su
sonrisa carecía de crueldad.
—¿Quieres una cerveza?
Todavía quedan.
—No, así está bien. — A
pesar de lo oscuro que estaba, seguro que se dio cuenta de que me sonrojaba —
No tengo la edad.
¿Que no tenía la edad? Como
si allí fuera a importarle a alguien. Debería haberme colgado al cuello un
cartel que dijera «rarita», para ahorrarles trabajo.
Victorio sonrió, pero no
parecía estar riéndose de mí.
—Antes, los niños solían
beber vino con sus padres durante las comidas. Y los médicos recomendaban a las
mujeres cuyos hijos no mamaban lo suficiente que les dieran un poco de cerveza
como alimentación suplementaria.
—Eso era antes.
—Tienes razón — No insistió
y me di cuenta de que no estaba nada borracho. Empecé a relajarme. A pesar de
su corpulencia y su más que evidente fortaleza física, Victorio tenía un don
para conseguir que la gente se sintiera cómoda — Desde el primer día que tengo
ganas de hablar contigo.
—¿De verdad? — dije,
confiando en que no se me escapara un chillido.
—Te lo advierto, voy detrás
de algo — Victorio debió de ver la cara que puse porque se echó a reír, una
risotada grave y estentórea — Tu madre dijo que ya te había dado clases antes,
por eso quería que me dieras unos cuantos consejos, para saber de qué pie
cojea. Tengo que averiguar los secretos de mi profesora.
Decidí que a mi madre no le
importaría que se los contara.
—Pues no estaría mal que
prestaras atención cuando se balancea sobre los pies.
—¿Cuando se balancea?
—Sí, eso suele significar
que está emocionada, que hay algo que le interesa mucho. Y si a ella le interesa,
cree que también debería interesarte a ti.
—Lo que significa que saldrá
en el examen.
—Exacto.
Volvió a reír. Tenía un
hoyuelo en la barbilla que le daba un aire travieso. Fijarme en lo guapo que
estaba Victorio casi me hizo sentir que traicionaba a Gastón, pero es que
saltaba a la vista. Después del modo en que Gastón me había ignorado durante
toda la semana, no estaba segura de seguir debiéndole lealtad. Además, no
estaba nada mal que un chico guapísimo se interesara por una.
Victorio se acercó un poco
más.
—Veo que no voy a
arrepentirme de habernos conocido.
Le devolví la sonrisa y
durante tres segundos, ni uno más ni uno menos, tuve la sensación de que la
fiesta iba a estar bien... Hasta que Eugenia hizo acto de presencia. Llevaba
una falda negra muy, muy corta y una camisa blanca abierta casi hasta el
ombligo. No tenía muchas curvas, pero lo compensaba pasando del sostén, algo
bastante obvio en esos momentos.
—Victorio, me alegro de que
tengamos la oportunidad de ponernos al día.
—Ya estamos al día.
Victorio parecía aún menos
entusiasmado que yo de verla; sin embargo, Eugenia no pareció darse cuenta o al
menos eso fingió.
—Parece que hayan pasado
siglos desde que salíamos juntos. Bueno, ha pasado demasiado tiempo. La última
vez que nos vimos fue en Londres, ¿no?
—San Petersburgo — la
corrigió.
Victorio dijo el nombre de
la ciudad como quien no quiere la cosa. Por lo visto era lo bastante audaz y
experimentado para cruzar el océano sin pensárselo dos veces.
Eugenia deslizó las manos
con suavidad sobre la chaqueta de Victorio, perfilando su poderoso físico con
el movimiento de los dedos. La envidié. No por su aspecto de estrella, ni por
sus viajes continentales, sino por su descaro. Si en el bosque hubiera sido la
mitad de lanzada con Gastón, si lo hubiera tocado o utilizado el comentario
sobre la «niña buena» para tontear con él, tal vez no se comportaría como si
fuéramos dos extraños. La voz de Eugenia se abrió paso entre mis fantasías.
—No estás haciendo nada,
¿no, Victorio?
—Estoy hablando con Rocío.
Eugenia se volvió para
mirarme. El largo cabello rubio, que suelto le llegaba a la cintura, se onduló
al ladear la cabeza.
—¿Tienes algo interesante
que compartir, Rocío?
—Yo... — ¿Qué se suponía que
debía decir? Aunque cualquier cosa habría sido mejor que lo que dije — Pues no.
—Entonces no te importará
que me lo lleve un rato, ¿verdad?
Empezó a tirar de él sin
esperar una respuesta. Victorio me miró con intención y comprendí que si yo
decía algo, aunque fuera una sola palabra, él se detendría. Sin embargo, me
quedé allí plantada como un pasmarote viendo cómo se iban.
Un par de personas ahogaron
una risita. Miré a un lado y vi a Augusto, y a pesar de las sombras vacilantes
que proyectaba la luz de la hoguera, pondría la mano en el fuego que estaba
señalándome.
Me aparté de allí con la
intención de desaparecer del mapa hasta encontrar a María o a alguien que
pudiera considerar mínimamente cordial. Sin embargo, cada paso que me alejaba
de los demás me hacía sentir mejor y, antes de darme cuenta, ya me había ido de
la fiesta.
Si no me hubiera escabullido
después del toque de queda, habría corrido hasta la puerta y habría subido al
dormitorio, pero me detuve a tiempo al recordar que en esos momentos estaba
fuera de la ley. Así que me dirigí al cenador, al oeste de los terrenos del
internado, para tranquilizarme y planear la entrada.
Estaba subiendo los
escalones cuando vi a alguien, aunque al principio no reconocí quién era. Fuera
quien fuese, tenía unos binoculares colocados delante de la cara. Lo
identifiqué cuando la luna iluminó su cabello dorado.
—¿Gastón?
—Eh, hola, Rocío — Todavía
tardó unos segundos en apartar los binoculares y sonreírme — Bonita noche para
una fiesta.
Me quedé mirando los
prismáticos.
—¿Qué haces?
—¿Tú qué crees? Estoy
espiando a los de la fiesta — me espetó casi con la misma brusquedad que en el
pasillo, hasta que me miró a la cara. Debí de parecerle muy desolada, porque me
preguntó con mayor suavidad— ¿Estás bien?
—Sí, no pasa nada. Soy una
pringada, pero estoy bien.
Gastón se echó a reír.
—Ya he visto que te ha
faltado tiempo para irte. ¿Te ha molestado alguien?
—No, la verdad es que no,
pero es que estaba un poco... agobiada. Ya sabes lo que me pasa con los
extraños.
—Pues has hecho bien, no
pegas con ellos.
—No me digas — Me quedé
mirando los prismáticos. Solo alguien con una visión nocturna excelente podía
utilizarlos para ver algo, aunque supuse que la luz de la hoguera ayudaría un
poco — ¿Por qué estás vigilando la fiesta?
—Estoy controlando que nadie
se emborrache, se ponga tontorrón o le dé por ir a pasear al bosque.
—¿Es que ahora eres el
monitor de pasillo de la señora Bethany o qué?
—Ni de coña — Gastón bajó
los prismáticos. Iba vestido para confundirse con las sombras: pantalones negros
y una camiseta de manga larga que hacía resaltar sus brazos y su pecho
musculosos. Era más delgado y estaba más fibrado que Victorio, pero también era
más bajo. Había algo casi agresivamente masculino en él — Me preguntaba qué
narices hacían esos tíos cuando no están metiéndose con los demás, pavoneándose
o haciéndole la pelota a alguien — Me lanzó una mirada curiosa — Parece que te
gustan.
—¡¿Qué?!
Se encogió de hombros.
—Siempre andas con esa
gente.
—¡Eso es mentira! María es
mi compañera de habitación, por eso paso tiempo con ella, y sus amigos vienen a
visitarla cada dos por tres, no puedo ignorarlos. Es decir, hay un par que se
salvan, pero a los demás les tengo pavor.
—No se salva ni uno, créeme.
Se me ocurrió que podría
romper una lanza a favor de Victorio, pero en esos momentos no me apetecía
hablar de él. También me di cuenta de que Gastón me había hecho poner a la
defensiva y de que no tenía derecho a hacerlo.
—Un momento, ¿por eso te has
mostrado tan frío conmigo? ¿Por qué te comportas como si no nos conociéramos?
—No quería quedarme a ver
cómo caías en las garras de esa gente, una chica tan dulce como tú. Sobre todo
sin poder hacer nada al respecto — Me sorprendió el sentimiento con que lo
dijo. Todavía nos separaban unos cuantos metros, pero nunca había tenido la
sensación de estar tan cerca de alguien — Cuando te vi salir corriendo,
comprendí que no todo estaba perdido.
—Créeme, no formo parte de
ese grupo — insistí — Creo que me invitaron a la fiesta solo para reírse de mí.
Únicamente he ido porque, bueno, porque digo yo que tarde o temprano tendré que
conocer gente. Tú eras el único amigo que tenía y creía que te había perdido.
Gastón unió las manos
alrededor de uno de los adornos en forma de volutas del cenador y yo hice otro
tanto, de modo que quedamos el uno al lado del otro. Nos enroscábamos con las
volutas, como la enredadera.
—He herido tus sentimientos,
¿verdad?
—Más o menos — admití con un
hilo de voz — Es decir... Ya sé que solo hemos hablado una vez...
—Pero para ti fue importante
— Nuestras miradas se encontraron apenas un instante — También lo fue para mí,
pero no me había dado cuenta de que... Bueno, creía que solo me había pasado a
mí.
¿Gastón no se había dado
cuenta de que a mí también me gustaba él? Nunca en la vida conseguiría
comprender a los hombres.
—Pero si me acerqué a hablar contigo el primer
día de clase...
—Sí, y justo antes de eso
andabas paseando y charlando con María Del Cerro, que no puede ser más de aquí.
Los de su clase y los de la mía... Admitámoslo, no se mezclan — Pareció
disgustado unos segundos — Me dijiste que apenas hablabas con extraños, por eso
pensé que debíais de ser muy amigas.
—Es mi compañera de cuarto.
Más me vale ser capaz de comunicarme con ella si quiero ir tirando.
—Vale, me equivoqué. Lo siento.
Tuve la sensación de que no
era del todo sincero conmigo, pero Gastón parecía verdaderamente arrepentido de
haber sacado conclusiones precipitadas y con eso me bastaba. Mi protector no
había dejado de preocuparse por mí, aunque yo no lo supiera, y esa certeza me
hizo sentir cálidamente reconfortada, como si me hubieran echado un abrigo
sobre los hombros para resguardarme del frío.
El silencio se instaló entre
nosotros, aunque no fue incómodo. A veces encuentras gente con la que puedes
estar callada sin tener la sensación de que necesitas rellenar el silencio con
charlas insustanciales. Solo me había sentido así de a gusto con un par de
personas, en mi pueblo, y siempre había pensado que se necesitaban años para
llegar a compartir esa complicidad. Sin embargo, ya me ocurría con Gastón.
Recordé el descaro de Eugenia
y decidí que yo también podía ser, como mínimo, la mitad de lanzada que ella.
Aunque nunca se me había dado bien entablar conversación, lo intenté:
—¿Te llevas bien con tu
compañero de habitación?
—¿Con Nicolás? — Gastón
esbozó una ligera sonrisa — No está mal, como compañero de habitación al menos.
Un poco inconsciente. Un payaso. Pero es un tío legal.
La palabra «payaso» me hizo
pensar que sabía a quién se refería.
—Nicolás es el chico que
lleva camisas hawaianas, ¿verdad?
—Ese mismo.
—No hemos hablado, pero
parece simpático.
—Lo es. Igual podríamos
salir un día todos juntos.
El corazón me dio un vuelco.
—No estaría mal, pero...
Preferiría pasar más tiempo contigo — me lancé.
Nuestras miradas se
encontraron y tuve la sensación de que habíamos cruzado algún tipo de línea.
¿Eso era bueno o era malo?
—Podríamos... Pero... — ¿Por
qué vacilaba Gastón? — Rocío, espero que seamos amigos. Me gustas, pero no es
buena idea que pases demasiado tiempo conmigo. Ya has visto que no soy
precisamente el chico más popular del campus. No estoy aquí para hacer amigos.
—¿Y estás para hacer
enemigos? Por cómo os peleáis Augusto y tú, a veces lo parece.
—¿Preferirías que fuera
amigo de Augusto?
Augusto era un imbécil de
marca mayor y ambos lo sabíamos.
—No, claro que no. Solo es
que a veces parece que, no sé, que vayas buscando pelea. Es decir, ¿de verdad
los odias tanto? No es que a mí me gusten, pero es que a ti... Es como si ni
siquiera pudieras soportar respirar el mismo aire.
—Confío en mi instinto.
No iba a discutírselo.
—Es mejor no tenerlos en
contra si puedes evitarlo.
—Rocío, si tú y yo... Si
nosotros...
Si nosotros ¿qué? Imaginé
miles de respuestas a esa pregunta y me gustaron casi todas. Nuestras miradas
se entrelazaron con tanta fuerza que parecía imposible desprenderlas. Si la
pasión de Gastón era arrolladora incluso cuando no iba dirigida hacia mí,
cuando yo era su objetivo — como en esos momentos, mientras estudiaba hasta el
último centímetro de mi cara, sopesando sus palabras antes de pronunciarlas en
voz alta — me cortaba la respiración.
—No podría soportar que te
hicieran la vida imposible por mi culpa — consiguió decir al fin Gastón — Y
habrían acabado haciéndolo.
¿Estaba protegiéndome? De no
haber sido una soberana estupidez, habría resultado enternecedor.
—¿Sabes? No creo que tenga
ninguna credibilidad social que puedas echar por tierra.
—No estés tan segura.
—No seas tan tozudo.
Nos quedamos unos instantes
en silencio. La luz de la luna se colaba entre las hojas de la enredadera. Gastón
estaba lo bastante cerca para poder reconocer su fragancia, algo que me recordó
a cedro y pino, como el bosque que nos envolvía, como si de algún modo él
formara parte de ese oscuro lugar.
—Lo he enredado todo,
¿verdad? — Gastón parecía casi tan azorado como yo — No estoy acostumbrado.
—¿A hablar con chicas? — pregunté,
enarcando una ceja.
Con el aspecto que tenía Gastón,
me costaba mucho creerle. Sin embargo, no cabía duda de su sinceridad cuando
asintió con la cabeza. El brillo travieso había desaparecido de su mirada.
—He pasado muchos años yendo
de aquí para allá, viajando de un lugar a otro. Siempre que le cogía cariño a
alguien, desaparecía de mi lado de repente. Creo que he aprendido a mantener
las distancias con la gente.
—Me hiciste sentir como una
imbécil por haber confiado en ti.
—No te sientas así. El
problema es mío y no soportaría que también fuera tuyo.
Siempre había creído que el
hecho de haber pasado toda mi vida en un pueblecito había contribuido a no
saber cómo comportarme delante de extraños. Sin embargo, después de oír a Gastón
comprendí que una existencia ambulante podía tener el mismo efecto: el
aislamiento y la introversión que convertían la comunicación con los demás en
lo más difícil del mundo.
Tal vez su rabia se
pareciera a mi timidez. Era una señal que ambos nos sintiéramos tan solos, y
quizá no tuviéramos por qué seguir estándolo demasiado tiempo.
—¿No estás cansado de esconderte?
— pregunté, en voz baja— Yo sí.
—Yo no me escondo — repuso Gastón,
pero enseguida se quedó en silencio, meditando — Bueno, mierda.
—Podría equivocarme.
—No te equivocas — Gastón
siguió mirándome, y justo cuando empecé a pensar que no tendría que haber sido
tan franca, añadió — No debería hacer esto.
—¿El qué?
Sentí que el corazón
empezaba a latirme con fuerza. Gastón sacudió la cabeza y sonrió. La mirada
picara había regresado a sus ojos.
—Cuando la cosa se
complique, no digas que no te avisé.
—Tal vez la complicada sea
yo.
El comentario ensanchó su
sonrisa.
—Ya veo que esto va a
llevarnos un rato — Me quedé atontada cuando me sonrió como lo hizo y deseé que
el tiempo no pasara en el cenador. Sin embargo, en ese momento Gastón ladeó la
cabeza — ¿Has oído eso?
—¿El qué? — Entonces lo oí:
la puerta de entrada de la escuela se abría y se cerraba repetidamente a lo
lejos y hubo pasos en el camino principal — ¡Van a hacer una redada en la
fiesta!
—No me gustaría ser Eugenia
— dijo Gastón — Esto nos da la oportunidad de volver dentro.
Atravesamos el césped a la
carrera, atentos a las voces que procedían del lugar de la fiesta, e
intercambiamos una amplia sonrisa al cruzar la puerta principal sin que nos
pillaran.
—Hasta pronto — me susurró Gastón
cuando me soltó el brazo y se dirigió a su pasillo.
Esa palabra siguió resonando
en mis oídos de camino a mi habitación y a mi cama: pronto.
HAY Q LINDO SE VOLVIERON A HABLAR! Y ROCIO HASTA LAS MANOS CON GASTON!! JAJA
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