No te han hecho el uniforme a medida, ¿verdad? — comentó
María, alisándose la falda mientras nos preparábamos para el primer día de
clase.
¿Cómo no me había dado
cuenta antes? Las alumnas «legítimas» de Mandalay habían enviado sus uniformes
a un sastre para que les metiera a las camisas por aquí o a las faldas por allá
y conseguir que quedaran elegantes y favorecedores en vez de ramplones y
asexuales. Como el mío.
—No, no se me ocurrió.
—Pues nunca lo olvides — dijo
María — La ropa a medida es un mundo a parte. Ninguna mujer debería descuidar
su aspecto.
Ya me había dado cuenta de
lo mucho que le gustaba dar consejos y demostrar lo sofisticada e inteligente
que era, algo que me habría fastidiado bastante de no ser porque tenía toda la
razón del mundo. Lancé un suspiro y seguí con lo mío: intentar que el cabello
no me quedara abultado detrás de la cinta. Tarde o temprano vería a Gastón y
quería tener el mejor aspecto posible, o al menos el mejor posible con aquella piltrafa
de uniforme.
Después de hacer una larga
cola en el gran vestíbulo, recogimos el listado de las asignaturas que nos
habían asignado. Nos iban entregando una hoja de papel de uno en uno, tal como
se había hecho durante cientos de años. Los alumnos que iban acercándose
armaban bastante menos escándalo que los de mi antigua escuela en su misma
situación. Parecía que todo el mundo conocía el funcionamiento.
Aunque tal vez lo del
silencio solo fueran imaginaciones mías. Era como si mi ansiedad engullera el
sonido y lo enmudeciera todo, hasta tal punto que empecé a preguntarme si
alguien me oiría en el caso de ponerme a gritar.
María no se separó de mí la
primera hora, pero solo porque íbamos juntas a la primera clase, la asignatura
de Historia estadounidense que impartía mi madre, el único pariente que tendría
por profesor. En vez de la clase de Biología de mi padre, un tal profesor
Iwerebon sería el encargado de darme Química. Me sentía incómoda caminando
junto a María sin saber qué decir, aunque tampoco tenía nada mejor que hacer...
hasta que vi a Gastón. La luz que se colaba a través del cristal escarchado de
los pasillos bañaba de bronce su cabello castaño dorado. Al principio creí que
nos había visto, pero siguió caminando sin perder paso.
Esbocé una sonrisa.
—Nos vemos luego, ¿vale? — le
dije a María, alejándome de ella. María se encogió de hombros mientras buscaba
otras amigas con quienes pasear — Gastón — lo llamé.
Ni siquiera pareció oírme.
No quería ponerme a gritar, así que apreté el paso para darle alcance. Iba en
dirección contraria a la mía — por lo visto no estaría en la clase de mi madre —
pero estaba dispuesta a correr el riesgo de llegar tarde.
—¡Gastón! — insistí, esta
vez más alto.
Se volvió lo justo para ver
quién lo llamaba y luego miró a su alrededor, como si le preocupara que alguien
nos oyera.
—Eh, ¿qué tal?
¿Dónde estaba mi protector
del bosque? El chico que tenía delante no se comportaba como si se preocupara
por mí, sino como si no me conociera. Aunque en realidad no me conocía, ¿verdad?
Habíamos hablado una sola vez y en el bosque, cuando había intentado salvarme
la vida y yo se lo había agradecido haciéndole callar. Solo porque yo creyera
que eso era el inicio de algo no significaba que lo fuera.
De hecho, daba la impresión
de que no me conocía de absolutamente nada. Gastón volvió la cabeza un segundo,
me saludó fugazmente con la mano y un gesto de cabeza, como cuando alguien
saluda a un conocido cualquiera, y siguió caminando hasta que desapareció entre
la multitud.
Ahí estaba, me acababan de
dar calabazas. Me pregunté cómo era posible que entendiera a los chicos aún
menos de lo que creía.
El lavabo de las chicas de
esa planta estaba cerca, así que me colé en uno de los compartimentos y me
rehice como pude en vez de echarme a llorar. ¿Qué había hecho mal? A pesar de
lo extraño que había sido nuestro primer encuentro, Gastón y yo habíamos
acabado manteniendo una conversación tan íntima como las que tenía con mis
mejores amigas. Tal vez no supiera mucho de chicos, pero estaba convencida de
que habíamos conectado. Me había equivocado. Volvía a estar sola en Mandalay y
me sentía mucho peor que antes.
Cuando por fin me hube
calmado, salí corriendo hacia la clase de mi madre, a la que por poco llego
tarde. Ella me fulminó con la mirada y yo me encogí de hombros y me apoltroné
en uno de los pupitres de la última fila. Entonces pasó de inmediato del modo
madre al modo profesora.
—Veamos, ¿quién sabría
decirme algo sobre la guerra de la Independencia ? — Juntó las manos y miró
expectante a sus alumnos. Me arrellané en el asiento, aunque sabía que no me
preguntaría en la primera clase. Únicamente quería que supiera cómo me sentía
al respecto. Un chico que se sentaba a mi lado levantó la mano para alivio de
todos los demás. Mi madre sonrió levemente —. ¿Y usted es el señor...?
— D’alessandro. Victorio D’alessandro.
Lo primero que debería
saberse de él es que tenía el aspecto de alguien que podía llevar el nombre de
«Victorio» sin que nadie se burlara. Le quedaba bien. Parecía muy tranquilo por
lo que mi madre pudiera preguntarle, pero sin la insolencia de la mayoría de
los chicos de la clase; solo parecía seguro de sí mismo.
—Bien, señor D’alessandro,
si tuviera que resumir las causas de la guerra de la Independencia , ¿qué
diría?
—Que las cargas impositivas
establecidas por el Parlamento británico fueron la gota que colmó el vaso — Hablaba
con facilidad, sin prisas. Victorio era grande y fornido, tanto que apenas
cabía en el viejo pupitre de madera. Su postura convertía la incomodidad en
elegancia, como si prefiriera mil veces estar repantingado que sentarse derecho
— Aunque a la gente también le preocupaba la libertad política y de religión,
por descontado.
Mi madre enarcó una ceja.
—De modo que, Dios y la
política son poderosos pero, como siempre, el dinero es el motor del mundo — Se
oyeron tímidas risitas por toda la clase — Hace cincuenta años, ningún profesor
de instituto estadounidense habría mencionado los impuestos. Hace un siglo, la
conversación habría girado en torno a la religión. Hace ciento cincuenta años,
la respuesta habría dependido del lugar de residencia. En el norte, os habrían
hablado de la libertad política. En el sur, os habrían enseñado sobre la
libertad económica, la cual, claro está, era impensable sin la esclavitud — A María
se le escapó un bufido desdeñoso — Y por descontado, en Gran Bretaña habría
quien hubiera descrito a Estados Unidos como un estrambótico experimento
intelectual condenado al fracaso.
Risas de nuevo: comprendí
que mi madre se había ganado a toda la clase. Incluso Victorio esbozó una
sonrisa, tan encantadora que casi consiguió hacerme olvidar a Gastón.
De acuerdo, no. Pero esa
sonrisa zalamera le hacía ganar muchos puntos.
—Y eso, más que cualquier
otra cosa, es lo que quisiera que aprendierais sobre la historia — Mi madre se
remangó la chaqueta de punto y escribió en la pizarra: «Interpretaciones
evolutivas»— La idea que la gente tiene del pasado cambia tanto como lo hace el
presente. La imagen en el retrovisor cambia a cada instante. Para comprender la
historia, no es suficiente con conocer los nombres, las fechas y los lugares.
Estoy convencida de que muchos de vosotros ya os los sabéis. Sin embargo,
debéis aprender a distinguir las distintas interpretaciones que se le han dado
a los acontecimientos históricos a lo largo de los siglos. Ese es el único modo
de tener una perspectiva que resista el paso del tiempo, y es en eso en lo que
este año centraremos gran parte de nuestros esfuerzos.
La gente se inclinó hacia
delante, abrió sus libros y miró a mi madre completamente fascinada. En ese
momento, comprendí que más me valía ponerme a tomar apuntes, como todos los
demás. Puede que me quisiera más que a nadie, pero no dudaría en catearme la
primera si tenía que hacerlo.
La hora pasó volando. Los
alumnos no dejaban de hacerle preguntas para ponerla a prueba y las respuestas
les convencieron. Mientras tomaban apuntes, sus plumas se movían a una
velocidad que nunca hubiera creído posible y, en más de una ocasión, sentí que
me entraba rampa en los dedos. Hasta ese momento no había caído en lo
competitivos que iban a ser mis compañeros. No, no es del todo cierto, era
evidente que eran competitivos en cuanto a la ropa, las posesiones y las
pretensiones amorosas. Esa voracidad pendía en el aire que los envolvía. En lo
que no había caído era que también iban a serlo en clase. Daba igual de lo que
se tratara, en Mandalay todo el mundo quería ser el mejor en todo.
En fin, un poco de presión
de nada...
—Tu madre es fantástica — me
dijo María, emocionada, en el pasillo, después de clase — Tiene una visión
global, ¿sabes a qué me refiero? Que no es nada estrecha de miras. La verdad,
hay muy poca gente así.
—Sí, bueno... Espero
parecerme a ella. Algún día.
En ese momento Eugenia dobló
la esquina. Llevaba el cabello rubio recogido en una coleta muy tirante que le
hacía arquear las cejas con un aire aún más desdeñoso. María se puso tensa. Por
lo visto, aceptarme a su lado no implicaba tener que defenderme delante de Eugenia,
así que me preparé para recibir su arrogante comentario de turno. Sin embargo,
podría decirse que me sonrió, aunque era evidente que Eugenia pensaba que
estaba siendo mucho más atenta conmigo de lo que me merecía.
—Este finde, fiesta — dijo —
El sábado. Junto al lago. Dejaremos pasar una hora después del toque de queda.
—Perfecto.
María encogió un solo
hombro, como si le importara tres pimientos que la invitaran a la que
probablemente sería la mejor fiesta de Mandalay de ese semestre, al menos hasta
el Baile de otoño. ¿O los bailes formales no molaban? Mis padres me lo habían
pintado como el mayor acontecimiento del año, aunque ya había quedado claro que
sus opiniones acerca de Mandalay y las mías distaban bastante.
La duda que me asaltó sobre
los bailes me había impedido responder a Eugenia, quien no me quitaba ojo,
claramente molesta por no haberme deshecho en agradecimientos.
—¿Y bien?
Si hubiera sido un poco más
atrevida, le habría dicho que era una pedante y una pelmaza y que tenía mejores
cosas que hacer que ir a su fiesta.
—Esto... Sí, genial, será
genial — fue lo único que conseguí decir, en cambio.
María me dio un ligero
codazo mientras Eugenia se alejaba por el pasillo muy digna, al compás del
balanceo de su coleta rubia.
—¿Lo ves? Te lo dije. La
gente te aceptará porque eres... Bueno, porque eres su hija.
¿Qué tipo de desgracia humana
había que ser para ascender en el ranking de popularidad del instituto gracias
a tus padres? Sin embargo, tampoco podía permitirme despreciar la aceptación
que me ganara, viniera de donde viniera.
—Por cierto, ¿de qué tipo de
fiesta se trata? Es decir, ¿se va a hacer en los alrededores? ¿Y de noche?
—Tú ya has ido a alguna
fiesta antes, ¿verdad?
A veces María no se
diferenciaba tanto de Eugenia.
—Claro — contesté, pensando
en las fiestas de cumpleaños de cuando era pequeña, aunque María no tenía por qué
saberlo — Solo me preguntaba si... Iba a haber bebida.
María se echó a reír como si
hubiera dicho algo gracioso.
—Por favor, Rocío, madura.
Echó a andar hacia la
biblioteca y me dio la impresión de que no quería que la siguiera, así que me
volví sola a nuestro dormitorio.
No sabía cómo, pero todos
pensaban que mis padres molaban. ¿Es que eso se saltaba una generación?
Mis padres me habían dicho
que pronto me acostumbraría a la rutina y que, cuando lo hiciera, Mandalay
empezaría a gustarme. Bueno, después de la primera semana, comprendí que
estaban en lo cierto al cincuenta por ciento.
Las clases estaban bien, al
menos la mayoría. A mi madre se le escapó en cierto momento que yo era su hija
y enseguida añadió: «Ni Rocío ni yo volveremos a mencionar este hecho nunca
más. Y vosotros tampoco deberíais hacerlo». Todo el mundo se echó a reír. Los
tenía comiendo de la palma de la mano. ¿Cómo lo hacía? Y lo más importante:
¿por qué no me había enseñado a hacerlo a mí también?
Me costó acostumbrarme a
otros profesores y echaba de menos la informalidad y la cercanía de mi antiguo
colegio. Aquí los maestros me intimidaban y era impensable que alguien no
pudiera cumplir sus altas expectativas. Toda una vida pasada en la biblioteca, donde
ocultarme del mundo, me había preparado para trabajar duro y además le dediqué
más tiempo a mis estudios que nunca antes. La única clase que me preocupaba era
la de Lengua inglesa, porque era la que impartía la señora Bethany. Había algo
en ella, en el modo en que se mantenía erguida o en que ladeaba la cabeza antes
de que alguien contestara una pregunta en clase que, en fin, que me intimidaba.
Sin embargo, los profesores
no serían un problema, estaba segura. En cambio, mi vida social era otra
historia.
Eugenia y otros alumnos de Mandalay
habían decidido que yo no merecía su desprecio; mis muy apreciados padres me
habían ganado el bendito derecho a ser ignorada, pero a nada más. Sin embargo,
las «nuevas admisiones» me miraban con recelo. Por lo visto, compartir
dormitorio con María era razón suficiente para asumir que jamás me pondría en
su contra o en contra de sus amigos. Los grupos se habían formado de un día
para otro y yo me vi atrapada justo en medio.
La única «marginada» a la
que conseguí aproximarme fue a Candela Vetrano, la chica del pelo corto. Nos
habíamos pasado una mañana protestando por la cantidad de deberes de
trigonometría que teníamos y aquello había sido casi el único contacto social
que habíamos tenido. Tenia la impresión de que a Candela le costaba hacer
amigos. Parecía una chica solitaria, recluida en sí misma. En realidad no se
diferenciaba mucho de mí, aunque parecía más desamparada.
Y los demás alumnos se
aseguraban de que así fuera.
—El mismo jersey negro, los
mismos pantalones negros — comentó Eugenia con sonsonete un día que pasaba
junto a Candela — y la misma pulsera negra. Me apuesto lo que quieras a que
mañana volveremos a verlos.
—No todo el mundo puede
permitirse el uniforme en todas sus variantes, ¿sabes? — se defendió Candela.
—No, eso es evidente — intervino
Augusto, un chico moreno, de cara afilada y ovalada, que solía seguir a Eugenia
a todas partes — Solo la gente que realmente es de aquí.
Eugenia y todos sus amigos
se echaron a reír. Candela se puso roja como un tomate, pero se limitó a dar
media vuelta y a irse con paso airado, al tiempo que las risas se convertían en
carcajadas. Nuestras miradas se encontraron al pasar por mi lado. Intenté
expresarle sin palabras que me sentía mal por ella, pero creo que eso solo hizo
que se sintiera peor. Por lo visto, odiaba que la compadecieran.
Estaba segura de que si
hubiera conocido a Candela en cualquier otro sitio, habríamos descubierto que
teníamos mucho en común. Sin embargo, con lo mal que me sentía por ella, dudaba
que fuera a hacerme ningún bien estar con alguien más deprimido que yo.
Aunque también estaba
convencida de que yo no estaría ni la mitad de hundida de lo que estaba si
hubiera conseguido comprender qué había sucedido entre Gastón y yo.
Íbamos juntos a la clase de
Química del profesor Iwerebon, pero nos sentábamos uno en cada punta del aula.
Cuando no estaba concentrada intentando descifrar el cerrado acento nigeriano
del profesor, me dedicaba a lanzarle miraditas disimuladas. Nuestros ojos jamás
se encontraban ni antes ni después de clase, y él nunca se dirigía a mí. Lo más
extraño de todo era que Gastón no tenía ningún problema en hablar con nadie. Y
no se cortaba un pelo a la hora de pararle los pies en cualquier momento a
quien se pusiera gallito, pedante o grosero, es decir, prácticamente todos los
que encajaban en el prototipo Mandalay.
Por ejemplo, un día en los
prados, dos chicos empezaron a reírse de una chica que evidentemente no
pertenecía al prototipo Mandalay, a quien se le había caído la bolsa con la que
casi había tropezado. Gastón se acercó a ellos con paso decidido.
—Qué irónico — dijo.
—¿El qué? — preguntó Augusto,
uno de los chicos que estaba riéndose — ¿Que ahora también dejen entrar a
pardillos en esta escuela?
La chica a la que se le
había caído la bolsa se sonrojó.
—Aunque fuera cierto, eso no
sería una ironía — señaló Gastón — Ironía es el contraste entre lo que se dice
y lo que ocurre.
Augusto hizo una mueca.
—Pero ¿qué dices?
—Os habéis reído de ella por
haber tropezado justo antes de que vosotros os dierais de morros.
No tengo ni idea de cómo le
puso la zancadilla, pero sé que lo hizo antes de ver a Augusto despatarrado en
el suelo. Hubo gente que se echó a reír, pero la mayoría de los amigos de Eugenia
fulminaron a Gastón con la mirada, como si salir en defensa de aquella chica no
hubiera estado bien.
—¿Ves? Eso es una ironía — dijo
Gastón, y siguió su camino.
Si hubiera tenido la
oportunidad, le habría dicho que pensaba que había hecho lo correcto y no me
habría importado que Augusto, Eugenia y los demás estuvieran mirando. Sin
embargo, no tuve ocasión de hacerlo: Gastón pasó por mi lado como si me hubiera
vuelto invisible.
Augusto odiaba a Gastón. Eugenia
odiaba a Gastón. María odiaba a Gastón. Por lo que yo sabía, prácticamente todo
el mundo en la Academia Mandalay odiaba a Gastón salvo el surfero graciosito en
que me había fijado el primer día... y yo. De acuerdo, Gastón era un poco
macarra, pero también era valiente y honesto, cualidades que a más de uno le
faltaban en aquella escuela.
Sin embargo, por lo visto
tendría que admirar a Gastón de lejos. Por el momento, seguía sola.
MARIA Y EUGENIA SON MUY MALAS Y Q MALO GASTON AL IGNORARLA ASI POBRE ROCIO!!
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