Subí los escalones de piedra
lentamente. Mis zapatos nuevos de suelas duras repiqueteaban contra el suelo y
mis pasos resonaban con gran escándalo. Lo que me hubiera apetecido era seguir
subiendo hasta la última planta y dirigirme derecha al alojamiento para el
profesorado de mis padres, pero sabía que me enviarían escalera abajo de
inmediato en cuanto abriera la puerta. Tenía tiempo de sobra para recoger mis
cosas y mudarme definitivamente después de comer. Por el momento, la primera
prioridad era «instalarme».
Intenté mirarlo por el lado
positivo. Tal vez la escuela intimidara a mi compañera de habitación tanto como
a mí. Seguramente las cosas serían más sencillas si me tocara convivir con otra
«marginada». Iba a ser una tortura tener que vivir con una extraña, verme
obligada a compartir el mismo espacio con alguien a quien no conocía, incluso
de noche, aunque esperaba que se me acabara pasando. Ni en mis mejores sueños
imaginaba hacer amistad con nadie.
En el impreso ponía «Maria
Del Cerro». Intenté relacionar el nombre con la chica que recordaba, pero no le
pegaba, aunque, ¿quién podía saberlo?
Abrí la puerta y descubrí,
con el alma en los pies, que el nombre de mi compañera le iba como anillo al
dedo. No era ninguna marginada. En realidad era la mismísima personificación
del prototipo Mandalay.
El cutis de María tenía la
tonalidad de un río al amanecer, una piel exquisitamente tostada y suave, y
llevaba el cabello rizado recogido en un moño flojo que dejaba a la vista sus
pendientes de perla y un esbelto cuello. Estaba sentada delante del tocador y
me miró mientras ordenaba cuidadosamente sus botes de laca de uñas.
—Así que tú eres Rocío — dijo.
Ni apretones de manos, ni abrazos, solo el tintineo de los botes de laca de
uñas contra el tocador: rosa pálido, coral, melón, blanco — No eres como
esperaba.
Miles de gracias.
—Lo mismo digo.
María ladeó la cabeza y me
escudriñó con la mirada. Me pregunté si ya nos odiábamos. Alzó una mano con una
manicura perfecta y empezó a dejar claros varios puntos contando con los dedos.
—Puedes ponerte mi perfume,
pero no las joyas ni la ropa — No mencionó el caso contrario, pero era bastante
evidente que en la vida se le pasaría por la cabeza — En principio estudiaré
casi siempre en la biblioteca, pero si quieres trabajar aquí, dímelo y hablaré
con mis amigas en otro lugar. Si me ayudas en las asignaturas que se te den
bien, haré lo mismo por mi parte. Estoy segura de que ambas podemos aprender
muchas cosas la una de la otra. ¿Alguna objeción?
—Todo perfecto.
—De acuerdo. Nos llevaremos
bien.
Creo que me habría dejado
mucho más patidifusa si María hubiera fingido una falsa amistad de buenas a
primeras. Por decirlo finamente, me quedó bastante claro que a María no le
gustaba andarse por las ramas.
—Me alegro — dije — Sé que
somos... diferentes.
Ni siquiera se molestó en
protestar.
—Tus padres son profesores
de la escuela, ¿no?
—Sí, ya veo que las noticias
vuelan.
—Te irá bien. Cuidarán de
ti.
Intenté agradecérselo con
una sonrisa, rezando para que tuviera razón.
—¿Ya has estado antes en Mandalay?
—No, es la primera vez — contestó
María, como si cambiar por completo de vida fuera para ella tan sencillo como
calzarse un par de zapatos de diseño recién comprados — Es preciosa, ¿no crees?
Me guardé mi opinión sobre
el estilo arquitectónico del edificio.
—Pero has dicho que tenías
amigas aquí.
—Sí, claro — Su sonrisa era
tan etérea como todo lo relacionado con ella, desde el brillo amelocotonado de
sus labios hasta el perfume y los botes de laca de uñas cuidadosamente
ordenados en el tocador — Eugenia y yo nos conocimos en Suiza el invierno
pasado. Con Vidette hice amistad cuando estuve en París. Y Genevieve y yo
pasamos un verano juntas en el Caribe. ¿Fue en Santo Tomás? Igual fue en
Jamaica. No lo recuerdo bien.
Mi pueblo de mala muerte me
pareció más soso que nunca.
—Ah, entonces vosotros...
soléis moveros en los mismos círculos.
—Más o menos — Un poco
tarde, María pareció darse cuenta de lo incómoda que me sentía — También
acabarán siendo los tuyos.
—Ojalá estuviera tan segura
como tú.
—Ya lo verás — María vivía
en un mundo en que los veranos interminables en los trópicos estaban al alcance
de todos. Me fue imposible imaginar que algún día formara parte de aquello — ¿Conoces
a alguien de aquí? Además de a tus padres, claro.
—Solo a la gente que he
conocido esta mañana.
Lo que sumaba la apabullante
cantidad de dos personas: Gastón y María.
—Tendremos mucho tiempo para
hacer amistades — aseguró María con decisión, siguiendo con la distribución de
sus cosas: pañuelos de seda de color marfil, medias de tonalidad marrón o gris
paloma. ¿Dónde pensaba lucir esas cosas tan elegantes? Tal vez para María era
inimaginable viajar sin ellas — Me han dicho que Mandalay es el lugar perfecto
donde conocer hombres.
—¿Conocer hombres?
—¿Sales con alguien?
Iba a hablarle de Gastón,
pero me detuve. No sé qué había ocurrido entre nosotros en el bosque, pero
estaba segura de que significaba algo; sin embargo, lo que sentía me resultaba
demasiado nuevo para compartirlo.
—No dejé ningún novio en mi
pueblo — me limité a responder.
Conocía a todos los chicos
del instituto desde que era pequeña y todavía los recordaba con sus juegos de
construcciones o emplastándome plastilina en el pelo, el tipo de cosas que
conseguía impedirle a una tener alguna mínima inclinación romántica por alguno
de ellos.
—Novio... — repitió María,
sonriendo sin poder evitarlo, como si la palabra le hubiera sorprendido por su
candidez.
No obstante, no se estaba
burlando de mí. Desde su punto de vista, yo era demasiado joven e inexperta
como para tomarme en serio.
—¿María? Soy Eugenia. — La
chica llamó a la puerta al mismo tiempo que la abría, convencida de que sería
bienvenida.
Era incluso más guapa que María: cabello rubio
que casi le llegaba a la cintura y esos labios carnosos que yo solo había visto
en las jóvenes aspirantes a estrella de la televisión que podían permitirse
cosas como el colágeno. La misma falda que a mí me colgaba hasta las rodillas sin
gracia alguna, hacía que sus piernas parecieran kilométricas.
—Oh, tu habitación es mucho
mejor que la mía. ¡Me encanta!
Todas las habitaciones
venían siendo prácticamente iguales: un dormitorio lo bastante grande para dar
cabida a dos personas, camas blancas de hierro colado y tocadores de madera
tallada a cada lado. Nuestra ventana daba justo a uno de los árboles que crecían
cerca de Mandalay, pero por lo demás, no conseguí adivinar qué tenía nuestra
habitación de especial. Hasta que caí en la cuenta de algo.
—Estamos más cerca de los
lavabos — dije.
Eugenia y María me miraron
fijamente, como si hubiera dicho una grosería. ¿Acaso eran demasiado finas para
admitir que necesitábamos lavabos?
—Eh... Nunca he compartido
el baño — me excusé, incómoda — Es decir, con mis padres sí, pero no con... No
sé, seremos como doce o así por cada baño, ¿no? Esto será una locura por las
mañanas.
Les había llegado el turno
de darme la razón y quejarse, solidarizándose conmigo; sin embargo, Eugenia
siguió mirándome con curiosidad, concentrada. Me dije que era normal que me
mirara con extrañeza, pero hubiera preferido que dijera algo. Sus ojos entrecerrados
parecían amenazadores, bastante más que los de la mayoría de los extraños.
—Esta noche vamos a salir a
los prados — dijo, dirigiéndose a María, no a mí— A cenar. Podría decirse que
en plan picnic.
Se suponía que los alumnos
debían comer en sus dormitorios. Estaba visto que se trataba de una
«tradición», era como se hacía antaño, antes de que se hubieran inventado los
comedores, y las familias enviaban paquetes con que complementar la asignación
espartana de verduras que recibía cada dormitorio semanalmente. Eso significaba
que tendría que aprender a cocinar en el microondas que mis padres me habían
comprado. Era obvio que María estaba muy por encima de esos problemas tan
mundanos.
—No suena mal. ¿Qué te
parece, Rocío?
Eugenia la fulminó con la
mirada. Por lo visto no se trataba de una invitación abierta.
—Lo siento, tengo que ir a
cenar con mis padres — me disculpé — De todos modos, gracias por preguntar.
Los exuberantes labios de Eugenia
adoptaron una mueca casi perversa al fruncirlos en una sonrisita.
—¿Todavía te gusta pasar el
rato con mami y papi? ¿Es que te dan el biberón?
—¡Eugenia! — la reprendió María,
aunque estaba segura de que también le había hecho gracia.
—Tienes que ver la
habitación de Gwen — Eugenia empezó a empujar a María hacia la puerta — Es
oscura y espantosa. Dice que para el caso podrían haberle dado unas mazmorras.
Salieron juntas y el frágil
vínculo que pudiera haberse establecido entre María y yo quedó truncado en un
abrir y cerrar de ojos. Sus risas resonaron en el pasillo. Con las mejillas
encendidas, abandoné mi dormitorio de inmediato, salí al vestíbulo de la
residencia y subí corriendo al apartamento y refugio de mis padres.
Para mi sorpresa, me dejaron
entrar sin armarme un escándalo. Ni siquiera me preguntaron por qué llegaba tan
pronto. Al contrario, mi madre me dio un fuerte abrazo y mi padre me dijo:
—Ve a echarle un vistazo al
equipaje que te hemos hecho, ¿de acuerdo? Todavía te quedan cosas por recoger,
pero hemos adelantado trabajo.
Les estaba tan agradecida
que me habría echado a llorar. Entré en mi habitación, ansiosa por encontrar un
poco de paz y tranquilidad en un lugar seguro.
Solo quedaban unas cuantas
prendas de abrigo colgadas en el armario. Todo lo demás lo habían embutido en
el viejo baúl de cuero de mi padre. Le eché un rápido vistazo a mi neceser y vi
maquillaje, pasadores para el pelo, champú y todo lo demás cuidadosamente
colocado. La mayoría de mis libros se quedarían allí, tenía demasiados para las
escasas estanterías de nuestro dormitorio. Sin embargo, había separado mis
preferidos para meterlos en la maleta: Jane Eyre, Cumbres borrascosas y mis
libros de astronomía. En una de las almohadas, sobre la cama hecha, había
varias cosas con que decorar las paredes de mi nuevo dormitorio, como postales
que mis amigos me habían enviado a lo largo de los años y algunos mapas
estelares que tenía colgados en nuestra antigua casa. Sin embargo, también
había algo nuevo en la habitación, algo con lo que mis padres pretendían
asegurarme que este también seguía siendo mi hogar: una pequeña lámina
enmarcada de El beso, de Klimt. Hacía
unos meses la había visto en un escaparate y les había dicho lo mucho que me
gustaba. Por lo visto me la habían comprado para entregármela a modo de regalo
sorpresa el primer día de escuela.
Al principio simplemente me
sentí agradecida por el regalo, pero luego no pude dejar de mirar la lámina ni
sacudirme de encima la sensación de que nunca me había detenido a mirarla de
veras.
El beso era una de mis obras
preferidas. Klimt siempre me había gustado desde que mi madre me enseñó por
primera vez sus libros de arte. Era sorprendente cómo conseguía los dorados de
los segmentos y las líneas, y me gustaba la belleza de esos rostros pálidos que
asomaban en las imágenes caleidoscópicas que creaba. Sin embargo, de repente la
lámina había cobrado otro significado. Nunca había prestado demasiada atención
al modo en que la pareja se abrazaba: el hombre se inclinaba hacia ella, desde
lo alto, como si una fuerza inexorable lo empujara hacia la mujer. Ella tenía
la cabeza echada hacia atrás, como en un desvanecimiento, abandonándose a la
fuerza de la gravedad. Los labios resaltaban sobre la palidez de la piel
ruborizada. No obstante, lo más bello de todo era que el fondo rutilante había
dejado de parecer algo ajeno al hombre y la mujer, era como si se tratara de
una cálida y densa bruma que su amor hacía visible y que convertía en oro el
mundo que los rodeaba.
El cabello del hombre era
más oscuro que el de Gastón, pero de todos modos estaba intentando imaginarlo
en el cuadro. Sentí las mejillas encendidas, había vuelto a ruborizarme, aunque
con un rubor distinto.
Regresé a la realidad de
golpe: era como si me hubiera quedado dormida y hubiera empezado a soñar. Me
arreglé el pelo rápidamente y respiré hondo un par de veces. En ese momento oí
el String of Pearls de Glenn Miller en el equipo de música. Cuando sonaba jazz
era señal de que mi padre estaba de buen humor.
Sonreí a mi pesar. Al menos
a uno de nosotros le gustaba la Academia Mandalay.
Ya casi era hora de comer
cuando por fin acabé de hacer la maleta y salí al comedor, donde todavía sonaba
la música. Me encontré a mis padres bailando abrazados, haciendo el tonto: mi
padre fruncía los labios en una mueca que supuestamente debía hacerle parecer
seductor y mi madre se sujetaba el borde de la falda negra con una mano.
Mi padre la hizo girar entre
sus brazos y luego la inclinó hacia atrás. Mi madre ladeó la cabeza casi hasta
el suelo, sonriendo y me vio.
—Ya estás aquí, corazón — dijo,
todavía boca abajo. Mi padre la enderezó — ¿Ya has acabado de hacer la maleta?
—Sí. Gracias por echarme una
mano. Y por la lámina, es preciosa.
Se sonrieron, aliviados de
haberme hecho al menos un poquitito feliz.
—Menudo festín que te ha
preparado tu madre — Mi padre hizo un gesto con la cabeza en dirección a la
mesa — Esta vez se ha superado.
Mi madre no solía cocinar
grandes platos, por lo que era evidente que se trataba de una ocasión especial.
Había preparado mis favoritos, más de lo que podría comer nunca de una sentada.
Me había saltado la comida, así que descubrí que estaba muriéndome de hambre,
razón por la que mis padres tuvieron que entretenerse el uno al otro durante la
primera parte de la cena. El apetito voraz me impidió colar ni una sola palabra
con la boca tan llena.
—La señora Bethany dijo que
por fin habían acabado de reacondicionar los laboratorios — dijo mi padre entre
sorbo y sorbo — Espero encontrar el momento de echarles un vistazo antes que
los alumnos, no fuera a ser que el equipo sea tan moderno que no sepa
utilizarlo.
—Por eso enseño historia — contestó
mi madre — El pasado no cambia, solo se alarga.
—¿Os tendré de profesores? —
pregunté, con la boca llena.
—Con la boca llena no se
habla — me reprendió mi padre de manera automática — Tendrás que esperar a
mañana, como los demás.
—Ah, vale.
No era propio de él cortarme
de esa manera y me quedé un poco desconcertada.
—Tenemos que acostumbrarnos
a no darte demasiada información extra — se explicó mi madre con delicadeza —
Cuantas más cosas tengas en común con el resto de los alumnos, tanto mejor.
No lo dijo con mala fe, pero
me sentí herida.
—¿Y con quién se supone que
he de tener cosas en común de todos lo que estudian aquí? ¿Con los chicos de Mandalay
cuyas familias estudian en esta escuela desde hace siglos? ¿Con los marginados
que encajan aquí aún menos que yo? ¿A qué grupo se supone que debo parecerme?
—Rocío, sé razonable — dijo
mi padre, con un suspiro — No vale la pena volver a discutirlo.
Ya era demasiado tarde para
soltarlo, pero no pude remediarlo.
—Sí, ya lo sé, hemos venido
aquí «por mi propio bien». ¿Se puede saber qué bien va a hacerme abandonar mi
hogar y a mis amigos? Vuelve a explicármelo porque no acabo de entenderlo.
Mi madre cubrió mi mano con
la suya.
—Es bueno para ti porque
puede decirse que nunca has salido de Arrowwood, porque apenas te alejabas del
barrio si no te obligábamos nosotros y porque los cuatro amigos que tenías no
iban a durarte toda la vida.
Tenía razón y yo lo sabía.
Mi padre se quitó las gafas.
—Debes aprender a adaptarte
a los cambios y hacerte más independiente. Tal vez sea lo más importante que tu
madre y yo podamos enseñarte. No puedes seguir siendo nuestra niñita para
siempre, Rocío, por mucho que nos pese. Creemos que esta es la mejor manera que
hay de prepararte para la persona en que vas a convertirte.
—¿Queréis dejar de fingir
que todo esto tiene que ver con madurar? — protesté — No es por eso y lo
sabéis. Se trata de lo que vosotros queréis para mí y estáis decididos a saliros
con la vuestra tanto si me gusta como si no.
Me levanté y me aparté de la
mesa. En vez de meterme en mi habitación en busca de mi sudadera, cogí la
chaqueta de punto de mi madre que había colgada en el perchero y me la puse. A
pesar de que apenas estábamos en otoño, en los terrenos de la escuela hacía
frío cuando se ponía el sol.
Mis padres no me preguntaron
a dónde iba. Era una vieja norma: aquel que estuviera a punto de enfadarse
tenía que hacer una pausa en medio de la discusión, salir a dar una vuelta y
luego volver para decir lo que tuviera que decir. Por muy disgustados que
estuviéramos, el paseo siempre funcionaba.
De hecho, fui yo quien creó
la regla. Se me ocurrió con nueve años, por eso sabía que el tema de la madurez
no era el verdadero problema.
El desasosiego que me
producía el mundo que me envolvía, el profundo convencimiento de que no existía
un lugar para mí, no tenía nada que ver con ser adolescente. Formaba parte de
mí y así había sido siempre. Tal vez siempre sería así.
Mientras paseaba por los
alrededores, eché un vistazo en torno a mí, preguntándome si volvería a ver a Gastón
en el bosque. Era una idea tonta, ¿por qué iba a pasarse todo el tiempo fuera?,
pero me sentía sola y fui a comprobarlo. No estaba. A mis espaldas, la intimidante
Academia Mandalay parecía antes un castillo que un internado. Era fácil
imaginar princesas encerradas en sus celdas, príncipes luchando con dragones en
las sombras y brujas malvadas sellando las puertas con conjuros. Nunca antes le
había encontrado menos sentido a los cuentos de hadas.
El viento cambió de
dirección y trajo consigo una ráfaga entramada de voces. Las risas procedían
del oeste, cerca del cenador del prado occidental. Estaba claro que se trataba
de los que estaban celebrando la comida campestre. Me arrebujé aun más en la
chaqueta de punto y me adentré en el bosque, aunque no tomé el camino que se
dirigía hacia el este, hacia la carretera, el mismo camino que había hecho esa
mañana, sino el del pequeño lago que quedaba al norte.
Era muy tarde y todo estaba
demasiado oscuro para ver algo, pero disfrutaba con el susurro del viento entre
los árboles, el aroma vigorizante de los pinos y el ulular de los búhos, cerca
de allí. Llené los pulmones de aire y dejé de pensar en los que estaban de
picnic, en Mandalay y en todo lo demás. Me abandoné al momento.
Segundos después, oí unos
pasos cerca de mí que me sobresaltaron. Pensé que sería Gastón, pero se trataba
de mi padre, que se acercaba tranquilamente con las manos en los bolsillos por
el mismo camino que yo había tomado. Sabía dónde encontrarme.
—Esa lechuza está cerca. Qué
raro, tendríamos que haberla asustado.
—Seguramente huele una
presa. No se irá si cree que puede caerle algo.
Como si quisiera darme la
razón, un aleteo veloz estremeció las ramas por encima de nuestras cabezas y la
silueta oscura de una lechuza se lanzó en picado hacia el suelo. Unos chillidos
espantosos nos convencieron de que un ratoncito o una pequeña ardilla acababa
de convertirse en su cena. La lechuza remontó el vuelo demasiado rápido para
poder verla. Mi padre y yo nos quedamos mirando. Sabía que debía admirar las
dotes de cazadora de la lechuza, pero no pude evitar sentir lástima por el
ratón.
—Siento si te he parecido
demasiado brusco — se disculpó mi padre — Eres una joven muy madura y no
debería haber sugerido lo contrario.
—No pasa nada. Además, yo
también he perdido los estribos. Ya sé que no vale la pena discutir lo de
venirnos aquí. Al menos a estas alturas.
Mi padre me sonrió
cariñosamente.
—Rocío, ya sabes que tu madre
y yo jamás creímos posible que pudiéramos tenerte.
—Ya lo sé.
Por favor, otra vez la
charla sobre la «niña milagro» no.
—En cuanto apareciste en
nuestras vidas, empezamos a dedicarnos a ti en cuerpo y alma. Tal vez
demasiado. Y eso es culpa nuestra, no tuya.
—Papá, por favor — Adoraba a
mi familia, solo nosotros tres ante el mundo — Te ruego que no hables de ello
como si fuera algo malo.
—No, no es eso — Parecía
triste, y por primera vez me pregunté si en realidad a él le gustaba este lugar
— Pero todo cambia, corazón, y cuanto antes lo aceptes, mejor que mejor.
—Lo sé... y lo siento, es
que todavía estoy haciéndome a la idea — Me rugieron las tripas y arrugué la
nariz— ¿Puedo volver a calentarme la cena? — pregunté, esperanzada.
—Tengo la ligera sospecha de
que tu madre puede haberse encargado ya de eso.
Efectivamente. Pasamos una
velada agradable. Decidí que más me valía pasármelo bien mientras pudiera.
Tommy Dorsey sustituyó a Glenn Miller y luego le llegó el turno a Ella
Fitzgerald. Charlamos y bromeamos sobre cosas sin importancia: películas,
programas de televisión y todo eso en lo que mis padres no perderían ni un
minuto si no fuera por mí, aunque intentaron bromear sobre la escuela en un par
de ocasiones.
—Vas a conocer a gente
maravillosa — me prometió mi madre.
Sacudí la cabeza pensando en
Eugenia. Apenas habían pasado unas horas y ya era una de las personas menos
maravillosas que había conocido en toda mi vida.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—¿Cómo? ¿Ahora ves el
futuro? — me burlé.
—Cariño, no me lo habías
dicho. ¿Y qué otras cosas predice la adivina? — preguntó mi padre, levantándose
para cambiar el disco. El hombre seguía conservando su colección en vinilo— Me
gustaría oírlo.
Mi madre le siguió el juego
y se llevó los dedos a las sienes como una gitana prediciendo el futuro.
—Creo que Rocío conocerá...
chicos.
El rostro de Gastón apareció
en mi mente y se me aceleró el pulso. Mis padres intercambiaron una mirada. ¿Es
que mis latidos se oían desde la otra punta de la habitación? Tal vez era eso.
—Pues espero que sean guapos
— bromeé.
—Pues yo espero que no
demasiado — dijo mi padre, y todos nos echamos a reír: mis padres con ganas, yo
tratando de ocultar las mariposillas que revoloteaban en mi estómago.
Me sentía extraña por no
hablarles de Gastón. Siempre les contaba todo lo que sucedía en mi vida. Sin
embargo, Gastón era diferente y hablar de él habría roto el hechizo. Quería que
Gastón siguiera siendo un secreto por el momento, así podía guardármelo para mí
sola.
Quería que Gastón me
perteneciera solo a mí.
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