martes, 22 de noviembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Dieciséis


El tigre permaneció encorvado sobre el cuerpo inmóvil de Neeco. Por un momento Rocío pensó que el entrenador estaba muerto, pero luego se dio cuenta de que permanecía quieto a la espera de que el tigre se olvidase de él.
Ella oyó la tranquila pero autoritaria voz de Gastón.
—Rocío, no des un paso más.
Y luego la de su padre, más chillona.
—¿Qué estás haciendo? ¡Regresa aquí!
Rocío los ignoró a los dos. El tigre se giró ligeramente y se quedaron mirando fijamente el uno al otro. Los dientes afilados y curvos del animal estaban al descubierto, tenía las orejas aplastadas contra la cabeza y la miraba de una manera salvaje. Rocío sintió que estaba aterrorizado.
Sinjun —dijo ella con suavidad. Pasaron unos segundos. Rocío vio un destello de pelo rojizo entre Sinjun y la carpa principal; era el pelo llameante de Eugenia Quest. La dueña del circo corría hacia Gastón, que ya había dejado a la niña en los brazos de la maestra. Eugenia le dio algo a Gastón, pero Rocío estaba demasiado aturdida para deducir lo que era.
El tigre pasó por encima del cuerpo de Neeco y centró toda su feroz atención en ella. El animal tenía todos los músculos tensos y preparados para saltar.
—Tengo un arma. —La voz de Gastón sólo fue un susurro. —No te muevas.
Su marido iba a matar a Sinjun. Comprendía la lógica de lo que estaba a punto de hacer —con gente en el recinto, un tigre salvaje y aterrorizado era, evidentemente, un peligro, —pero ella no podía consentirlo. Esa magnífica bestia no debía ser ejecutada sólo por seguir los instintos de su especie.
Sinjun no había hecho nada malo, salvo actuar como un tigre. A las personas sólo las encerraban cuando delinquían. A él lo habían arrebatado de su hábitat natural, lo habían encerrado en una jaula diminuta y lo habían obligado a vivir bajo la mirada de sus enemigos. Y ahora, sólo porque Rocío no se había dado cuenta de que la puerta de su jaula estaba rota, iban a matarlo.
Se movió lo más rápidamente que pudo para interponerse entre su marido y el tigre.
—Quítate de en medio, Rocío . —El tono tranquilo de su voz no suavizaba la autoridad de su orden.
—No dejaré que lo mates —susurró ella en respuesta. Y se acercó lentamente al tigre.
Los ojos dorados del animal se clavaron en ella. La atravesaron. Rocío sintió cómo el terror de Sinjun penetraba en cada célula de su cuerpo hasta unirse al de ella. Sus almas se fundieron y ella lo oyó en su corazón.
«Los odio.»
«Lo sé.»
«Detente.»
«No puedo.»
Rocío acortó la distancia entre ellos hasta que apenas los separaron dos metros.
—Gastón te matará —susurró, mirando fijamente los ojos dorados de la bestia.
—Rocío , por favor... —Ella oyó una desesperada tensión en la súplica de Gastón y lamentó el desasosiego que le estaba causando, pero no podía detenerse.
Cuando se acercó al tigre, sintió que Gastón cambiaba de posición para poder disparar desde otra dirección. Rocío sabía que se le acababa el tiempo.
A pesar del miedo que le oprimía el pecho hasta dejarla sin respiración, se puso de rodillas delante del tigre. Le llegó su olor salvaje mientras lo miraba a los ojos.
—No puedo dejar que mueras —susurró. —Ven conmigo. —Lentamente estiró el brazo para tocarlo.
Una parte de ella esperaba que las poderosas mandíbulas de Sinjun se cerraran sobre su mano, pero había otra parte —su alma tal vez, porque sólo el alma podía resistirse con tal terquedad a la lógica— a la que no le importaba que le mordiera si con eso le salvaba la vida. Le acarició con mucha suavidad entre las orejas.
El pelaje era a la vez suave y áspero. Dejó que se acostumbrara a su contacto, y el calor del animal le traspasó la palma de la mano. Los bigotes del felino le rozaron la suave piel del brazo, y sintió su aliento a través de la delgada tela de algodón de la camiseta. Él cambió de posición y poco a poco se dejó caer en la tierra con las patas delanteras extendidas.
La calma se extendió por el cuerpo de Rocío, que dejó de sentir miedo. Experimentó una sensación mística de bienvenida, una paz que jamás había conocido antes, como si el tigre se hubiera convertido en ella y ella en el tigre. Por un momento Rocío comprendió todos los misterios de la creación: que cada ser vivo era parte de los demás, que todo era parte de Dios, que estaban unidos por el amor, puestos sobre la tierra para cuidar unos de otros. Sin miedo, enfermedad o muerte. No existía nada salvo el amor.
Y en esa fracción de segundo, Rocío entendió que también amaba a Gastón de la manera terrenal en que una mujer ama a un hombre.
Rodeó con los brazos el cuello del tigre como si fuera lo más natural del mundo. Tan natural como apretar la mejilla contra él y cerrar los ojos. Pasó el tiempo. Oyó los latidos del corazón de la fiera y, por encima, un ronroneo ronco y profundo.
«Te amo.»
«Te amo.»
—Tengo que encerrarte de nuevo —susurró ella finalmente, con las lágrimas deslizándosele por los párpados cerrados. —Pero no te abandonaré. Nunca.
El ronroneo y el latido del corazón se hicieron uno.
Permaneció arrodillada un rato más, con la mejilla presionada contra el cuello de Sinjun. Rocío nunca había sentido tanta paz, ni siquiera cuando había permanecido cobijada entre las patas de Tater. Había muchas cosas malas en el mundo, pero este lugar... este lugar era sagrado.
Poco a poco fue consciente de lo que la rodeaba. Los demás se habían quedado paralizados como estatuas.
Gastón todavía apuntaba con el arma a Sinjun, Qué tonto. Como si ella fuera a permitir que hiriera a ese animal. La piel bronceada de su marido había adquirido el color de la tiza, y supo que tenía miedo por ella. Con el retumbar del corazón del tigre debajo de su mejilla, Rocío supo que había puesto el mundo de Gastón patas arriba de una manera que él no podría perdonar. Cuando todo aquello acabara, ella tendría que afrontar las terribles consecuencias.
Bartolome —viejo, flaco y con la tez grisácea— permanecía de pie no muy atrás de Gastón, al lado de Eugenia. Heather se aferraba al brazo de Nicolás. Los niños guardaban absoluto silencio.
El mundo exterior había irrumpido en la mente de Rocío y ya no pudo permanecer más tiempo quieta. Se movió lentamente. Manteniendo la mano sobre el cuello de Sinjun, hundió las puntas de los dedos en su pelaje.
Sinjun volverá ahora a su jaula —anunció a todo el mundo. —Por favor, manteneos alejados de él.
Se puso en movimiento y no se sorprendió cuando el tigre la siguió; sus almas estaban entrelazadas, así que no le quedaba otra elección. El animal le rozaba la pierna con la pata mientras lo guiaba a la jaula. Con cada paso, Rocío era consciente del arma de Gastón apuntándole.
Cuando más se acercaban a su destino, mayor era la tristeza del tigre. La joven deseaba que Sinjun entendiera que aquél era el único lugar donde podía mantenerlo a salvo. Cuando llegaron a la jaula, el animal se detuvo.
Rocío se arrodilló ante él y lo miró a los ojos.
—Me quedaré un rato contigo.
El felino la miró fijamente. Y luego, para sorpresa de Rocío, restregó la cabeza contra la mejilla de la joven. Le rozó el cuello con los bigotes y de nuevo soltó aquel ronroneo profundo y ronco.
Luego Sinjun se apartó y, con un poderoso impulso de sus cuartos traseros, entró en la jaula de un salto.
Rocío oyó que todo el mundo comenzaba a moverse detrás de ella y se volvió. Vio que Neeco y Gastón se acercaban corriendo a la jaula para agarrar la puerta rota y ponerla en su lugar.
—¡Alto! —Rocío levantó los brazos para que se detuvieran. —No se acerquen más.
Los dos hombres se detuvieron en seco.
—Rocío, quítate de en medio —la voz de Gastón vibraba y la tensión endurecía sus hermosos rasgos.
—Dejennos solos. —Se volvió hacia la puerta abierta de la jaula dándoles la espalda.
Sinjun la observó. Ahora que estaba encerrado de nuevo, se mostraba tan altivo como siempre: regio, distante, como si lo hubiera perdido todo salvo la dignidad. Rocío sabía lo que él quería y no podía soportarlo. Quería que ella fuera su carcelera. La había elegido para que lo encerrara en la jaula.
Rocío no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que sintió que las lágrimas se le deslizaban por las mejillas. Los ojos dorados de Sinjun brillaron tenuemente mientras la miraba con su acostumbrado desdén, haciéndola sentir un ser inferior.
«Hazlo, debilucha —ordenó con los ojos. —Ya.»
La joven levantó los brazos con esfuerzo y asió la puerta de la jaula. La bisagra rota hacía que pesara más y fuera difícil de mover, pero consiguió cerrarla con un sollozo.
Gastón se acercó con rapidez y agarró la puerta para asegurarla pero, en el momento en que la tocó, Sinjun le enseñó los dientes y lanzó un rugido.
—¡Deja que lo haga yo! —exclamó ella. —Se está enfadando. Por favor. Yo cerraré la puerta.
—¡Maldita sea! —Gastón dio un paso atrás, lleno de rabia y frustración.
Pero cerrar la jaula no era una tarea fácil. La plataforma sobre la que descansaba estaba a un metro de altura y Rocío tenía que levantar demasiado los brazos para cerrar la puerta. Neeco agarró un taburete y se lo puso al lado. Luego le dio un trozo de cuerda. Por un momento Rocío no supo para qué era. —Pásala entre los barrotes para que haga de bisagra —dijo Gastón. —Carga tu peso contra la puerta para sujetarla. Y por el amor de Dios, estate preparada para saltar hacia atrás si decide atacar.
Gastón se colocó detrás de ella y le deslizó las manos alrededor de las caderas para sostenerla. Con su ayuda, intentó hacer lo que él había dicho: sujetar la puerta cerrada con el hombro mientras anudaba la cuerda alrededor de la bisagra rota. Comenzó a temblar debido a la tensión de su postura. Sintió el bulto del arma que Gastón había metido en la cinturilla de los vaqueros. Su marido la sujetó con más fuerza.
—Ya casi está, cariño.
El nudo era grande y tosco, pero servía. Rocío dejó caer los brazos. Gastón la bajó del taburete y la estrecho contra su pecho.
La joven permaneció inmóvil unos instantes, agradeciendo su consuelo antes de levantar la mirada hacia aquellos ojos tan parecidos a los del tigre. Saber que amaba a ese hombre era aterrador. Eran muy diferentes, pero sentía la llamada de su alma tan claramente como si Gastón hubiese hablado en voz alta.
—Siento haberte asustado.
—Ya hablaremos de eso después.
La arrastraría a la caravana para fustigarla en privado. Puede que eso fuera la gota que colmara el vaso; lo que haría que Gastón se deshiciera de ella. Rocío ahuyentó ese pensamiento y se alejó de él.
—No puedo irme aún. Le he dicho A Sinjun que me quedaría un rato con él.
Las líneas de tensión de la cara de Gastón se hicieron más profundas, pero no la cuestionó.
—Bueno.
Bartolomé se acercó a ellos.
—¡Eres idiota! ¡Es increíble que aún estés viva! ¿En qué diablos estabas pensando? Jamás vuelvas a hacer una cosa así. De todo lo que...
Gastón le interrumpió.
—Cállate, Bartolomé . Yo me encargaré de esto.
—Pero...
Gastón arqueó una ceja y de inmediato Bartolomé Igarzabal  guardó silencio. Ese sencillo gesto de su marido había sido suficiente. Rocío nunca había visto a su dominante padre ceder ante nadie, y ese hecho le recordó la historia que le había contado. Durante siglos los Petroff habían tenido el deber de obedecer los deseos de los Romanov.
En ese momento, Rocío aceptó que lo que su padre le había contado era cierto, pero ahora lo que le importaba era Sinjun, que parecía inquieto y encrespado.
—Amelia se preguntará dónde estoy —dijo su padre a sus espaldas. —Será mejor que me vaya. Adiós, Rocío. —Bartolomé rara vez la tocaba y Rocío se sorprendió al sentir el suave roce de su mano en el hombro. Antes de que ella pudiera responder, su padre se despidió de Gastón y se fue.
La actividad del circo había vuelto a la normalidad. Jack hablaba con la profesora mientras la ayudaba a escoltar a los niños hasta el jardín de infancia. Neeco y los demás habían vuelto a su trabajo. Eugenia se acercó a ellos.
—Buen trabajo, Rocío. —La dueña del circo dijo las palabras de mala gana. Aunque a Rocío le pareció ver algo de respeto en sus ojos, tuvo la extraña sensación de que el odio que Eugenia sentía hacia ella se había intensificado. La pelirroja evitó mirar a Gastón y se alejó dejándolos solos con Sinjun.
El tigre se mantenía en actitud vigilante, pero los miraba con su acostumbrado desprecio. Rocío metió las manos entre los barrotes de la jaula. Sinjun se acercó a ellas. La joven notó que Gastón contenía el aliento cuando el tigre comenzó a restregar aquella enorme cabeza contra sus dedos.
—¿Podrías dejar de hacer eso?
Ella alargó más las manos para rascar a Sinjun detrás de las orejas.
—No me hará daño. No me respeta, pero me quiere.
Gastón se rio entre dientes y luego, para sorpresa de Rocío, la rodeó con los brazos desde atrás mientras ella acariciaba al tigre.
—Nunca había pasado tanto miedo —dijo él apoyando la mandíbula en su pelo.
—Lo siento.
—Soy yo quien lo siente. Me advertiste sobre las jaulas y debería haberte hecho caso. Ha sido culpa mía.
—La culpa es mía. Soy yo quien se encarga de las fieras.
—No intentes culparte. No lo permitiré.
Sinjun acarició la muñeca de Rocío con la lengua. La joven notó que Gastón tensaba los músculos de los brazos cuando el tigre comenzó a lamerla.
—Por favor, ¿podrías sacar las manos de la jaula? —pidió él en voz baja. —Está a punto de darme un ataque.
—En un minuto.
—He envejecido diez años de golpe. No puedo permitirme el lujo de perder más.
—Me gusta tocarlo. Además, Sinjun se parece a vos, no ofrece su afecto con facilidad y no quiero ofenderle marchándome.
—Es un animal, Rocío. No tiene emociones humanas. —Rocío sentía demasiada paz para discutírselo. —Cariño, tienes que dejar de hacerte amiga de los animales salvajes. Primero Tater, ahora Sinjun. ¿Sabes qué? Es evidente que necesitas una mascota de verdad. Lo primero que haremos mañana por la mañana será comprar un perro.
Ella lo miró con alarma.
—Oh, no, no podemos hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque me dan miedo los perros. Él se quedó inmóvil, luego se echó a reír. Al principio sólo fue un ruido sordo en el fondo del pecho, pero pronto se convirtió en un alegre rugido que rebotó contra las paredes del circo y resonó en el recinto.
—Claro, era de esperar—murmuró Rocío con una sonrisa. —Para que Gastón Dalmau se ría, tiene que ser a mi costa.
Gastón levantó la cara hacia el sol y estrechó a Rocío entre sus brazos riéndose con más fuerza.
Sinjun los miró con fastidio, luego apretó la cabeza contra los barrotes de la jaula y lamió el pulgar de Rocío

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