El
tigre permaneció encorvado sobre el cuerpo inmóvil de Neeco. Por un momento
Rocío pensó que el entrenador estaba muerto, pero luego se dio cuenta de que
permanecía quieto a la espera de que el tigre se olvidase de él.
Ella
oyó la tranquila pero autoritaria voz de Gastón.
—Rocío,
no des un paso más.
Y
luego la de su padre, más chillona.
—¿Qué
estás haciendo? ¡Regresa aquí!
Rocío
los ignoró a los dos. El tigre se giró ligeramente y se quedaron mirando
fijamente el uno al otro. Los dientes afilados y curvos del animal estaban al
descubierto, tenía las orejas aplastadas contra la cabeza y la miraba de una
manera salvaje. Rocío sintió que estaba aterrorizado.
—Sinjun —dijo ella con suavidad. Pasaron
unos segundos. Rocío vio un destello de pelo rojizo entre Sinjun y la carpa principal; era el pelo llameante de Eugenia
Quest. La dueña del circo corría hacia Gastón, que ya había dejado a la niña en
los brazos de la maestra. Eugenia le dio algo a Gastón, pero Rocío estaba
demasiado aturdida para deducir lo que era.
El
tigre pasó por encima del cuerpo de Neeco y centró toda su feroz atención en
ella. El animal tenía todos los músculos tensos y preparados para saltar.
—Tengo
un arma. —La voz de Gastón sólo fue un susurro. —No te muevas.
Su
marido iba a matar a Sinjun.
Comprendía la lógica de lo que estaba a punto de hacer —con gente en el
recinto, un tigre salvaje y aterrorizado era, evidentemente, un peligro, —pero
ella no podía consentirlo. Esa magnífica bestia no debía ser ejecutada sólo por
seguir los instintos de su especie.
Sinjun
no había hecho nada malo, salvo actuar como un tigre. A las personas sólo las
encerraban cuando delinquían. A él lo habían arrebatado de su hábitat natural,
lo habían encerrado en una jaula diminuta y lo habían obligado a vivir bajo la
mirada de sus enemigos. Y ahora, sólo porque Rocío no se había dado cuenta de
que la puerta de su jaula estaba rota, iban a matarlo.
Se
movió lo más rápidamente que pudo para interponerse entre su marido y el tigre.
—Quítate
de en medio, Rocío . —El tono tranquilo de su voz no suavizaba la autoridad de
su orden.
—No
dejaré que lo mates —susurró ella en respuesta. Y se acercó lentamente al
tigre.
Los
ojos dorados del animal se clavaron en ella. La atravesaron. Rocío sintió cómo
el terror de Sinjun penetraba en cada
célula de su cuerpo hasta unirse al de ella. Sus almas se fundieron y ella lo
oyó en su corazón.
«Los
odio.»
«Lo
sé.»
«Detente.»
«No
puedo.»
Rocío
acortó la distancia entre ellos hasta que apenas los separaron dos metros.
—Gastón
te matará —susurró, mirando fijamente los ojos dorados de la bestia.
—Rocío
, por favor... —Ella oyó una desesperada tensión en la súplica de Gastón y
lamentó el desasosiego que le estaba causando, pero no podía detenerse.
Cuando
se acercó al tigre, sintió que Gastón cambiaba de posición para poder disparar
desde otra dirección. Rocío sabía que se le acababa el tiempo.
A
pesar del miedo que le oprimía el pecho hasta dejarla sin respiración, se puso
de rodillas delante del tigre. Le llegó su olor salvaje mientras lo miraba a
los ojos.
—No
puedo dejar que mueras —susurró. —Ven conmigo. —Lentamente estiró el brazo para
tocarlo.
Una
parte de ella esperaba que las poderosas mandíbulas de Sinjun se cerraran sobre su mano, pero había otra parte —su alma
tal vez, porque sólo el alma podía resistirse con tal terquedad a la lógica— a
la que no le importaba que le mordiera si con eso le salvaba la vida. Le
acarició con mucha suavidad entre las orejas.
El
pelaje era a la vez suave y áspero. Dejó que se acostumbrara a su contacto, y
el calor del animal le traspasó la palma de la mano. Los bigotes del felino le
rozaron la suave piel del brazo, y sintió su aliento a través de la delgada
tela de algodón de la camiseta. Él cambió de posición y poco a poco se dejó
caer en la tierra con las patas delanteras extendidas.
La
calma se extendió por el cuerpo de Rocío, que dejó de sentir miedo. Experimentó
una sensación mística de bienvenida, una paz que jamás había conocido antes,
como si el tigre se hubiera convertido en ella y ella en el tigre. Por un
momento Rocío comprendió todos los misterios de la creación: que cada ser vivo
era parte de los demás, que todo era parte de Dios, que estaban unidos por el
amor, puestos sobre la tierra para cuidar unos de otros. Sin miedo, enfermedad
o muerte. No existía nada salvo el amor.
Y
en esa fracción de segundo, Rocío entendió que también amaba a Gastón de la
manera terrenal en que una mujer ama a un hombre.
Rodeó
con los brazos el cuello del tigre como si fuera lo más natural del mundo. Tan
natural como apretar la mejilla contra él y cerrar los ojos. Pasó el tiempo.
Oyó los latidos del corazón de la fiera y, por encima, un ronroneo ronco y
profundo.
«Te
amo.»
«Te
amo.»
—Tengo
que encerrarte de nuevo —susurró ella finalmente, con las lágrimas
deslizándosele por los párpados cerrados. —Pero no te abandonaré. Nunca.
El
ronroneo y el latido del corazón se hicieron uno.
Permaneció
arrodillada un rato más, con la mejilla presionada contra el cuello de Sinjun. Rocío nunca había sentido tanta
paz, ni siquiera cuando había permanecido cobijada entre las patas de Tater. Había muchas cosas malas en el
mundo, pero este lugar... este lugar era sagrado.
Poco
a poco fue consciente de lo que la rodeaba. Los demás se habían quedado
paralizados como estatuas.
Gastón
todavía apuntaba con el arma a Sinjun,
Qué tonto. Como si ella fuera a permitir que hiriera a ese animal. La piel
bronceada de su marido había adquirido el color de la tiza, y supo que tenía
miedo por ella. Con el retumbar del corazón del tigre debajo de su mejilla,
Rocío supo que había puesto el mundo de Gastón patas arriba de una manera que
él no podría perdonar. Cuando todo aquello acabara, ella tendría que afrontar
las terribles consecuencias.
Bartolome
—viejo, flaco y con la tez grisácea— permanecía de pie no muy atrás de Gastón,
al lado de Eugenia. Heather se aferraba al brazo de Nicolás. Los niños
guardaban absoluto silencio.
El
mundo exterior había irrumpido en la mente de Rocío y ya no pudo permanecer más
tiempo quieta. Se movió lentamente. Manteniendo la mano sobre el cuello de Sinjun, hundió las puntas de los dedos
en su pelaje.
—Sinjun volverá ahora a su jaula —anunció
a todo el mundo. —Por favor, manteneos alejados de él.
Se
puso en movimiento y no se sorprendió cuando el tigre la siguió; sus almas
estaban entrelazadas, así que no le quedaba otra elección. El animal le rozaba
la pierna con la pata mientras lo guiaba a la jaula. Con cada paso, Rocío era
consciente del arma de Gastón apuntándole.
Cuando
más se acercaban a su destino, mayor era la tristeza del tigre. La joven
deseaba que Sinjun entendiera que
aquél era el único lugar donde podía mantenerlo a salvo. Cuando llegaron a la
jaula, el animal se detuvo.
Rocío
se arrodilló ante él y lo miró a los ojos.
—Me
quedaré un rato contigo.
El
felino la miró fijamente. Y luego, para sorpresa de Rocío, restregó la cabeza
contra la mejilla de la joven. Le rozó el cuello con los bigotes y de nuevo
soltó aquel ronroneo profundo y ronco.
Luego
Sinjun se apartó y, con un poderoso
impulso de sus cuartos traseros, entró en la jaula de un salto.
Rocío
oyó que todo el mundo comenzaba a moverse detrás de ella y se volvió. Vio que
Neeco y Gastón se acercaban corriendo a la jaula para agarrar la puerta rota y
ponerla en su lugar.
—¡Alto!
—Rocío levantó los brazos para que se detuvieran. —No se acerquen más.
Los
dos hombres se detuvieron en seco.
—Rocío,
quítate de en medio —la voz de Gastón vibraba y la tensión endurecía sus
hermosos rasgos.
—Dejennos
solos. —Se volvió hacia la puerta abierta de la jaula dándoles la espalda.
Sinjun
la observó. Ahora que estaba encerrado de nuevo, se mostraba tan altivo como
siempre: regio, distante, como si lo hubiera perdido todo salvo la dignidad.
Rocío sabía lo que él quería y no podía soportarlo. Quería que ella fuera su
carcelera. La había elegido para que lo encerrara en la jaula.
Rocío
no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que sintió que las
lágrimas se le deslizaban por las mejillas. Los ojos dorados de Sinjun brillaron tenuemente mientras la
miraba con su acostumbrado desdén, haciéndola sentir un ser inferior.
«Hazlo,
debilucha —ordenó con los ojos. —Ya.»
La
joven levantó los brazos con esfuerzo y asió la puerta de la jaula. La bisagra
rota hacía que pesara más y fuera difícil de mover, pero consiguió cerrarla con
un sollozo.
Gastón
se acercó con rapidez y agarró la puerta para asegurarla pero, en el momento en
que la tocó, Sinjun le enseñó los
dientes y lanzó un rugido.
—¡Deja
que lo haga yo! —exclamó ella. —Se está enfadando. Por favor. Yo cerraré la
puerta.
—¡Maldita
sea! —Gastón dio un paso atrás, lleno de rabia y frustración.
Pero
cerrar la jaula no era una tarea fácil. La plataforma sobre la que descansaba
estaba a un metro de altura y Rocío tenía que levantar demasiado los brazos
para cerrar la puerta. Neeco agarró un taburete y se lo puso al lado. Luego le
dio un trozo de cuerda. Por un momento Rocío no supo para qué era. —Pásala
entre los barrotes para que haga de bisagra —dijo Gastón. —Carga tu peso contra
la puerta para sujetarla. Y por el amor de Dios, estate preparada para saltar
hacia atrás si decide atacar.
Gastón
se colocó detrás de ella y le deslizó las manos alrededor de las caderas para
sostenerla. Con su ayuda, intentó hacer lo que él había dicho: sujetar la
puerta cerrada con el hombro mientras anudaba la cuerda alrededor de la bisagra
rota. Comenzó a temblar debido a la tensión de su postura. Sintió el bulto del
arma que Gastón había metido en la cinturilla de los vaqueros. Su marido la
sujetó con más fuerza.
—Ya
casi está, cariño.
El
nudo era grande y tosco, pero servía. Rocío dejó caer los brazos. Gastón la
bajó del taburete y la estrecho contra su pecho.
La
joven permaneció inmóvil unos instantes, agradeciendo su consuelo antes de
levantar la mirada hacia aquellos ojos tan parecidos a los del tigre. Saber que
amaba a ese hombre era aterrador. Eran muy diferentes, pero sentía la llamada
de su alma tan claramente como si Gastón hubiese hablado en voz alta.
—Siento
haberte asustado.
—Ya
hablaremos de eso después.
La
arrastraría a la caravana para fustigarla en privado. Puede que eso fuera la
gota que colmara el vaso; lo que haría que Gastón se deshiciera de ella. Rocío
ahuyentó ese pensamiento y se alejó de él.
—No
puedo irme aún. Le he dicho A Sinjun
que me quedaría un rato con él.
Las
líneas de tensión de la cara de Gastón se hicieron más profundas, pero no la
cuestionó.
—Bueno.
Bartolomé
se acercó a ellos.
—¡Eres
idiota! ¡Es increíble que aún estés viva! ¿En qué diablos estabas pensando?
Jamás vuelvas a hacer una cosa así. De todo lo que...
Gastón
le interrumpió.
—Cállate,
Bartolomé . Yo me encargaré de esto.
—Pero...
Gastón
arqueó una ceja y de inmediato Bartolomé Igarzabal guardó silencio. Ese sencillo gesto de su
marido había sido suficiente. Rocío nunca había visto a su dominante padre
ceder ante nadie, y ese hecho le recordó la historia que le había contado.
Durante siglos los Petroff habían tenido el deber de obedecer los deseos de los
Romanov.
En
ese momento, Rocío aceptó que lo que su padre le había contado era cierto, pero
ahora lo que le importaba era Sinjun,
que parecía inquieto y encrespado.
—Amelia
se preguntará dónde estoy —dijo su padre a sus espaldas. —Será mejor que me
vaya. Adiós, Rocío. —Bartolomé rara vez la tocaba y Rocío se sorprendió al
sentir el suave roce de su mano en el hombro. Antes de que ella pudiera
responder, su padre se despidió de Gastón y se fue.
La
actividad del circo había vuelto a la normalidad. Jack hablaba con la profesora
mientras la ayudaba a escoltar a los niños hasta el jardín de infancia. Neeco y
los demás habían vuelto a su trabajo. Eugenia se acercó a ellos.
—Buen
trabajo, Rocío. —La dueña del circo dijo las palabras de mala gana. Aunque a
Rocío le pareció ver algo de respeto en sus ojos, tuvo la extraña sensación de
que el odio que Eugenia sentía hacia ella se había intensificado. La pelirroja
evitó mirar a Gastón y se alejó dejándolos solos con Sinjun.
El
tigre se mantenía en actitud vigilante, pero los miraba con su acostumbrado
desprecio. Rocío metió las manos entre los barrotes de la jaula. Sinjun se acercó a ellas. La joven notó
que Gastón contenía el aliento cuando el tigre comenzó a restregar aquella
enorme cabeza contra sus dedos.
—¿Podrías
dejar de hacer eso?
Ella
alargó más las manos para rascar a Sinjun
detrás de las orejas.
—No
me hará daño. No me respeta, pero me quiere.
Gastón
se rio entre dientes y luego, para sorpresa de Rocío, la rodeó con los brazos
desde atrás mientras ella acariciaba al tigre.
—Nunca
había pasado tanto miedo —dijo él apoyando la mandíbula en su pelo.
—Lo
siento.
—Soy
yo quien lo siente. Me advertiste sobre las jaulas y debería haberte hecho
caso. Ha sido culpa mía.
—La
culpa es mía. Soy yo quien se encarga de las fieras.
—No
intentes culparte. No lo permitiré.
Sinjun
acarició la muñeca de Rocío con la lengua. La joven notó que Gastón tensaba los
músculos de los brazos cuando el tigre comenzó a lamerla.
—Por
favor, ¿podrías sacar las manos de la jaula? —pidió él en voz baja. —Está a
punto de darme un ataque.
—En
un minuto.
—He
envejecido diez años de golpe. No puedo permitirme el lujo de perder más.
—Me
gusta tocarlo. Además, Sinjun se
parece a vos, no ofrece su afecto con facilidad y no quiero ofenderle
marchándome.
—Es
un animal, Rocío. No tiene emociones humanas. —Rocío sentía demasiada paz para
discutírselo. —Cariño, tienes que dejar de hacerte amiga de los animales
salvajes. Primero Tater, ahora Sinjun. ¿Sabes qué? Es evidente que
necesitas una mascota de verdad. Lo primero que haremos mañana por la mañana
será comprar un perro.
Ella
lo miró con alarma.
—Oh,
no, no podemos hacerlo.
—¿Por
qué?
—Porque
me dan miedo los perros. Él se quedó inmóvil, luego se echó a reír. Al
principio sólo fue un ruido sordo en el fondo del pecho, pero pronto se
convirtió en un alegre rugido que rebotó contra las paredes del circo y resonó
en el recinto.
—Claro,
era de esperar—murmuró Rocío con una sonrisa. —Para que Gastón Dalmau se ría,
tiene que ser a mi costa.
Gastón
levantó la cara hacia el sol y estrechó a Rocío entre sus brazos riéndose con
más fuerza.
Sinjun
los miró con fastidio, luego apretó la cabeza contra los barrotes de la jaula y
lamió el pulgar de Rocío
Morí,nada eso! jajaj ♥
ResponderEliminarTE DIJE Q AMO ESTA NOVELA ES HERMOSA
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