Volví a ascender la larga escalera de caracol hasta
llegar al último piso de la torre, todavía temblorosa a causa de la descarga de
adrenalina. Esta vez no me molesté en no hacer ruido. Dejé resbalar al suelo la
bandolera que llevaba al hombro y me desplomé en el sofá. Me habían quedado
unas cuantas hojas enredadas en el pelo y empecé a quitármelas.
—¿Rocío? —Mi madre salió de
su dormitorio, anudándose el cinturón de la bata. Me sonrió somnolienta— ¿Has
madrugado para ir a dar un paseo, corazón?
—Sí —contesté, con un
suspiro. Ya no valía la pena montar una escena dramática.
Mi padre salió a
continuación y la abrazó por detrás.
—No puedo creer que nuestra
niñita ya esté en la Academia Mandalay.
—El tiempo pasa tan
rápido... — se lamentó mi madre con un suspiro — Cuanto mayor te haces, más
rápido pasa.
Mi padre sacudió la cabeza.
—Lo sé.
Refunfuñé. Siempre decían lo
mismo y habíamos convertido en una especie de broma el fastidio que me
producía. Las sonrisas de mis padres se ensancharon.
«Parecen muy jóvenes para
ser tus padres», solía comentar la gente de mi pueblo, aunque lo que en
realidad querían decir era «demasiado guapos». En ambos casos era cierto.
El cabello de mi madre tenía
un tono acaramelado y el de mi padre era de un rojizo tan oscuro que casi
parecía negro. Mi padre era de estatura media, pero musculoso y robusto, mientras
que mi madre era más bien pequeñita. La cara de mi madre era perfecta y
ovalada, como un camafeo antiguo, mientras que mi padre tenía una mandíbula
cuadrada y una nariz que parecía haber participado en más de una pelea de
juventud, aunque en su rostro hacía un buen efecto. En cuanto a mí... Mi
cabello tenía una tonalidad dorada que solo podía describirse así: dorado; y mi
piel era tan blanca que padecía de una palidez más mortuoria que antigua. Allí
donde mi ADN podría haber girado a la derecha, había dado un brusco viraje a la
izquierda. Mis padres me decían que me convertiría en una mujer muy guapa, pero
eso es lo que suelen decir todos los padres.
—Vamos a darte algo de
desayunar —dijo mi madre, dirigiéndose a la cocina— ¿O ya has tomado algo?
—No, todavía no.
Caí en la cuenta de que no
habría sido una mala idea haber comido algo antes de mi gran escapada, me
rugían las tripas. Si Gastón no me hubiera detenido, en esos momentos estaría
vagando por el bosque con un hambre de lobo y con una larga caminata hasta
Riverton por delante. Menudo plan de fuga.
En ese instante, me vino a
la mente la imagen de Gastón abalanzándose sobre mí y los dos rodando entre la
hierba y las hojas. Me había dado un susto de muerte y me estremecí al
recordarlo, aunque ahora por razones bien distintas.
—Rocío — Mi padre parecía
muy serio y lo miré con sentimiento de culpabilidad. ¿Acaso había adivinado lo
que estaba pensando? Enseguida comprendí que estaba volviéndome paranoica,
aunque era indudable que mi padre no sonreía cuando se sentó a mi lado — Sé que
no es lo que más deseas, pero Mandalay es importante para ti — Era el mismo tipo
de charla que me daba cuando era pequeña antes de tener que tragarme el jarabe
para la tos.
—No quiero volver a tener
esta conversación ahora.
—Adrián, déjala en paz — Mi
madre me tendió un vaso antes de regresar a la cocina, donde había algo
friéndose en una sartén— Además, como no espabilemos, vamos a llegar tarde a la
reunión del profesorado previa a la presentación.
Mi padre consultó la hora y
rezongó.
—¿Por qué ponen estas cosas
tan pronto? Como si a alguien le apeteciera bajar ahí abajo a estas horas.
—Cuánta razón tienes — murmuró
ella.
Para ellos, cualquier hora
antes del mediodía era demasiado pronto. Sin embargo, habían trabajado de
profesores desde que yo tenía memoria, sin olvidar ni un solo día su larga
contienda con las ocho de la mañana.
Acabaron de prepararse
mientras me tomaba el desayuno, me gastaron unas cuantas bromas con intención
de animarme y me dejaron sola sentada a la mesa. Pues bueno. Bastante después
de que bajaran la escalera y las manecillas del reloj se arrastraran sigilosas
hacia la hora de la presentación, yo seguía en la silla. Creo que intentaba
convencerme de que, mientras no me acabara el desayuno, no tendría que ir a
conocer a todas esas personas nuevas.
El hecho de que Gastón
estuviera entre ellas — una cara amiga, un protector — ayudaba un poco. Aunque
no mucho.
Finalmente, cuando fue obvio
que no podía posponerlo más, entré en mi habitación y me puse el uniforme de Mandalay.
Odiaba el uniforme; nunca había tenido que llevarlo. Sin embargo, lo peor de
todo fue que, al entrar en mi dormitorio, volví a recordar la extraña pesadilla
que había tenido esa noche.
Una camisa blanca
almidonada.
Espinas arañándome la piel, azotándome, animándome a regresar.
Una falda roja plisada.
Pétalos abarquillándose y ennegreciéndose, como si ardieran en medio de
una hoguera.
Un jersey gris con el escudo
de Mandalay.
Vale, ¿no es esta una buena ocasión para dejar de ser una morbosa sin
remedio? ¿Como ya, por ejemplo?
Decidida a comportarme como
una adolescente normal y corriente, al menos el primer día de clase, me miré en
el espejo. El uniforme no me quedaba precisamente mal, aunque tampoco de
muerte. Me hice una coleta, me sacudí una ramita que antes se me había pasado
por alto y decidí no darle más vueltas: ya estaba preparada.
La gárgola seguía mirándome
con insistencia, como si se preguntara cómo era posible que alguien pudiera
tener esa pinta. O tal vez se estuviera burlando por el estrepitoso fracaso de
mi plan. Al menos ya no tendría que mirar su horripilante cara. Me puse derecha
y salí de mi dormitorio... por última vez: dejaba de pertenecerme desde ese
momento en adelante.
Había estado viviendo en el
internado con mis padres el último mes, por lo que había tenido tiempo para
explorar la escuela de arriba abajo: desde el gran vestíbulo hasta las aulas
magnas de la planta baja, que después se dividían en dos torres enormes. Los
chicos vivían en la torre norte con parte del profesorado, y además había un
par de habitaciones que olían a moho y estaban llenas de archivadores, donde
por lo visto iban a parar todos los expedientes. Las chicas se alojaban en la
torre sur, junto al resto de las estancias del profesorado, incluidas las de mi
familia. Las plantas superiores del edificio principal, sobre el gran
vestíbulo, albergaban las aulas y la biblioteca. Con el tiempo, habían ampliado
y hecho adiciones a Mandalay, por lo que no todas las secciones compartían el
mismo estilo o guardaban perfecta simetría con el resto. Había algunos pasillos
serpenteantes que no conducían a ninguna parte. Desde la habitación de mí torre
estudiaba el tejado, un manto de retazos de arcos, tabillas y estilos
diferentes. Había aprendido a moverme por el edificio y sus alrededores, era el
único modo en que me sentiría preparada para afrontar lo que vendría a continuación.
Volví a bajar los escalones.
Daba igual las veces que hubiera hecho ese camino, siempre tenía la sensación
de que caería rodando por la desgastada escalera hasta el último peldaño. Mira
que eres tonta preocupándote por pesadillas con flores marchitas o por caerte
por la escalera, me dije. Me aguardaba algo bastante más terrorífico.
Llegué abajo y salí al
vestíbulo. Esa misma mañana, más temprano, todo estaba en silencio, como en una
catedral. En esos momentos, estaba abarrotado de gente y sus voces resonaban
por todas partes. A pesar del bullicio, tuve la sensación de que mis pasos
retumbaban en la sala porque varias personas se volvieron hacia mí a la vez;
era como si todo el mundo se hubiera vuelto a mirar al intruso, como si llevara
colgada al cuello una señal de neón que dijera: LA NUEVA.
Los alumnos, reunidos en
corros demasiado apretados para que pudiera entrar un recién llegado, volvieron
rápidamente sus vivos ojos oscuros hacia mí. Fue como si incluso pudieran
sentir el aleteo aterrado de mi corazón. Todos me parecían igual, no de una
manera clara y precisa, sino por la perfección que compartían. A todas las
chicas les brillaba el pelo, ya lo llevaran suelto sobre los hombros o recogido
en un pulcro moño. Todos los chicos parecían seguros de sí mismos y vigorosos,
con sonrisas que les servían de máscaras. Todo el mundo vestía el uniforme:
jerséis, faldas, chaquetas y pantalones en todas las variaciones posibles:
grises, rojas, a cuadros, negros. Todos llevaban el escudo del cuervo bordado y
lo lucían como si fuera el blasón de su familia. Todos derrochaban seguridad,
superioridad y desdén. Sentí el calor que desprendía allí de pie, en la
periferia de la estancia, cambiando de un pie a otro, incómoda.
Nadie me saludó.
El murmullo general volvió a
imponerse de inmediato. Por lo visto, las chicas nuevas desgarbadas no merecían
más que unos instantes de atención. Tenía las mejillas encendidas por la
vergüenza, porque era obvio que ya había hecho algo mal, aunque no conseguía
imaginar qué podría ser. ¿O acaso habían sentido, igual que yo, que en realidad
no iba a encajar allí?
Me pregunté dónde estaría Gastón.
Alargué el cuello, buscándolo entre la multitud. Creía poder enfrentarme a todo
aquello si Gastón estaba a mi lado. Tal vez era una tontería albergar ese tipo
de sentimientos hacia un chico a quien apenas conocía, pero me daba igual. Gastón
tenía que estar por alguna parte, aunque no consiguiera encontrarlo. Me sentía
completamente sola en medio de toda esa gente.
A medida que iba bordeando
la estancia hacia un rincón, empecé a fijarme en que había otros alumnos en la
misma situación que yo o, al menos, que también eran nuevos. Un chico de
cabellos rubios rizados con moreno de playa llevaba la ropa tan arrugada que daba
la impresión de haber dormido con ella puesta, aunque precisamente allí no
parecía que ir superinformal fuera a hacerte ganar puntos. Debajo de la
chaqueta, aunque encima del jersey, llevaba abierta una camisa hawaiana de
colores tan chillones que se desgañitaban en la penumbra de Mandalay. También
había una chica de cabello muy oscuro y cortito, tan corto que parecía un
chico. El corte de pelo no era desenfadado y juvenil, sino que daba la
impresión de habérselo hecho con una navaja de afeitar como mejor le había
parecido. El uniforme, en su cuerpo diminuto, le colgaba de los hombros. Era
como si la gente se apartara de ella, como si los repeliera un campo de
energía. Como si fuera invisible. Le habían colgado el sambenito de
insignificante incluso antes de la primera clase.
¿Que cómo podía estar tan
segura? Pues porque también me había ocurrido a mí. Estaba atrapada en la
periferia de la multitud, apabullada por el barullo, intimidada por el
vestíbulo de piedra y tan perdida como pudiera estarse.
—¡Atención!
La voz retumbante quebró el
bullicio y lo redujo a silencio. Todos nos volvimos a la vez hacia el extremo
del gran vestíbulo, donde la señora Bethany, la directora, había subido al
estrado.
Era una mujer alta, de
abundante cabello oscuro que llevaba recogido en el cogote, como las mujeres de
la época victoriana. Me resultó imposible adivinar su edad. Llevaba una blusa
de puntilla que se cerraba con un broche dorado en el cuello. Si consideras que
la severidad es sinónimo de belleza, no habría nadie más atractivo que ella. La
había conocido cuando mis padres y yo nos instalamos en los alojamientos del
profesorado, y ya entonces me había intimidado un poco, aunque me obligué a
recordar que apenas la conocía.
En cualquier caso, en esos
momentos parecía más imponente aún. Al ver con qué inmediatez y facilidad
imponía el orden en aquella sala llena de gente — la misma que me había
excluido de mutuo y tácito acuerdo antes de darme la oportunidad de que se me
ocurriera algo que decir —, comprendí por primera vez que la señora Bethany
tenía poder. Y no se trataba del poder que acompaña de manera inherente al
cargo de directora, sino al poder real, al innato.
—Bienvenidos a Mandalay — dijo,
abriendo las manos en un gesto de acogida. Tenía las uñas largas y traslúcidas —
Algunos de ustedes ya han estado aquí antes. Otros habrán oído hablar acerca de
la Academia Mandalay durante años, tal vez a sus familias, y se habrán
preguntado si alguna vez entrarían en nuestra escuela. Este año, además,
también contamos con un nuevo tipo de estudiantes, resultado de un cambio en la
política de admisión. Creemos que ha llegado el momento de que nuestros alumnos
conozcan un mayor abanico de gente de orígenes variopintos y, de este modo,
prepararlos mejor para el mundo que les espera al otro lado de las paredes de
nuestra institución. Todos tenemos mucho que aprender de estos otros
estudiantes, y estoy segura de que los tratarán con el respeto que se merecen.
Para el caso, ya podría
haber pintado con aerosol en gigantescas letras rojas: ALGUNOS DE VOSOTROS NO
ENCAJÁIS AQUÍ. La «nueva política de admisiones» era sin duda la responsable de
la presencia del surfista y la chica del pelo corto. Por lo visto, ni siquiera
se los consideraba «verdaderos» alumnos de Mandalay, sino que únicamente
representaban una experiencia educativa para los alumnos «legítimos».
Yo no formaba parte de la
nueva política. Si no hubiera sido por mis padres, no habría estado allí. En
otras palabras: ni siquiera era lo bastante diferente a ellos para que me
consideraran uno de los marginados.
—En Mandalay no tratamos a
nuestros alumnos como si fueran niños — La señora Bethany no se dirigía a nadie
en concreto, sino que parecía limitarse a otear por encima de todos con una
especie de mirada distante que, sin embargo, abarcaba todo lo que entraba
dentro de su campo de visión — Han venido aquí a aprender a manejarse como
adultos del siglo XXI, y así es como se espera que se comporten. Sin embargo,
eso no significa que Mandalay carezca de normas. La posición que ocupamos nos
exige mantener la más estricta de las disciplinas. Esperamos mucho de ustedes.
No comentó cuáles serían las
repercusiones en el caso de saltarse las normas, pero mucho me temía que los
castigos solo serían el aperitivo.
Me sudaban las manos. Estaba
cada vez más sonrojada y tenía la impresión de que llamaba la atención como una
bengala. Me había prometido ser fuerte y no permitir que la gente me
intimidara, pero las palabras se las lleva el viento. Los altos techos y las
paredes del gran vestíbulo parecían cerrarse sobre mí. Incluso sentí que
empezaba a quedarme sin aire.
Mi madre se las arregló para
llamar mi atención sin hacerme ningún gesto ni llamarme por mi nombre, como
suelen hacer las madres. Mis padres estaban en uno de los extremos de la hilera
de profesores esperando a que los presentaran y ambos me sonrieron con
confianza. Querían verme disfrutar del momento.
Esa esperanza infundada fue
lo que colmó el vaso. Ya era bastante duro tener que combatir el miedo para
encima verme obligada a enfrentarme a su decepción.
—Las clases empezarán mañana
— concluyó la señora Bethany— Por hoy, instálense en sus habitaciones,
preséntense a sus compañeros, paséense por las instalaciones. Contamos con que
estén preparados. Es un placer tenerles aquí y esperamos que sepan aprovechar
su estancia en Mandalay.
La sala estalló en aplausos
y la señora Bethany los agradeció con una leve sonrisa y una caída de ojos, un
parpadeo lento y satisfecho como el de un gato bien alimentado. A continuación,
el murmullo generalizado volvió a imponerse en la habitación, más bullicioso
que antes. Solo había una persona con la que me apeteciera hablar y estaba
claro que esa podría ser la única persona a la que tal vez le interesara hablar
conmigo.
Rodeé toda la sala
manteniendo la espalda siempre pegada a la pared. Lo busqué entre la multitud
con desesperación, anhelando atisbar un destello del cabello castaño dorado de Gastón,
sus anchas espaldas o esos ojos verde oscuro. Si yo lo buscaba y él me buscaba
a mí, tarde o temprano teníamos que encontrarnos. A pesar del pánico que me
provocaban las masificaciones de gente, y de mi tendencia a exagerarlas, sabía
que solo había unos doscientos alumnos en aquel lugar.
Me dije que Gastón
sobresaldría, que no era como los demás: frío, pedante y vanidoso. Sin embargo,
enseguida comprendí lo equivocada que estaba. Gastón no era pedante, pero
compartía el mismo aspecto: rasgos bellos y definidos, el mismo cuerpo de
perfectas proporciones y la misma... en fin, la misma perfección. No destacaría
demasiado en medio de aquellas personas tan perfectas porque en realidad
formaba parte de ellas. A diferencia de mí.
A medida que profesores y
alumnos se dispersaban, el gentío fue menguando poco a poco. Me quedé
deambulando por allí hasta que casi fui la única que quedó en el gran
vestíbulo. Estaba convencida de que Gastón vendría a buscarme. El sabía lo
asustada que estaba y se sentía responsable por haberme asustado aún más. ¿Es
que ni siquiera querría saludarme?
Sin embargo, no apareció. Al
final tuve que aceptar que lo había juzgado mal y eso significaba que no me
quedaba más remedio que ir a conocer a mi compañera de habitación.
Pobre Rochi! espero que el rubio la registre
ResponderEliminarHAY COO ME GUSTA..DA MIEDITO PERO ME ENCANTA TODO LO DEL INTERNADO Y ASI SE VA APONER BUENA!!
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