Rocío
miró fijamente a su padre.
—Eso
es imposible. No te creo.
—Es
cierto, Rocío. El abuelo de Gastón fue el único hijo varón del último zar de
Rusia, Gastón Romanov.
Rocío
conocía toda la historia sobre Gastón Romanov, el joven hijo de Nicolás II. En
1918, cuando Gastón tenía catorce años, sus padres, sus cuatro hermanas y él
fueron encerrados por los bolcheviques en el sótano de una mansión en
Ekaterinburgo, donde fueron ejecutados. Se lo recordó a su padre.
—Todos
fueron asesinados. El zar Nicolás, su esposa Alexandra, los niños. Encontraron
los restos de la familia en una fosa común de los Montes Urales en 1993. Se
hicieron pruebas de ADN.
Bartolomé
tomó un sorbo de té de la taza que le había ofrecido.
—Las
pruebas de ADN identificaron al zar, a Alejandra y a tres de las cuatro hijas.
Pero faltaba una hija. Muchos creen que era Anastasia, y tampoco fueron
encontrados los restos del joven heredero, Gastón.
Rocío
intentó asimilarlo. A lo largo del siglo XX, habían surgido personas que
afirmaban ser uno de los hijos asesinados del zar, pero la mayoría habían sido
mujeres que creían ser Anastasia. Su padre le había dicho que todas eran unas
impostoras. Era un hombre muy meticuloso y no podía imaginarlo dejándose
engañar por nadie. ¿Por qué ahora creía que el príncipe heredero había escapado
de aquella fría muerte? ¿Acaso su obsesión por la historia rusa lo había hecho
perder el juicio?
Le
habló con cautela.
—No
puedo imaginar cómo el príncipe heredero logró escapar de una masacre tan
terrible.
—Fue
rescatado por unos monjes que lo escondieron con una familia en el sur de
Rusia. Años después, en 1920, un grupo leal al zar lo sacó a escondidas del
país. Sabiendo de primera mano lo violentos que podían llegar a ser los
bolcheviques, es normal que viviera escondido. Finalmente se casó y tuvo un
hijo, el padre de Gastón, Vasily. Vasily conoció a Katya Dalmau cuando ésta
actuaba en Múnich, se enamoró como un tonto y se fugó con ella. Vasily apenas
era un adolescente. Su padre acababa de morir y el era rebelde e
indisciplinado, de otra manera nunca se hubiera casado con alguien inferior a
su rango. Tenía sólo veinte años cuando Gastón nació. Unos dos años después,
Katya y él murieron en un accidente ferroviario.
—Lo
siento, papá. Aunque no dudo de tu palabra, simplemente, no puedo creerlo.
—Créeme,
Rocío. Gastón es un Romanov. Y no un Romanov cualquiera. Ese hombre que se hace
llamar Gastón Dalmau es el heredero de la corona de Rusia.
Rocío
miró a su padre con tristeza.
—Gastón
trabaja en un circo. Eso es todo.
—Ya
me dijo Amelia que reaccionarías así. —En un gesto inusitado en él, Bartolomé
le palmeó la rodilla. —Te llevará tiempo acostumbrarte a la idea, pero espero
que conozcas lo suficiente para comprender que nunca firmaría tal cosa si no
estuviera absolutamente seguro.
—Pero...
—Te
he contado muchas veces la historia de mi familia, pero es evidente que la has
olvidado. Los Petroff han estado al servicio de los zares de Rusia desde el
siglo XIV, desde el reinado de Alejandro I. Hemos estado vinculados a través
del deber y la obligación, pero nunca a través del matrimonio. Hasta ahora.
Rocío
oyó el ruido de un avión, el rugido de un camión. Poco a poco fue comprendiendo
lo que su padre le estaba insinuando.
—Así
que lo planeaste todo, ¿no? Has concertado mi matrimonio con Gastón por culpa
de esa absurda idea que tienes sobre su origen.
—No
es una absurda idea. Pregúntale a Gastón.
—Lo
haré —dijo poniéndose en pie. —Por fin lo entiendo todo. No soy más que un peón
en tu loco sueño dinástico. Querías unir las dos familias como hacían los
padres en la Edad Media.
Es tan increíblemente cruel que no me lo puedo creer.
—Yo
no diría que sea una crueldad estar casada con un Romanov.
Rocío
se presionó las sienes con los dedos.
—Nuestro
matrimonio sólo durará cinco meses más. ¿Cómo podes estar tan satisfecho? ¡Un
matrimonio de cinco meses no es precisamente el inicio de una dinastía!
Bartolomé
dejó la taza y se acercó lentamente hacia ella.
—Gastón
y vos no tienen por que divorciarse. De hecho, espero que no lo hagan.
—Oh,
papá...
—Sos
una mujer llamativa Rocío. Quizá no tan guapa como tu madre pero, no obstante,
atractiva. Si fueras menos frívola, quizá podrías retener a Gastón. Ya sabes
que una esposa debe adaptarse a determinados roles. Antepone los deseos de tu
marido a los tuyos. Sé complaciente. —Miró los sucios vaqueros y la desastrada
camiseta de Rocío con el ceño fruncido. —Deberías cuidar más tu apariencia.
Nunca te había visto tan descuidada. ¿Sabías que tenes paja en el pelo? Quizás
Gastón no estaría tan ansioso por deshacerse de vos si fueras la clase de mujer
que un hombre quiere tener esperándolo en casa.
Rocío
lo miró con consternación.
—¿Queres
que lo espere en la puerta de la caravana con las zapatillas en la mano?
—Ese
es justo el tipo de comentario frívolo que ahuyentaría a alguien como Gastón.
Es un hombre serio. Como no reprimas ese inapropiado sentido del humor, no tendrás
ninguna posibilidad con él.
—¿Quién
dice que quiero tenerla? —Pero mientras lo decía, Rocío sintió una dolorosa
punzada en su interior.
—Ya
veo que no queres ser razonable. Creo que es hora de irme. —Bartolomé se
dirigió hacia la puerta. —Sólo espero que no tires piedras contra tu propio
tejado, Rocío. Recuerda que sos una mujer que no se sabe valer por sí sola.
Dejando a un lado el asunto del linaje familiar de Gastón, es un hombre sensato
y digno de confianza, y no se me ocurre nadie mejor para cuidar de vos.
—¡No
necesito que un hombre cuide de mí!
—Entonces,
¿por qué aceptaste casarte con él?
Sin
esperar respuesta, Bartolomé abrió la puerta de la caravana y salió a la luz
del sol. ¿Cómo podía explicarle ella los cambios que habían tenido lugar en su interior?
Sabía que ya no era la misma persona que había salido de la casa de su padre un
mes antes, pero Bartolomé no la creería.
A
fuera, los niños con los que había hablado antes se agrupaban alrededor de su
profesora, listos para regresar al jardín de infancia. Durante el mes anterior,
Rocío se había acostumbrado a los olores y las imágenes del circo de los
Hermanos Quest, pero ahora lo miraba todo con nuevos ojos.
Gastón
y Eugenia estaban cerca del circo discutiendo por algo. Los payasos ensayaban
un truco de malabarismo mientras Heather practicaba el pino y Nicolás la miraba
con el ceño fruncido. Frankie jugaba
en el suelo junto a Jill, que adiestraba a los perros con algunos ejercicios
que hacían que Rocío se encogiera de miedo. El olor de las hamburguesas que las
showgirls asaban a la parrilla inundó
sus fosas nasales mientras oía el omnipresente zumbido del generador y veía
cómo los banderines ondeaban con la brisa de junio.
Y
luego se oyó un grito infantil.
El
sonido fue tan ensordecedor que todo el mundo lo escuchó. Gastón giró la cabeza
con rapidez. Heather dejó de hacer el pino y los payasos soltaron lo que tenían
entre manos. Bartolomé se detuvo en seco, impidiendo que Rocío viera lo que
pasaba. La joven oyó el grito ahogado que éste emitió y se puso a su lado para
ver qué causaba la conmoción. Se le detuvo el corazón.
Sinjun
se había escapado de la jaula.
El
tigre estaba en la franja de hierba que había entre la casa de fieras y la
parte trasera del circo. La puerta de su jaula estaba abierta; se había roto
una de las bisagras. El animal tenía las orejas levantadas y sus pálidos ojos
dorados se habían clavado en algo que estaba a menos de tres metros de él.
La
pequeña de las mejillas sonrosadas. La niña se había separado del resto de la
clase y había sido su penetrante grito lo que había captado la atención de Sinjun. La pequeña chillaba despavorida
aunque permanecía quieta; la mancha que se le extendía por el babi del jardín
de infancia indicaba que se había hecho pis.
Sinjun
respondía a los gritos, revelando sus afilados y letales dientes, curvos como
cimitarras, diseñados para mantener inmóvil a su presa mientras la despedazaba
con las garras. La niña volvió a soltar aquel chillido penetrante. Los
poderosos músculos de Sinjun se
tensaron y Rocío palideció. Sintió que el tigre estaba a punto de saltar. Para Sinjun, aquella niña que agitaba los
brazos y gritaba sin parar era uno de sus más amenazadores enemigos.
Neeco
apareció de la nada y corrió hasta Sinjun.
Rocío vio la picana en su mano y dio un paso adelante. Quería advertirle que no
lo hiciera. Sinjun no estaba
acostumbrado a las descargas. No se acobardaría de la misma manera que los
elefantes, sólo se enfurecería más. Pero Neeco estaba reaccionando de manera
impulsiva, con la intención de contener al tigre de la única manera que sabía,
como si Sinjun no fuera más que un
elefante revoltoso.
Cuando
Sinjun le dio la espalda a la
pequeña, girándose hacia Neeco, Gastón se acercó con rapidez por el lado
contrario. Se acercó a la niña y la agarró entre sus brazos para llevarla a una
zona segura.
Y
luego, todo pasó en un instante. Neeco presionó la picana en el hombro del
tigre. El animal se revolvió enloquecido, rugió lleno de furia y lanzó su
enorme cuereo contra Neeco, tirando al domador al suelo; Neeco soltó la picana
que rodó fuera de su alcance.
Rocío
nunca había sentido tanto terror. Sinjun
iba a atacar a Neeco y ella no podía detenerlo de ninguna manera.
—¡Sinjun! —gritó desesperada.
Para sorpresa de la joven, el tigre alzó la cabeza. Rocío no sabía si
había respondido a su voz o a otro tipo de instinto. Se acercó a él, a pesar de
que le temblaban tanto las rodillas que apenas podía mantenerse en pie. No
sabía qué iba a hacer. Sólo sabía que tenía que actuar.
no se como se comenta muy bien en un blog jejeje pero creo q acertare ... increible trabajo l que haceis ...me he leido la historia en un dia unas 3 horas pero muy bien gastadas :D me encanta me encanta ....y por fin algo con el tigre sabia q tenia q pasar algo :D
ResponderEliminarguardare n favoritos para estar atenta cuando halla otro capitulo
gracias por molestaros en escribir esto ... me ha encantado
HAAA LINDO LINDO!!! HAY NO KIERO K LE PASE ALGO A NINGUN ANIMAL SON MI DEBILIDAD
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