sábado, 19 de noviembre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Dos

 Benny hacía girar los pedales de su bicicleta de mon­taña cada vez más rápido.
 No le importaba la lluvia que caía sobre el camino que llevaba al 
Bosque del Ruiseñor y no vio el enorme charco que tenía delante.

Aunque sabía que le convenía mantenerse tan alejada de él como le fuera posible, Ro bajó corriendo las escaleras y le suplicó:
-No lo hagas. Ha habido ráfagas de nieve toda la no­che. Y hace demasiado viento.
-Me estás tentando...
-¡Intento explicarte que es peligroso!
-¿Y no es eso lo que hace que merezca la pena?
-Ningún avión va a querer despegar en un día como éste -dijo Rochi, aunque pensó que los famosos como Gastón pueden conseguir que la gente haga prácticamente cual­quier cosa.
-No creo que tuviese demasiados problemas para en­contrar un piloto. En caso de que pensara saltar en caída libre.
-Llamaré a Nicolás -amenazó ella-. Seguro que le in­teresará saber la poca seriedad con que te tomas su suspen­sión.
-Ahora me estás asustando. Seguro que eras una de esas mocosas que se chivaban al profesor cuando los niños se por­taban mal.
-No fui al colegio con niños hasta los quince años, así que perdí esa oportunidad.
-Es verdad. Sos una niña rica, ¿no?
-Rica y consentida -mintió Ro-. ¿Y qué me dices de vos?
Tal vez si le distraía con un poco de conversación se ol­vidaría de saltar en caída libre.
-Clase media, y consentido seguro que no.
Gas todavía parecía inquieto, así que Ro se esforzó en pensar en algo de que hablar; entonces advirtió sobre la mesilla del café dos libros que antes no estaban allí. Los mi­ró con más detenimiento y vio que uno era el nuevo de Scott Turow, y el otro, un volumen bastante erudito sobre el Cos­mos que ella había empezado a leer, pero que había acabado cambiando por algo más ligero.
-¿Vos lees? -preguntó de pronto la chica.
El rubio hizo una mueca mientras se repanchigaba en el sofá desmontable.
-Sólo cuando no encuentro a nadie que lea para mí.
-Muy gracioso.
Rocío se acomodó en el extremo opuesto del sofá, des­contenta de haber descubierto que, en contra de lo que creía, le gustaban los libros. Cafre se acercó a ella, dispuesto a pro­tegerla en caso de que a Gastón se le pasase por la cabeza volver a hacerle una llave.
«Ni se te ocurra.»
-Muy bien, confieso que no sos tan... intelectualmen­te incapacitado como aparentas.
-Deja que anote eso en mi diario -repuso él.
Rochi había tendido su trampa con bastante eficacia.
-En ese caso, ¿por qué no dejas de hacer estupideces?
-¿Como por ejemplo?
-Como saltar en caída libre. Esquiar desde un helicóp­tero. Y luego esa carrera de motocross que hiciste tras el sta­ge de pretemporada.
-Pareces saber mucho acerca de mí.
-Sólo porque formas parte del negocio familiar, no te creas que es nada personal. Además, todo Chicago sabe lo que has estado haciendo.
-La prensa siempre hace una montaña de nada.
-No es exactamente nada -dijo Rochi sacándose las zapatillas de cabeza de conejo, y se sentó encima de sus pies-. No lo entiendo. Siempre has sido el modelo a seguir para los deportistas profesionales. No conduces borracho ni pegas a las mujeres. Llegas puntual a los entrenamientos y te quedas lo que haga falta. Ni escándalos de juego, ni te gusta figurar, ni dices demasiadas tonterías. Y de repente te desencadenas.
-Yo no me he desencadenado.
-¿Y cómo le llamas a eso, si no?
Gas ladeó la cabeza.
-Te han enviado aquí para espiarme, ¿verdad?
Rocío se rió, aun a riesgo de que eso comprometiera su papel de arpía rica.
-Soy la última persona en la que confiarían para un tra­bajo de equipo. Soy un poco loca -confesó y, trazando una X sobre su corazón, añadió-: Vamos, Gastón, lo juro, no diré nada. Dime qué te pasa.
-Me gusta divertirme un poco, y no pienso pedir dis­culpas por eso.
Rocío quería más, así que prosiguió con su misión de ex­ploración.
-¿Y tus amiguitas no se preocupan por ti?
-Si lo que te interesa es mi vida amorosa, sólo tienes que preguntar. Así podré experimentar el placer de decirte que te metas en tus asuntos.
-¿Y por qué iba yo a estar interesada en tu vida amo­rosa?
-Eso decímelo vos.
Ella le miró recatadamente y precisó:
-Sólo me gustaría saber dónde encuentras a tus muje­res... ¿En catálogos internacionales? ¿O tal vez en la red? Sé que hay grupos especializados en ayudar a los hombres ame­ricanos solitarios a encontrar mujeres extranjeras, he visto las fotos. «Rusa preciosa de veintiún años. Toca el piano clá­sico desnuda, escribe novelas eróticas en su tiempo libre, quiere compartir su encanto con un tonto yanqui.»
Por desgracia, Gas en lugar de ofenderse, se echó a reír.
-También salgo con mujeres americanas.
-Estoy convencida de que no son muchas.
-¿No te han dicho nunca que eres demasiado metida?
-Soy escritora. Es lo que tiene la profesión.
Tal vez era su imaginación, pero él no parecía tan in­quieto como cuando se había sentado, así que decidió seguir indagando.
-Háblame de tu familia.
-No hay mucho que decir. Soy un H.P.
«¿ Harto de premios?»
-¿Hombre patético?
Gastón hizo una mueca y, tras apoyar las piernas en el borde de la mesilla del café, explicó:
-Hijo de un predicador. Cuarta generación, según co­mo lo cuentes.
-Ah, sí, recuerdo haberlo leído. Cuarta generación, ¿eh?
-Mi padre era un ministro metodista, hijo de un ministro metodista, que era el nieto de uno de los antiguos jinetes me­todistas que llevaron el Evangelio al salvaje Oeste.
-De ahí debe de venir tu sangre aventurera. Del bisa­buelo jinete.
-Seguro que no viene de mi padre. Era una gran perso­na, pero no se puede decir que le gustase el riesgo. Era más bien un intelectualoide. Como vos -dijo sonriendo-. Sólo que más educado.
Ella hizo oídos sordos y preguntó:
-¿Falleció?
-Sí, hace unos seis años. Tenía cincuenta y un años cuan­do nací yo.
-¿Y tu madre?
-La perdí hace año y medio. También era mayor. Una gran lectora, directora de la sociedad de historia, especiali­zada en genealogía. Los veranos eran el momento culminante de la vida de mis padres.
-¿Hacían pesca submarina en las Bahamas?
-Más bien no -contestó riendo-. Íbamos to­dos a un campamento de la iglesia metodista en el norte de Michigan. Ha pertenecido a mi familia desde hace genera­ciones.
-¿Tu familia era propietaria de un campamento?
-Enterito, con cabañas y un gran tabernáculo antiguo de madera para los servicios eclesiásticos. Tuve que acom­pañarles todos los veranos hasta que cumplí los quince; lue­go me rebelé.
-Seguro que debían de preguntarse cómo te habían criado.
Gastón cerró los ojos y admitió:
-Todos los días. ¿Y qué me decís de vos?
-Soy huérfana. -Rochi pronunció la palabra sin mos­trar tristeza, tal como siempre lo hacía cuando alguien le pre­guntaba, pero se sintió incómoda.
-Creía que Barto sólo se había casado con coristas de Las Vegas -dijo Gas apartando la mirada de los cabellos car­mesíes de Rochi y centrándola en sus modestos pechos con una expresión tal en los ojos que a Ro le quedó claro que él no creía que pudiera haber lentejuelas en sus genes.
-Mi madre estaba en el coro de The Sands. Fue la ter­cera esposa de Bartolomé, y murió cuando yo tenía dos años, mien­tras volaba hacia Aspen para celebrar el divorcio.
-¿Mery y vos no tuvieron la misma madre?
-No, la madre de Mery fue su primera esposa. Esta­ba en el coro de The Flamingo.
-No llegué a conocer a Bartolomé Igarzabal, pero por lo que he oído no debía ser fácil convivir con él.
-Por suerte, me envió a un internado a los cinco años. An­tes de eso, recuerdo a un enorme desfile de niñeras muy atractivas.
-Qué interesante.
Gastón bajó los pies de la mesilla del café y cogió las ga­fas de sol Rayban con montura plateada que había dejado allí. Rochi las miró con envidia. Doscientos setenta dólares en Marshall Field's.

Daphne se puso sobre la nariz las gafas de sol que le habían caído a Benny del bolsillo y se inclinó para con­templar su reflejo en el estanque. Parfait! (Daphne con­sideraba que el francés era el mejor idioma para admirar su aspecto físico.)
-¡Eh! -gritó Benny a su espalda.
¡Plop! Las gafas de sol le resbalaron por la nariz y ca­yeron al estanque.

Gastón se levantó del sofá y Rochi sintió que su energía llenaba toda la habitación.
-¿Adónde vas? -le preguntó.
-Saldré fuera un rato. Necesito un poco de aire fresco.
-¿Fuera, adónde?
Gastón desplegó las varillas de sus gafas de sol con un mo­vimiento deliberado.
-Ha sido agradable charlar con vos, pero creo que ya he tenido bastantes preguntas de la dirección por ahora.
-Ya te he dicho que no pertenezco a la dirección -in­sistió Rocío.
-Tienes una participación financiera en los Stars. En mi diccionario eso significa dirección.
-De acuerdo. Pues la dirección quiere saber adónde vas.
-A esquiar. ¿Tienes algún problema con eso?
Ella no, pero estaba convencida de que Nico sí lo tendría.
-Sólo hay una pista de esquí alpino por aquí cerca, y el descenso es de sólo treinta y seis metros. Es un reto insufi­ciente para vos.
-Maldita sea -masculló Gas.
Rochi se esforzó por disimular que la situación la di­vertía.
-Entonces haré esquí de fondo-dijo Gas-. Me han dicho que hay algunas pistas de primera categoría por aquí.
-No hay nieve suficiente -repuso Ro.
-¡Pues iré a buscar ese aeródromo! -dijo dirigiéndo­se al armario de los abrigos.
-¡No! Iremos... Iremos de excursión.
-¿De excursión? -A juzgar por la cara que puso Gastón, se diría que le acababan de proponer ir a observar pá­jaros.
Rochi pensó rápidamente.
-El camino que recorre los peñascos es muy traicione­ro. Es tan peligroso que lo cierran cuando hace viento o hay algún leve indicio de nieve, pero conozco una forma de ac­ceder a él. Es estrecho y siempre está helado, y si das un solo paso en falso, te precipitarás a una muerte segura.
-Te lo estás inventando.
-No tengo tanta imaginación.
-Eres escritora.
-De libros infantiles. Totalmente no violentos. Ahora, si quieres quedarte aquí de pie charlando toda la mañana, es cosa tuya. Pero a mí me gustaría un poco de aventura. Finalmente había conseguido captar su interés.
-Entonces en marcha -añadió Rochi.

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