El
agudo murmullo de voces excitadas captó su atención y observó que otro grupo de
niños de la escuela vecina llegaba al circo. Durante toda la mañana habían
llegado al recinto un grupo de escolares tras otro. Con tantos niños
merodeando, Rocío se había asegurado de que la jaula de Tater estuviera bien cerrada, algo que disgustaba al elefantito.
Esta vez los niños eran muy pequeños. Debían ser de jardín de infancia.
Miró
con tristeza a la profesora de mediana edad que los acompañaba. Puede que ese
trabajo no le gustara a mucha gente, pero era el que deseaba desempeñar ella.
Observó
la soltura con la que la profesora vigilaba que los niños no se descontrolaran
y, por un momento, Rocío se imaginó que era ella. No se entretuvo con esa
fantasía demasiado tiempo. Para ser profesora se necesitaba un título
universitario, y ella ya era demasiado mayor para ponerse a estudiar.
No
pudo resistirse a acercarse a los niños cuando se aproximaron a la jaula de Sinjun, que tenía una cinta alrededor
para que los pequeños visitantes no se acercaran demasiado. Después de sonreír
a la profesora, se dirigió a una niña con rostro de querubín que miraba al
tigre con temor.
—Se
llama Sinjun y es un tigre siberiano.
Los siberianos son los tigres más grandes que existen.
—¿Come
gente? —preguntó la pequeña.
—No
come personas, pero es carnívoro. Eso quiere decir que come carne.
La
pequeña se mostró más animada.
—Mi
jerbo come comida de jerbo.
Rocío
se rió. La maestra sonrió.
—Parece
que sabe mucho sobre tigres. ¿Le importaría contarle a los niños algo sobre Sinjun?
Una
oleada de excitación atravesó a Rocío.
—¡Me
encantaría! —Rápidamente rebuscó en su mente todo lo que había aprendido sobre
los animales en sus recientes visitas a la biblioteca y agarró aquellos
detalles que los niños pudieran comprender. —Hace cien años, los tigres vagaban
libres por muchas partes del mundo, pero ahora ya no es así. La gente comenzó a
vivir en las tierras que habitaban los tigres... —siguió hablándoles sobre
aquellos felinos, sobre su lenta extinción, y se sintió gratificada al ver que
los niños escuchaban atentamente sus palabras.
—¿Podemos
darle mimitos? —preguntó uno de ellos.
—No.
Ya es mayor y tiene malas pulgas. No entendería que no quieres hacerle daño. No
es como los perros o los gatos.
Siguió
contestando a un gran número de preguntas, incluyendo varias sobre las
necesidades fisiológicas de Sinjun y
que provocó un coro de risitas tontas, escuchó atentamente la historia de uno
de los niños sobre un perro que había muerto y el anuncio de que otro que
acababa de pasar la varicela. Eran tan ricos que Rocío podría haberse pasado
todo el día hablando con ellos.
Cuando
la clase se dispuso a seguir adelante, la profesora le agradeció la explicación
y la pequeña de mejillas sonrosadas le dio un abrazo. Rocío se sintió como si
flotara en una nube.
Siguió
observándolos mientras se acercaba a la caravana para disfrutar de un almuerzo
rápido. Se detuvo de golpe cuando una familiar figura, embutida en unos
pantalones marrón oscuro y una pálida camisa amarilla, salió del vagón rojo.
Rocío era incapaz de creer lo que veía. En ese momento fue consciente de las
ropas sucias y del despeinado cabello que lucía, resultado del último aseo de Glenna.
—Hola,
Rocío.
—¿Papá?
¿Qué haces aca? —Su padre era una figura tan poderosa en la mente de Rocío que
la joven rara vez notaba que éste poseía una constitución bastante menuda,
apenas un poco más alto que ella. Era la imagen de la opulencia y la elegancia,
con aquel cabello canoso cortado por un experto peluquero —que se pasaba por la
oficina de su padre una vez a la semana, —el reloj de oro y los mocasines
italianos con un discreto adorno dorado en el empeine. Era difícil imaginárselo
abandonando la dignidad el tiempo suficiente como para enamorarse de una modelo
y concebir una hija ilegítima, pero Rocío era la prueba viviente de que su
padre había sido humano una vez.
—He
venido a ver a Gastón.
—Ah.
—Se esforzó por ocultar el dolor que le producía saber que no había ido a verla
a ella.
—También
quería saber cómo te iba.
—¿Y?
—Quería
asegurarme de que aún estabas con él, que no habías hecho ninguna tontería.
Por
un momento Rocío se preguntó si Gastón le habría hablado del dinero robado,
pero al instante supo que no lo había hecho. Esa certeza la consoló.
—Como
puedes ver, todavía estoy aca. Si me acompañas a la caravana te serviré algo de
beber. O te prepararé un sándwich si tienes hambre.
—Una
taza de té estaría bien.
Lo
condujo hasta la caravana. Bartolomé se detuvo al ver el deteriorado exterior.
—Dios
mío. No me digas que vivís aca.
Rocío
se sintió impulsada a defender su pequeño hogar.
—El
interior está mucho mejor; lo he arreglado. Abrió la puerta y lo invitó a
entrar, pero a pesar de los cambios que ella había hecho, Bartolomé no se
sintió más impresionado con el interior que con el exterior.
—Creo
que Gastón podría haber conseguido algo mejor.
Aunque
resultara extraño, aquella crítica la hizo ponerse a la defensiva.
—Es
perfecto para nosotros.
Bartolomé
se quedó mirando la única cama de la caravana durante un buen rato. Rocío creía
que la imagen lo haría sentir incómodo, pero si fue así, ella no lo notó.
Mientras
ponía el agua a hervir en la cocina, él sacudió el sofá antes de sentarse, como
si temiera contraer alguna enfermedad. Rocío se sentó frente a él mientras
esperaba a que el agua hirviera.
El
incómodo silencio que se extendió entre ellos fue roto finalmente por su padre.
—¿Cómo
se llevan Gastón y vos?
—Bien.
—Es
un hombre estupendo. Casi nadie logra sobreponerse a una infancia como la suya.
¿Te ha contado cómo nos conocimos?
—Me
ha dicho que le salvaste la vida.
—No
sé si eso será cierto, pero cuando lo conocí su tío le estaba dando una paliza
detrás de unas camionetas. Lo sujetaba contra el suelo con un pie mientras lo
azotaba con un látigo.
Rocío
se sorprendió. Gastón le había dicho que había sido maltratado, pero oírlo de
labios de su padre lo hacía parecer aún más horrible.
—La
camisa de Gastón estaba hecha jirones. Tenía contusiones rojos por toda la
espalda; algunos de ellos sangraban. Su tío lo maltrataba por alguna tontería
mientras lo azotaba con todas sus fuerzas. —Rocío cerró con fuerza los ojos,
deseando que su padre dejara de hablar, pero él continuó. —Lo que más me
impactó es que Gastón se mantenía en absoluto silencio. No lloraba. No pedía
ayuda. Sólo aguantaba. Fue lo más trágico que he visto en mi vida.
Rocío
se sintió enferma. No era de extrañar que Gastón no creyera en el amor.
Su
padre se reclinó en el sofá.
—Irónicamente
yo no tenía ni idea de quién era el niño. Por aquel entonces Sergey Dalmau
viajaba en el viejo Circo Curzon y decidí ir a verlo a donde se habían
instalado en Fort Lee. Por supuesto, había oído rumores sobre la relación
familiar. Incluso la había investigado para asegurarme de que era auténtica,
pero siempre soy escéptico con historias como ésas y, al principio, no me lo
creí.
Aunque
Rocío conocía la pasión de su padre por la historia rusa, no sabía que ésta se
extendiera hasta el circo. Cuando la tetera comenzó a silbar, se dirigió ni
fogón.
—Pero
la relación es autentica. Los Dalmau son una de las familias más famosas de la
historia del circo —dijo Rocío .
Él
la miró con extrañeza mientras ella comenzaba t preparar el té.
—¿Los
Dalmau?
—Al
parecer la mayoría de las generaciones conservó el apellido de las mujeres. ¿No
te parece algo inusual?
—Más
bien irrelevante. Los Dalmau eran campesinos, Rocío. Gente del circo. —Apretó
los labios con desdén. —Por lo único que me interesaba Sergey Dalmau era por
los rumores que corrían sobre el matrimonio de su hermana, Katya, la madre de
Gastón.
—¿A
qué te refieres?
—Lo
que me interesaba era la familia del padre de Gastón. El hombre con el que se
casó Katya Dalmau. Por el amor de Dios, Rocío, los Dalmau no son importantes.
¿Acaso no sabes nada de tu marido?
—Sé
muy poco —admitió ella. Llevó las dos tazas al sofá y le tendió una. Sujetó su
taza con ambas manos mientras tomaba asiento en el otro extremo del sofá.
—Pensé
que te lo habría contado, pero es tan reservado que es normal que no te haya
dicho nada.
—¿Decirme
qué? —Rocío llevaba tiempo esperando eso, pero ahora que llegaba el momento no
estaba segura de querer saberlo.
Un
leve temblor de excitación tiñó la voz de Bartolomé cuando se lo explicó.
—Gastón
es un Romanov, Rocío.
—¿Un
Romanov?
—Por
la línea paterna.
La
primera reacción de Rocío fue de diversión, pero ésta se desvaneció al darse
cuenta de que su padre estaba tan obsesionado por la historia rusa que había
estado investigando en todos los circos.
—Papá,
eso no es cierto. Gastón no es un Romanov. Es un Dalmau de los pies a la
cabeza. La historia de los Romanov es sólo parte de su número; algo que se
inventó para hacerlo más apasionante.
—No
insultes mi inteligencia, Rocío. No me dejaría engañar por un cuento chino.
—Cruzó las piernas. —No tienes ni idea de cuánto investigué antes de llegar a
esta conclusión. Cuando supe que Gastón era un auténtico Romanov, lo aparté de
Sergey Dalmau, que aún tardó diez años en morir. Me encargué de la educación de
Gastón, que había sido abominable hasta ese momento. Lo metí en un internado,
pero insistió en pagarse él mismo la universidad, por lo cual fue imposible
mantenerlo alejado del mundo del circo. ¿Crees que hubiera hecho todo eso si no
hubiera estado absolutamente seguro de quién era?
Un
helado escalofrío recorrió la espalda de Rocío,
—¿Y
quién es exactamente?
Bartolomé
volvió a reclinarse en el sofá.
—Gastón
es el bisnieto de zar Nicolás II.
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