viernes, 18 de noviembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Quince


El agudo murmullo de voces excitadas captó su atención y observó que otro grupo de niños de la escuela vecina llegaba al circo. Durante toda la mañana habían llegado al recinto un grupo de escolares tras otro. Con tantos niños merodeando, Rocío se había asegurado de que la jaula de Tater estuviera bien cerrada, algo que disgustaba al elefantito. Esta vez los niños eran muy pequeños. Debían ser de jardín de infancia.
Miró con tristeza a la profesora de mediana edad que los acompañaba. Puede que ese trabajo no le gustara a mucha gente, pero era el que deseaba desempeñar ella.
Observó la soltura con la que la profesora vigilaba que los niños no se descontrolaran y, por un momento, Rocío se imaginó que era ella. No se entretuvo con esa fantasía demasiado tiempo. Para ser profesora se necesitaba un título universitario, y ella ya era demasiado mayor para ponerse a estudiar.
No pudo resistirse a acercarse a los niños cuando se aproximaron a la jaula de Sinjun, que tenía una cinta alrededor para que los pequeños visitantes no se acercaran demasiado. Después de sonreír a la profesora, se dirigió a una niña con rostro de querubín que miraba al tigre con temor.
—Se llama Sinjun y es un tigre siberiano. Los siberianos son los tigres más grandes que existen.
—¿Come gente? —preguntó la pequeña.
—No come personas, pero es carnívoro. Eso quiere decir que come carne.
La pequeña se mostró más animada.
—Mi jerbo come comida de jerbo.
Rocío se rió. La maestra sonrió.
—Parece que sabe mucho sobre tigres. ¿Le importaría contarle a los niños algo sobre Sinjun?
Una oleada de excitación atravesó a Rocío.
—¡Me encantaría! —Rápidamente rebuscó en su mente todo lo que había aprendido sobre los animales en sus recientes visitas a la biblioteca y agarró aquellos detalles que los niños pudieran comprender. —Hace cien años, los tigres vagaban libres por muchas partes del mundo, pero ahora ya no es así. La gente comenzó a vivir en las tierras que habitaban los tigres... —siguió hablándoles sobre aquellos felinos, sobre su lenta extinción, y se sintió gratificada al ver que los niños escuchaban atentamente sus palabras.
—¿Podemos darle mimitos? —preguntó uno de ellos.
—No. Ya es mayor y tiene malas pulgas. No entendería que no quieres hacerle daño. No es como los perros o los gatos.
Siguió contestando a un gran número de preguntas, incluyendo varias sobre las necesidades fisiológicas de Sinjun y que provocó un coro de risitas tontas, escuchó atentamente la historia de uno de los niños sobre un perro que había muerto y el anuncio de que otro que acababa de pasar la varicela. Eran tan ricos que Rocío podría haberse pasado todo el día hablando con ellos.
Cuando la clase se dispuso a seguir adelante, la profesora le agradeció la explicación y la pequeña de mejillas sonrosadas le dio un abrazo. Rocío se sintió como si flotara en una nube.
Siguió observándolos mientras se acercaba a la caravana para disfrutar de un almuerzo rápido. Se detuvo de golpe cuando una familiar figura, embutida en unos pantalones marrón oscuro y una pálida camisa amarilla, salió del vagón rojo. Rocío era incapaz de creer lo que veía. En ese momento fue consciente de las ropas sucias y del despeinado cabello que lucía, resultado del último aseo de Glenna.
—Hola, Rocío.
—¿Papá? ¿Qué haces aca? —Su padre era una figura tan poderosa en la mente de Rocío que la joven rara vez notaba que éste poseía una constitución bastante menuda, apenas un poco más alto que ella. Era la imagen de la opulencia y la elegancia, con aquel cabello canoso cortado por un experto peluquero —que se pasaba por la oficina de su padre una vez a la semana, —el reloj de oro y los mocasines italianos con un discreto adorno dorado en el empeine. Era difícil imaginárselo abandonando la dignidad el tiempo suficiente como para enamorarse de una modelo y concebir una hija ilegítima, pero Rocío era la prueba viviente de que su padre había sido humano una vez.
—He venido a ver a Gastón.
—Ah. —Se esforzó por ocultar el dolor que le producía saber que no había ido a verla a ella.
—También quería saber cómo te iba.
—¿Y?
—Quería asegurarme de que aún estabas con él, que no habías hecho ninguna tontería.
Por un momento Rocío se preguntó si Gastón le habría hablado del dinero robado, pero al instante supo que no lo había hecho. Esa certeza la consoló.
—Como puedes ver, todavía estoy aca. Si me acompañas a la caravana te serviré algo de beber. O te prepararé un sándwich si tienes hambre.
—Una taza de té estaría bien.
Lo condujo hasta la caravana. Bartolomé se detuvo al ver el deteriorado exterior.
—Dios mío. No me digas que vivís aca.
Rocío se sintió impulsada a defender su pequeño hogar.
—El interior está mucho mejor; lo he arreglado. Abrió la puerta y lo invitó a entrar, pero a pesar de los cambios que ella había hecho, Bartolomé no se sintió más impresionado con el interior que con el exterior.
—Creo que Gastón podría haber conseguido algo mejor.
Aunque resultara extraño, aquella crítica la hizo ponerse a la defensiva.
—Es perfecto para nosotros.
Bartolomé se quedó mirando la única cama de la caravana durante un buen rato. Rocío creía que la imagen lo haría sentir incómodo, pero si fue así, ella no lo notó.
Mientras ponía el agua a hervir en la cocina, él sacudió el sofá antes de sentarse, como si temiera contraer alguna enfermedad. Rocío se sentó frente a él mientras esperaba a que el agua hirviera.
El incómodo silencio que se extendió entre ellos fue roto finalmente por su padre.
—¿Cómo se llevan Gastón y vos?
—Bien.
—Es un hombre estupendo. Casi nadie logra sobreponerse a una infancia como la suya. ¿Te ha contado cómo nos conocimos?
—Me ha dicho que le salvaste la vida.
—No sé si eso será cierto, pero cuando lo conocí su tío le estaba dando una paliza detrás de unas camionetas. Lo sujetaba contra el suelo con un pie mientras lo azotaba con un látigo.
Rocío se sorprendió. Gastón le había dicho que había sido maltratado, pero oírlo de labios de su padre lo hacía parecer aún más horrible.
—La camisa de Gastón estaba hecha jirones. Tenía contusiones rojos por toda la espalda; algunos de ellos sangraban. Su tío lo maltrataba por alguna tontería mientras lo azotaba con todas sus fuerzas. —Rocío cerró con fuerza los ojos, deseando que su padre dejara de hablar, pero él continuó. —Lo que más me impactó es que Gastón se mantenía en absoluto silencio. No lloraba. No pedía ayuda. Sólo aguantaba. Fue lo más trágico que he visto en mi vida.
Rocío se sintió enferma. No era de extrañar que Gastón no creyera en el amor.
Su padre se reclinó en el sofá.
—Irónicamente yo no tenía ni idea de quién era el niño. Por aquel entonces Sergey Dalmau viajaba en el viejo Circo Curzon y decidí ir a verlo a donde se habían instalado en Fort Lee. Por supuesto, había oído rumores sobre la relación familiar. Incluso la había investigado para asegurarme de que era auténtica, pero siempre soy escéptico con historias como ésas y, al principio, no me lo creí.
Aunque Rocío conocía la pasión de su padre por la historia rusa, no sabía que ésta se extendiera hasta el circo. Cuando la tetera comenzó a silbar, se dirigió ni fogón.
—Pero la relación es autentica. Los Dalmau son una de las familias más famosas de la historia del circo —dijo Rocío .
Él la miró con extrañeza mientras ella comenzaba t preparar el té.
—¿Los Dalmau?
—Al parecer la mayoría de las generaciones conservó el apellido de las mujeres. ¿No te parece algo inusual?
—Más bien irrelevante. Los Dalmau eran campesinos, Rocío. Gente del circo. —Apretó los labios con desdén. —Por lo único que me interesaba Sergey Dalmau era por los rumores que corrían sobre el matrimonio de su hermana, Katya, la madre de Gastón.
—¿A qué te refieres?
—Lo que me interesaba era la familia del padre de Gastón. El hombre con el que se casó Katya Dalmau. Por el amor de Dios, Rocío, los Dalmau no son importantes. ¿Acaso no sabes nada de tu marido?
—Sé muy poco —admitió ella. Llevó las dos tazas al sofá y le tendió una. Sujetó su taza con ambas manos mientras tomaba asiento en el otro extremo del sofá.
—Pensé que te lo habría contado, pero es tan reservado que es normal que no te haya dicho nada.
—¿Decirme qué? —Rocío llevaba tiempo esperando eso, pero ahora que llegaba el momento no estaba segura de querer saberlo.
Un leve temblor de excitación tiñó la voz de Bartolomé cuando se lo explicó.
—Gastón es un Romanov, Rocío.
—¿Un Romanov?
—Por la línea paterna.
La primera reacción de Rocío fue de diversión, pero ésta se desvaneció al darse cuenta de que su padre estaba tan obsesionado por la historia rusa que había estado investigando en todos los circos.
—Papá, eso no es cierto. Gastón no es un Romanov. Es un Dalmau de los pies a la cabeza. La historia de los Romanov es sólo parte de su número; algo que se inventó para hacerlo más apasionante.
—No insultes mi inteligencia, Rocío. No me dejaría engañar por un cuento chino. —Cruzó las piernas. —No tienes ni idea de cuánto investigué antes de llegar a esta conclusión. Cuando supe que Gastón era un auténtico Romanov, lo aparté de Sergey Dalmau, que aún tardó diez años en morir. Me encargué de la educación de Gastón, que había sido abominable hasta ese momento. Lo metí en un internado, pero insistió en pagarse él mismo la universidad, por lo cual fue imposible mantenerlo alejado del mundo del circo. ¿Crees que hubiera hecho todo eso si no hubiera estado absolutamente seguro de quién era?
Un helado escalofrío recorrió la espalda de Rocío,
—¿Y quién es exactamente?
Bartolomé volvió a reclinarse en el sofá.
—Gastón es el bisnieto de zar Nicolás II.

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