—¡Ah! —grité medio asfixiada
cuando saltó sobre mí y caímos rodando.
Me di un costalazo en la
espalda y me aplastó contra el suelo con su peso y sus piernas, entrelazadas
con las mías. Me tapó la boca con una mano, pero conseguí liberar un brazo. En
las clases de autodefensa de mi antiguo colegio, siempre decían que había que
ir directo a los ojos, que había que sacárselos sin contemplaciones. Nunca
había dudado de poder hacerlo cuando se diera la ocasión, ya fuera para ponerme
a salvo o para ayudar a otra persona, pero estaba tan aterrorizada que no sabía
si podría soportarlo. Doblé los dedos, intentando armarme de valor.
—¿Has visto quién te seguía?
—susurró el tipo en ese momento.
Lo miré fijamente unos
instantes. El retiró la mano de mi boca para que pudiera responder. Pesaba
mucho y todo me daba vueltas.
—¿Te refieres además de ti?
—conseguí decir al fin.
—¿De mí? —No tenía ni idea
de qué le estaba hablando. El tipo lanzó una mirada furtiva a su espalda, como
si siguiera a la defensiva— Tú corrías porque te perseguía alguien... ¿no?
—Yo solo corría. El único
que me perseguía eras tú.
—Quieres decir que creías
que... —El tipo se apartó de mí de inmediato para que pudiera moverme—. Ah,
vaya, lo siento. No era mi intención... Tía, debo de haberte dado un susto de
muerte.
—Entonces, ¿tu intención era
ayudarme?
Tuve que decirlo en voz alta
antes de conseguir creérmelo. Él asintió vigorosamente con la cabeza. Tenía la
cara muy cerca de la mía, demasiado cerca, lo que me impedía ver nada más. Era
como si solo existiéramos nosotros y la niebla que se espesaba a nuestro
alrededor.
—Sé que debo de haberte
asustado y lo siento muchísimo. Creía que...
Sus palabras no estaban
sirviéndome de gran ayuda. Estaba cada vez más mareada, no menos. Necesitaba
aire y tranquilizarme, algo imposible mientras él estuviera tan cerca de mí. Lo
señalé con un dedo y dije algo que no creo haberle dicho a mucha gente, mucho
menos a un extraño, y mucho menos aún al extraño que más me había aterrado en
mi vida:
—¿Te... quieres... callar?
Se calló.
Dejé caer la cabeza contra
el suelo, soltando un suspiró. Me llevé las manos a los ojos y los apreté hasta
verlo todo rojo. Todavía tenía el sabor de la sangre en la boca y el corazón me
latía con tanta fuerza que era como si el pecho se estremeciera. Un poco más y
me meo encima, tal vez lo único que hubiera faltado para que aquella situación
fuera más humillante de lo que ya era de por sí. Sin embargo, me limité a
respirar hondo, poco a poco, hasta que me sentí con fuerzas para incorporarme.
El tipo seguía a mi lado.
—¿Por qué me has tirado al
suelo? —conseguí preguntarle.
—Pensé que teníamos que
ponernos a cubierto y escondernos de quien estuviera persiguiéndote, de ese que
al final ha resultado ser, esto... nadie.
Parecía bastante azorado.
Agachó la cabeza y lo miré
con tranquilidad por primera vez. La verdad es que no había tenido tiempo de
fijarme en nada: cuando lo primero que piensas de alguien es que es un «asesino
pirado», no te pones a analizar los detalles. Me di cuenta de que no se trataba
de un hombre adulto, como había creído. Aunque era alto y ancho de espaldas,
era joven, tal vez de mi misma edad. La carrera le había alborotado el pelo,
liso y de color rubio dorado, que le caía sobre la frente, ocultando unos ojos
verdes increíblemente oscuros. Tenía una mandíbula fuerte y angulosa, y un
cuerpo musculoso y robusto.
Sin embargo, lo más
sorprendente de todo era lo que llevaba bajo el abrigo negro: unas botas negras
bastante estropeadas, pantalones negros de lana y un jersey rojo oscuro de
cuello de pico adornado con un blasón: dos cuervos bordados a cada lado de una
espada plateada. El escudo de Mandalay.
—Eres alumno de la escuela
—dije.
—Bueno, voy a serlo
—contestó en voz baja, como si temiera volver a asustarme—. ¿Y tú?
Asentí con la cabeza
mientras me deshacía el moño para volver a hacérmelo.
—Es mi primer año. Mis
padres encontraron trabajo de profesores, así que... me toca pasar por el aro.
Pareció sorprenderse porque
frunció el ceño. De repente su mirada se volvió más inquieta e insegura, aunque
se repuso enseguida y me tendió la mano.
—Gastón Dalmau.
—Hola. —Me resultaba extraño
presentarme a alguien a quien cinco minutos antes creía decidido a matarme—
Rocío Igarzabal.
—El corazón te va a mil por
hora —murmuró Gastón. Volvió a mirarme con ojos inquisidores y me puse
nerviosa, aunque por motivos distintos—. Vale, si no corrías porque te
perseguía alguien, entonces ¿por qué corrías de esa manera? Porque a mí no me
pareció que estuvieras haciendo footing precisamente.
Le habría mentido si se me
hubiera ocurrido alguna excusa creíble, pero no fue así.
—He madrugado para... Bueno,
para escaparme.
—¿Tus padres no te tratan
bien? ¿Te pegan?
—¡No! No es eso. —Me sentí
muy ofendida, pero comprendí que era lógico que Gastón dedujera algo por el
estilo. ¿Por qué si no alguien en su sano juicio iba a adentrarse en el bosque
antes de que saliera el sol y echar a correr como si le fuera la vida en ello?
Acabábamos de conocernos, así que Gastón tal vez asumía que estaba tratando con
una persona cuerda. Decidí no mencionarle lo de la pesadilla recurrente, no
fuera que eso acabara de inclinar la balanza hacia «chiflada»—. Es que no
quiero ir a esa escuela. Me gustaba la de mi pueblo y, además, la Academia Mandalay
es... Es tan...
—Pone los pelos de punta.
—Eso.
—¿Adonde ibas? ¿Has
encontrado trabajo en alguna parte o algo así?
Estaba sonrojada y no solo
por el esfuerzo físico de la carrera.
—Ah, no. En realidad no me
escapaba de verdad, solo estaba llevando a cabo una... declaración de principios.
O algo así. Pensé que si hacía una cosa por el estilo, mis padres por fin
comprenderían lo mucho que detesto estar aquí y tal vez nos iríamos.
Gastón me miró incrédulo y
luego sonrió. Su sonrisa transformó la extraña energía que se había ido acumulando
en mi interior y transformó el miedo en curiosidad, incluso en excitación.
—Como yo con el tirachinas.
—¿Qué?
—Cuando tenía cinco años,
pensaba que mis padres estaban siendo injustos conmigo y decidí irme de casa.
Me llevé el tirachinas porque ya era todo un machote, ya me entiendes, y podía
cuidar de mí mismo. Creo que también me llevé una linterna y un paquete de
Oreos.
A pesar del aturdimiento, se
me escapó una sonrisa.
—Creo que ibas mejor
preparado que yo.
—Salí muy digno de la casa
en que vivíamos y llegué hasta... el final del patio trasero, así que decidí
resistir desde allí mismo. Me quedé fuera todo el día, hasta que empezó a
llover. No se me había ocurrido coger un paraguas.
—Un plan estupendo.
—Suspiré.
—Lo sé, es patético. Volví a
entrar en casa, empapado y con dolor de estómago después de zamparme como unas
veinte Oreos, y mi madre, una señora muy inteligente aunque me saque de quicio,
fingió que no había ocurrido nada. — Gastón se encogió de hombros—. Lo mismo
que harán tus padres. Lo sabes, ¿no?
—Ahora sí.
Estaba tan decepcionada que
se me hizo un nudo en la garganta. En realidad había sabido desde el principio
cómo iba a terminar aquello, pero no podía quedarme de brazos cruzados; tal vez
solo lo había hecho para que quedara patente mi frustración antes que para
enviar un mensaje a mis padres.
En ese momento Gastón me
hizo una pregunta que me dejó descolocada:
—¿Quieres irte de aquí de
verdad?
—¿Te refieres a... huir? ¿A
escaparme de verdad?
Gastón asintió, y parecía
que lo decía muy en serio. Aunque no podía ser. Seguro que me lo había
preguntado para devolverme a la realidad.
—No, no quiero —admití al
final—. Volveré y me prepararé para ir al colé como una niña buena.
Otra vez esa sonrisa.
—Nadie te obliga a
comportarte como una niña buena.
Su modo de decirlo me
reconfortó.
—Es que... La Academia Mandalay...
No sé si voy a saber encajar en este lugar.
—Yo no me preocuparía por
eso. Puede que no sea tan malo no acabar de encajar en este lugar.
Me miró fijamente, muy
serio, como si supiera de otro lugar en que pudiera encajar mejor. O de veras
le gustaba o me lo estaba imaginando porque quería gustarle. La prácticamente
nula experiencia sobre el tema me impidió saberlo.
Me puse en pie a toda prisa.
—¿Y que hacías tú cuando me
viste? —le pregunté, mientras él también se ponía en pie.
—Ya te lo he dicho, creía
que necesitabas ayuda. Por aquí corre gente un poco chunga. No todo el mundo
sabe controlarse — Se sacudió unas cuantas agujas de pino del jersey— No
debería haberme precipitado en sacar conclusiones, pero me pudo el instinto. Lo
siento.
—No pasa nada, de verdad. Ya
sé que querías ayudarme. Me refería a que qué hacías antes de verme. La
presentación no empieza hasta dentro de unas horas y es muy temprano. Les
dijeron a los alumnos que llegaran sobre las diez.
—Nunca se me ha dado bien
seguir las normas.
Aquello empezaba a parecerme
interesante.
—Entonces... ¿Eres una
persona madrugadora, de esas que se levantan de un salto por las mañanas?
—Ni por asomo, todavía no me
he acostado. —Tenía una sonrisa cautivadora y ya me había dado cuenta de que
sabía cómo utilizarla. Y no me importaba— De todos modos, mi madre no podía
acompañarme. Está fuera, podríamos decir que de viaje de negocios. Cogí el tren
nocturno y decidí llegar a pie, para saber qué terreno pisaba y... rescatar
damiselas en apuros.
Al recordar a qué velocidad
había corrido tras de mí y comprender que lo había hecho para salvarme la vida,
el enfoque del recuerdo cambió por completo: todos mis miedos se desvanecieron
y sonreí.
—¿Por qué vienes a Mandalay?
A mí me toca pringar por mis padres, pero seguramente tú podrías ir a cualquier
otro sitio. A uno mejor. Como... no sé, cualquiera.
Gastón no pareció saber qué
responder. Iba apartando las ramas mientras nos abríamos camino por el bosque
para que no me dieran en la cara. Nunca antes me habían despejado el paso.
—Es una historia muy larga.
—No tengo prisa por volver.
Además, aún quedan cuatro horas hasta la presentación.
Gastón inclinó la cabeza,
pero no apartó la mirada de mí. Había algo indudablemente seductor en ese
movimiento, aunque no estaba segura de que él pretendiera producir ese efecto.
Tenía un color de ojos casi idéntico al de la hiedra que crecía en las torres
de Mandalay.
—Es que también es una
especie de secreto.
—Sé guardar secretos. Es
decir, tú vas a mantener en secreto este asunto por mí, ¿no? Me refiero a lo de
salir corriendo y morirme de miedo...
—No se lo contaré a nadie.
—Al cabo de unos segundos de vacilación, Gastíon acabó sincerándose— Hace unos
ciento cincuenta años un antepasado mío intentó entrar en el internado. Podría
decirse que suspendió. — Gastón se echó a reír, y fue como si la luz del sol
hubiera irrumpido entre los árboles— Por eso depende de mí «limpiar el honor de
la familia».
—No es justo. No deberías
tener que tomar todas tus decisiones en función de lo que él hiciera o dejara
de hacer.
—No todas, me dejan elegir
los calcetines.
Sonreí cuando se subió la
pernera para enseñarme el calcetín a rombos que asomaba por encima de la pesada
bota negra.
—¿Por qué suspendieron a tu
retatara lo que sea?
Gastón sacudió la cabeza
tristemente.
—Se batió en duelo la
primera semana.
—¿Un duelo? Venga, ¿alguien
insultó su honor? —Intenté recordar lo que había aprendido sobre los duelos en
las novelas y las películas románticas. Lo que estaba claro es que la historia
de Gastón era definitivamente mucho más interesante que la mía— ¿O fue por una
chica?
—Pues tendría que haber
aprovechado muy bien el tiempo para conocer a una chica en los primeros días de
escuela.
Gastón se detuvo, como si
acabara de darse cuenta de que era el primer día de clase y él ya había
conocido a una. Sentí un impulso, como si algo tirara físicamente de mí hacia
él, pero en ese momento Gastón volvió la cabeza y clavó la mirada en las torres
de Mandalay, que se veían entre las ramas de los pinos. Fue como si el edificio
lo hubiera ofendido.
—Pudo haber sido por
cualquier cosa. Entonces se batían en duelo a la mínima de cambio. Según la
leyenda familiar, empezó el otro tipo, aunque la verdad es que da igual. Lo que
importa es que sobrevivió, pero no sin antes romper una de las vidrieras del
vestíbulo.
—Ah, claro, hay una con cristales
transparentes y no sabía por qué.
—Ahora ya lo sabes. Desde
entonces, Mandalay le cerró las puertas a mí familia.
—Hasta ahora.
—Hasta ahora — convino — Y
no me importa. Creo que aquí aprenderé muchas cosas, pero eso no significa que
me tenga que gustar lo que veo.
—Pues yo no estoy segura de
que me guste nada —le confesé. «Salvo tú», añadió una vocecilla interior, que
se había envalentonado de repente.
Fue como si Gastón pudiera
oír esa voz, porque hubo algo perturbador en el modo en que se volvió para
mirarme. Debería parecer el típico chico estadounidense, con esos rasgos tan
marcados y el uniforme del colegio, pero no era así. Durante mi huida y en los
momentos posteriores, cuando él creía que estábamos intentando salvar la vida,
había percibido algo salvaje acechando bajo esa fachada.
—Me gustan las gárgolas, la
montaña y el aire puro. Eso es todo.
—¿Te gustan las gárgolas?
—Me gusta que los monstruos
sean más pequeños que yo.
—No me lo había planteado
nunca de ese modo.
Habíamos llegado al linde de
los prados. El sol brillaba con fuerza y tuve la sensación de que la escuela
despertaba y se preparaba para recibir a los alumnos y engullirlos a través de
la abovedada entrada de piedra.
—Le tengo pavor —confesé.
—Todavía no es demasiado
tarde para salir corriendo, Rocío —dijo con toda tranquilidad.
—No quiero salir corriendo,
pero tampoco quiero estar rodeada de extraños. Cuando estoy con gente que no
conozco soy incapaz de hablar, de actuar con normalidad o de ser yo misma...
¿Por qué sonríes?
—Pues a mí me parece que no
has tenido muchos problemas para hablar conmigo.
Parpadeé, sorprendida. Gastón
tenía razón. ¿Cómo era posible?
—Contigo... Supongo que...
Creo que me asustaste tanto que se me pasó el miedo de golpe —balbucí.
—Eh, pues si funciona.
—Sí — Sin embargo, tuve la
sensación de que había algo más. Los extraños seguían dándome pánico, pero él
no era un extraño. Había dejado de serlo en cuanto comprendí que había
intentado salvarme la vida. Tenía la sensación de conocer a Gastón desde
siempre, como si hubiera estado esperando su llegada durante años — Debo volver
antes de que mis padres se den cuenta de que no estoy.
—No dejes que te sermoneen.
—No lo harán.
Gastón no parecía tan
seguro, pero asintió y se alejó. Se perdió entre las sombras mientras yo
entraba en un cerco de luz.
—Nos vemos por aquí.
Levanté la mano para decirle
adiós, pero Gastón ya se había ido. Había desaparecido sigilosamente en el
bosque.
Que lindo capitulo! Confianzudos los dos jaja
ResponderEliminarmuy linda esta hitoria..... tu blog es hermoso... y esta es la nove mas linda de todas <3
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