miércoles, 16 de noviembre de 2011

Primera Parte, Capitulo Quince


Gastón estaba dormido cuando Rocío regresó a la caravana. La joven se desvistió tan silenciosamente como pudo y se puso una de las camisetas de su marido. Cuando se acercaba al sofá, oyó un ronco susurro:
—Esta noche no, Rocío. Te necesito.
Se giró y lo vio a través de la oscuridad. Tenía los ojos entrecerrados por el deseo. Estaba despeinado y la medalla esmaltada que le colgaba del cuello resplandecía bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Rocío aún podía oír en su mente el fuerte latido del corazón de Tater transmitiéndole un mensaje de amor incondicional. Sabía que no podía darle la espalda a Gastón en ese momento.
Esta vez no hubo sonrisas. Ni dulzura. La poseyó con ferocidad, casi con desesperación y, cuando todo terminó, Gastón se acurrucó detrás ella, sin soltarla. Se quedaron dormidos con la mano de él sosteniéndole un pecho.
Rocío no regresó al sofá la noche siguiente. A partir de ese día, compartió la cama con su marido mientras sentía que su corazón se inundaba de una emoción a la que no quería dar nombre.
Una semana más tarde, llegaron al centro de New Jersey. Instalaron el circo en el patio de una escuela situada en un barrio de las afueras, con casas blancas de dos plantas, columpios en los patios traseros y monovolúmenes en los garajes. De camino a la casa de fieras, donde Tater estaba atado, Rocío se pasó por el vagón rojo para hacer unos cambios en el pedido de pienso y, cuando entró, vio a Jack examinando algunas carpetas.
La saludó con una inclinación de cabeza. Ella le devolvió el saludo y se dirigió al escritorio para buscar los papeles que necesitaba. Sonó el móvil y lo agarró ella.
—Circo de los Hermanos Quest.
—Quería hablar con el doctor Dalmau —respondió un hombre con acento británico. —¿Podría avisarle?
Rocío se dejó caer en la silla.
—¿Con quién?
—Con el doctor Gastón Dalmau.
A Rocío comenzó a darle vueltas la cabeza.
—N-no está aquí en este momento. ¿Quiere dejar algún recado?
La mano le tembló al apuntar el nombre y el número. Cuando colgó sintió que se tambaleaba. ¡Gastón era doctor! Sabía que era un hombre culto y que tenía una vida oculta, pero jamás se había imaginado algo así.
El misterio que rodeaba a su marido era cada vez más profundo, pero no sabía cómo sonsacarle la verdad. Gastón seguía esquivando cualquier pregunta que le hiciera, seguía actuando como si no tuviera una existencia más allá del circo.
Se humedeció los labios resecos y miró a Jack.
—Era un hombre que quería hablar con Gastón. Lo llamó doctor Dalmau.
Jack metió varias carpetas en el cajón abierto del archivador sin mirarla.
—Déjale el mensaje en el escritorio. Lo verá cuando entre.
Jack no había mostrado reacción alguna, así que evidentemente sabía más de la vida de su marido que ella. Tal certeza le dolió.
—Debe de ser un descuido por su parte, pero Gastón no me ha dicho qué rama de la medicina practica.
Jack agarró otra carpeta.
—Tal vez porque no quiere que lo sepas.
Rocío se sentía carcomida por la frustración.
—Cuéntame lo que sabes de él, Jack.
—En el circo aprendemos a no meter las narices en la vida de los demás. Si alguien quiere hablar sobre su pasado, lo hace. Si no, es asunto suyo.
Ella se dio cuenta de que lo único que había conseguido era avergonzarse a sí misma. Hizo tiempo hojeando algunos periódicos y se escapó de allí lo más rápidamente que pudo.
Encontró a Gastón acuclillado junto a Misha, examinando la herradura del caballo. Lo observó durante un buen rato.
—Sos veterinario.
—¿De qué hablas?
—Sos veterinario.
—¿Desde cuándo?
—¿No lo sos?
—No sé de dónde sacas esas ideas.
—Acabas de recibir una llamada. Alguien quería hablar con el doctor Dalmau.
—¿Y?
—Si no sos veterinario, ¿qué tipo de doctor sos?
Él se puso en pie y palmeó el cuello de Misha.
—¿No has pensado que podía ser un apodo?
—¿Un apodo?
—De mis días de prisión. Ya sabes que los convictos le ponen apodos a todo el mundo.
—¡No has estado en prisión!
—Pero si lo dijiste tú misma. Por asesinar a aquella camarera.
Rocío pateó el suelo con frustración.
—¡Gastón Dalmau, decime ahora mismo a qué te dedicas cuando no estás en el circo!
—¿Por qué queres saberlo?
—¡Soy tu esposa! Merezco saber la verdad.
—Todo lo que necesitas saber es que tienes delante de vos a un antipático artista circense que posee un pésimo sentido del humor. No necesitas saber nada más.
—Eso es lo más indulgente y condescendiente...
—No es mi intención ser condescendiente, cariño. Pero no quiero que te hagas ilusiones. Esto es lo que hay. Una gira con el circo de los Hermanos Quest. Caravana y trabajo duro. —La expresión de Gastón se suavizó. —Hago lo que está en mi mano para no hacerte daño. Por favor, acéptalo y deja de hacerme preguntas.
Si hubiera sido hostil, lo habría desafiado, pero Rocío no pudo luchar contra esa repentina dulzura en su voz. Dio un paso atrás y observó las profundidades de sus ojos. Eran tan dorados como los de Sinjun, e igual de misteriosos.
—Esto no me gusta, Gastón —dijo ella con suavidad, —no me gusta nada. —Y se dirigió hacia la casa de fieras.
Un rato más tarde, Heather entró en la carpa. En ese momento, Rocío acababa de terminar de limpiar la jaula de Glenna con una manguera.
—¿Puedo hablar con vos?
—Sí. —Al cerrar la manguera, Rocío vio que la chica estaba tensa y que tenía ojeras.
—¿Por qué no le has contado a Eugenia lo del dinero?
Rocío enrolló la larga manguera y la sostuvo entre las manos.
—He decidido no hacerlo.
—¿No vas a decírselo?
Rocío negó con la cabeza.
Los ojos de Heather se llenaron de lágrimas.
—¿¡Por qué no vas a hacerlo después de todo lo que le he hecho!?
—Puedes devolverme el favor prometiéndome no fumar más.
—¡Bueno! Haré lo que sea. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí, Rocío . Nunca. —Heather agarró la manguera que Rocío acababa de enrollar. —Déjame ayudarte. Dime qué quieres que haga. Haré cualquier cosa.
—Gracias por la oferta, pero no es necesario. —Comenzó a enrollar la manguera de nuevo, pero esta vez la llevó afuera y la apoyó contra la carpa.
Heather la siguió.
—Haré lo que quieras... Sé que sólo soy una niña y todo eso, pero como no tenes amigos aca, quizá podríamos hacer cosas juntas. —Se detuvo a pensar qué podrían hacer para superar lo ocurrido, algo en lo que no importara la diferencia de edad. —Podríamos ir a comer pizza o algo por el estilo. O podríamos peinarnos la una a la otra.
Rocío no pudo evitar sonreír ante el tono esperanzado de la chica.
—Suena bien.
—Voy a recompensarte por esto, te lo prometo.
Algunas cosas no se podían arreglar, pero Rocío no se lo dijo a Heather. Había tomado una decisión: no pensaba dejar que la culpa pendiera sobre la cabeza de la adolescente.
Nicolás Pepper se acercó a ellas, con una expresión que no presagiaba nada bueno.
—¿Qué haces aquí, Heather? Te he dicho que te alejes de ella.
Heather se sonrojó.
—Rocío ha sido muy amable conmigo y quería ayudarla.
—Vete con Eugenia. Quiere practicar contigo la posición del pino.
Heather parecía cada vez más infeliz.
—Papá, Rocío es genial. No me gusta que pienses mal de ella. Es buenísima con los animales y me trata...
—Vete, Heather—dijo Rocío agradeciéndole el esfuerzo con un gesto de cabeza. —Gracias por ofrecerte a ayudar.
Heather se fue a regañadientes.
Nicolás parecía tan enfadado como un Silvestre Stallone con ración doble de testosterona.
—Mantente alejada de ella, ¿me oyes? Puede que Gastón esté ciego contigo, pero los demás no olvidamos lo que has hecho.
—No me avergüenzo de nada de lo que he hecho, Nicolás.
—¿No te avergüenzas de lo que has hecho? ¿Si se hubiera tratado de dos mil dólares en vez de doscientos estarías avergonzada? Lo siento, nena, pero para mí un ladrón es siempre un ladrón.
—¿Acaso llevas una vida tan recta que nunca has hecho nada de lo que te arrepientas?
—Nunca he robado nada, de eso puedes estar segura.
—Le robas seguridad en sí misma a tu hija. ¿Eso no cuenta?
Nicolás apretó los labios.
—No me des lecciones sobre cómo criar a mi hija. No es asunto tuyo ni de Eugenia. Ninguna de las dos tienen hijos, así que pueden cerrar sus malditas bocas.
Y se fue, con los músculos brillando y las plumas de la cola despeinadas.
Rocío suspiró con pesar. No daba una. Había discutido con Gastón y se había enfrentado a Jack y a Nicolás. ¿Qué más podía salir mal?

1 comentario: