Gastón
estaba dormido cuando Rocío regresó a la caravana. La joven se desvistió tan
silenciosamente como pudo y se puso una de las camisetas de su marido. Cuando
se acercaba al sofá, oyó un ronco susurro:
—Esta
noche no, Rocío. Te necesito.
Se
giró y lo vio a través de la oscuridad. Tenía los ojos entrecerrados por el
deseo. Estaba despeinado y la medalla esmaltada que le colgaba del cuello
resplandecía bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Rocío aún podía
oír en su mente el fuerte latido del corazón de Tater transmitiéndole un mensaje de amor incondicional. Sabía que
no podía darle la espalda a Gastón en ese momento.
Esta
vez no hubo sonrisas. Ni dulzura. La poseyó con ferocidad, casi con
desesperación y, cuando todo terminó, Gastón se acurrucó detrás ella, sin
soltarla. Se quedaron dormidos con la mano de él sosteniéndole un pecho.
Rocío
no regresó al sofá la noche siguiente. A partir de ese día, compartió la cama
con su marido mientras sentía que su corazón se inundaba de una emoción a la
que no quería dar nombre.
Una
semana más tarde, llegaron al centro de New Jersey. Instalaron el circo en el
patio de una escuela situada en un barrio de las afueras, con casas blancas de
dos plantas, columpios en los patios traseros y monovolúmenes en los garajes.
De camino a la casa de fieras, donde Tater
estaba atado, Rocío se pasó por el vagón rojo para hacer unos cambios en el
pedido de pienso y, cuando entró, vio a Jack examinando algunas carpetas.
La
saludó con una inclinación de cabeza. Ella le devolvió el saludo y se dirigió
al escritorio para buscar los papeles que necesitaba. Sonó el móvil y lo agarró
ella.
—Circo
de los Hermanos Quest.
—Quería
hablar con el doctor Dalmau —respondió un hombre con acento británico. —¿Podría
avisarle?
Rocío
se dejó caer en la silla.
—¿Con
quién?
—Con
el doctor Gastón Dalmau.
A
Rocío comenzó a darle vueltas la cabeza.
—N-no
está aquí en este momento. ¿Quiere dejar algún recado?
La
mano le tembló al apuntar el nombre y el número. Cuando colgó sintió que se
tambaleaba. ¡Gastón era doctor! Sabía que era un hombre culto y que tenía una
vida oculta, pero jamás se había imaginado algo así.
El
misterio que rodeaba a su marido era cada vez más profundo, pero no sabía cómo
sonsacarle la verdad. Gastón seguía esquivando cualquier pregunta que le
hiciera, seguía actuando como si no tuviera una existencia más allá del circo.
Se
humedeció los labios resecos y miró a Jack.
—Era
un hombre que quería hablar con Gastón. Lo llamó doctor Dalmau.
Jack
metió varias carpetas en el cajón abierto del archivador sin mirarla.
—Déjale
el mensaje en el escritorio. Lo verá cuando entre.
Jack
no había mostrado reacción alguna, así que evidentemente sabía más de la vida
de su marido que ella. Tal certeza le dolió.
—Debe
de ser un descuido por su parte, pero Gastón no me ha dicho qué rama de la
medicina practica.
Jack
agarró otra carpeta.
—Tal
vez porque no quiere que lo sepas.
Rocío
se sentía carcomida por la frustración.
—Cuéntame
lo que sabes de él, Jack.
—En
el circo aprendemos a no meter las narices en la vida de los demás. Si alguien
quiere hablar sobre su pasado, lo hace. Si no, es asunto suyo.
Ella
se dio cuenta de que lo único que había conseguido era avergonzarse a sí misma.
Hizo tiempo hojeando algunos periódicos y se escapó de allí lo más rápidamente
que pudo.
Encontró
a Gastón acuclillado junto a Misha, examinando la herradura del caballo. Lo
observó durante un buen rato.
—Sos
veterinario.
—¿De
qué hablas?
—Sos
veterinario.
—¿Desde
cuándo?
—¿No
lo sos?
—No
sé de dónde sacas esas ideas.
—Acabas
de recibir una llamada. Alguien quería hablar con el doctor Dalmau.
—¿Y?
—Si
no sos veterinario, ¿qué tipo de doctor sos?
Él
se puso en pie y palmeó el cuello de Misha.
—¿No
has pensado que podía ser un apodo?
—¿Un
apodo?
—De
mis días de prisión. Ya sabes que los convictos le ponen apodos a todo el
mundo.
—¡No
has estado en prisión!
—Pero
si lo dijiste tú misma. Por asesinar a aquella camarera.
Rocío
pateó el suelo con frustración.
—¡Gastón
Dalmau, decime ahora mismo a qué te dedicas cuando no estás en el circo!
—¿Por
qué queres saberlo?
—¡Soy
tu esposa! Merezco saber la verdad.
—Todo
lo que necesitas saber es que tienes delante de vos a un antipático artista
circense que posee un pésimo sentido del humor. No necesitas saber nada más.
—Eso
es lo más indulgente y condescendiente...
—No
es mi intención ser condescendiente, cariño. Pero no quiero que te hagas
ilusiones. Esto es lo que hay. Una gira con el circo de los Hermanos Quest.
Caravana y trabajo duro. —La expresión de Gastón se suavizó. —Hago lo que está
en mi mano para no hacerte daño. Por favor, acéptalo y deja de hacerme
preguntas.
Si
hubiera sido hostil, lo habría desafiado, pero Rocío no pudo luchar contra esa
repentina dulzura en su voz. Dio un paso atrás y observó las profundidades de
sus ojos. Eran tan dorados como los de Sinjun,
e igual de misteriosos.
—Esto
no me gusta, Gastón —dijo ella con suavidad, —no me gusta nada. —Y se dirigió
hacia la casa de fieras.
Un
rato más tarde, Heather entró en la carpa. En ese momento, Rocío acababa de
terminar de limpiar la jaula de Glenna
con una manguera.
—¿Puedo
hablar con vos?
—Sí.
—Al cerrar la manguera, Rocío vio que la chica estaba tensa y que tenía ojeras.
—¿Por
qué no le has contado a Eugenia lo del dinero?
Rocío
enrolló la larga manguera y la sostuvo entre las manos.
—He
decidido no hacerlo.
—¿No
vas a decírselo?
Rocío
negó con la cabeza.
Los
ojos de Heather se llenaron de lágrimas.
—¿¡Por
qué no vas a hacerlo después de todo lo que le he hecho!?
—Puedes
devolverme el favor prometiéndome no fumar más.
—¡Bueno!
Haré lo que sea. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí, Rocío . Nunca.
—Heather agarró la manguera que Rocío acababa de enrollar. —Déjame ayudarte.
Dime qué quieres que haga. Haré cualquier cosa.
—Gracias
por la oferta, pero no es necesario. —Comenzó a enrollar la manguera de nuevo,
pero esta vez la llevó afuera y la apoyó contra la carpa.
Heather
la siguió.
—Haré
lo que quieras... Sé que sólo soy una niña y todo eso, pero como no tenes
amigos aca, quizá podríamos hacer cosas juntas. —Se detuvo a pensar qué podrían
hacer para superar lo ocurrido, algo en lo que no importara la diferencia de
edad. —Podríamos ir a comer pizza o algo por el estilo. O podríamos peinarnos
la una a la otra.
Rocío
no pudo evitar sonreír ante el tono esperanzado de la chica.
—Suena
bien.
—Voy
a recompensarte por esto, te lo prometo.
Algunas
cosas no se podían arreglar, pero Rocío no se lo dijo a Heather. Había tomado
una decisión: no pensaba dejar que la culpa pendiera sobre la cabeza de la
adolescente.
Nicolás
Pepper se acercó a ellas, con una expresión que no presagiaba nada bueno.
—¿Qué
haces aquí, Heather? Te he dicho que te alejes de ella.
Heather
se sonrojó.
—Rocío
ha sido muy amable conmigo y quería ayudarla.
—Vete
con Eugenia. Quiere practicar contigo la posición del pino.
Heather
parecía cada vez más infeliz.
—Papá,
Rocío es genial. No me gusta que pienses mal de ella. Es buenísima con los
animales y me trata...
—Vete,
Heather—dijo Rocío agradeciéndole el esfuerzo con un gesto de cabeza. —Gracias
por ofrecerte a ayudar.
Heather
se fue a regañadientes.
Nicolás
parecía tan enfadado como un Silvestre Stallone con ración doble de
testosterona.
—Mantente
alejada de ella, ¿me oyes? Puede que Gastón esté ciego contigo, pero los demás
no olvidamos lo que has hecho.
—No
me avergüenzo de nada de lo que he hecho, Nicolás.
—¿No
te avergüenzas de lo que has hecho? ¿Si se hubiera tratado de dos mil dólares
en vez de doscientos estarías avergonzada? Lo siento, nena, pero para mí un
ladrón es siempre un ladrón.
—¿Acaso
llevas una vida tan recta que nunca has hecho nada de lo que te arrepientas?
—Nunca
he robado nada, de eso puedes estar segura.
—Le
robas seguridad en sí misma a tu hija. ¿Eso no cuenta?
Nicolás
apretó los labios.
—No
me des lecciones sobre cómo criar a mi hija. No es asunto tuyo ni de Eugenia.
Ninguna de las dos tienen hijos, así que pueden cerrar sus malditas bocas.
Y
se fue, con los músculos brillando y las plumas de la cola despeinadas.
Rocío
suspiró con pesar. No daba una. Había discutido con Gastón y se había
enfrentado a Jack y a Nicolás. ¿Qué más podía salir mal?
Pero la pucha! No le sale ni una bien a Rochi
ResponderEliminar