Rocío
tragó saliva.
—¿Quieres
que me desnude?
Sabía
que parecía idiota, pero Gastón la había agarrado por sorpresa. ¿Qué quería
decir exactamente con que «se sentía violento»? Miró al otro lado de la
caravana el látigo que él había dejado enrollado sobre el brazo del sofá. Sabía
que le había asustado muchísimo al decirle que lo amaba, pero ella no se había
esperado esa reacción. Aun así, sabiendo que aquél era un tema delicado para
Gastón, debería haber imaginado que reaccionaría de manera exagerada.
—Deja
de perder el tiempo. —Gastón se quitó la camiseta. Los vaqueros le caían a la
altura de las caderas, haciéndole parecer oscuro y peligroso. Estaba medio
desnudo y mostraba esa flecha de vello rubio que le dividía el estómago plano
en dos y que indicaba el camino del peligro con la misma sutileza que un
letrero de neón.
—Cuando
dices que te sientes violento...
—Quiero
decir que es el momento de mostrarte algo diferente.
—Para
ser sinceros, no creo que aún esté preparada para eso.
—Pensaba
que habías dicho que me amabas, Rocío, demuéstramelo. —Definitivamente Gastón
la estaba retando, y Rocío contó mentalmente hasta diez.
—No soy de esos hombres románticos que regalan
flores. Lo sabes. Me gusta el sexo. Me gusta practicarlo a menudo y no me gusta
contenerme.
«¡Dios!
Sí que le había asustado.» Rocío se mordisqueó el labio inferior. A pesar de lo
que ella había dicho antes, Gastón no era previsible, así que debía ser
cautelosa. Por otra parte, Tater y
sus compañeros le habían ensenado una regla básica para tratar con bestias
grandes. Si retrocedes, te aplastan.
—Muy
bien —dijo. —¿Qué quieres que haga?
—Ya
te lo he dicho. Desnúdate.
—Te
he dicho que quería hacerte el amor, nada más.
—Quizá
yo no quiera hacer el amor. Quizá sólo quiera follar.
Era
un cebo; uno que, evidentemente, Gastón quería que picara. Rocío tuvo que
morderse la lengua para no caer en la trampa. Si perdía la calma le estaría
siguiendo el juego, que era justo lo que él quería. Tenía que hacerle frente de
alguna manera y tenía que ser ella la que dictara las normas. Lo amaba
demasiado para dejar que la intimidara.
Consideró
sus opciones, luego se levantó de la cama y comenzó a desnudarse. Él no dijo
nada; se limitó a observarla. Rocío se quitó los zapatos y se deshizo del
maillot, pero cuando se quedó en bragas y sujetador, se detuvo indecisa. Gastón
estaba muy excitado, un hecho que revelaban los ceñidos vaqueros, y su estado
de ánimo era tan volátil que ella no sabía qué esperar. Quizá lo mejor sería
distraerlo. Puede que de esa manera lograra ganar un poco de tiempo.
Desde
la charla que había mantenido con su padre, Rocío no había tenido oportunidad
de hablar con Gastón sobre su asombroso origen. Si ahora sacaba el tema a
colación, puede que le pillara desprevenido. Una conversación sobre sus
orígenes familiares podría calmar el imprevisible humor de su marido.
—Mi
padre me ha dicho que tu padre era un Romanov.
—Quítame
los vaqueros.
—Y
no cualquier Romanov. Me ha dicho que eres el nieto del zar Nicolás II.
—No
quiero tener que repetírtelo.
Gastón
la miró con tal arrogancia que no le resultó difícil imaginarlo sentado en el
trono de Catalina la Grande
mientras le ordenaba a alguna de las obstinadas mujeres Petroff que se lanzara
al Volga.
—Dice
que eres el heredero de la corona rusa.
—Calla
y haz lo que te digo.
Rocío
contuvo un suspiro. «Señor, qué difícil estaba siendo.» Parecía que no había
nada como una declaración de amor para que ese ruso se lanzara al ataque. A
Rocío le costó trabajo sostenerle la mirada con algo de dignidad cuando sólo
llevaba puesta la ropa interior y él parecía tan alarmantemente omnipotente,
pero lo hizo lo mejor que pudo. Estaba claro que ése no era el momento adecuado
para obtener las respuestas que deseaba de él.
—Y
cuando me quites los vaqueros, hazlo de rodillas —le dijo Gastón con desdén.
«¡Mamón
insufrible!»
Él
apretó los labios.
—Ahora.
Rocío
respiró hondo tres veces. Nunca hubiera imaginado que él la presionaría de esa
manera. Le sorprendía cómo reaccionaba un hombre bajo los efectos del miedo. Y
ahora tenía intención de presionarla para que ella retirara aquella declaración
de amor. ¿Cuántos tigres tenía que domesticar en un día?
Al
estudiar los arrogantes ojos entornados de Gastón, la llamarada insolente de
sus fosas nasales, Rocío sintió una inesperada oleada de ternura. Pobrecito. Se
enfrentaba al miedo de la única manera que sabía y castigarlo sólo lo pondría
más a la defensiva. «Oh, Gastón, ¿qué le hizo el látigo de tu tío?»
Lo
miró a los ojos y se puso de rodillas. La inundó una oleada de sensaciones al
ver lo excitado que estaba. Ni siquiera el miedo podía evitarlo. Gastón cerró
los puños.
—¡Maldita
sea! ¿Y tu orgullo?
Rocío
se sentó sobre los talones y miró aquella cara dura e inflexible; esa
combinación eslava de pómulos prominentes y profundas sombras, así como las
pálidas líneas de tensión que le enmarcaban la boca.
—¿Mi
orgullo? Está en mi corazón, por supuesto.
—¡Estás
permitiendo que te humille!
Ella
sonrió.
—Tú
no puedes humillarme. Sólo yo puedo rebajarme. Y me arrodillo ante ti para
desnudarte porque eso me excita.
Un
traidor silencio se extendió entre ellos. Gastón parecía muy torturado y a
Rocío le dolió verlo así. Se inclinó hacia él y apretó los labios contra aquel
duro abdomen, justo encima de la cinturilla de los vaqueros. Le dio un ligero
mordisco, luego tiró del botón hasta que cedió bajo sus dedos y le bajó la
cremallera.
A
Gastón se le puso la piel de gallina.
—No
te comprendo en absoluto. —Su voz sonó áspera.
—Creo
que a mí sí. Es a vos mismo a quien no comprendes.
Gastón
la agarró por los hombros y la hizo ponerse de pie. Sus ojos parecían tan
oscuros e infelices que ella no podía soportar mirarlos.
—¿Qué
voy a hacer contigo? —dijo él.
—¿Quizá
corresponder a mi amor?
Gastón
respiró hondo antes de cubrirle la boca con la suya. Rocío sintió su
desesperación, pero no sabía cómo ayudarlo. El beso los capturó a los dos. Los
envolvió como un ciclón.
Rocío
no supo cómo se despojaron de la ropa, pero antes de darse cuenta estaban
desnudos sobre la cama. Una sensación cálida y ardiente comenzó a extenderse
por su vientre. La boca de Gastón estaba en su hombro, en sus pechos, rozándole
los pezones. La besó en el vientre. Rocío abrió las piernas para él y permitió
que le subiera las rodillas.
—Voy
a tocarte por todas partes —le prometió él contra la suave piel del interior de
sus muslos. Y lo hizo. Oh, cómo lo hizo. Puede que no la amara con el corazón,
pero la amaba con su cuerpo, y lo hizo con una desenfrenada generosidad que la
llenó de deseo. Rocío aceptó todo lo que él quiso darle y se lo devolvió a su
vez, usando las manos y los pechos, la calidez de su boca y el roce de su piel.
Cuando
finalmente él se hundió profundamente en su interior, Rocío lo envolvió con las
piernas aferrándose a él.
—Sí
—susurró ella. —Oh, sí.
Las
barreras entre ellos desaparecieron y mientras buscaban juntos el éxtasis, ella
comenzó a murmurar:
—Oh,
sí. Me gusta eso. Me encanta... Sí. Más profundo. Oh, sí. Justo así...
Rocío
siguió susurrando aquellas palabras, guiada, por el instinto y la pasión. Si
dejaba de hablar, él trataría de olvidar quién era ella y la convertiría en un
cuerpo anónimo. Y eso no podía consentirlo. Era Rocío. Era su esposa.
Así
que habló, se aferró a él y juntos alcanzaron el éxtasis.
Finalmente,
la oscuridad dejó paso a la luz.
—Ha
sido sagrado.
—No
ha sido sagrado. Ha sido sexo.
—Hagámoslo
de nuevo.
—Vamos
a cien por hora, no hemos dormido más de tres horas y llegamos con retraso a
Allentown.
—Estirado.
—¿A
quién llamas estirado?
—A
vos.
La
miró de reojo, con una chispa diabólica en los ojos.
—A
ver si te atreves a repetirlo cuando estés desnuda.
No
volverás a verme desnuda hasta que admitas que ha sido sagrado.
—¿Y
si admito que fue especial? Porque fue muy especial.
Ella
le dirigió una mirada engreída y lo dejó pasar. La noche anterior había sido
más que especial y los dos lo sabían. Rocío lo había sentido en la urgencia con
la que habían hecho el amor y en la forma en que se habían abrazado después.
Cuando se habían mirado a los ojos no se habían ocultado nada, no se habían
reservado nada.
Esa
mañana, Rocío esperaba que él volviera a las nidadas y que actuara de la misma
manera hosca y distante de siempre. Pero para su sorpresa, él se había mostrado
tierno y cariñosamente burlón. Como si se hubiera rendido. Rocío quería creer
con cada latido de su romántico corazón que su marido se había enamorado de
ella, pero sabía que eso no sería fácil. Por ahora, agradecía que Gastón
hubiera bajado la guardia.
ame este capitulo super hot y romantico!!!
ResponderEliminarEstan on fire!!!!! jajaja. Lo ame ame ame!
ResponderEliminarsoy @aguscha333 jajaja