¿Y qué si es el chico más caliente de la escuela?
Lo que cuenta es cómo te trata.
«<Demasiado caliente para manejarlo?»
Rocío Igarzabal para Chik
Gastón recordó de pronto que había estado demasiado ocupado con su
whisky escocés como para activar el sistema de seguridad de la casa. Un
despiste afortunado. Así iba a tener algo de distracción.
La casa estaba fría y oscura. Gastón sacó los pies descalzos del sofá
con la intención de levantarse y tropezó con la mesilla del café. Soltó una
retahíla de tacos mientras se frotaba la barbilla y saltó hacia la puerta.
¿Quién iba a pensar que pelearse con un ladrón acabaría siendo para él ser el
mejor momento de la semana? Gastón deseó que aquel mal nacido estuviera
armado.
Esquivó un bulto macizo que supuso que debía ser una butaca y pisó
algo pequeño y puntiagudo, probablemente una de las piezas de Lego que había
visto esparcidas por el suelo. Era una casa grande y lujosa que, construida en
lo más profundo de los bosques de Wisconsin, estaba prácticamente rodeada de
árboles salvo por su parte posterior, que daba a las aguas gélidas del lago
Michigan.
-Maldita oscuridad -refunfuñó mientras avanzaba guiándose por el
sonido de los rasguños, y justo cuando alcanzó la puerta, oyó el chasquido le
la cerradura y la puerta empezó a abrirse.
Gas sintió aquella subida de adrenalina que tanto le encantaba, y,
con un ágil movimiento, empujó la puerta contra la pared y asió a la persona
que había al otro lado.
El tipo tenía que ser un peso mosca, porque salió volando.
Y también un afeminado, a juzgar por el tono del grito que soltó
cuando cayó en el suelo.
Por desgracia, llevaba un perro. Un perro grande.
A Gastón se le había erizado el pelo del cogote cuando oyó el
espeluznante rugido de un perro de defensa. Antes de que le diera tiempo a
protegerse, el animal ya le había mordido el tobillo.
Gastón desplegó los reflejos que le estaban convirtiendo en una
leyenda, y, mientras intentaba liberarse del mordisco que le atenazaba los
huesos del tobillo, se lanzó hacia el interruptor. La luz inundó el recibidor
y se dio cuenta de dos cosas.
No le estaba atacando ningún rottweiler. Y no era un hombre el que
soltaba esos chillidos de pánico.
-Oh, mierda...
En el suelo de pizarra, a sus pies, yacía una mujer pequeña y
chillona con el pelo del color de la camiseta de los San Francisco 49ers. Y,
aferrado a su tobillo, agujereando sus vaqueros preferidos, había un pequeño y
blanco...
La palabra se le fue de la cabeza.
Las cosas que llevaba la mujer cuando la había empujado estaban
esparcidas por doquier. Mientras intentaba deshacerse del perro, vio montones
de libros, material de dibujo, dos cajas de galletas de mantequilla y un par
de zapatillas con una cabeza de conejo grande y rosa en la punta.
Finalmente logró liberarse del perro gruñón. La mujer se incorporó
dificultosamente y adoptó lo que parecía ser una pose de artes marciales.
Gastón abrió la boca para explicarse, pero antes de poder pronunciar palabra
ella le había dado una patada en la parte posterior de la rodilla. Lo siguiente
que pensó Gas es que estaba despedido.
-Vaya... A los Giants les costó tres cuartos de hora para hacer eso.
Cuando había caído al suelo, ella llevaba puesto un abrigo, pero a él
lo único que lo protegía, de ese suelo de pizarra era una fina tela vaquera. Gastón
retrocedió y rodó de espaldas. De un salto, el perro se le plantó encima del
pecho y empezó a ladrarle echándole su aliento perruno en la cara mientras
las puntas del pañuelito que llevaba atado al cuello no dejaban de darle en la
nariz.
-¡Has intentado matarme! -chilló la mujer con la expresión de
ferocidad que le conferían los reflejos rojos de su pelo.
-No ha sido adrede.
Gastón sabía que la había visto antes, pero no lograba recordar por
nada del mundo quién era.
-¿Puedes llamar a tu «pit-bull»?
La cara de pánico de ella había dejado paso a la furia, y apretó los
dientes como el perro.
-Ven aquí, Cafre.
El bicho gruñó y se desenganchó del pecho de Gas. Finalmente cayó en
la cuenta.
«Oh, mierda...», pensó.
-Eres... la hermana de María. ¿Te has hecho daño...? -dijo buscando un
nombre-. ¿Señorita Igarzabal?
Como era él el que yacía en el suelo con un golpe en la cadera y
heridas de mordiscos en el tobillo, consideró que se trataba más bien de una
pregunta de cortesía.
-¡Es la segunda vez en dos días! -exclamó ella.
-No sé de qué me...
-¡La segunda vez! ¿Estás pirado, estúpido tejón? ¿Es ése tu problema?
¿O es que eres idiota?
-Pues eso, yo... ¿Me has llamado «tejón»?
Rochi pestañeó.
-Cojón. Te he llamado cojón.
-Ah, eso está mejor.
Por desgracia, su poco convincente intento de bromear no la hizo
sonreír.
El «pit-bull» se retiró junto a su dueña. Gastón se incorporó en el
suelo de pizarra y se frotó el tobillo, mientras intentaba recordar todo lo
que podía acerca de la hermana de su jefa, pero sólo logró recordar que era una
intelectualoide. La había visto unas cuantas veces en las oficinas de los Stars
con la cabeza metida en algún libro, aunque sin duda no llevaba el pelo de ese
color. Se hacía difícil de creer que María y ella fueran parientes, porque ésta
estaba lejos de ser un bombón. Aunque tampoco estaba mal. Era bastante del
montón: era plana allí donde Mery tenía unas buenas curvas, y bajita mientras
que su hermana era alta. Al contrario que la de su hermana, la boca de ésta no
parecía diseñada para susurrar obscenidades bajo las sábanas. Al contrario: la
boca de la hermana pequeña de Mery sugería que se pasaba todo el día exigiendo
silencio en alguna biblioteca.
No necesitaba el testimonio de todos aquellos libros esparcidos para
saber que era el tipo de mujer que menos le gustaba: inteligente y demasiado
seria. Y probablemente sería además de las que hablan: un tanto más en su
contra. En pro de la justicia, sin embargo, tenía que darle una nota muy alta
al poderío de sus ojos. Eran de un color poco común, un tono entre el miel y el
pardo verdoso, con un atractivo sesgo, igual que sus cejas, que casi se tocaban
mientras le echaba la bronca. Maldita sea. ¡La hermana de María! Y él que creía
que esa semana ya no podía ir peor.
-¿Te has hecho daño? -le preguntó.
El verde de su iris adquirió el color exacto de una tarde de verano en
Illinois antes de activarse la sirena de tornados. Ya había logrado enojar a
todos los miembros de la familia propietaria de los Stars, excepto tal vez a,
los niños. Debía de tener un don.
Más le valía intentar arreglar la situación, y como el encanto era su
traje de gala, le lanzó una sonrisa y dijo:
-No quería asustarte. Pensaba que eras un ladrón.
-¿Qué estás haciendo aquí?
Incluso antes de oír sus gritos, Gastón se dio cuenta de que lo del
encanto no funcionaba. Y no perdía de vista la postura de kung fu de la mujer.
-Nicolás me sugirió que subiera aquí unos días, para aclararme las
ideas... -hizo una pausa-. Cosa que a mí no me hace ninguna falta.
Rochi pulsó un interruptor y dos rústicos candelabros de hierro de
pared se encendieron e iluminaron los rincones oscuros.
La casa estaba hecha de troncos, pero tenía seis dormitorios y un
techo de vigas de madera que daba cabida a dos plantas, de modo que no se
parecía en nada a una cabaña de la frontera. Las ventanas eran tan grandes que
daba la sensación de que el bosque formaba parte del interior, y en la enorme
chimenea de piedra que dominaba un extremo de la sala se podría haber asado un
bisonte. Todos los muebles eran grandes, sobrecargados y cómodos, diseñados
para soportar los abusos de una gran familia. A un lado, una ancha escalera
conducía a la segunda planta, que disponía de un pequeño desván en un extremo.
Gas se inclinó para recoger las cosas que habían quedado
desperdigadas por el suelo. Examinó las zapatillas.
-¿No te pones nerviosa cuando las llevas durante la temporada de
caza?
Ella intentó arrebatárselas.
-Dámelas.
-Tampoco pensaba ponérmelas. Sería difícil que los chicos siguieran
respetándome después de eso.
Ella no sonrió en
absoluto cuando él le devolvió las zapatillas.
-Hay una casa de huéspedes no muy lejos de aquí -dijo Ro-. Seguro que
podrán darte habitación para esta noche.
-Es demasiado tarde para que me eches. Además, a mí me han invitado.
-Es mi casa. Quedas desinvitado.
Rocío colocó su abrigo en uno de los sofás y se dirigió a la cocina.
El «pit-bull» dobló el labio y mantuvo la cola bien levantada, como quien
hace esto obsceno con el dedo. Cuando al
perro le quedó claro que Gas había captado el mensaje, salió trotando tras su
dueña.
Gastón los siguió. La cocina era espaciosa y cómoda; los armarios eran
Craftsman y se disfrutaba de una visión panorámica del lago Michigan desde
todas las ventanas. Rochi dejó sus paquetes en una mesa de centro pentagonal
rodeada de seis taburetes.
Esa mujer tenía ojo para la moda, eso había que admitirlo. Llevaba
unos pantalones ajustados de color gris marengo y un jersey ancho de un tono
gris metálico que a Gastón le hizo pensar en una armadura. Con esos cabellos
cortos llameantes, podría ser Juana de Arco justo después de prender la
cerilla. La ropa parecía de marca, aunque no nueva, lo que era raro, porque
recordaba haber oído que había heredado la fortuna de Bartolomé Igarzabal.
Aunque Gas era rico, se había ganado el dinero una vez formada ya su
personalidad. Según su experiencia, la gente que ha crecido entre riquezas no
comprende lo que es el esfuerzo, y no había conocido a muchos que le cayesen
bien. Esa niña rica y esnob no sería una excepción.
-Esto... ¿señorita Igarzabal? Antes de que me eches... Sin duda no has
avisado a los Riera de que subías aquí; de lo contrario, te habrían comentado
que el lugar ya estaba ocupado.
-Tengo derechos. Se entiende -dijo arrojando las galletas a un cajón y
cerrándolo de golpe. Luego estudió a Gastón: estaba tenso, nerviosísimo-. No te
acuerdas de mi nombre, ¿verdad?
-Claro que me acuerdo -replicó mientras buscaba en su memoria sin
obtener ningún resultado.
-Nos han presentado al menos tres veces.
-Algo totalmente innecesario, porque tengo muy buena memoria para los
nombres.
-No para el mío. Lo has olvidado.
-Por supuesto que no.
Ella le miró fijamente durante un largo rato; él, sin embargo, estaba
acostumbrado a actuar bajo presión, y no tuvo ningún problema en esperar a que
fuera ella quien lo dijera.
-Es Daphne -le dijo.
-¿Y por qué me dices algo que ya sé? ¿Eres así de paranoica con todo
el mundo, Daphne?
Rochi apretó los labios y murmuró algo entre dientes. Gastón habría
jurado que había vuelto a oír la palabra «tejón».
Me mata este capitulo. Es lo más, porque Gaston no se acuerda el nombre de ella, y encima Rochi le dice que se llama Daphne. Ahora entiendo eso lo de tejon, creo que no habia leido la primera parte. Me gusto mucho el capitulo. Espero el proximo Javi!!! (:
ResponderEliminarGas sintió aquella subida de adrenalina que tanto le en¬cantaba, y, con un ágil movimiento, empujó la puerta contra la pared y asió a la persona que había al otro lado.
ResponderEliminar- Bestiaaa!!! Es una mujer!!!
Un perro grande.
A Gastón se le había erizado el pelo del cogote cuando oyó el espeluznante rugido de un perro de defensa
- Cafre??? Grande??? Ehhh???
pero antes de poder pronunciar palabra ella le había dado una patada en la parte posterior de la rodilla
- Noooo, nooo q es deportistaaa!!! (X cierto es futbolista o q cosa ya me olvide???)
porque ésta estaba lejos de ser un bombón
- guachooooooooo!!!
¿Y por qué me dices algo que ya sé? ¿Eres así de para¬noica con todo el mundo, Daphne?
- Maldito tejoooooooooon!!!
HAY NO SE ACUERDA EL NOMBRE JAJA ES RE GRACIOSO!!! Y ELLA Q RE SABE K NO SE ACUERDA DE ELLA ...HA QUIERO MAS!!!MUY ANSIOSA!!!
ResponderEliminar