domingo, 13 de noviembre de 2011

Primera Parte, Capitulo Dos


¿Y qué si es el chico más caliente de la escuela? Lo que cuenta es cómo te trata.
«<Demasiado caliente para manejar­lo?»
Rocío Igarzabal para Chik

Gastón recordó de pronto que había estado demasiado ocupado con su whisky escocés como para activar el siste­ma de seguridad de la casa. Un despiste afortunado. Así iba a tener algo de distracción.
La casa estaba fría y oscura. Gastón sacó los pies descal­zos del sofá con la intención de levantarse y tropezó con la mesilla del café. Soltó una retahíla de tacos mientras se fro­taba la barbilla y saltó hacia la puerta. ¿Quién iba a pensar que pelearse con un ladrón acabaría siendo para él ser el me­jor momento de la semana? Gastón deseó que aquel mal na­cido estuviera armado.
Esquivó un bulto macizo que supuso que debía ser una butaca y pisó algo pequeño y puntiagudo, probablemente una de las piezas de Lego que había visto esparcidas por el suelo. Era una casa grande y lujosa que, construida en lo más profundo de los bosques de Wisconsin, estaba prácticamen­te rodeada de árboles salvo por su parte posterior, que daba a las aguas gélidas del lago Michigan.
-Maldita oscuridad -refunfuñó mientras avanzaba guiándose por el sonido de los rasguños, y justo cuando al­canzó la puerta, oyó el chasquido le la cerradura y la puer­ta empezó a abrirse.
Gas sintió aquella subida de adrenalina que tanto le en­cantaba, y, con un ágil movimiento, empujó la puerta contra la pared y asió a la persona que había al otro lado.
El tipo tenía que ser un peso mosca, porque salió vo­lando.
Y también un afeminado, a juzgar por el tono del grito que soltó cuando cayó en el suelo.
Por desgracia, llevaba un perro. Un perro grande.
A Gastón se le había erizado el pelo del cogote cuando oyó el espeluznante rugido de un perro de defensa. Antes de que le diera tiempo a protegerse, el animal ya le había mor­dido el tobillo.
Gastón desplegó los reflejos que le estaban convirtiendo en una leyenda, y, mientras intentaba liberarse del mordisco que le atenazaba los huesos del tobillo, se lanzó hacia el in­terruptor. La luz inundó el recibidor y se dio cuenta de dos cosas.
No le estaba atacando ningún rottweiler. Y no era un hombre el que soltaba esos chillidos de pánico.
-Oh, mierda...
En el suelo de pizarra, a sus pies, yacía una mujer pe­queña y chillona con el pelo del color de la camiseta de los San Francisco 49ers. Y, aferrado a su tobillo, agujereando sus vaqueros preferidos, había un pequeño y blanco...
La palabra se le fue de la cabeza.
Las cosas que llevaba la mujer cuando la había empuja­do estaban esparcidas por doquier. Mientras intentaba des­hacerse del perro, vio montones de libros, material de dibu­jo, dos cajas de galletas de mantequilla y un par de zapatillas con una cabeza de conejo grande y rosa en la punta.
Finalmente logró liberarse del perro gruñón. La mujer se incorporó dificultosamente y adoptó lo que parecía ser una pose de artes marciales. Gastón abrió la boca para expli­carse, pero antes de poder pronunciar palabra ella le había dado una patada en la parte posterior de la rodilla. Lo si­guiente que pensó Gas es que estaba despedido.
-Vaya... A los Giants les costó tres cuartos de hora para hacer eso.
Cuando había caído al suelo, ella llevaba puesto un abri­go, pero a él lo único que lo protegía, de ese suelo de pizarra era una fina tela vaquera. Gastón retrocedió y rodó de espal­das. De un salto, el perro se le plantó encima del pecho y em­pezó a ladrarle echándole su aliento perruno en la cara mien­tras las puntas del pañuelito que llevaba atado al cuello no dejaban de darle en la nariz.
-¡Has intentado matarme! -chilló la mujer con la ex­presión de ferocidad que le conferían los reflejos rojos de su pelo.
-No ha sido adrede.
Gastón sabía que la había visto antes, pero no lograba re­cordar por nada del mundo quién era.
-¿Puedes llamar a tu «pit-bull»?
La cara de pánico de ella había dejado paso a la furia, y apretó los dientes como el perro.
-Ven aquí, Cafre.
El bicho gruñó y se desenganchó del pecho de Gas. Fi­nalmente cayó en la cuenta.
«Oh, mierda...», pensó.
-Eres... la hermana de María. ¿Te has hecho daño...? -dijo buscando un nombre-. ¿Señorita Igarzabal?
Como era él el que yacía en el suelo con un golpe en la cadera y heridas de mordiscos en el tobillo, consideró que se trataba más bien de una pregunta de cortesía.
-¡Es la segunda vez en dos días! -exclamó ella.
-No sé de qué me...
-¡La segunda vez! ¿Estás pirado, estúpido tejón? ¿Es ése tu problema? ¿O es que eres idiota?
-Pues eso, yo... ¿Me has llamado «tejón»?
Rochi pestañeó.
-Cojón. Te he llamado cojón.
-Ah, eso está mejor.
Por desgracia, su poco convincente intento de bromear no la hizo sonreír.
El «pit-bull» se retiró junto a su dueña. Gastón se incor­poró en el suelo de pizarra y se frotó el tobillo, mientras in­tentaba recordar todo lo que podía acerca de la hermana de su jefa, pero sólo logró recordar que era una intelectualoide. La había visto unas cuantas veces en las oficinas de los Stars con la cabeza metida en algún libro, aunque sin duda no lle­vaba el pelo de ese color. Se hacía difícil de creer que María y ella fueran parientes, porque ésta estaba lejos de ser un bombón. Aunque tampoco estaba mal. Era bastante del montón: era plana allí donde Mery tenía unas buenas cur­vas, y bajita mientras que su hermana era alta. Al contrario que la de su hermana, la boca de ésta no parecía diseñada para su­surrar obscenidades bajo las sábanas. Al contrario: la boca de la hermana pequeña de Mery sugería que se pasaba to­do el día exigiendo silencio en alguna biblioteca.
No necesitaba el testimonio de todos aquellos libros es­parcidos para saber que era el tipo de mujer que menos le gustaba: inteligente y demasiado seria. Y probablemente se­ría además de las que hablan: un tanto más en su contra. En pro de la justicia, sin embargo, tenía que darle una nota muy alta al poderío de sus ojos. Eran de un color poco común, un tono entre el miel y el pardo verdoso, con un atractivo sesgo, igual que sus cejas, que casi se tocaban mientras le echaba la bronca. Maldita sea. ¡La hermana de María! Y él que creía que esa semana ya no podía ir peor.
-¿Te has hecho daño? -le preguntó.
El verde de su iris adquirió el color exacto de una tarde de verano en Illinois antes de activarse la sirena de tor­nados. Ya había logrado enojar a todos los miembros de la familia propietaria de los Stars, excepto tal vez a, los niños. Debía de tener un don.
Más le valía intentar arreglar la situación, y como el en­canto era su traje de gala, le lanzó una sonrisa y dijo:
-No quería asustarte. Pensaba que eras un ladrón.
-¿Qué estás haciendo aquí?
Incluso antes de oír sus gritos, Gastón se dio cuenta de que lo del encanto no funcionaba. Y no perdía de vista la pos­tura de kung fu de la mujer.
-Nicolás me sugirió que subiera aquí unos días, para acla­rarme las ideas... -hizo una pausa-. Cosa que a mí no me hace ninguna falta.
Rochi pulsó un interruptor y dos rústicos candelabros de hierro de pared se encendieron e iluminaron los rincones oscuros.
La casa estaba hecha de troncos, pero tenía seis dormi­torios y un techo de vigas de madera que daba cabida a dos plantas, de modo que no se parecía en nada a una cabaña de la frontera. Las ventanas eran tan grandes que daba la sensa­ción de que el bosque formaba parte del interior, y en la enor­me chimenea de piedra que dominaba un extremo de la sala se podría haber asado un bisonte. Todos los muebles eran grandes, sobrecargados y cómodos, diseñados para sopor­tar los abusos de una gran familia. A un lado, una ancha es­calera conducía a la segunda planta, que disponía de un pe­queño desván en un extremo.
Gas se inclinó para recoger las cosas que habían que­dado desperdigadas por el suelo. Examinó las zapatillas.
-¿No te pones nerviosa cuando las llevas durante la tem­porada de caza?
Ella intentó arrebatárselas.
-Dámelas.
-Tampoco pensaba ponérmelas. Sería difícil que los chi­cos siguieran respetándome después de eso.
Ella no sonrió en absoluto cuando él le devolvió las za­patillas.
-Hay una casa de huéspedes no muy lejos de aquí -di­jo Ro-. Seguro que podrán darte habitación para esta noche.
-Es demasiado tarde para que me eches. Además, a mí me han invitado.
-Es mi casa. Quedas desinvitado.
Rocío colocó su abrigo en uno de los sofás y se dirigió a la cocina. El «pit-bull» dobló el labio y mantuvo la cola bien levantada, como quien hace  esto obsceno con el dedo. Cuando al perro le quedó claro que Gas había captado el mensaje, salió trotando tras su dueña.
Gastón los siguió. La cocina era espaciosa y cómoda; los armarios eran Craftsman y se disfrutaba de una visión pa­norámica del lago Michigan desde todas las ventanas. Rochi dejó sus paquetes en una mesa de centro pentagonal rodea­da de seis taburetes.
Esa mujer tenía ojo para la moda, eso había que admitirlo. Llevaba unos pantalones ajustados de color gris marengo y un jersey ancho de un tono gris metálico que a Gastón le hizo pen­sar en una armadura. Con esos cabellos cortos llameantes, po­dría ser Juana de Arco justo después de prender la cerilla. La ropa parecía de marca, aunque no nueva, lo que era raro, por­que recordaba haber oído que había heredado la fortuna de Bartolomé Igarzabal. Aunque Gas era rico, se había ganado el dinero una vez formada ya su personalidad. Según su expe­riencia, la gente que ha crecido entre riquezas no compren­de lo que es el esfuerzo, y no había conocido a muchos que le cayesen bien. Esa niña rica y esnob no sería una excepción.
-Esto... ¿señorita Igarzabal? Antes de que me eches... Sin duda no has avisado a los Riera de que subías aquí; de lo contrario, te habrían comentado que el lugar ya estaba ocupado.
-Tengo derechos. Se entiende -dijo arrojando las galletas a un cajón y cerrándolo de golpe. Luego estudió a Gastón: estaba tenso, nerviosísimo-. No te acuerdas de mi nombre, ¿verdad?
-Claro que me acuerdo -replicó mientras buscaba en su memoria sin obtener ningún resultado.
-Nos han presentado al menos tres veces.
-Algo totalmente innecesario, porque tengo muy bue­na memoria para los nombres.
-No para el mío. Lo has olvidado.
-Por supuesto que no.
Ella le miró fijamente durante un largo rato; él, sin em­bargo, estaba acostumbrado a actuar bajo presión, y no tuvo ningún problema en esperar a que fuera ella quien lo dijera.
-Es Daphne -le dijo.
-¿Y por qué me dices algo que ya sé? ¿Eres así de para­noica con todo el mundo, Daphne?
Rochi apretó los labios y murmuró algo entre dientes. Gastón habría jurado que había vuelto a oír la palabra «tejón».

3 comentarios:

  1. Me mata este capitulo. Es lo más, porque Gaston no se acuerda el nombre de ella, y encima Rochi le dice que se llama Daphne. Ahora entiendo eso lo de tejon, creo que no habia leido la primera parte. Me gusto mucho el capitulo. Espero el proximo Javi!!! (:

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  2. Gas sintió aquella subida de adrenalina que tanto le en¬cantaba, y, con un ágil movimiento, empujó la puerta contra la pared y asió a la persona que había al otro lado.
    - Bestiaaa!!! Es una mujer!!!

    Un perro grande.
    A Gastón se le había erizado el pelo del cogote cuando oyó el espeluznante rugido de un perro de defensa
    - Cafre??? Grande??? Ehhh???

    pero antes de poder pronunciar palabra ella le había dado una patada en la parte posterior de la rodilla
    - Noooo, nooo q es deportistaaa!!! (X cierto es futbolista o q cosa ya me olvide???)

    porque ésta estaba lejos de ser un bombón
    - guachooooooooo!!!

    ¿Y por qué me dices algo que ya sé? ¿Eres así de para¬noica con todo el mundo, Daphne?
    - Maldito tejoooooooooon!!!

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  3. HAY NO SE ACUERDA EL NOMBRE JAJA ES RE GRACIOSO!!! Y ELLA Q RE SABE K NO SE ACUERDA DE ELLA ...HA QUIERO MAS!!!MUY ANSIOSA!!!

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