domingo, 13 de noviembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Catorce


Días después…
—¡Yyyyy ahora, entrará en la pista central del circo de los Hermanos Quest, Rocío, la hermosa esposa de Gastón el Cosaco!
A Rocío le temblaban tanto las rodillas que trastabilló, echando a perder su primera entrada. «¿Qué había sido de lo de la gitanilla salvaje?», se preguntó frenéticamente mientras escuchaba el discurso de Jack por primera vez. Esa mañana, durante el ensayo, había comenzado a contar una historia de una gitana, pero se había marchado lleno de frustración cuando ella soltó el primer grito. Rocío se enteró de que el narrador contaría otra historia cuando Eugenia le dio el vestido, pero la propietaria del circo se alejó sin dar más explicaciones.
La música de la balalaica resonaba en el circo, situado esta vez en el aparcamiento de un pueblo de verano en Seaside Height, New Jersey. Gastón entró en la pista central con el látigo en la mano. Bajo el resplandor carmesí de los focos, resaltaban las brillantes botas negras y las lentejuelas rojas del cinturón centelleaban ante cualquier movimiento.
—¿Parece nerviosa, damas y caballeros? —preguntó Jack, señalándola con la mano. —A mi sí que me lo parece. Pero esta joven ha tenido que armarse de mucho valor para entrar en la pista con su marido.
El vestido de Rocío susurró mientras se adentraba lentamente en la arena. Era un vestido de noche recatado, con el cuello alto de encaje adornado con pedrería. Gastón le había colocado una rosa roja de papel de seda entre sus pechos antes de salir. Le había dicho que formaba parte del vestuario.
Rocío sintió los ojos del público en ella. La voz de Jack se mezclaba con la música rusa y con el susurro de la brisa del océano que agitaba los laterales de la carpa.
—Hija de ricos aristócratas franceses, Rocío estuvo apartada del mundo moderno por las monjas que la instruían.
«¿Monjas?» Pero ¿qué estaba diciendo Jack?
Mientras el director de pista continuaba su monólogo, Gastón comenzó el lento baile del látigo que siempre daba comienzo a su número, mientras ella se mantenía inmóvil bajo los focos frente a él. La luz se volvió más suave; el público escuchaba la historia de Jack hipnotizado por los gráciles movimientos de Gastón.
—Conoció al cosaco cuando el circo actuó en un pueblo cercano al convento donde vivía, y los dos se enamoraron profundamente. Pero los padres de la joven se opusieron a la idea de que su gentil hija se casara con un hombre al que consideraban un bárbaro y la encerraron bajo llave. Rocío tuvo que escapar de su familia.
La música se hizo más dramática y el baile del látigo de Gastón pasó de enérgico a seductor.
—Ahora, damas y caballeros, entra en la pista con su marido, algo muy difícil para ella. El látigo aterroriza a esta dulce joven. Por eso les rogamos que estén lo más quietos posible para que ella pueda enfrentarse a sus miedos. Les recuerdo que si está aquí es sólo por una cosa —el baile del látigo de Gastón alcanzó su clímax, —el amor que siente por su feroz marido cosaco.
La música siguió acrecentando y, sin previo aviso, Gastón agitó el látigo formando un arco sobre su cabeza. El aliento abandonó el cuerpo de Rocío en un grito estrangulado y dejó caer el rollito que acababa de sacar del bolsillo especial que Eugenia le había cosido al vestido sólo unas horas antes.
El público contuvo el aliento y ella se percató de que la increíble historia de Jack había funcionado. En lugar de reírse por la reacción de Rocío, habían simpatizado con la desvalida joven.
Para su sorpresa, Gastón se acercó a ella, agarró el rollito del suelo y se lo ofreció como si fuera una rosa, luego inclinó la cabeza y le rozó los labios con los suyos.
El gesto fue tan romántico que Rocío oyó suspirar a una mujer en la primera fila. Ella misma también habría suspirado si no hubiera sabido que él sólo jugaba con las emociones del público. A Rocío le temblaron los dedos cuando sostuvo el rollito de papel tan alejado de su cuerpo como pudo.
Logró mantener la compostura cuando él se alejó, pero cuando llegó el momento de ponérselo en la boca, comenzaron a temblarle las rodillas de nuevo. Deslizó ligeramente el rollito entre los labios, cerró los ojos y se puso de perfil.
Sonó el chasquido del látigo y el extremo del rollito cayó al suelo. Rocío cerró los puños a los costados. Si había pensado que tener audiencia haría que aquello resultara más fácil, estaba equivocada.
Gastón chasqueó el látigo dos veces más hasta que sólo quedó el cabo entre los labios de su esposa. Rocío tenía la boca tan seca que no podía tragar.
La voz de Jack surgió entonces, susurrante y dramática.
—Damas y caballeros, necesitamos su colaboración mientras Gastón intenta hacer el último corte al pequeño rollo de papel que su mujer sujeta entre los labios. Necesita silencio absoluto. Les recuerdo que el látigo pasará tan cerca de la cara de la joven que la más mínima equivocación por parte de su marido podría marcarla de por vida.
Rocío gimió. Se clavó las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que temió haberse lastimado y que le salga sangre.
El chasquido resonó en sus oídos cuando el látigo cortó la última sección del rollito que sostenía en la boca.
El público estalló en vítores. Rocío abrió los ojos, sintiéndose tan mareada que temió desmayarse. Gastón le hizo indicaciones con la mano, señalándole lo que iba a hacer a continuación. Lo único que ella pudo hacer fue alzar la barbilla.
Cuando levantó la cabeza, la punta del látigo voló hacia ella y la roja flor que llevaba entre los pechos explotó en un despliegue de frágiles pétalos de papel.
Ella dio una sacudida y dejó escapar un siseo que el público acalló con sus aplausos. Gastón hizo otro gesto, indicándole que levantara las manos y cruzara las muñecas. Temblando, ella siguió sus indicaciones.
El látigo restalló de nuevo y la multitud soltó un grito ahogado cuando el látigo se enroscó alrededor de las muñecas de Rocío. Él esperó un momento, luego la liberó. Un murmullo indescifrable surgió de las gradas. Gastón la miró con el ceño fruncido y ella recordó que debía sonreír. Consiguió curvar los labios y mostrar las muñecas para que vieran que estaba ilesa. Mientras hacía eso, él volvió a chasquear el látigo.
Rocío dio un respingo. Miró hacia abajo y vio que el látigo le rodeaba los tobillos. Gastón no había hecho eso antes y ella le dirigió una mirada preocupada. La liberó y arqueó una ceja indicándole que saludara. Ella le dirigió al público otra sonrisa falsa. A continuación Gastón le indicó que levantase los brazos. Con una sensación de fatalidad, Rocío hizo lo que le ordenaba.
«¡Zas!»
A Rocío se le escapó un gritito cuando el látigo se curvó en torno a su cintura. Ella esperaba que él aliviara la presión de la cuerda, pero Gastón se limitó a tirar con fuerza del látigo, obligándola a acercarse a él. Sólo cuando la falda del vestido rozó los muslos de Gastón, él sustituyó el látigo por sus brazos para darle un beso arrebatador que habría hecho justicia a la portada de un libro romántico.
La multitud soltó una ovación.
Rocío se sentía mareada, y aunque estaba enfadada con Gastón, no pudo evitar sentirse feliz. Su marido silbó y Misha resolló con furia al volver a la arena. Gastón la soltó sólo un momento y montó a lomos del caballo de un salto mientras el equino trotaba por la pista. Un escalofrío de inquietud se deslizó por la espalda de Rocío. Sin duda alguna él no iba a...
Rocío sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo cuando Gastón se inclinó sobre el lateral del caballo para subirla en sus brazos. Antes de saber qué sucedía, estaba sentada en su regazo.
Se apagaron las luces, dejando la pista sumida en la oscuridad. Los aplausos fueron ensordecedores. Gastón aflojó uno de los brazos mientras ella se agarraba frenéticamente a su cintura. Un momento después, sonó una explosión y el gran látigo de fuego danzó por encima de sus cabezas.
Rocío cruzó la estrecha carretera asfaltada que separaba el aparcamiento donde estaba instalado el circo de la playa vacía. A la izquierda las luces multicolores de la feria, en el paseo marítimo de Jersey Shore, destellaban en el caos de la noche: la noria, los coches de choque, los tiovivos y los puestos de chucherías.
El debut de Rocío había tenido lugar en la primera representación del circo en ese pequeño pueblo costero y ahora estaba demasiado excitada para dormir. El público de la segunda función había reaccionado con más entusiasmo aún y una maravillosa sensación de realización le impedía sentirse cansada. Incluso Nicolás Pepper había abandonado su acostumbrado silencio para brindarle una gélida inclinación de cabeza.
Inhaló el olor del mar y comenzó a pasear por la arena, que había perdido el calor del día y le enfriaba los pies al metérsele con sandalias. Le encantaba estar junto al océano y se alegraba de que el circo fuera a permanecer allí más de una noche.
—¿Rocío? —Se volvió y vio a Gastón en lo alto de las escaleras, una alta y delgada silueta recortada contra el tenue resplandor de la noche. La brisa le revolvía el pelo y le pegaba la camisa al cuerpo. —¿Te importa si paseo con vos o prefieres estar sola?
—¿Vas armado?
—Ya he guardado los látigos por esta noche.
—Entonces ven. —Rocío sonrió y le tendió la mano.
Gastón vaciló un momento y ella se preguntó si el gesto habría sido demasiado personal para él. Decía mucho de su relación el hecho de que agarrarse de la mano fuera más íntimo que mantener relaciones sexuales. Aun así, no bajó el brazo. Aquello sólo era un reto más que ella debía vencer.
Las botas de Gastón resonaron en los escalones de madera cuando se acercó. Le agarró la mano y las callosidades de su palma le recordaron a Rocío que era un hombre acostumbrado al trabajo duro. Aquella cálida y firme mano envolvió la suya.
La playa estaba desierta, pero aún quedaban restos que había dejado la gente que había acudido al lugar adelantándose a la temporada veraniega: latas vacías, plásticos, la tapa rota de un vaso térmico. Se dirigieron hacia el mar.
—Al público le ha gustado el número.
—Estaba tan asustada que me temblaban las rodillas. Si no hubiera sido por el giro que Jack le dio a la historia, mi actuación hubiera resultado un desastre. Cuando intenté agradecérselo me dijo que había sido idea tuya. —Lo miró y sonrió. —¿No crees que te has pasado un poco con lo de las monjas francesas?
—Conozco de primera mano tus creencias morales, cariño. A menos que me equivoque, estoy seguro de que las monjas formaron parte de esa extraña educación que recibiste.
Rocío no lo negó.
Pasearon durante un rato en un cómodo silencio. La brisa agitaba el cabello de Rocío y el vaivén de las olas acallaba los lejanos ruidos de la feria, al otro lado de la carretera, dándoles la sensación de que estaban solos en el mundo. Rocío esperaba que él le soltara la mano en cualquier momento, pero seguía manteniéndola agarrada.
—Has hecho un buen trabajo esta noche, Rocío. Trabajas duro.
—¿De verdad? ¿De verdad crees que trabajo duro?
—Claro.
—Gracias. Nunca me habían dicho eso. —Soltó una risita irónica. —Y si lo hubiesen hecho, seguramente no me lo habría creído.
—Pero a mí me crees.
—No eres un hombre que diga las cosas a la ligera.
—¿Estoy oyendo un cumplido?
—No estoy segura.
—No es justo.
—¿Qué?
—Te he dicho algo agradable. Al menos podrías decir una cosa buena de mí.
—Por supuesto que puedo. Haces un chile riquisimo.
 Para sorpresa de Rocío, él frunció el ceño.
—Estupendo. Olvídalo.
Atónita, Rocío se dio cuenta de que, sin querer, había herido los sentimientos de su marido. Pensaba que él estaba bromeando, pero tratándose de Gastón debería saber que eso no era posible. Aun así era toda una sorpresa que a él le importara su opinión.
—Sólo me estaba reservando lo mejor —dijo ella.
—No es importante. De verdad, déjalo.
Pero tenía importancia y a ella le encantaba.
—Mmm, déjame pensar...
—Olvídalo.
Rocío le apretó la mano.
—Siempre haces lo que crees que es correcto, incluso si la gente lo desaprueba. Es algo por lo que te admiro. Admiro tu integridad, pero... —Rocío le rodeó los dedos con los suyos. —¿Quieres que sea sincera?
—Eso he dicho, ¿no?
Ella ignoró el beligerante gesto de su mandíbula.
—Tienes una sonrisa maravillosa.
Gastón pareció algo aturdido y relajó la mano bajo la de ella.
—¿Te gusta mi sonrisa?
—Sí, muchísimo.
—Nadie me lo había dicho nunca.
—No muchas personas consiguen verla. —Rocío contuvo una sonrisa mientras observaba el gesto serio con el que Gastón consideraba lo que ella había dicho. —Y hay otra cosa más, pero no sé cómo vas a tomártelo.
—Suéltalo.
—Tienes un cuerpo de infarto.
—¿Un cuerpo de infarto? ¿Sí? ¿Ésa es la segunda cosa que más te gusta de mí?
—No he dicho que fuera la segunda. Te estoy diciendo cosas que me gustan de vos y ésa en concreto me encanta.
—¿Mi cuerpo?
—Tienes un cuerpo estupendo, Gastón. En serio.
—Gracias.
—De nada.
El embate de las olas llenó el silencio que se extendió entre ellos.
—Vos también —dijo él.
—¿También qué?
—Tienes un cuerpo estupendo. Me gusta.
—¿De verdad? Pero si no es gran cosa. Tengo los hombros demasiado estrechos en comparación con las caderas y los muslos demasiado gruesos. Y mi estómago...
Él negó con la cabeza.
—La próxima vez que oiga a una mujer decir que los hombres somos unos neuróticos, recordaré esto. Vos me dices que te gusta mi cuerpo, ¿y qué hago yo? Te doy las gracias. Luego te digo que me gusta el tuyo, ¿y qué escucho? Una larga lista de quejas.
—Es culpa de las Barbies. —La mueca de desagrado de Gastón la complació sobremanera. —Gracias por el cumplido, pero sé sincero. ¿No crees que tengo los pechos demasiado pequeños?
—Ésa es una pregunta con trampa, seguro.
—Solo quiero que me digas la verdad.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Bueno. Veamos. —La tomó por los hombros y la hizo girar de cara al océano, luego se puso detrás de ella. La rodeó con los brazos y le ahuecó los pechos. La piel de Rocío se erizó de deseo cuando Gastón apretó y moldeó los montículos, recorriéndole las suaves pendientes y rozando las endurecidas cimas con los pulgares.
A Rocío se le entrecortó la respiración. Gastón le acarició la oreja con los labios y le murmuró al oído:
—Creo que son perfectos, Rocío. Exactamente del tamaño adecuado.
Ella se volvió y no había nada en el mundo que pudiera haber evitado que lo besase. Le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntillas y apretó su boca contra la de él, con labios suaves y flexibles. La lengua de Gastón jugueteó con la suya y ella respondió a la provocación. Rocío perdió la noción del tiempo y ni se le pasó por la cabeza separarse de él. Los dos cuerpos se habían fundido en uno.

2 comentarios:

  1. SIN PALABRAS!!! increible el capitulo Javi, lo ame de principio a fin. Gaston se volvio de la nada un tierno imparable, asi como si nada, que onda este chico, igual quiero que se de cuenta que la ama y se lo diga, no se estaria bueno, lo peor es que no depende de vos, jum. Igual quiero que sepas que ame este capitulo, Rochi tambien es tremenda. Y ese final, mmmm...fue la mejor parte .

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  2. HAY ME ENCANTO!! EL FINAL MAS QUE TODO!!! JAJAJ

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