Días
después…
—¡Yyyyy
ahora, entrará en la pista central del circo de los Hermanos Quest, Rocío, la
hermosa esposa de Gastón el Cosaco!
A
Rocío le temblaban tanto las rodillas que trastabilló, echando a perder su
primera entrada. «¿Qué había sido de lo de la gitanilla salvaje?», se preguntó
frenéticamente mientras escuchaba el discurso de Jack por primera vez. Esa
mañana, durante el ensayo, había comenzado a contar una historia de una gitana,
pero se había marchado lleno de frustración cuando ella soltó el primer grito.
Rocío se enteró de que el narrador contaría otra historia cuando Eugenia le dio
el vestido, pero la propietaria del circo se alejó sin dar más explicaciones.
La
música de la balalaica resonaba en el circo, situado esta vez en el
aparcamiento de un pueblo de verano en Seaside Height, New Jersey. Gastón entró
en la pista central con el látigo en la mano. Bajo el resplandor carmesí de los
focos, resaltaban las brillantes botas negras y las lentejuelas rojas del
cinturón centelleaban ante cualquier movimiento.
—¿Parece
nerviosa, damas y caballeros? —preguntó Jack, señalándola con la mano. —A mi sí
que me lo parece. Pero esta joven ha tenido que armarse de mucho valor para
entrar en la pista con su marido.
El
vestido de Rocío susurró mientras se adentraba lentamente en la arena. Era un
vestido de noche recatado, con el cuello alto de encaje adornado con pedrería.
Gastón le había colocado una rosa roja de papel de seda entre sus pechos antes
de salir. Le había dicho que formaba parte del vestuario.
Rocío
sintió los ojos del público en ella. La voz de Jack se mezclaba con la música
rusa y con el susurro de la brisa del océano que agitaba los laterales de la
carpa.
—Hija
de ricos aristócratas franceses, Rocío estuvo apartada del mundo moderno por
las monjas que la instruían.
«¿Monjas?»
Pero ¿qué estaba diciendo Jack?
Mientras
el director de pista continuaba su monólogo, Gastón comenzó el lento baile del
látigo que siempre daba comienzo a su número, mientras ella se mantenía inmóvil
bajo los focos frente a él. La luz se volvió más suave; el público escuchaba la
historia de Jack hipnotizado por los gráciles movimientos de Gastón.
—Conoció
al cosaco cuando el circo actuó en un pueblo cercano al convento donde vivía, y
los dos se enamoraron profundamente. Pero los padres de la joven se opusieron a
la idea de que su gentil hija se casara con un hombre al que consideraban un
bárbaro y la encerraron bajo llave. Rocío tuvo que escapar de su familia.
La
música se hizo más dramática y el baile del látigo de Gastón pasó de enérgico a
seductor.
—Ahora,
damas y caballeros, entra en la pista con su marido, algo muy difícil para
ella. El látigo aterroriza a esta dulce joven. Por eso les rogamos que estén lo
más quietos posible para que ella pueda enfrentarse a sus miedos. Les recuerdo
que si está aquí es sólo por una cosa —el baile del látigo de Gastón alcanzó su
clímax, —el amor que siente por su feroz marido cosaco.
La
música siguió acrecentando y, sin previo aviso, Gastón agitó el látigo formando
un arco sobre su cabeza. El aliento abandonó el cuerpo de Rocío en un grito
estrangulado y dejó caer el rollito que acababa de sacar del bolsillo especial
que Eugenia le había cosido al vestido sólo unas horas antes.
El
público contuvo el aliento y ella se percató de que la increíble historia de
Jack había funcionado. En lugar de reírse por la reacción de Rocío, habían
simpatizado con la desvalida joven.
Para
su sorpresa, Gastón se acercó a ella, agarró el rollito del suelo y se lo
ofreció como si fuera una rosa, luego inclinó la cabeza y le rozó los labios
con los suyos.
El
gesto fue tan romántico que Rocío oyó suspirar a una mujer en la primera fila.
Ella misma también habría suspirado si no hubiera sabido que él sólo jugaba con
las emociones del público. A Rocío le temblaron los dedos cuando sostuvo el
rollito de papel tan alejado de su cuerpo como pudo.
Logró
mantener la compostura cuando él se alejó, pero cuando llegó el momento de
ponérselo en la boca, comenzaron a temblarle las rodillas de nuevo. Deslizó
ligeramente el rollito entre los labios, cerró los ojos y se puso de perfil.
Sonó
el chasquido del látigo y el extremo del rollito cayó al suelo. Rocío cerró los
puños a los costados. Si había pensado que tener audiencia haría que aquello
resultara más fácil, estaba equivocada.
Gastón
chasqueó el látigo dos veces más hasta que sólo quedó el cabo entre los labios
de su esposa. Rocío tenía la boca tan seca que no podía tragar.
La
voz de Jack surgió entonces, susurrante y dramática.
—Damas
y caballeros, necesitamos su colaboración mientras Gastón intenta hacer el
último corte al pequeño rollo de papel que su mujer sujeta entre los labios.
Necesita silencio absoluto. Les recuerdo que el látigo pasará tan cerca de la
cara de la joven que la más mínima equivocación por parte de su marido podría
marcarla de por vida.
Rocío
gimió. Se clavó las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que temió
haberse lastimado y que le salga sangre.
El
chasquido resonó en sus oídos cuando el látigo cortó la última sección del
rollito que sostenía en la boca.
El
público estalló en vítores. Rocío abrió los ojos, sintiéndose tan mareada que
temió desmayarse. Gastón le hizo indicaciones con la mano, señalándole lo que
iba a hacer a continuación. Lo único que ella pudo hacer fue alzar la barbilla.
Cuando
levantó la cabeza, la punta del látigo voló hacia ella y la roja flor que
llevaba entre los pechos explotó en un despliegue de frágiles pétalos de papel.
Ella
dio una sacudida y dejó escapar un siseo que el público acalló con sus
aplausos. Gastón hizo otro gesto, indicándole que levantara las manos y cruzara
las muñecas. Temblando, ella siguió sus indicaciones.
El
látigo restalló de nuevo y la multitud soltó un grito ahogado cuando el látigo
se enroscó alrededor de las muñecas de Rocío. Él esperó un momento, luego la
liberó. Un murmullo indescifrable surgió de las gradas. Gastón la miró con el
ceño fruncido y ella recordó que debía sonreír. Consiguió curvar los labios y
mostrar las muñecas para que vieran que estaba ilesa. Mientras hacía eso, él
volvió a chasquear el látigo.
Rocío
dio un respingo. Miró hacia abajo y vio que el látigo le rodeaba los tobillos.
Gastón no había hecho eso antes y ella le dirigió una mirada preocupada. La
liberó y arqueó una ceja indicándole que saludara. Ella le dirigió al público
otra sonrisa falsa. A continuación Gastón le indicó que levantase los brazos.
Con una sensación de fatalidad, Rocío hizo lo que le ordenaba.
«¡Zas!»
A
Rocío se le escapó un gritito cuando el látigo se curvó en torno a su cintura.
Ella esperaba que él aliviara la presión de la cuerda, pero Gastón se limitó a
tirar con fuerza del látigo, obligándola a acercarse a él. Sólo cuando la falda
del vestido rozó los muslos de Gastón, él sustituyó el látigo por sus brazos
para darle un beso arrebatador que habría hecho justicia a la portada de un
libro romántico.
La
multitud soltó una ovación.
Rocío
se sentía mareada, y aunque estaba enfadada con Gastón, no pudo evitar sentirse
feliz. Su marido silbó y Misha resolló con furia al volver a la arena. Gastón
la soltó sólo un momento y montó a lomos del caballo de un salto mientras el
equino trotaba por la pista. Un escalofrío de inquietud se deslizó por la
espalda de Rocío. Sin duda alguna él no iba a...
Rocío
sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo cuando Gastón se inclinó sobre el
lateral del caballo para subirla en sus brazos. Antes de saber qué sucedía,
estaba sentada en su regazo.
Se
apagaron las luces, dejando la pista sumida en la oscuridad. Los aplausos
fueron ensordecedores. Gastón aflojó uno de los brazos mientras ella se
agarraba frenéticamente a su cintura. Un momento después, sonó una explosión y
el gran látigo de fuego danzó por encima de sus cabezas.
Rocío
cruzó la estrecha carretera asfaltada que separaba el aparcamiento donde estaba
instalado el circo de la playa vacía. A la izquierda las luces multicolores de
la feria, en el paseo marítimo de Jersey Shore, destellaban en el caos de la
noche: la noria, los coches de choque, los tiovivos y los puestos de
chucherías.
El
debut de Rocío había tenido lugar en la primera representación del circo en ese
pequeño pueblo costero y ahora estaba demasiado excitada para dormir. El
público de la segunda función había reaccionado con más entusiasmo aún y una
maravillosa sensación de realización le impedía sentirse cansada. Incluso Nicolás
Pepper había abandonado su acostumbrado silencio para brindarle una gélida
inclinación de cabeza.
Inhaló
el olor del mar y comenzó a pasear por la arena, que había perdido el calor del
día y le enfriaba los pies al metérsele con sandalias. Le encantaba estar junto
al océano y se alegraba de que el circo fuera a permanecer allí más de una
noche.
—¿Rocío?
—Se volvió y vio a Gastón en lo alto de las escaleras, una alta y delgada
silueta recortada contra el tenue resplandor de la noche. La brisa le revolvía
el pelo y le pegaba la camisa al cuerpo. —¿Te importa si paseo con vos o
prefieres estar sola?
—¿Vas
armado?
—Ya
he guardado los látigos por esta noche.
—Entonces
ven. —Rocío sonrió y le tendió la mano.
Gastón
vaciló un momento y ella se preguntó si el gesto habría sido demasiado personal
para él. Decía mucho de su relación el hecho de que agarrarse de la mano fuera
más íntimo que mantener relaciones sexuales. Aun así, no bajó el brazo. Aquello
sólo era un reto más que ella debía vencer.
Las
botas de Gastón resonaron en los escalones de madera cuando se acercó. Le agarró
la mano y las callosidades de su palma le recordaron a Rocío que era un hombre
acostumbrado al trabajo duro. Aquella cálida y firme mano envolvió la suya.
La
playa estaba desierta, pero aún quedaban restos que había dejado la gente que
había acudido al lugar adelantándose a la temporada veraniega: latas vacías,
plásticos, la tapa rota de un vaso térmico. Se dirigieron hacia el mar.
—Al
público le ha gustado el número.
—Estaba
tan asustada que me temblaban las rodillas. Si no hubiera sido por el giro que
Jack le dio a la historia, mi actuación hubiera resultado un desastre. Cuando
intenté agradecérselo me dijo que había sido idea tuya. —Lo miró y sonrió. —¿No
crees que te has pasado un poco con lo de las monjas francesas?
—Conozco
de primera mano tus creencias morales, cariño. A menos que me equivoque, estoy
seguro de que las monjas formaron parte de esa extraña educación que recibiste.
Rocío
no lo negó.
Pasearon
durante un rato en un cómodo silencio. La brisa agitaba el cabello de Rocío y
el vaivén de las olas acallaba los lejanos ruidos de la feria, al otro lado de
la carretera, dándoles la sensación de que estaban solos en el mundo. Rocío
esperaba que él le soltara la mano en cualquier momento, pero seguía
manteniéndola agarrada.
—Has
hecho un buen trabajo esta noche, Rocío. Trabajas duro.
—¿De
verdad? ¿De verdad crees que trabajo duro?
—Claro.
—Gracias.
Nunca me habían dicho eso. —Soltó una risita irónica. —Y si lo hubiesen hecho,
seguramente no me lo habría creído.
—Pero
a mí me crees.
—No
eres un hombre que diga las cosas a la ligera.
—¿Estoy
oyendo un cumplido?
—No
estoy segura.
—No
es justo.
—¿Qué?
—Te
he dicho algo agradable. Al menos podrías decir una cosa buena de mí.
—Por
supuesto que puedo. Haces un chile riquisimo.
Para sorpresa de Rocío, él frunció el ceño.
—Estupendo.
Olvídalo.
Atónita,
Rocío se dio cuenta de que, sin querer, había herido los sentimientos de su
marido. Pensaba que él estaba bromeando, pero tratándose de Gastón debería
saber que eso no era posible. Aun así era toda una sorpresa que a él le
importara su opinión.
—Sólo
me estaba reservando lo mejor —dijo ella.
—No
es importante. De verdad, déjalo.
Pero
tenía importancia y a ella le encantaba.
—Mmm,
déjame pensar...
—Olvídalo.
Rocío
le apretó la mano.
—Siempre
haces lo que crees que es correcto, incluso si la gente lo desaprueba. Es algo
por lo que te admiro. Admiro tu integridad, pero... —Rocío le rodeó los dedos
con los suyos. —¿Quieres que sea sincera?
—Eso
he dicho, ¿no?
Ella
ignoró el beligerante gesto de su mandíbula.
—Tienes
una sonrisa maravillosa.
Gastón
pareció algo aturdido y relajó la mano bajo la de ella.
—¿Te
gusta mi sonrisa?
—Sí,
muchísimo.
—Nadie
me lo había dicho nunca.
—No
muchas personas consiguen verla. —Rocío contuvo una sonrisa mientras observaba
el gesto serio con el que Gastón consideraba lo que ella había dicho. —Y hay
otra cosa más, pero no sé cómo vas a tomártelo.
—Suéltalo.
—Tienes
un cuerpo de infarto.
—¿Un
cuerpo de infarto? ¿Sí? ¿Ésa es la segunda cosa que más te gusta de mí?
—No
he dicho que fuera la segunda. Te estoy diciendo cosas que me gustan de vos y
ésa en concreto me encanta.
—¿Mi
cuerpo?
—Tienes
un cuerpo estupendo, Gastón. En serio.
—Gracias.
—De
nada.
El
embate de las olas llenó el silencio que se extendió entre ellos.
—Vos
también —dijo él.
—¿También
qué?
—Tienes
un cuerpo estupendo. Me gusta.
—¿De
verdad? Pero si no es gran cosa. Tengo los hombros demasiado estrechos en
comparación con las caderas y los muslos demasiado gruesos. Y mi estómago...
Él
negó con la cabeza.
—La
próxima vez que oiga a una mujer decir que los hombres somos unos neuróticos,
recordaré esto. Vos me dices que te gusta mi cuerpo, ¿y qué hago yo? Te doy las
gracias. Luego te digo que me gusta el tuyo, ¿y qué escucho? Una larga lista de
quejas.
—Es
culpa de las Barbies. —La mueca de desagrado de Gastón la complació
sobremanera. —Gracias por el cumplido, pero sé sincero. ¿No crees que tengo los
pechos demasiado pequeños?
—Ésa
es una pregunta con trampa, seguro.
—Solo
quiero que me digas la verdad.
—¿Estás
segura?
—Sí.
—Bueno.
Veamos. —La tomó por los hombros y la hizo girar de cara al océano, luego se
puso detrás de ella. La rodeó con los brazos y le ahuecó los pechos. La piel de
Rocío se erizó de deseo cuando Gastón apretó y moldeó los montículos,
recorriéndole las suaves pendientes y rozando las endurecidas cimas con los
pulgares.
A
Rocío se le entrecortó la respiración. Gastón le acarició la oreja con los
labios y le murmuró al oído:
—Creo
que son perfectos, Rocío. Exactamente del tamaño adecuado.
Ella
se volvió y no había nada en el mundo que pudiera haber evitado que lo besase.
Le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntillas y apretó su boca contra
la de él, con labios suaves y flexibles. La lengua de Gastón jugueteó con la
suya y ella respondió a la provocación. Rocío perdió la noción del tiempo y ni
se le pasó por la cabeza separarse de él. Los dos cuerpos se habían fundido en
uno.
SIN PALABRAS!!! increible el capitulo Javi, lo ame de principio a fin. Gaston se volvio de la nada un tierno imparable, asi como si nada, que onda este chico, igual quiero que se de cuenta que la ama y se lo diga, no se estaria bueno, lo peor es que no depende de vos, jum. Igual quiero que sepas que ame este capitulo, Rochi tambien es tremenda. Y ese final, mmmm...fue la mejor parte .
ResponderEliminarHAY ME ENCANTO!! EL FINAL MAS QUE TODO!!! JAJAJ
ResponderEliminar