sábado, 12 de noviembre de 2011

Tercera Parte, Primer Capitulo


Rochi dijo adiós con la mano, recogió a Vale, besó a las mellizas y a Amado y emprendió el camino hacia su casa. La autopista de peaje este-oeste empezaba a saturarse con el tráfico de hora punta, y Rochi supo que tardaría algo más de una hora en llegar a Evanston, el pueblo de la costa norte que era tanto la ubicación de su alma máter como de su casa actual.
-¡Slytherin! -le gritó a un tipo que le cortó el paso.
-¡Sucio y asqueroso slytherin! -añadió Valeria.
Rocío rió para sí. Los slytherins eran los niños malos de los libros de Harry Potter, y Ro había convertido esa pa­labra en un práctico insulto de nivel G. Le había hecho mu­cha gracia que Mery y más tarde Nico empezasen a utilizarla. Mientras Vale comenzaba a explicarle cómo le había ido el día, Ro se encontró recordando su conversación con su hermana y los años posteriores al cobro de su herencia.
El testamento de Bartolomé le había dejado a María los Chi­cago Stars. Lo que quedaba de sus bienes tras una serie de malas inversiones había sido para Rocío. Como ella era me­nor de edad, María se había hecho cargo del dinero y lo convirtió en quince millones de dólares. Finalmente, a los veintiún años, Ro, ya emancipada y con un flamante tí­tulo de periodismo, se había hecho con el control de su he­rencia y había empezado a vivir la gran vida en un aparta­mento de lujo en la Costa Dorada de Chicago.
El lugar era estéril, y sus vecinos mucho mayores que ella, pero tardó bastante en darse cuenta de que había come­tido una equivocación. Hasta entonces se dio el gusto de comprarse la ropa de diseño que más le gustaba y de hacer regalos a todas sus amistades, además de adquirir para ella un coche de los caros. Pero, un año después, tuvo que admi­tir finalmente que la vida de rica ociosa no estaba hecha para ella. Estaba acostumbrada al esfuerzo, tanto en los estudios como en esos empleos de verano en los que Nico había insis­tido en que trabajase, así que aceptó un puesto en un perió­dico.
El trabajo la mantenía ocupada, pero no era lo bastante creativo como para que se sintiese realizada, así que empezó a tener la sensación de estar jugando a la vida en lugar de vivir­la realmente. Finalmente, decidió dejar el empleo para poder concentrarse en la épica saga romántica que siempre había so­ñado con escribir. En lugar de eso, se encontró dedicándose a las historias que inventaba para las niñas Riera, cuen­tos sobre una conejita presumida que vestía a la última mo­da, vivía en una casita de campo en un rincón del Bosque del Ruiseñor y se pasaba el día metiéndose en líos.
Había empezado a pasar las historias a papel, y luego a ilustrarlas con los divertidos dibujos que había hecho toda su vida, pero que nunca se había tomado en serio. Utilizan­do pluma y tinta y pintando luego los bocetos con colores acrílicos brillantes, Rochi vio cómo cobraban vida Daphne y sus amigos.
Tuvo una enorme alegría cuando Birdcage Press, una pe­queña editorial de Chicago, compró su primer libro, Daphne dice hola, aunque el dinero que le habían adelantado apenas cubría el envío. Aun así, por fin había encontrado una colo­cación. Sin embargo, su formidable riqueza no le permitía tomarse su trabajo como una vocación, sino más bien como un entretenimiento, y seguía sintiéndose insatisfecha. Su de­sasosiego aumentó. Detestaba su apartamento, su ropero, su peinado... No bastó con cortarse el pelo al rape y teñírselo de colores llamativos.
Tenía que tirar de una alarma de incendios.
Una vez dejados atrás aquellos días, se encontró en el despacho de su abogado, diciéndole que quería donar todo su dinero a una fundación para niños marginados. Su abo­gado se quedó pasmado. Sin embargo, ella se sintió comple­tamente satisfecha por primera vez desde que había cumpli­do los veintiuno. María había tenido la oportunidad de demostrar lo que valía al heredar los Stars, pero Rocío nun­ca había tenido esa posibilidad. Ahora la tendría. Una vez fir­mados los papeles, se sintió ligera como una pluma, y libre.
-Me encanta este lugar -dijo Valeria con un suspiro mientras Rochiabría la puerta de su diminuto loft, ubicado en un segundo piso a unos pocos minutos a pie del centro de Evanston. Ro también suspiró de placer. No había pasa­do mucho rato fuera, pero siempre se sentía feliz al entrar en su casa.
Todos los pequeños Riera consideraban el loft de su tía Rochi como el lugar más fantástico de la Tierra. El edifi­cio había sido construido en 1910 para un comerciante de Studebaker; luego había servido como bloque de oficinas y, finalmente, antes de ser reformado hacía pocos años, como almacén. El piso tenía ventanas industriales que iban del suelo al techo, tuberías a la vista y paredes antiguas de ladri­llos, en las que Ro había colgado algunos de sus dibujos y pinturas. Era el piso más pequeño y más barato del edifi­cio, pero los techos de cuatro metros creaban una sensación de espaciosidad. Cada mes, Ro besaba el sobre que con­tenía el dinero de la hipoteca antes de echarlo en el buzón. Era un ritual tonto, pero lo hacía de todos modos.
La mayor parte de la gente daba por hecho que Rochi poseía una parte de los Stars, y sólo unas pocas de sus amis­tades más íntimas sabían que había dejado de ser una rica he­redera. Ro complementaba sus reducidos ingresos por la venta de los libros de Daphne escribiendo artículos como free­lance para una revista de adolescentes llamada Chik. A final de mes no le sobraba demasiado para sus lujos favoritos, ro­pa de marca y libros de tapa dura, pero no le importaba. Com­praba la ropa de segunda mano e iba a la biblioteca.
La vida era hermosa. Tal vez no tendría nunca una Gran Historia de Amor como la de su hermana, pero al menos goza­ba de una imaginación maravillosa y de una fantasía activa. No tenía quejas y ciertamente no había ningún motivo para temer que su antiguo desasosiego volviera a asomar por su impredecible cabeza. Su nuevo peinado no significaba más que un poco de coquetería.
Vale dejó caer su abrigo y se agachó para saludar a Cafre, el pequeño caniche blanco como el algodón de Ro, que había trotado has­ta la puerta para recibirlas. Tanto Cafre como el caniche de la familia Riera, Canela, eran hijos de Sasha, la caniche de Mery.
-¡Qué, cosita!, ¿me has echado de menos? -dijo Rochi dejando el correo para darle un beso a Cafre en su sua­ve cabecita. Cafre correspondió lamiéndole la barbilla, y lue­go se puso en cuclillas para emitir su mejor gruñido.
-Sí, sí, estamos impresionadas, ¿verdad, Vale?
Valeria se rió y, mirando a Rochi, le preguntó:
-Todavía le gusta fingir que es un perro policía, ¿verdad?
-El perro más duro del cuerpo. Mejor no dañemos su autoestima recordándole que es un caniche.
Vale abrazó nuevamente al poddle, y luego lo abando­nó para dirigirse al estudio de su tía, que ocupaba uno de los extremos de la vivienda.
-¿Has escrito algún artículo más? Me encantó «Pasión en el baile de fin de curso».
-Pronto -dijo sonriendo.
Para que se adaptasen a las exigencias del mercado, los artículos que escribía para Chik se publicaban casi siempre con títulos sugerentes, aunque su contenido era de lo más in­sípido. «Pasión en el baile de fin de curso» destacaba las consecuencias del sexo en el asiento de atrás de los coches. «De gatita a tigresa» había sido un artículo sobre cosméticos, y «Las niñas buenas se vuelven salvajes» hablaba de tres chi­cas de catorce años que salían de acampada.
-¿Puedo ver tus últimos dibujos?
Ro colgó los abrigos.
-No tengo ninguno. Justo acabo de empezar con una nueva idea.
A veces sus libros comenzaban con esbozos sueltos, otras veces, con texto. Hoy se había inspirado en la vida real.
-¡Cuéntamela, por favor!
Siempre compartían tazas de té Constant Comment an­tes de hacer cualquier otra cosa, y Ro se dirigió a la dimi­nuta cocina que se encontraba en el extremo opuesto de su estudio para poner agua a hervir. Su minúsculo dormitorio estaba situado justo encima, dominando toda la vivienda. Los estantes de metal de las paredes estaban repletos de los libros que adoraba: su apreciada serie de novelas de Jane Austen, ejemplares andrajosos de las obras de Daphne du Maurier y Anya Seton, todos los primeros libros de Mary Stewart, junto con Victoria Holt, Phyllis Whitney y Danielle Steel.
Las estanterías más estrechas contenían hileras dobles de libros de bolsillo: sagas históricas, novelas románticas, no­velas de misterio, guías de viajes y libros de consulta. Tam­bién estaban representados sus escritores literarios favori­tos, además de las biografías de mujeres famosas y algunas de las selecciones menos deprimentes del club de libros de Oprah, la mayoría de las cuales Rochi las había descubierto antes de que Oprah las compartiera con el mundo.
Guardaba los libros infantiles que le gustaban en los es­tantes del dormitorio. Su colección incluía todas las histo­rias de Eloise y los libros de Harry Potter, El estanque del Mirlo, algo de Judy Blume, Los niños del furgón, de Gertru­de Chandler Warner, Ana de Green Gables, algún número de Las gemelas de Sweet Valley como diversión, y los destarta­lados libros de Barbara Cartland que había descubierto cuando tenía diez años. Era una colección digna de un ratón de biblioteca, y a sus sobrinos les encantaba acurru­carse en su cama con un montón de esos libros a su alrede­dor mientras intentaban decidir cuál leerían a continuación.
Rochi sacó un par de tazas de porcelana con delicados bordes dorados y dibujos de pensamientos violetas.
-Hoy he decidido que mi nuevo libro se titulará Daphne se cae de bruces.
-¡Cuéntame!
-Pues... Daphne está paseando por el Bosque del Rui­señor pensando en sus cosas cuando Benny aparece de la nada montado en su bicicleta de montaña y la tira al suelo.
-Ese tejón fastidioso -dijo Valeria moviendo la ca­beza con desaprobación.
-Exactamente.
Vale miró a Rocío cautelosamente y sugirió:
-Creo que alguien debería robarle a Benny su bici de montaña. Así no se metería en problemas.
Rochi sonrió.
-El robo no existe en el Bosque del Ruiseñor. ¿No lo habíamos comentado ya cuando quisiste que alguien le ro­bara a Benny su moto acuática?
-Me parece que sí -contestó la niña con esa expresión de testarudez que había heredado de su padre-. Pero si puede haber bicicletas de montaña y motos acuáticas en el Bosque del Ruiseñor, no veo por qué no puede haber tam­bién robos. Además, Benny no hace cosas malas adrede, sim­plemente es un poco travieso.
-La línea que separa las travesuras de la estupidez es muy delgada -dijo pensando en Gastón.
-¡Benny no es estúpido!
La niña parecía ofendida, y Rochi pensó que hubiera si­do mejor no abrir la boca.
-Por supuesto que no. Es el tejón más listo del Bosque del Ruiseñor -dijo despeinando un poco a su sobrina-. Venga, nos tomaremos el té y luego llevaremos a Cafre a pa­sear junto al lago.
Rocío no tuvo ocasión de abrir el correo hasta avanzada la noche, cuando Vale ya se había quedado dormida con un ejemplar de El deseo de Jennifer en las manos. Puso la fac­tura del teléfono en un clip y luego abrió distraídamente un sobre de tamaño comercial. En cuanto leyó el título deseó no haberse tomado la molestia. 

NIÑOS HETEROSEXUALES POR UNA
AMÉRICA HETEROSEXUAL

¡La agenda de los homosexuales radicales apunta a nuestros hijos! Nuestros ciudadanos más inocentes son traídos hacia los males de la perversión mediante libros obscenos y programas de televisión irresponsables que glorifican este comportamiento desviado y moralmente repugnante...

Niños Heterosexuales por una América Heterosexual (NHAH) era una organización con sede en Chicago, cuyos miembros de mirada perdida aparecían últimamente en al­gunos programas locales de entrevistas en los que vomita­ban sus paranoias personales.
«Si al menos dedicasen su energía a algo constructivo, como mantener las armas lejos de los niños», pensó mien­tras tiraba la carta a la basura.

Al anochecer del día siguiente, Rochi dejó caer una mano del volante y pasó sus dedos por la cabeza de Cafre. Acaba­ba de dejar a Vale con sus padres y se dirigía a la casa de vacaciones que los Riera tenían en Door County, Wis­consin. No llegaría allí hasta tarde, pero las carreteras esta­ban despejadas y a ella no le importaba conducir de noche. Había tomado la impulsiva decisión de viajar al norte. Su conversación del día anterior con Mery había sacado a la luz algo que había intentado negar por todos los medios. Su hermana tenía razón. Haberse teñido el pelo de rojo era un síntoma de un problema mayor. Su antiguo desasosiego ha­bía vuelto.
Es cierto que ya no experimentaba ninguna compulsión de activar una alarma de incendios, y desprenderse de todo su dinero ya no era una opción. Pero eso no significaba que su subconsciente no pudiese encontrar alguna nueva manera de crear un alboroto. Tenía la incómoda sensación de verse atraída hacia un lugar que creía haber dejado atrás.
Recordó lo que el psicoterapeuta le había dicho hacía ya muchos años en Northwestern.
-De niña, creías que podías conseguir que tu padre te quisiera si hacías todo lo que se suponía que tenías que ha­cer. Si sacabas las mejores notas, vigilabas tus modales y obe­decías todas las normas, entonces él te daría la aprobación que todo niño necesita. Pero tu padre era incapaz de esa cla­se de amor. Finalmente, algo se rompió dentro de ti e hicis­te lo peor que se te pudo ocurrir. En realidad, fue una rebe­lión sana. Para mantenerte en funcionamiento.
-Eso no explica lo que hice en el instituto -le dijo ella-. Entonces, Barto ya estaba muerto y yo vivía con Mery y Nicolás. Ambos me amaban. ¿Y qué me dice del incidente del hurto en la tienda?
-Tal vez necesitabas poner a prueba el amor de Mery y Nico...
Algo raro se agitó en el interior de Rocío.
-¿A qué se refiere?
-La única manera de asegurarte de que su amor era in­condicional era hacer algo terrible para ver si luego seguían a tu lado.
Y allí habían seguido.
Entonces, ¿por qué volvía a atormentarla su viejo pro­blema? Ya no quería más alborotos en su vida. Quería escri­bir sus libros, disfrutar de sus amistades, pasear a su perro y jugar con sus sobrinos. Pero llevaba ya varias semanas sin­tiendo ese desasosiego, y una mirada a su horrible pelo rojo le dijo que tal vez estaba a punto de volver a subirse por las paredes.
Hasta que se le pasara ese impulso, haría algo inteligente y se escondería en Door County durante una o dos semanas. A fin de cuentas, ¿qué posibles problemas podía encontrar­se allí?

Gastón Dalmau estaba soñando con la Red Jack Express, una jugada especial de los quarterbacks, cuando algo lo despertó. Se incorporó, gruñó e intentó adivinar dónde estaba, pero la botella de whisky escocés con la que había hecho amistad an­tes de dormirse se lo estaba poniendo difícil. Normalmente su droga preferida era la adrenalina, pero esa noche el alco­hol le había parecido una buena alternativa.
Volvió a oír el ruido, unos rasguños en la puerta, y en­tonces lo recordó todo. Estaba en Door County, Wisconsin, los Stars no jugaban esa semana, y Nicolás le había abofeteado con una multa de diez mil dólares. Después de eso, el muy desgraciado le había ordenado que se refugiara en su casa de vacaciones y se quedara allí hasta que volviera a tener la ca­beza en su sitio.
Él no tenía ningún problema con su cabeza, aunque sin duda sí había un problema con el sistema de seguridad de alta tecnología de los Riera, porque alguien estaba inten­tando forzar la cerradura.

2 comentarios:

  1. Wow, que capitulo. Mira vos Rochi!!! me mato el final, quiero saber que pasa, bah, ya se que pasa pero mucho no me acuerdo. Quiero el proximo Javi.

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  2. Ahhhhhhhhhhhhhhh jodemeeeeeeee??? van a la misma casa!!! La q esta entrando es Rochiiiiiii!!! Me muero acaaaaaaa...

    pd: era necesario q la nena sea Vale??? me confunde!!! jajajaja

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