Rochi dijo adiós con la mano, recogió a Vale, besó a las mellizas y a Amado
y emprendió el camino hacia su casa. La autopista de peaje este-oeste empezaba
a saturarse con el tráfico de hora punta, y Rochi supo que tardaría algo más de
una hora en llegar a Evanston, el pueblo de la costa norte que era tanto la
ubicación de su alma máter como de su casa actual.
-¡Slytherin! -le gritó a un tipo que le cortó el paso.
-¡Sucio y asqueroso slytherin! -añadió Valeria.
Rocío rió para sí. Los slytherins eran los niños malos de los libros
de Harry Potter, y Ro había convertido esa palabra en un práctico insulto de
nivel G. Le había hecho mucha gracia que Mery y más tarde Nico empezasen a utilizarla.
Mientras Vale comenzaba a explicarle cómo le había ido el día, Ro se encontró
recordando su conversación con su hermana y los años posteriores al cobro de su
herencia.
El testamento de Bartolomé le había dejado a María
los Chicago Stars. Lo que quedaba de sus bienes tras una serie de malas
inversiones había sido para Rocío. Como ella era menor de edad, María se había
hecho cargo del dinero y lo convirtió en quince millones de dólares.
Finalmente, a los veintiún años, Ro, ya emancipada y con un flamante título de
periodismo, se había hecho con el control de su herencia y había empezado a
vivir la gran vida en un apartamento de lujo en la Costa Dorada de Chicago.
El lugar era estéril, y sus vecinos mucho mayores que ella, pero tardó
bastante en darse cuenta de que había cometido una equivocación. Hasta
entonces se dio el gusto de comprarse la ropa de diseño que más le gustaba y de
hacer regalos a todas sus amistades, además de adquirir para ella un coche de
los caros. Pero, un año después, tuvo que admitir finalmente que la vida de
rica ociosa no estaba hecha para ella. Estaba acostumbrada al esfuerzo, tanto
en los estudios como en esos empleos de verano en los que Nico había insistido
en que trabajase, así que aceptó un puesto en un periódico.
El trabajo la mantenía ocupada, pero no era lo bastante creativo como
para que se sintiese realizada, así que empezó a tener la sensación de estar
jugando a la vida en lugar de vivirla realmente. Finalmente, decidió dejar el
empleo para poder concentrarse en la épica saga romántica que siempre había soñado
con escribir. En lugar de eso, se encontró dedicándose a las historias que
inventaba para las niñas Riera, cuentos sobre una conejita presumida que
vestía a la última moda, vivía en una casita de campo en un rincón del Bosque
del Ruiseñor y se pasaba el día metiéndose en líos.
Había empezado a pasar las historias a papel, y luego a ilustrarlas
con los divertidos dibujos que había hecho toda su vida, pero que nunca se
había tomado en serio. Utilizando pluma y tinta y pintando luego los bocetos
con colores acrílicos brillantes, Rochi vio cómo cobraban vida Daphne y sus
amigos.
Tuvo una enorme alegría cuando Birdcage Press, una pequeña editorial
de Chicago, compró su primer libro, Daphne dice hola, aunque el dinero que
le habían adelantado apenas cubría el envío. Aun así, por fin había encontrado
una colocación. Sin embargo, su formidable riqueza no le permitía tomarse su
trabajo como una vocación, sino más bien como un entretenimiento, y seguía
sintiéndose insatisfecha. Su desasosiego aumentó. Detestaba su apartamento, su
ropero, su peinado... No bastó con cortarse el pelo al rape y teñírselo de
colores llamativos.
Tenía que tirar de una alarma de incendios.
Una vez dejados atrás aquellos días, se encontró en el despacho de su
abogado, diciéndole que quería donar todo su dinero a una fundación para niños
marginados. Su abogado se quedó pasmado. Sin embargo, ella se sintió completamente
satisfecha por primera vez desde que había cumplido los veintiuno. María había
tenido la oportunidad de demostrar lo que valía al heredar los Stars, pero Rocío
nunca había tenido esa posibilidad. Ahora la tendría. Una vez firmados los
papeles, se sintió ligera como una pluma, y libre.
-Me encanta este lugar -dijo Valeria con un suspiro mientras Rochiabría
la puerta de su diminuto loft, ubicado en un segundo piso a unos pocos minutos
a pie del centro de Evanston. Ro también suspiró de placer. No había pasado
mucho rato fuera, pero siempre se sentía feliz al entrar en su casa.
Todos los pequeños Riera consideraban el loft de su tía Rochi como el
lugar más fantástico de la Tierra. El edificio había sido construido en 1910
para un comerciante de Studebaker; luego había servido como bloque de oficinas
y, finalmente, antes de ser reformado hacía pocos años, como almacén. El piso
tenía ventanas industriales que iban del suelo al techo, tuberías a la vista y
paredes antiguas de ladrillos, en las que Ro había colgado algunos de sus
dibujos y pinturas. Era el piso más pequeño y más barato del edificio, pero
los techos de cuatro metros creaban una sensación de espaciosidad. Cada mes, Ro
besaba el sobre que contenía el dinero de la hipoteca antes de echarlo en el
buzón. Era un ritual tonto, pero lo hacía de todos modos.
La mayor parte de la gente daba por hecho que Rochi
poseía una parte de los Stars, y sólo unas pocas de sus amistades más íntimas
sabían que había dejado de ser una rica heredera. Ro complementaba sus
reducidos ingresos por la venta de los libros de Daphne escribiendo artículos
como freelance para una revista de adolescentes llamada Chik. A final de mes
no le sobraba demasiado para sus lujos favoritos, ropa de marca y libros de
tapa dura, pero no le importaba. Compraba la ropa de segunda mano e iba a la
biblioteca.
La vida era hermosa. Tal vez no tendría nunca una Gran Historia de
Amor como la de su hermana, pero al menos gozaba de una imaginación maravillosa
y de una fantasía activa. No tenía quejas y ciertamente no había ningún motivo
para temer que su antiguo desasosiego volviera a asomar por su impredecible
cabeza. Su nuevo peinado no significaba más que un poco de coquetería.
Vale dejó caer su abrigo y se agachó para saludar a Cafre, el pequeño
caniche blanco como el algodón de Ro, que había trotado hasta la puerta para
recibirlas. Tanto Cafre como el caniche de la familia Riera, Canela, eran hijos
de Sasha, la caniche de Mery.
-¡Qué, cosita!, ¿me has echado de menos? -dijo Rochi dejando el correo
para darle un beso a Cafre en su suave cabecita. Cafre correspondió lamiéndole
la barbilla, y luego se puso en cuclillas para emitir su mejor gruñido.
-Sí, sí, estamos impresionadas, ¿verdad, Vale?
Valeria se rió y, mirando a Rochi, le preguntó:
-Todavía le gusta fingir que es un perro policía, ¿verdad?
-El perro más duro del cuerpo. Mejor no dañemos su autoestima
recordándole que es un caniche.
Vale abrazó nuevamente al poddle, y luego lo abandonó para dirigirse
al estudio de su tía, que ocupaba uno de los extremos de la vivienda.
-¿Has escrito algún artículo más? Me encantó «Pasión en el baile de
fin de curso».
-Pronto -dijo sonriendo.
Para que se adaptasen a las exigencias del mercado, los artículos que
escribía para Chik se publicaban casi siempre con títulos sugerentes, aunque su
contenido era de lo más insípido. «Pasión en el baile de fin de curso»
destacaba las consecuencias del sexo en el asiento de atrás de los coches. «De
gatita a tigresa» había sido un artículo sobre cosméticos, y «Las niñas buenas
se vuelven salvajes» hablaba de tres chicas de catorce años que salían de
acampada.
-¿Puedo ver tus últimos dibujos?
Ro colgó los abrigos.
-No tengo ninguno. Justo acabo de empezar con una nueva idea.
A veces sus libros comenzaban con esbozos sueltos, otras veces, con
texto. Hoy se había inspirado en la vida real.
-¡Cuéntamela, por favor!
Siempre compartían tazas de té Constant Comment antes de hacer
cualquier otra cosa, y Ro se dirigió a la diminuta cocina que se encontraba en
el extremo opuesto de su estudio para poner agua a hervir. Su minúsculo
dormitorio estaba situado justo encima, dominando toda la vivienda. Los
estantes de metal de las paredes estaban repletos de los libros que adoraba: su
apreciada serie de novelas de Jane Austen, ejemplares andrajosos de las obras
de Daphne du Maurier y Anya Seton, todos los primeros libros de Mary Stewart,
junto con Victoria Holt, Phyllis Whitney y Danielle Steel.
Las estanterías más estrechas contenían hileras dobles de libros de
bolsillo: sagas históricas, novelas románticas, novelas de misterio, guías de
viajes y libros de consulta. También estaban representados sus escritores
literarios favoritos, además de las biografías de mujeres famosas y algunas de
las selecciones menos deprimentes del club de libros de Oprah, la mayoría de
las cuales Rochi las había descubierto antes de que Oprah las compartiera con
el mundo.
Guardaba los libros infantiles que le gustaban en los estantes del
dormitorio. Su colección incluía todas las historias de Eloise y los libros de
Harry Potter, El estanque del Mirlo, algo de Judy Blume, Los niños del furgón,
de Gertrude Chandler Warner, Ana de Green Gables, algún número de Las gemelas
de Sweet Valley como diversión, y los destartalados libros de Barbara Cartland
que había descubierto cuando tenía diez años. Era una colección digna de un
ratón de biblioteca, y a sus sobrinos les encantaba acurrucarse en su cama con
un montón de esos libros a su alrededor mientras intentaban decidir cuál
leerían a continuación.
Rochi sacó un par de tazas de porcelana con delicados bordes dorados y
dibujos de pensamientos violetas.
-Hoy he decidido que mi nuevo libro se titulará Daphne se cae de
bruces.
-¡Cuéntame!
-Pues... Daphne está paseando por el Bosque del Ruiseñor pensando en
sus cosas cuando Benny aparece de la nada montado en su bicicleta de montaña y
la tira al suelo.
-Ese tejón fastidioso -dijo Valeria moviendo la cabeza con
desaprobación.
-Exactamente.
Vale miró a Rocío cautelosamente y sugirió:
-Creo que alguien debería robarle a Benny su bici de montaña. Así no
se metería en problemas.
Rochi sonrió.
-El robo no existe en el Bosque del Ruiseñor. ¿No lo habíamos
comentado ya cuando quisiste que alguien le robara a Benny su moto acuática?
-Me parece que sí -contestó la niña con esa expresión de testarudez
que había heredado de su padre-. Pero si puede haber bicicletas de montaña y
motos acuáticas en el Bosque del Ruiseñor, no veo por qué no puede haber también
robos. Además, Benny no hace cosas malas adrede, simplemente es un poco
travieso.
-La línea que separa las travesuras de la estupidez es muy delgada
-dijo pensando en Gastón.
-¡Benny no es estúpido!
La niña parecía ofendida, y Rochi pensó que hubiera sido mejor no
abrir la boca.
-Por supuesto que no. Es el tejón más listo del Bosque del Ruiseñor
-dijo despeinando un poco a su sobrina-. Venga, nos tomaremos el té y luego
llevaremos a Cafre a pasear
junto al lago.
Rocío no tuvo ocasión de abrir el correo hasta avanzada la noche,
cuando Vale ya se había quedado dormida con un ejemplar de El deseo de
Jennifer en las manos. Puso la factura del teléfono en un clip y luego
abrió distraídamente un sobre de tamaño comercial. En cuanto leyó el título deseó
no haberse tomado la molestia.
NIÑOS
HETEROSEXUALES POR UNA
AMÉRICA HETEROSEXUAL
AMÉRICA HETEROSEXUAL
¡La
agenda de los homosexuales radicales apunta a nuestros hijos! Nuestros
ciudadanos más inocentes son traídos hacia los males de la perversión mediante
libros obscenos y programas de televisión irresponsables que glorifican este
comportamiento desviado y moralmente repugnante...
Niños Heterosexuales por una América Heterosexual (NHAH) era una
organización con sede en Chicago, cuyos miembros de mirada perdida aparecían
últimamente en algunos programas locales de entrevistas en los que vomitaban
sus paranoias personales.
«Si al menos dedicasen su energía a algo constructivo, como mantener
las armas lejos de los niños», pensó mientras tiraba la carta a la basura.
Al anochecer del día siguiente, Rochi dejó caer una mano del volante y
pasó sus dedos por la cabeza de Cafre. Acababa de dejar a Vale con sus padres
y se dirigía a la casa de vacaciones que los Riera tenían en Door County, Wisconsin.
No llegaría allí hasta tarde, pero las carreteras estaban despejadas y a ella
no le importaba conducir de noche. Había tomado la impulsiva decisión de viajar
al norte. Su conversación del día anterior con Mery había sacado a la luz algo
que había intentado negar por todos los medios. Su hermana tenía razón. Haberse
teñido el pelo de rojo era un síntoma de un problema mayor. Su antiguo
desasosiego había vuelto.
Es cierto que ya no experimentaba ninguna compulsión de activar una
alarma de incendios, y desprenderse de todo su dinero ya no era una opción.
Pero eso no significaba que su subconsciente no pudiese encontrar alguna nueva
manera de crear un alboroto. Tenía la incómoda sensación de verse atraída hacia
un lugar que creía haber dejado atrás.
Recordó lo que el psicoterapeuta le había dicho hacía ya muchos años
en Northwestern.
-De niña, creías que podías conseguir que tu padre te quisiera si
hacías todo lo que se suponía que tenías que hacer. Si sacabas las mejores
notas, vigilabas tus modales y obedecías todas las normas, entonces él te
daría la aprobación que todo niño necesita. Pero tu padre era incapaz de esa
clase de amor. Finalmente, algo se rompió dentro de ti e hiciste lo peor que
se te pudo ocurrir. En realidad, fue una rebelión sana. Para mantenerte en
funcionamiento.
-Eso no explica lo que hice en el instituto -le dijo ella-. Entonces,
Barto ya estaba muerto y yo vivía con Mery y Nicolás. Ambos me amaban. ¿Y qué
me dice del incidente del hurto en la tienda?
-Tal vez necesitabas poner a prueba el amor de Mery y Nico...
Algo raro se agitó en el interior de Rocío.
-¿A qué se refiere?
-La única manera de asegurarte de que su amor era incondicional era
hacer algo terrible para ver si luego seguían a tu lado.
Y allí habían seguido.
Entonces, ¿por qué volvía a atormentarla su viejo problema? Ya no
quería más alborotos en su vida. Quería escribir sus libros, disfrutar de sus
amistades, pasear a su perro y jugar con sus sobrinos. Pero llevaba ya varias
semanas sintiendo ese desasosiego, y una mirada a su horrible pelo rojo le
dijo que tal vez estaba a punto de volver a subirse por las paredes.
Hasta que se le pasara ese impulso, haría algo inteligente y se
escondería en Door County durante una o dos semanas. A fin de cuentas, ¿qué
posibles problemas podía encontrarse allí?
Gastón Dalmau estaba soñando con la Red Jack Express, una jugada
especial de los quarterbacks, cuando algo lo despertó. Se incorporó, gruñó e
intentó adivinar dónde estaba, pero la botella de whisky escocés con la que
había hecho amistad antes de dormirse se lo estaba poniendo difícil.
Normalmente su droga preferida era la adrenalina, pero esa noche el alcohol le
había parecido una buena alternativa.
Volvió a oír el ruido, unos rasguños en la puerta, y entonces lo
recordó todo. Estaba en Door County, Wisconsin, los Stars no jugaban esa
semana, y Nicolás le había abofeteado con una multa de diez mil dólares.
Después de eso, el muy desgraciado le había ordenado que se refugiara en su
casa de vacaciones y se quedara allí hasta que volviera a tener la cabeza en
su sitio.
Él no tenía ningún problema con su cabeza, aunque sin duda sí había un
problema con el sistema de seguridad de alta tecnología de los Riera, porque
alguien estaba intentando forzar la cerradura.
Wow, que capitulo. Mira vos Rochi!!! me mato el final, quiero saber que pasa, bah, ya se que pasa pero mucho no me acuerdo. Quiero el proximo Javi.
ResponderEliminarAhhhhhhhhhhhhhhh jodemeeeeeeee??? van a la misma casa!!! La q esta entrando es Rochiiiiiii!!! Me muero acaaaaaaa...
ResponderEliminarpd: era necesario q la nena sea Vale??? me confunde!!! jajajaja