—¿Qué
mierda has hecho aquí? —Gastón se quedó paralizado bajo el umbral de la puerta.
—¿A
que queda genial? —Rocío contempló con satisfacción la transformación de la
caravana en lo que ella consideraba un acogedor y encantador nidito de amor.
Unas
fundas en tono crema salpicadas de pensamientos en colores púrpuras, azules y
caramelo ocultaban el horroroso estampado a cuadros del sofá; los colines a
juego hacían que los viejos muebles parecieran cálidos y confortables. Había
instalado también unas pequeñas barras de latón encima de las ventanas,
sustituyendo aquellas horribles cortinas amarillentas por otras de muselina
blanca adornadas con cintas azules y lavanda de diversas texturas y anchuras.
Un
lazo de seda azul y violeta camuflaba la pantalla rota de la lámpara en la
esquina, y varias cestas de mimbre contenían ahora las revistas y los
periódicos que antes estaban esparcidos por todas partes. Un surtido de envases
desaparejados, desde floreros y tazones de alfarería a jarras azules Wedgwood,
llenaban el estante de encima de la cocina donde había clavado con chínchelas
una cuerda de colores para que no se cayeran los utensilios cuando la caravana
estuviera en movimiento. La mesa estaba dispuesta con mantelitos individuales
en la misma gama de colores púrpura y violeta, así como la porcelana china, que
aunque no hacía juego entre sí, poseía las mismas tonalidades. Había dos tazas
blancas, dos copas de cristal, una de las cuales tenía una fisura, y unos
platos de color añil. En el centro de la mesa, un recipiente de barro albergaba
un ramillete de flores silvestres que Rocío había agarrado en el borde del
recinto.
—No
he podido hacer más con la alfombra —le explicó aún jadeante por haber tenido
que prepararlo con prisa. —Pero he quitado las peores manchas y no ha quedado
tan mal. Cuando tenga algo de dinero, me ocupare de la cama. Quizá le ponga una
de esas colchas indias y más almohadones. No soy buena costurera, pero creo que
puedo...
—¿De
dónde has sacado el dinero para hacer esto?
—De
mi sueldo.
—¿Te
has gastado tu dinero en esto?
—He
buscado en tiendas de segunda mano y en los mercadillos de los pueblos que
hemos visitado. ¿Sabías que nunca había entrado en un WalMart hasta hace dos
semanas? Es asombroso lo que puede dar de sí un dólar si te lo propones... —En
ese momento Rocío vio la expresión en la cara de Gastón y su sonrisa se
desvaneció. —No te gusta.
—No
he dicho eso.
—No
hace falta que lo digas. Se te ve en la cara.
—No
es que no me guste. Es que no tiene sentido que desperdicies tu dinero en este
lugar.
—No
creo que sea un desperdicio.
—Es
una caravana, por el amor de Dios. No vamos vivir aquí tanto tiempo.
Ésa
no era la verdadera razón de la reticencia de Gastón. Rocío lo observó y llegó
a la conclusión de que tenía dos opciones: podía marcharse enfadada o podía
obligarle a ser sincero con ella.
—Dime
exactamente qué es lo que no te gusta.
—Nada.
—Sí,
algo no te gusta. Eugenia me dijo que habías rechazado una caravana mejor que
ésta. —Él se enagarró de hombros. —¿Acaso sólo querías hacerme las cosas más
difíciles?
Gastón
fue a la nevera y agarró una botella de vino que había comprado el día
anterior; una botella que ella había considerado demasiado cara para su
presupuesto.
Rocío
se negó a dejar pasar el tema.
—¿Querías
seguir viviendo en este lugar tal y como estaba?
—Estaba
bien —repuso él sacando un sacacorchos del cajón.
—No
te creo. Te gustan las cosas bonitas. He observado cómo miras el paisaje cuando
viajamos y siempre me señalas los escaparates cuando ves algo bonito. Ayer,
cuando paramos en aquel quiosco al lado de la carretera, dijiste que la cesta
con frutas te recordaba a un Cézanne.
—¿Quieres
una copa de vino?
Ella
negó con la cabeza y lo estudió. Finalmente se dio cuenta de lo que pasaba.
—He
traspasado la línea otra vez, ¿verdad?
—No
sé a qué te refieres.
—Me
refiero a esa línea invisible que has trazado en tu mente entre un matrimonio
de verdad y otro que no lo es. La he cruzado otra vez, ¿no?
—Lo
que dices no tiene sentido.
—Claro
que lo tiene. Has hecho una lista mental de reglas y preceptos para nuestro
matrimonio. Se supone que debo acatar tus órdenes sin rechistar y que debo
mantenerme apartada de ti, salvo para acostarnos juntos, claro. Pero lo más
importante de todo es que no debemos crear vínculos emocionales. No me está
permitido preocuparme por vos, ni por nuestro matrimonio, ni por nuestra vida
en común. Ni siquiera puedo ocuparme de que esta fea caravana resulte
acogedora.
Por
fin consiguió que Gastón reaccionara. Él posó con un gesto brusco la copa de
vino sobre el mostrador.
—¡No
quiero que hagas un «nidito de amor», eso es todo! No es una buena idea.
—Así
que tengo razón —dijo ella en voz baja.
Gastón
se pasó la mano por el pelo.
—Eres
una maldita romántica. Algunas veces, cuando te veo observándome, tengo la
sensación de que no me ves cómo soy en realidad, sino como vos queres que sea.
Eso es lo que haces con este acuerdo... este vínculo legal que hay entre
nosotros. Vas a moldearlo hasta que se ajuste a tus ideas.
—Es
un matrimonio, Gastón, no un simple vínculo legal. Hemos hecho unos votos
sagrados.
—¡Durante
seis meses! ¿No entiendes que estoy preocupado por ti? Intento protegerte para
no hacerte daño.
—¿Protegerme?
Ya entiendo. —Rocío respiró hondo. —¿Por eso cuentas mis píldoras
anticonceptivas?
La
expresión de Gastón se volvió fría y distante.
—Eso
no significa nada.
—Al
principio no entendía por qué sobresalían del estante del botiquín cuando
siempre las dejaba al fondo. Luego me di cuenta de que las contabas.
—Sólo
me aseguraba de que no te olvidabas ninguna, eso es todo.
—En
otras palabras, me has estado espiando.
—No
pienso disculparme. Sabes lo importante que a para mí no tener hijos.
Ella
lo miró con tristeza.
—No
hay nada entre nosotros, ¿verdad? Ni respeto, ni afecto, ni confianza.
—Existe
afecto, Rocío. Por lo menos por mi parte.-- Vaciló. —Y también te has ganado mi
respeto. Nunca pensé que te tomarías el trabajo tan en serio. Eres muy
valiente, Rocío.
La
joven se negó a sentirse agradecida por aquellas palabras.
—Pero
no confías en mí.
—Creo
que tienes buenas intenciones.
—Aun
así crees que soy una ladrona. Eso no habla bien de mis buenas intenciones.
—Estabas
desesperada cuando agarraste ese dinero. Estabas cansada y asustada o no lo habrías
hecho. Ahora lo sé.
—Yo
no agarre el dinero.
—No
importa, Rocío. No te culpo.
El
hecho de que él aún no la creyera no debería dolerle tanto. La única manera de
convencerlo sería implicar a Heather y, como ahora sabía, no podía hacerlo.
¿Qué
ganaría con ello? No quería ser la responsable del destierro de Heather. Y
aquella relación no funcionaría si tenía que demostrarle a Gastón su inocencia.
—Si
confías en mí, ¿por qué contabas las píldoras?
—No
puedo correr riesgos. No quiero tener hijos.
—Eso
ya lo has dejado claro. —Quiso preguntarle si lo que encontraba tan repulsivo
era tener un hijo o tenerlo con ella, pero le daba miedo la respuesta. —No
quiero que vuelvas a contarlas. Te he dicho que las tomaría y lo haré. Pero
tendrás que confiar en mí.
La
joven percibió la lucha interna de su marido. A pesar de que su propia madre la
había traicionado con Noel Black, Rocío no había perdido la fe en la raza
humana. Pero Gastón no confiaba en nadie salvo en sí mismo.
Para
su sorpresa, sintió que la indignación que sentía se desvanecía y la compasión
ocupaba su lugar. Qué terrible debía de ser esperar siempre lo peor de la
gente.
Rocío
rozó la mano de Gastón con la punta de los dedos.
—Nunca
te haría daño a propósito, Gastón. Me gustaría que al menos creyeras eso.
—No
es fácil.
—Lo
sé. Pero es necesario que lo hagas.
Él
la miró durante un buen rato antes de asentir brevemente con la cabeza.
—Bueno.
No las contaré más.
Rocío
sabía lo que esa pequeña concesión le había costado a su marido y se emocionó.
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