miércoles, 9 de noviembre de 2011

Segunda Parte, Primer Capitulo


A continuación venía un retrato formal de María Igarzabal de Riera, actual propietaria de los Stars, y luego una fotografía de su marido, Nicolás Riera, en sus tiempos de primer entrenador, mucho antes de convertirse en el presi­dente del equipo. Rochi le dedicó una sonrisa afectuosa a su temperamental cuñado. Nico y Mery la habían criado des­de que tenía quince años, e incluso en su peor momento ha­bían sido mejores padres que Bartolomé Igarzabal en su día más afortunado.
También había una foto de Victorio D’Alessandro, director ge­neral de los Stars desde hacía tiempo, y tío Vico para los ni­ños. María, Nico y Vico se esforzaban mucho por conciliar el absorbente trabajo de dirigir un equipo de la NFL con la vida familiar. A lo largo de los años, la cuestión había impli­cado varias reorganizaciones, una de las cuales había lleva­do a Vico de regreso a los Stars tras haber permanecido una temporada alejado del equipo.     
Rochi hizo una parada rápida en el aseo. Mientras ple­gaba su abrigo sobre la pila, le dio un vistazo crítico a su pelo. Aunque el pelo corto ligeramente desigual le hacía re­saltar más los ojos color miel, no había acabado de quedar satisfecha con el cambio, de modo que decidió cambiar el tono rubio natural de su pelo por un rojo particularmente chi­llón. Parecía un frutilla.
Al menos, el color del pelo le daba un cierto brillo a sus rasgos más bien corrientes. No es que estuviera contenta de su aspecto. Tenía una nariz que estaba bien y una boca que no estaba mal. Su cuerpo, ni demasiado delgado ni de­masiado gordo, estaba sano y era funcional, cosa que agra­decía. Una mirada a sus pechos confirmó algo que había aceptado hacía mucho tiempo: para ser hija de una corista, no daba la talla.
Sus ojos, en cambio, eran bonitos, ligeramente rasgados, y le gustaba creer que ese sesgo le daba a su rostro un aire misterioso. Cuando era niña, solía cubrirse la mitad inferior de la cara con una enagua, a modo de velo, y fingía ser una hermosa espía árabe.
Con un suspiro, se frotó los restos de barro de sus viejos pantalones Comme des Garcons y luego cepilló su querido aunque estropeado bolso Prada. Después de hacer todo lo que pudo, cogió el abrigo marrón acolchado que se había comprado en Target y se dirigió al despacho de su hermana.
Era la primera semana de diciembre, y parte del perso­nal había empezado a colocar los adornos navideños. En la puerta de su despacho, Mery había colgado un dibujo que Ro había hecho de pequeña: era Papa Noel vestido con el uniforme de los Stars. Rochi asomó la cabeza por la puerta.
-Ya está aquí la tía Rochi.
Los brazaletes de oro retintinearon cuando su despam­panante y rubia hermana mayor dejó caer el bolígrafo.
-Gracias a Dios. Un poco de cordura, eso es justamente lo que nece... ¡Cielo santo! ¿Qué te has hecho en el pelo?
María, con su sedoso cabello rubio claro, sus ojos ám­bar y un tipazo de muerte, tenía el mismo aspecto que hu­biera tenido Marilyn Monroe si hubiera llegado a los cua­renta, aunque a Rocío le costaba imaginarse a Marilyn con una mancha de mermelada de uva en la blusa de seda. Hicie­ra lo que hiciera, Rochi no sería nunca tan guapa como su hermana, aunque no le importaba. Poca gente sabía los ma­los ratos que aquel cuerpo exuberante y su belleza de vam­piresa le habían hecho pasar a María de más joven.
-No, Rochi... otra vez no.
Al ver la consternación en la mirada de su hermana, Rochi lamentó no haberse puesto un sombrero.
-Tranquilízate, ¿quieres? No va a pasar nada.
-¿Cómo voy a tranquilizarme? Cada vez que te haces algo drástico en el pelo, tenemos otro incidente.
-Ya hace tiempo que dejé atrás los incidentes -suspi­ró Ro-. Esto ha sido simplemente cosmético.
-No te creo. Estás a punto de cometer otra locura, ¿ver­dad?
-¡No! -respondió Rochi, pensando que si lo repetía frecuentemente tal vez lograría convencerse a sí misma.
-Sólo tenías diez años -murmuró María entre dien­tes-. Eras la niña más brillante y modosita del internado. Entonces, sin saberse por qué, te cortaste el flequillo y tiras­te una bomba fétida en el comedor.
-Aquello sólo fue un experimento de química de una niña dotada.
-Trece años. Tranquila. Estudiosa. Sin ningún paso en falso desde el incidente de la bomba fétida. Hasta que em­pezaste a ponerte polvos de gelatina de uva en el pelo. Y, abra­cadabra, ¡cambio! Empaquetas los trofeos del instituto de Bartolomé, llamas a una empresa de basureros y haces que se los lleven.
-Eso te gustó cuando te lo conté. Admítelo.
Pero María estaba disparada, y no iba a admitir nada.
-Pasan cuatro años. Cuatro años de comportamien­to modélico y grandes logros escolares. Nico y yo te hemos acogido en nuestra casa y en nuestros corazones. Eres alum­na del último año, casi a punto de preparar tu discurso de despedida. Tienes un hogar estable, gente que te quiere... Eres vicepresidenta del Consejo de Estudiantes... Por tanto, ¿por qué iba a preocuparme porque te tiñeras el pelo a rayas azules y naranjas?
-Eran los colores de la escuela-dijo Rocío con un hilo de voz.
-¡Y me llaman de la policía diciéndome que mi herma­na, mi hermana estudiosa, talentosa, y ciudadana del mes, ha accionado deliberadamente una alarma de incendios duran­te la hora de la comida! ¡Se acabaron las pequeñas diabluras de nuestra Rocío! Ya no... ¡Había pasado directamente a un delito de segundo grado!
Era la cosa más miserable que había hecho Rochi en su vida. Había traicionado a la gente que la quería, e incluso des­pués de un año de supervisión judicial y muchas horas de ser­vicio comunitario, no había logrado entender el porqué. No lo comprendió hasta más tarde, durante su segundo año de estudiante en Northwestern.
Había sido en primavera, justo antes de los exámenes fi­nales. Rochi estaba inquieta y era incapaz de concentrarse.
En lugar de estudiar, leía montones de novelas románticas, dibujaba o se miraba el pelo en el espejo y suspiraba por algo prerrafaelita. Ni siquiera utilizar su paga en algunas exten­siones para el pelo había calmado su desasosiego. Entonces, un día, al salir de la librería de su facultad, descubrió en su bolso una calculadora por la que no había pagado.
Su reacción fue entonces mucho más inteligente que la que había tenido en sus tiempos de instituto: volvió co­rriendo a devolverla y se dirigió a la oficina de ayuda so­ciopsicológica de Northwestern.
De pronto María se puso en pie e interrumpió los pen­samientos de Rochi:
-Y la última vez...
Rocío dio un paso atrás, aunque de hecho ya sabía a don­de iba a ir a parar su hermana.
- … la última vez que te hiciste algo drástico en el pelo, ese horroroso corte de pelo al rape, hace un par de años...
-No era horroroso, era la moda.
Mery apretó los dientes.
-¡La última vez que te hiciste algo tan drástico, te des­prendiste de quince millones de dólares!
-Vale... Pero lo del pelo al rape fue pura coincidencia.
-¡Ja!
Por quincemillonésima vez, Ro explicó por qué lo ha­bía hecho.
-El dinero de Barto me estaba estrangulando. Tenía que romper definitivamente con el pasado para poder vivir mi propia vida.
-¡Una vida de pobre!
Rochi sonrió. Aunque Mery no lo admitiría nunca, comprendía perfectamente por qué Ro había donado su herencia.
-Míralo por el lado positivo. Apenas nadie sabe que me desprendí de mi dinero. Sólo creen que soy una excéntrica por conducir un Escarabajo de segunda mano y vivir en un piso pequeño como una caja de zapatos.
-Un piso que tú adoras.
Rochi ni siquiera intentó negarlo. Su loft era su posesión más preciada, y le encantaba saber que se ganaba el dinero con el que pagaba la hipoteca cada mes. Sólo alguien que hu­biera crecido sin un hogar que fuera auténticamente suyo podía comprender lo que significaba para ella.
Decidió cambiar de tema antes de que María volviera a la carga.
-Tus peques me han dicho que Nico le ha impuesto una multa de diez mil dólares al señor Superficial.
-Preferiría que no le llamaras así. Gas no es superfi­cial, sólo es...
-¿Carente de interés?
-Sinceramente, Rochi, no sé por qué le detestas tanto. ¡Si apenas habréis intercambiado una docena de palabras du­rante estos años!
-Por definición. Evito a la gente que sólo habla de fútbol.
-Si le conocieras mejor, le adorarías tanto como yo.
-¿No te resulta fascinante que salga sobre todo con mu­jeres con un inglés limitado? Aunque supongo que eso evi­ta que algo tan tonto como una conversación interfiera con el sexo.
María se rió a su pesar.
Aunque Rocío lo compartía casi todo con su hermana, no le había confesado su encaprichamiento por el quarter­back de los Stars. No solo porque habría sido humillante, si­no porque  se lo habría contado a Nicolás y él se habría puesto como una moto. Decir que su cuñado era algo pro­tector con Rochi sería quedarse muy corto: no quería que se le acercase ningún deportista, a menos que estuviese feliz­mente casado o fuese gay.
En ese momento, el protagonista de sus pensamientos en­tró en la habitación. Nicolás Riera era alto, rubio y elegante. La edad le había tratado amablemente, y en los doce años que hacía que Rochi le conocía, las arrugas que habían ido apare­ciendo en su rostro viril sólo le habían aportado carácter. Su presencia bastaba para llenar una habitación: era el reflejo de la perfecta autoestima de alguien que sabe lo que quiere.
Nico era el primer entrenador cuando Mery heredó los Stars. Desafortunadamente, ella no sabía nada sobre fútbol y él le declaró inmediatamente la guerra. Sus primeras bata­llas habían sido tan feroces que Victorio había llega­do a suspenderlo por insultarla; su ira, sin embargo, no tardó en convertirse en algo totalmente diferente.
Rocío consideraba la historia de amor de Mery y Nico como material de leyenda, y hacía mucho tiempo había de­cidido que, si no podía tener lo mismo que compartían su hermana y su cuñado, no quería nada. Sólo una Gran His­toria de Amor la satisfaría, y eso era tan probable como que Nico le retirase la multa a Gastón.
Su cuñado le pasó automáticamente un brazo por detrás de los hombros. Cuando Nico estaba con su familia, siempre tenía el brazo detrás de los hombros de alguien. Ro sin­tió una punzada en el corazón. Con los años había salido con un montón de chicos decentes e incluso había intenta­do convencerse de que se había enamorado de uno o dos de ellos, pero su enamoramiento se había evaporado en el mo­mento de darse cuenta de que no podrían llenar ni por aso­mo la gigantesca sombra proyectada por su cuñado. Empe­zaba a sospechar que nadie lo lograría jamás.
-Mery, ya sé que Gastón te cae bien, pero esta vez ha ido demasiado lejos -dijo Nico. Su acento de Alabama, len­to y pesado, se volvía más denso cuando se enfadaba, y en ese momento goteaba melaza.
-Eso es lo que dijiste la última vez -replicó la rubia-. Y a ti también te cae bien.
-¡No lo comprendo! Jugar con los Stars es la cosa más importante en la vida. ¿Por qué se esfuerza tanto en arrui­narlo?
Mery sonrió con dulzura y respondió:
-Probablemente tú puedas responder a eso mejor que ningún otro, ya que también fuiste una auténtica ruina has­ta que llegué yo.
-Debes de estar confundiéndome con otra persona.
María se rió, y la mirada colérica de Nico dio paso a esa sonrisa entrañable que Rochi había presenciado miles de ve­ces y había envidiado otras tantas. Luego la sonrisa se des­vaneció.
-Si no le conociese mejor, diría que le persigue el dia­blo -dijo entonces.
-Diablos -interpuso Ro-, todos con acento ex­tranjero y grandes tetas.
-Eso es lo que tiene ser jugador de fútbol: no lo olvides jamás -repuso el hombre.
Rocío no quería oír nada más de Gastón, así que tras dar­le a Nico un beso rápido en la mejilla, dijo:
-Vale me espera. Se la devolveré mañana a última hora de la tarde.
-No le dejes leer los periódicos de la mañana.
-No lo haré.
Valeria se entristecía cuando los periódicos no habla­ban bien de los Stars, y la multa que se le había impuesto a Gastón sin duda iba a suscitar polémica.

1 comentario:

  1. Me encanta esta adaptacion, ya la lei, pero la voy a volver a leer porque es una de las historias que más me encanto. Amo este capitulo es lo más, igual me mata que Rochi esta obsesionada con Gaston, y despues lo que pasa, igual no me adelanto a los acontecimientos. Quiero el proximo Javi!!! ☺

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