Rocío
observó a Sinjun con satisfacción.
Gracias al nuevo nailon y a las duchas diarias, el pelaje del animal tenía
ahora mejor aspecto. Le hizo una burlona reverencia.
—Buenos
días, majestad.
Sinjun
le enseñó los dientes, gesto que ella interpretó como una manera de decirle que
no se pusiera demasiado cursi con él.
No
había experimentado más momentos de comunicación mística con él, por lo que
había comenzado a pensar que los que había tenido antes habían sido inducidos
por la fatiga. Aun así, no podía negar que aún seguía sintiendo miedo cuando
estaba cerca de él.
Había
dejado una bolsa con chucherías que había comprado con su propio dinero en una
tienda del pueblo cerca de un fardo de heno. La agarró y la llevó a la jaula de
Glenna. La gorila ya la había
divisado y apretaba su cara contra los barrotes, esperando pacientemente.
La
muda aceptación de Glenna de su
destino, junto con el anhelo que mostraba por disfrutar de contacto humano,
rompía el corazón de Rocío . Acarició la suave palma que el animal alargaba a
través de los barrotes.
—Hola,
cariño. Tengo algo para vos. —Sacó de la bolsa una madura ciruela púrpura. La
fruta tenía la misma textura que los dedos de Glenna. Áspera por fuera. Blanda por dentro.
Glenna
tomó la ciruela y se retiró a la parte posterior de la jaula donde se la comió
con pequeños y delicados mordisquitos mientras miraba a Rocío con triste
gratitud.
Rocío
le dio otra y continuó hablando con ella. Cuando la gorila terminó de comer, se
acercó de nuevo a los barrotes, pero esta vez agarró el pelo de Rocío.
La
primera vez que había hecho eso Rocío había sentido miedo, pero ahora sabía lo
que quería hacer Glenna y se arrancó
la goma elástica de la coleta.
Durante
un buen rato permaneció con paciencia ante la jaula, dejando que la gorila la
aseara como si fuera su hija mientras hurgaba en su cabello en busca de pulgas
y mosquitos inexistentes.
Cuando
por fin terminó, Rocío notó que se le había puesto un nudo en la garganta por
la emoción. No importaba lo que dijeran, no entendía cómo podían tener
enjaulada a una criatura tan humana.
Dos
horas más tarde, Rocío regresaba a la caravana acompañada de su enorme mascota
cuando vio a Heather practicando con los aros cerca del campo de juego. Ahora
que ya no estaba tan cansada, Rocío había podido recordar con claridad lo
sucedido la noche en que había desaparecido el dinero y pensó que era el
momento apropiado para hablar con la chica.
Heather
dejó caer un aro cuando ella se acercó, y mientras se agachaba para agarrarlo,
miró a Rocío con cautela.
—Quiero
hablar contigo. Heather. Vamos a sentarnos en las gradas.
—No
tengo nada que hablar contigo.
—Estupendo.
Entonces hablaré yo. Muévete. - Heather
la miró con resentimiento pero respondió a su tono autoritario. Después de agarrar
los aros, siguió a Rocío, arrastrando las sandalias.
Rocío
se sentó en la tercera fila y Heather lo hizo una fila más abajo. Tater localizó un lugar cerca de la
segunda base y comenzó a revolcarse en el lodo, que es lo que hacen los
elefantes para enfriarse.
—Supongo
que vas a largarme un rollo por lo de Gastón.
—Gastón
está casado, Heather, y el matrimonio es un vínculo sagrado entre un hombre y
una mujer. Nadie tiene derecho a intentar romperlo.
—¡No
es justo! No te lo mereces.
—No
eres quién para juzgar eso.
—¿De
verdad eres tan santurrona?
—¿Cómo
voy a ser santurrona? —dijo Rocío con voz queda. —Soy una ladrona, ¿recuerdas?
Heather
se llevó los dedos a la boca y comenzó a morderse las uñas.
—Todos
te odian por haber robado ese dinero.
—Ya
lo sé. Pero eso no es justo, ¿verdad?
—Por
supuesto que es justo.
—Pero
las dos sabemos que yo no lo hice.
Heather
se puso tensa y permaneció un largo segundo en silencio antes de contestar.
—Sí
que lo hiciste.
—Vos
estuviste en el vagón rojo esa noche después de que Eugenia comprobara la
recaudación; antes de que yo cerrara el cajón.
—¿Qué
más da? ¡No robé el dinero y no puedes acusarme de nada!
—Hubo
una llamada para Gastón. Agarre el teléfono y mientras estaba distraída,
metiste la mano en el cajón de la recaudación y robaste los doscientos dólares.
—¡No
lo hice! ¡No puedes demostrarlo!
—Luego
te colaste en nuestra caravana y escondiste el dinero en mi maleta para que
todos pensaran que había sido yo.
—¡Mientes!
—Debería
haberme dado cuenta de inmediato, pero estaba tan cansada por intentar
acostumbrarme a todo esto que se me olvidó que habías estado allí.
—Mientes
—repitió Heather, aunque esta vez con menos vehemencia. —Y como le vayas con el
cuento a mi padre, lo lamentarás.
—No
puedes amenazarme con nada peor que lo que ya me has hecho. No tengo amigos,
Heather. Nadie quiere hablar conmigo porque piensan que soy una ladrona. Ni
siquiera me cree mi marido.
La
cara de Heather era la viva imagen de la culpa y Rocío supo que tenía razón.
Miró a la adolescente con tristeza.
—Lo
que has hecho está muy mal.
Heather
bajó la cabeza y su fino cabello cayó hacia delante, cubriéndole el rostro.
—No
puedes probar nada —masculló.
—¿Es
así como quieres vivir? ¿Actuando de manera deshonesta? ¿Siendo cruel con otras
personas? Todos cometemos errores, Heather, y si quieres madurar tienes que
aprender a asumirlos.
La
adolescente hundió los hombros y Rocío vio en qué momento exacto se dio por
vencida.
—¿Vas
a decírselo a mi padre?
—No
lo sé. Pero tengo que decírselo a Gastón.
—Pero
él se lo dirá a mi padre.
—Es
probable. Gastón tiene un profundo sentido de la justicia.
Una
lágrima cayó sobre el muslo de Heather, pero Rocío endureció el corazón para no
compadecerla.
—Mi
padre me dijo que si me metía en algún lío me enviaría de vuelta con tía Terry.
—Pues
tal vez deberías haber pensado en eso antes de tenderme una trampa.
Heather
no dijo nada y Rocío no la presionó. Finalmente, la joven se enjugó las
lágrimas con el dobladillo de la camiseta.
—¿Cuándo
vas a decírselo?
—Aún
no lo he pensado. Esta noche, quizás. O tal vez mañana.
Heather
asintió bruscamente con la cabeza.
—Yo
sólo... el dinero estaba allí y aunque no lo había planeado...
Rocío
intentó tragarse la lástima que sentía recordándose a sí misma que, por las
acciones de esa chica, su marido pensaba que era una ladrona y su matrimonio
había fracasado antes de haber tenido siquiera una oportunidad.
—Lo
que hiciste no estuvo bien. Tienes que enfrentarte a las consecuencias.
—Sí,
supongo. —Heather intentó secarse las lágrimas con los dedos. —Me alegro de que
te hayas dado cuenta. Es difícil..., sé que no lo merezco, pero quizá podrías
hablar con Eugenia en vez de con Gastón. Prefiero que se lo diga ella a mi
padre. Se pelean todo el rato, pero por lo menos se respetan y puede que no
pierda el juicio si se lo dice ella.
Rocío
se enderezó.
—¿Tu
padre es violento contigo?
—Bueno,
supongo. Quiero decir que grita y todo eso.
—¿Te
pega?
—¿Papá?
No, nunca me ha pegado. Pero a veces se enfada tanto que casi preferiría que lo
hiciera.
—Entiendo.
—Ya
había asumido que volvería con mi tía tarde o temprano. Sé que necesita que le
eche una mano con los niños y todo eso. He sido muy egoísta queriendo quedarme
aquí, pero los niños son unos auténticos monstruos y, algunas veces, me sacan
de quicio.
Rocío
estaba recibiendo más información de la que quería y se sintió culpable.
La
adolescente se levantó del banco con los ojos llenos de lágrimas.
—Siento
haber sido tan imbécil y haberte causado tantos problemas. —Una lágrima se coló
entre sus pestañas. —Si no quería acabar con tía Terry y los niños, debería
haberme portado mejor. No debería haberlo hecho, pero estaba celosa por Gastón.
—Las palabras le salían entre pequeños hipidos. —Es demasiado mayor... y nunca
se enamoraría de alguien como yo. Pero siempre ha sido agradable conmigo y
supongo que... supongo que quería eso todo el rato, aunque... —respiró hondo,
—aunque siempre supe que no resultaría. Lo siento, Rocío.
Con
un lloriqueo, se giró y huyó. Rocío se acercó a Tater y el elefantito la rodeó con la trompa. Se apoyó contra él,
sin saber muy bien qué hacer. Antes de enfrentarse a Heather, lo había tenido
todo muy claro, pero ahora no estaba tan segura. Si no le decía a Gastón la
verdad sobre Heather, él continuaría creyendo que era una ladrona. Pero si se lo
decía, Heather recibiría un gran castigo y Rocío no creía poder vivir
saliéndose responsable de eso.
Desde
la carretera vio cómo Gastón se subía a la camioneta para dirigirse al pueblo.
Un rato antes le había dicho que tenía que resolver un problema con la compañía
que suministraba los donnickers y que
podía tardar varías horas en volver. Rocío había pensado dedicar ese tiempo a
desempaquetar las compras que llevaba semanas haciendo en secreto y que
transformarían la fea caravana verde en algo parecido a un hogar. Pero su
encuentro con Heather le había quitado el entusiasmo. Sin embargo era mejor
ocuparse de eso que sentarse sin hacer nada.
Pero
mientras se dirigía a la caravana, recuperó el ánimo. Por fin iba a dedicar su
tiempo a algo para lo que sí valía. Estaba deseando ver la cara que pondría
Gastón cuando volviera.
Para, no puede pero NO puede perdonarle a Heather, es mala esa chica, quiere arruinar todo lo que 'tienen' Gas&Rochi. Aparte Gaston ya se enamoro de ella sino que no lo quiere admitir. Me mata la relacion de Rochi&Tater, un tierno el elefante. Y tambien me gusta que Rochi sea atenta con los animales. AYYYY!!! quiero más de esta historia Javi.
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