Daphne la Conejita estaba admirando su reluciente esmalte violeta de uñas cuando Benny el Tejón pasó zumbando montado en su bicicleta de montaña roja y la hizo caer de cuatro patas.
-¡Maldito tejón fastidioso! -exclamó-.Alguien tendría que desinflarte las ruedas.
Daphne se cae de bruces
El día que Gastón Dalmau estuvo a punto de matarla, Rocío Igarzabal renunció para siempre al amor no correspondido.
Estaba esquivando las placas de hielo del aparcamiento de las oficinas de los Chicago Stars cuando Gastón salió rugiendo de la nada en su novísimo Ferrari 355 Spider de color rojo valorado en 140.000 dólares. El coche, envuelto en el sonido chirriante de los frenos y el rugido del motor, dobló la esquina salpicando fango. Mientras intentaba esquivarlo, Rochi perdió el equilibrio, topó con el guardabarros del Lexus de su cuñado y cayó entre una nube de gases del tubo de escape.
Gastón Dalmau ni siquiera redujo la velocidad.
Rochi se quedó mirando cómo se alejaban las luces traseras, apretó los dientes y se puso en pie. Una de las piernas de sus carísimo pantalones Comme des Garlons se había manchado de nieve sucia y barro, su bolso Prada estaba hecho un asco y una de sus botas italianas tenía un arañazo.
-¡Maldito futbolista fastidioso! -murmuró entre dientes-. Alguien tendría que desinflarte las pelotas.
¡Él ni siquiera la había visto, y por descontado no se había fijado en que había estado a punto de matarla! Aunque, por supuesto, eso no era ninguna novedad. Gastón Dalmau no se había fijado en ella desde que empezó a jugar en el equipo de fútbol de los Chicago Stars.
Daphne se sacudió el polvo de la pelusa de su colita de algodón, se limpió el fango de sus brillantes escarpines azules y decidió comprarse el par de patines más rápidos del mundo. Tan rápidos como para poder atrapar a Benny y su bicicleta de montaña...
Rocío contempló durante unos pocos segundos la posibilidad de perseguir a Gastón en el Volkswagen Escarabajo de color chartreuse que se había comprado tras vender su Mercedes, pero ni siquiera su fértil imaginación podía conjurar una conclusión satisfactoria para aquella escena. Mientras se dirigía a la entrada principal de las oficinas de los Stars, sacudió la cabeza avergonzada de sí misma. Ese tipo era atolondrado y superficial, y sólo le importaba el fútbol. Punto: se habían acabado los amores no correspondidos.
No es que fuera realmente amor lo que sentía por aquel patán. Más bien se trataba de un patético encaprichamiento, cosa que podría ser excusable a los dieciséis años, pero que resultaba ridícula en una mujer de veintisiete años con prácticamente el coeficiente intelectual de un genio.
Vaya genio.
Una ráfaga de aire caliente la envolvió mientras se disponía a cruzar la serie de puertas de cristal que, decoradas con el escudo del equipo, consistente en tres estrellas doradas superpuestas sobre un óvalo azul celeste, conducían al vestíbulo. Rochi ya no pasaba en las oficinas de los Chicago Stars tanto tiempo como lo había hecho cuando todavía iba al instituto. Incluso entonces se sentía como una extraña. Era una romántica empedernida, y realmente prefería leer una buena novela o perderse en un museo que ver deportes de contacto. Naturalmente era una acérrima aficionada de los Stars, pero su lealtad era más producto de su entorno familiar que de una inclinación natural. El sudor, la sangre y el choque violento de hombreras eran algo tan extraño para su naturaleza como... bueno... como Gastón Dalmau.
-¡Tía Rochi!
-¡Te estábamos esperando!
-¡No te imaginarías nunca lo que ha ocurrido!
Rochi sonrió mientras sus hermosas sobrinas de once años entraban corriendo en el vestíbulo, con sus rubias melenas al viento.
Paloma y Alai parecían versiones en miniatura de su madre, Mery, la hermana mayor de Ro. Las niñas eran mellizas idénticas, aunque Palo llevaba unos vaqueros y una camiseta holgada de los Stars, y Alai iba enfundada en unos estrechos pantalones negros y un jersey rosa. Ambas eran atléticas, pero a Alai le encantaba el ballet y Paloma triunfaba con los deportes en equipo. Gracias a su naturaleza alegre y optimista, las mellizas Riera eran muy populares entre sus compañeros de clase; sus padres, en cambio, vivían con el corazón en un puño, ya que ninguna de las dos niñas rechazaba jamás un desafío.
Las niñas se detuvieron de pronto soltando un chillido. Fuera lo que fuera lo que querían contarle a su tía Rochi, se les fue de la cabeza en cuanto vieron su pelo.
-¡Dios mío, es rojo!
-¡Rojísimo!
-¡Es genial! ¿Por qué no nos lo habías dicho?
-Fue una especie de impulso -contestó Rochi.
-¡Yo también me teñiré el pelo así! -anunció Alai.
-No es una gran idea -dijo Ro enseguida-. Bueno, ¿qué era eso que ibais a decirme?
-Papá está como loco -declaró Paloma con los ojos muy abiertos.
Alai abrió los ojos aún más.
-El tío Vico y él han vuelto a discutir con Gastón. Aunque minutos antes le había dado la espalda para siempre al amor no correspondido, Rocío aguzó los oídos.
-¿Qué ha hecho Gastón? Además de estar a punto de atropellarme, claro.
-¿Eso ha hecho?
-No importa. Contadme. Alai tomó aire.
-Se fue a Denver a saltar en caída libre antes del partido contra los Broncos.
-Dios mío... -dijo Rochi con el corazón encogido.
-¡Papá acaba de enterarse y le ha multado con diez mil dólares!
-Vaya.
Que Rochi supiera, era la primera vez que multaban a Gastón. Las temeridades impropias del quarterback habían empezado antes del inicio de la pretemporada, en julio, cuando se había aventurado a participar en una carrera de motocross para aficionados y había acabado con un esguince de muñeca. Era impropio de él hacer nada que pudiera poner en peligro su rendimiento en el campo, así que todo el mundo se había mostrado comprensivo, especialmente Nicolás, que consideraba a Gas un consumado profesional.
La actitud de Nico, sin embargo, había empezado a cambiar cuando le habían llegado rumores de que durante la temporada regular Gastón había estado practicando el parapente en Monument Valley. Poco después de eso, el futbolista se había comprado el potentísimo Ferrari Spider que había hecho caer a Ro en el aparcamiento. Al siguiente mes, el Sun-Times había informado de que Gastón había salido de Chicago, tras la charla del lunes posterior al partido, para volar hasta Idaho a practicar el esquí acuático con parapente en Sun Valley. Como Dalmau no había sufrido ningún daño, Nico sólo le había advertido. Pero era evidente que el reciente incidente con el salto en caída libre había colmado el vaso de la paciencia de su cuñado.
-Papá se pasa el día gritando, pero nunca le había oído gritarle a Gas hasta hoy -informó Paloma-. Y Gastón le ha contestado gritando. Le ha dicho que ya sabía lo que se hacía y que no se había lesionado y que papá no tenía por qué meterse en su vida privada.
Rocío hizo una mueca de dolor.
-Seguro que eso no le ha gustado a tu padre.
-Entonces sí que ha gritado -dijo Alai-. El tío Vico ha intentado calmarles, pero ha entrado el entrenador y también se ha puesto a gritar.
Rochi sabía que su hermana María sentía aversión por los gritos.
-¿Qué ha hecho tu madre?
-Se ha encerrado en su despacho a escuchar a Alanis Morissette.
Probablemente había sido una buena idea.
Las interrumpió el martilleo de unas zapatillas deportivas: el sobrino de cinco años, Amado, acababa de doblar la esquina al galope, casi como el Ferrari de Gastón.
-¡Tía Rochi! ¿Sabes qué? -dijo abrazándose a sus rodillas-. Todo el mundo gritaba y me duelen las orejas.
Como Amado había sido bendecido no sólo con la buena presencia de su padre, sino también con la voz retumbante de Nicolas Riera, Rocío tuvo serias dudas acerca de la afirmación de su sobrino. Aun así, le acarició la cabeza.
-Pobrecito...
Él la miró con ojos afligidos.
-Y Gas estaba taaaaan enfadado con papá, el tío Vico y el entrenador, que ha dicho una palabrota.
-Pues no debería haberlo hecho.
-¡Dos veces!
-Santo cielo... -dijo Rochi, reprimiendo una sonrisa. Los niños Riera pasaban tanto tiempo en las oficinas de un equipo de la NFL, la Liga Nacional de Fútbol, que, aunque las normas de la familia eran claras, acababan escuchando más obscenidades de la cuenta. Un lenguaje inadecuado en el hogar de los Riera conllevaba multas muy severas, aunque no tanto como los diez mil dólares de Gastón.
Rochi no podía entenderlo. Una de las cosas que más detestaba de su encaprichamiento -su ex encaprichamiento- por Gastón era el hecho de que se tratara de Gastón, el hombre más superficial del planeta. Lo único que le importaba era el fútbol. El fútbol y una interminable retahíla de modelos internacionales de rostro inexpresivo. ¿Dónde las conocía? ¿En la web sin personalidad.com ?
-Hola, tía Rochi.
Al contrario que sus hermanos, Vale, de ocho años, se acercó a Rcohi pausadamente, sin correr. Aunque Ro amaba a los cuatro niños por igual, había en su corazón un lugar especial para esa vulnerable hija mediana que no tenía ni la capacidad atlética de sus hermanas ni su infinita autoestima. Al contrario, era una romántica soñadora, una devoradora de libros excesivamente sensible e imaginativa, con un gran talento para el dibujo, igual que su tía.
-Me gusta tu peinado.
-Gracias.
Sus perspicaces ojos grises observaron lo que sus hermanas no habían notado: las manchas de barro en los pantalones de Rochi.
-¿Qué te ha pasado?
-He resbalado en el aparcamiento. Nada grave. Vale se mordisqueó el labio inferior.
-¿Ya te han contado lo de la discusión entre Gas y papá?
Se la veía triste, y Rochi podía imaginarse muy bien por qué. Gastón visitaba la casa de los Riera de vez en cuando, y, como su atolondrada tía, la niña de ocho años se había encaprichado con él. Pero, a diferencia de Rocío, el amor que sentía Vale era puro.
Como Amado seguía abrazado a sus rodillas, Rochi le tendió un brazo a su sobrina, y Valeria se apresuró a acurrucarse junto a ella.
-La gente tiene que atenerse a las consecuencias de sus actos, cariño, y eso incluye a Gastón.
-¿Qué crees que hará? -susurró Valeria.
Rochi estaba bastante segura de que se consolaría en brazos de alguna modelo con un escaso dominio del inglés y un profuso dominio de las artes eróticas.
-Estoy segura de que estará bien en cuanto se le pase el enfado.
-Tengo miedo de que haga alguna tontería.
Rochi apartó delicadamente del rostro de Vale un mechón de sus cabellos castaños y preguntó:
-¿Como hacer esquí acuático con parapente el día antes del partido contra los Broncos?
-No debió de pensarlo.
Rocío dudó que el minúsculo cerebro de Gastón tuviera la capacidad para pensar en algo que no fuera el fútbol, pero no compartió esa observación con Valeria.
-Tengo que hablar un momento con tu mamá; luego tú y yo podremos irnos.
-Después de Vale me toca a mí -recordó Amado tras soltarle finalmente las piernas.
-No lo he olvidado.
Los niños se turnaban para pasar la noche en el pequeño piso que Ro tenía en la costa norte. Normalmente se quedaban con ella los fines de semana y no un martes por la noche, pero los profesores celebraban al día siguiente un día de formación interna y Rochi consideró que Vale necesitaba una atención especial.
-Coge tu mochila. No tardaré.
Rochi dejó a los niños atrás y avanzó por un pasillo lleno de fotografías que marcaban la historia de los Chicago Stars. En primer lugar estaba el retrato de su padre, y vio que su hermana había repasado los cuernos negros que le había pintado hacía años sobre la cabeza. Bartolomé Igarzabal, el fundador de los Chicago Stars, llevaba años muerto, pero su crueldad todavía sobrevivía en los recuerdos de sus dos hijas.
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