Paseamos por la pequeña
calle principal de Riverton, donde daba la impresión de que no había tienda o
restaurante que no estuviera tomado al asalto por los refugiados de la Academia
Mandalay. Gastón y yo pasamos por delante en silencio, buscando lo que
realmente nos apetecía: un lugar donde estar solos. La idea de que Gastón
quisiera un poco de intimidad para ambos me emocionó e intimidó a la vez. La
noche refrescaba y las hojas otoñales no dejaban de susurrar mientras
paseábamos por la acera, lanzándonos miradas disimuladas sin apenas
intercambiar una palabra.
Por fin, justo al pasar la
estación de autobuses, que delimitaba el final de la calle principal, al doblar
la esquina encontramos una vieja pizzería que parecía intacta desde el día de
su inauguración, que había sido en 1961.
En vez de pedirnos una entera,
cogimos unos trozos de pizza solo de queso y un refresco y nos fuimos a un
compartimento. Nos sentamos uno enfrente del otro en una mesa con un mantel a
cuadros rojos y blancos y una botella de chianti cubierta de cera de vela
derretida. En la gramola del rincón sonaba una canción de Elton John de antes
de que yo hubiera nacido.
—Me gustan estos sitios — dijo
Gastón — Parecen de verdad, no como si un grupo de sondeo hubiera diseñado
hasta el último detalle.
—A mí también — Aunque si me
lo hubiera pedido hasta le habría dicho que me gustaba comer berenjenas en la
luna. Sin embargo, en este caso en concreto estaba diciendo la verdad — Aquí
puedes relajarte y ser tú mismo.
—Ser tú mismo... — Gastón
sonrió, aunque de repente parecía estar a kilómetros de allí, como si esas
palabras le hubieran hecho gracia por algo que solo él conocía — Algo que
debería ser más fácil de lo que es en realidad.
Sabía a qué se refería.
Estábamos prácticamente
solos en la pizzería. Solo había otra mesa ocupada, a la que se sentaban cuatro
tipos que parecían haber acabado de trabajar en una obra. Tenían las camisetas
cubiertas de polvo de yeso y un par de jarras de cerveza vacías testimoniaban
que ya estaban borrachos. Se reían muy alto de sus propios chistes, pero me
daba igual. De hecho, eso me servía de excusa para inclinarme sobre la mesa y
estar un poco más cerca de Gastón.
—Así que Cary Grant... — dijo
Gastón, espolvoreando pimienta negra sobre su trozo de pizza — Es tu tipo
ideal, ¿eh?
—Hombre, yo diría que es el
rey de los tipos ideales, ¿no? Estoy chiflada por él desde que lo vi por
primera vez en Vivir para gozar,
cuando tenía cinco o seis años.
Estaba segura de que Gastón,
el cinefilo, estaría de acuerdo, pero no fue así.
—La mayoría de las chicas
del insti se pirrarían por estrellas de cine que todavía hicieran películas. O
por alguien de la tele.
Le di un bocado a mi trozo
de pizza y por unos instantes estuve demasiado liada intentando resolver una
bochornosa situación relacionada con unos alargados hilos de queso.
—Me gustan muchos actores — farfullé
cuando por fin logré meterme la pizza en la boca — pero ¿quién puede decir que
Cary Grant no es lo más?
—Aunque estoy de acuerdo en
que es una tragedia, asumámoslo: mucha gente de nuestra generación ni siquiera
ha oído hablar de Cary Grant.
—Un crimen — Intenté
imaginar la cara que pondría la señora Bethany si le sugiriera que hiciéramos
Historia del cine como asignatura optativa — Gracias a mis padres he visto
películas y he leído libros que les gustaban de antes que yo naciera.
—Cary Grant fue muy famoso
en los cuarenta, Rocío. Hacía películas hace setenta años.
—Que siguen emitiéndose por
televisión. Es fácil encontrar una película antigua si buscas un poco.
Gastón me miró dubitativo y
sentí un miedo repentino: la rápida y urgente necesidad de cambiar de tema y
hablar de otra cosa, de lo que fuera. Demasiado tarde, porque Gastón se me
adelantó.
—Dijiste que tus padres te
trajeron a Mandalay para que conocieras a más gente y tuvieras una perspectiva
más amplia del mundo, pero tengo la sensación de que han dedicado mucho tiempo
a procurar que tu mundo fuera lo más pequeño posible.
—¿Disculpa?
—Olvídalo — Suspiró
profundamente mientras dejaba el reborde de su trozo de pizza en el plato — No
debería haber sacado ese tema ahora. Se supone que deberíamos pasárnoslo bien.
Tal vez tendría que haberlo
dejado correr porque lo último que deseaba era discutir con Gastón la primera
noche que salía con él; sin embargo, no pude evitarlo.
—No, no, ¿a qué te refieres?
¿Se puede saber qué sabes tú de mis padres?
—Sé que te enviaron a Mandalay,
prácticamente el último lugar de la
Tierra al que todavía no ha llegado el siglo XXI: no hay
móviles, no hay inalámbrico, solo hay Internet en una sala de informática con
¿qué?, ¿cuatro ordenadores? No hay televisores, apenas se tiene contacto con el
mundo exterior...
—¡Es un internado! ¡Se
supone que debe estar alejado del mundo exterior!
—Quieren separarte del resto
del mundo, por eso te han enseñado a apreciar las cosas que les gustan a ellos,
no lo que se supone que les gusta a las chicas de tu edad.
—Soy yo la que decido lo que
me gusta y lo que no — Sentí que la rabia me encendía las mejillas. Normalmente
siempre acababa llorando cuando estaba tan enfadada, pero esta vez estaba
decidida a no derramar ni una sola lágrima — Además, es a ti a quien le gusta
Hitchcok y las películas antiguas. ¿Acaso significa eso que tus padres
controlan tu vida?
Gastón se inclinó sobre la
mesa, me cogió la mano con fuerza y me miró fijamente con sus ojos verde
oscuro. Llevaba toda la noche deseando que me mirara de esa manera, pero no en
esas circunstancias.
—Intentaste huir de tu
familia y le restaste importancia como si solo fuera una mala pasada que
quisieras jugarle a alguien.
—Porque no fue más que eso.
—Pues yo creo que fue algo
más, que no ibas desencaminada respecto a Mandalay. Y creo que deberías
escuchar más tu propia voz y dejar de escuchar tanto la de tus padres.
No era posible que Gastón
estuviera diciéndome aquello. Si mis padres le oyeran hablar así... No, no
quería ni imaginarlo.
—Que Mandalay sea una mierda
no significa que mis padres sean malos padres, y hay que tener morro para
criticarlos cuando apenas los conoces. No sabes nada de mi familia y, además,
¿a ti qué te importa?
—Me importa porque... —s e
interrumpió, como si no se atreviera a seguir — Me importa porque me importas
tú.
¿Por qué tuvo que decirlo en
ese momento? De esa forma. Sacudí la cabeza.
—Lo que dices no tiene
sentido.
—Eh — Uno de los obreros de
la construcción acababa de pinchar una de esas machaconas canciones heavy de
los ochenta en la gramola y se dirigió a nosotros, tambaleante — ¿Estás
molestando a la señorita?
—No pasa nada — me apresuré
a decir. No había peor momento para descubrir que la caballerosidad no se había
extinguido — De verdad, no pasa nada.
Gastón reaccionó como si no
me hubiera oído.
—No es asunto tuyo — le
espetó, fulminándolo con la mirada.
Fue como dejar caer una
cerilla encendida en un tanque de gasolina. El tipo se acercó con paso
vacilante y todos sus amigos se levantaron.
—Cuando alguien trata así a
su novia en público, maldita sea, ya lo creo que es asunto mío.
—¡No me estaba molestando! —
Seguía enfadada con Gastón, pero la situación estaba saliéndose de madre — Está
muy bien que, esto... os preocupéis por las mujeres, de verdad, es fantástico,
pero no pasa nada.
—No te metas en esto — dijo Gastón
con voz grave. Detecté algo en su tono de voz que no había oído antes, una
fuerza casi sobrenatural. Un escalofrío me recorrió la espalda — Ella no es
asunto vuestro.
—¿Es que crees que te
pertenece o algo así y que por eso puedes tratarla como te venga en gana? Me recuerdas
al cerdo de mi cuñado — El obrero parecía más enfadado que nunca — Y si crees
que no vas a recibir lo mismo que él, tú sueñas, chaval.
Desesperada, miré a mí
alrededor en busca de un camarero o del dueño del local. O de mis padres. O de Candela.
En dos palabras, esperaba que alguien, me daba igual quién fuera, pusiera fin a
aquello antes de que aquellos obreros borrachos hicieran papilla a Gastón,
porque eran enormes y eran cuatro y en esos momentos estaba claro que todos
tenían ganas de pelea.
Aunque jamás habría
imaginado que Gastón sería el primero en empezar.
Se movió con tanta rapidez
que ni lo vi. Pasó junto a mí como una exhalación y, segundos después, el
obrero caía de espaldas sobre sus compañeros. Gastón tenía el brazo extendido y
el puño cerrado, pero aun así necesité unos segundos para comprender lo que
había sucedido. Por Dios, acababa de pegarle a alguien.
—Ahora verás.
Uno de los obreros se
abalanzó sobre Gastón, quien lo esquivó con tanta agilidad que fue visto y no
visto. Se había hecho a un lado, lo que le permitió empujar a su adversario con
tanta fuerza que creí que acabaría en el suelo.
—¡Eh! — Un hombre de unos
cuarenta años, con un delantal repleto de manchas de tomate, apareció en el
salón. Me dio igual si se trataba del dueño, el cocinero o el señor Pizza Hut,
pero lo cierto es que en mi vida me había alegrado tanto de ver a alguien —
¿Qué está pasando aquí?
—¡No pasa nada! — Sí, mentí,
pero qué más daba. Salí del cubículo y empecé a retroceder hacia la puerta —
Nos vamos, ya está.
Los obreros y Gastón seguían
mirándose fijamente, como si quisieran matarse, pero gracias a Dios Gastón me
siguió. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, oí que el dueño
farfullaba algo sobre los críos de esa maldita escuela.
Gastón se volvió hacia mí en
cuanto estuvimos en la calle.
—¿Estás bien?
—¡No gracias a ti! — Eché a
andar a toda prisa hacia la calle principal — ¿Se puede saber qué pasa contigo?
¡Has empezado una pelea con ese tipo porque sí!
—¡La empezó él!
—No, él empezó la discusión,
pero tú empezaste la pelea.
—Estaba protegiéndote.
—El también creía que me
protegía. Puede que estuviera borracho y que fuera un poco basto, pero no
pretendía hacerle daño a nadie.
—No tienes ni idea de lo
peligroso que es el mundo en realidad, Rocío.
Siempre que Gastón me había hablado
así, como si fuera mucho mayor que yo y quisiera enseñarme algo y protegerme,
me había hecho sentir arropada y feliz, pero en esa ocasión me sacó de quicio.
—¡Te comportas como si lo
supieras todo y luego actúas como un imbécil y te pones a pelear con cuatro
tíos! Y me he fijado en cómo peleas. No es la primera vez.
Gastón caminaba a mi lado,
pero poco a poco fue quedándose atrás, como si se hubiera quedado pasmado.
Enseguida comprendí que lo que realmente lo había sorprendido era que hubiera
adivinado algo por el estilo. Tenía razón: Gastón ya se había peleado antes, y
más de una vez.
—Rocío...
—Ahórratelo.
Levanté una mano y me dirigí
en silencio al autobús alquilado, que ya estaba rodeado por los estudiantes que
se arremolinaban a su alrededor, la mayoría de ellos con bolsas de compra y
refrescos en las manos.
Gastón se sentó junto a mí,
como si todavía albergara la esperanza de poder hablar conmigo, pero me crucé
de brazos y no despegué la mirada de la ventanilla. Nicolás se sentó de un bote
en el asiento de delante y se volvió hacia nosotros.
—Eh, tíos, ¿qué pasa? — nos
saludó, antes de fijarse en nuestras cara s— Vale, esto tiene pinta de ser el
momento perfecto para contar una de mis largas y liosas historias que no llevan
a ninguna parte.
—Genial — contestó Gastón,
sin más.
Fiel a su palabra, Nicolás
empezó a hablar sin parar de tablas de surf, de Panic! At The Disco y de un
sueño raro que tuvo una vez, y no paró hasta que llegamos a la escuela. Eso me
ahorró tener que dirigirle la palabra a Gastón, quien, por otro lado, tampoco
abrió la boca.
Uhh terminó mal la primera cita
ResponderEliminarNo me gusta que ya se esten peleando! Espero que todo se mejore pronto y de la mejor manera!! :)
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