jueves, 1 de diciembre de 2011

Capitulo 005 - Segunda Parte


Paseamos por la pequeña calle principal de Riverton, donde daba la impresión de que no había tienda o restaurante que no estuviera tomado al asalto por los refugiados de la Academia Mandalay. Gastón y yo pasamos por delante en silencio, buscando lo que realmente nos apetecía: un lugar donde estar solos. La idea de que Gastón quisiera un poco de intimidad para ambos me emocionó e intimidó a la vez. La noche refrescaba y las hojas otoñales no dejaban de susurrar mientras paseábamos por la acera, lanzándonos miradas disimuladas sin apenas intercambiar una palabra.
Por fin, justo al pasar la estación de autobuses, que delimitaba el final de la calle principal, al doblar la esquina encontramos una vieja pizzería que parecía intacta desde el día de su inauguración, que había sido en 1961.
En vez de pedirnos una entera, cogimos unos trozos de pizza solo de queso y un refresco y nos fuimos a un compartimento. Nos sentamos uno enfrente del otro en una mesa con un mantel a cuadros rojos y blancos y una botella de chianti cubierta de cera de vela derretida. En la gramola del rincón sonaba una canción de Elton John de antes de que yo hubiera nacido.
—Me gustan estos sitios — dijo Gastón — Parecen de verdad, no como si un grupo de sondeo hubiera diseñado hasta el último detalle.
—A mí también — Aunque si me lo hubiera pedido hasta le habría dicho que me gustaba comer berenjenas en la luna. Sin embargo, en este caso en concreto estaba diciendo la verdad — Aquí puedes relajarte y ser tú mismo.
—Ser tú mismo... — Gastón sonrió, aunque de repente parecía estar a kilómetros de allí, como si esas palabras le hubieran hecho gracia por algo que solo él conocía — Algo que debería ser más fácil de lo que es en realidad.
Sabía a qué se refería.
Estábamos prácticamente solos en la pizzería. Solo había otra mesa ocupada, a la que se sentaban cuatro tipos que parecían haber acabado de trabajar en una obra. Tenían las camisetas cubiertas de polvo de yeso y un par de jarras de cerveza vacías testimoniaban que ya estaban borrachos. Se reían muy alto de sus propios chistes, pero me daba igual. De hecho, eso me servía de excusa para inclinarme sobre la mesa y estar un poco más cerca de Gastón.
—Así que Cary Grant... — dijo Gastón, espolvoreando pimienta negra sobre su trozo de pizza — Es tu tipo ideal, ¿eh?
—Hombre, yo diría que es el rey de los tipos ideales, ¿no? Estoy chiflada por él desde que lo vi por primera vez en Vivir para gozar, cuando tenía cinco o seis años.
Estaba segura de que Gastón, el cinefilo, estaría de acuerdo, pero no fue así.
—La mayoría de las chicas del insti se pirrarían por estrellas de cine que todavía hicieran películas. O por alguien de la tele.
Le di un bocado a mi trozo de pizza y por unos instantes estuve demasiado liada intentando resolver una bochornosa situación relacionada con unos alargados hilos de queso.
—Me gustan muchos actores — farfullé cuando por fin logré meterme la pizza en la boca — pero ¿quién puede decir que Cary Grant no es lo más?
—Aunque estoy de acuerdo en que es una tragedia, asumámoslo: mucha gente de nuestra generación ni siquiera ha oído hablar de Cary Grant.
—Un crimen — Intenté imaginar la cara que pondría la señora Bethany si le sugiriera que hiciéramos Historia del cine como asignatura optativa — Gracias a mis padres he visto películas y he leído libros que les gustaban de antes que yo naciera.
—Cary Grant fue muy famoso en los cuarenta, Rocío. Hacía películas hace setenta años.
—Que siguen emitiéndose por televisión. Es fácil encontrar una película antigua si buscas un poco.
Gastón me miró dubitativo y sentí un miedo repentino: la rápida y urgente necesidad de cambiar de tema y hablar de otra cosa, de lo que fuera. Demasiado tarde, porque Gastón se me adelantó.
—Dijiste que tus padres te trajeron a Mandalay para que conocieras a más gente y tuvieras una perspectiva más amplia del mundo, pero tengo la sensación de que han dedicado mucho tiempo a procurar que tu mundo fuera lo más pequeño posible.
—¿Disculpa?
—Olvídalo — Suspiró profundamente mientras dejaba el reborde de su trozo de pizza en el plato — No debería haber sacado ese tema ahora. Se supone que deberíamos pasárnoslo bien.
Tal vez tendría que haberlo dejado correr porque lo último que deseaba era discutir con Gastón la primera noche que salía con él; sin embargo, no pude evitarlo.
—No, no, ¿a qué te refieres? ¿Se puede saber qué sabes tú de mis padres?
—Sé que te enviaron a Mandalay, prácticamente el último lugar de la Tierra al que todavía no ha llegado el siglo XXI: no hay móviles, no hay inalámbrico, solo hay Internet en una sala de informática con ¿qué?, ¿cuatro ordenadores? No hay televisores, apenas se tiene contacto con el mundo exterior...
—¡Es un internado! ¡Se supone que debe estar alejado del mundo exterior!
—Quieren separarte del resto del mundo, por eso te han enseñado a apreciar las cosas que les gustan a ellos, no lo que se supone que les gusta a las chicas de tu edad.
—Soy yo la que decido lo que me gusta y lo que no — Sentí que la rabia me encendía las mejillas. Normalmente siempre acababa llorando cuando estaba tan enfadada, pero esta vez estaba decidida a no derramar ni una sola lágrima — Además, es a ti a quien le gusta Hitchcok y las películas antiguas. ¿Acaso significa eso que tus padres controlan tu vida?
Gastón se inclinó sobre la mesa, me cogió la mano con fuerza y me miró fijamente con sus ojos verde oscuro. Llevaba toda la noche deseando que me mirara de esa manera, pero no en esas circunstancias.
—Intentaste huir de tu familia y le restaste importancia como si solo fuera una mala pasada que quisieras jugarle a alguien.
—Porque no fue más que eso.
—Pues yo creo que fue algo más, que no ibas desencaminada respecto a Mandalay. Y creo que deberías escuchar más tu propia voz y dejar de escuchar tanto la de tus padres.
No era posible que Gastón estuviera diciéndome aquello. Si mis padres le oyeran hablar así... No, no quería ni imaginarlo.
—Que Mandalay sea una mierda no significa que mis padres sean malos padres, y hay que tener morro para criticarlos cuando apenas los conoces. No sabes nada de mi familia y, además, ¿a ti qué te importa?
—Me importa porque... —s e interrumpió, como si no se atreviera a seguir — Me importa porque me importas tú.
¿Por qué tuvo que decirlo en ese momento? De esa forma. Sacudí la cabeza.
—Lo que dices no tiene sentido.
—Eh — Uno de los obreros de la construcción acababa de pinchar una de esas machaconas canciones heavy de los ochenta en la gramola y se dirigió a nosotros, tambaleante — ¿Estás molestando a la señorita?
—No pasa nada — me apresuré a decir. No había peor momento para descubrir que la caballerosidad no se había extinguido — De verdad, no pasa nada.
Gastón reaccionó como si no me hubiera oído.
—No es asunto tuyo — le espetó, fulminándolo con la mirada.
Fue como dejar caer una cerilla encendida en un tanque de gasolina. El tipo se acercó con paso vacilante y todos sus amigos se levantaron.
—Cuando alguien trata así a su novia en público, maldita sea, ya lo creo que es asunto mío.
—¡No me estaba molestando! — Seguía enfadada con Gastón, pero la situación estaba saliéndose de madre — Está muy bien que, esto... os preocupéis por las mujeres, de verdad, es fantástico, pero no pasa nada.
—No te metas en esto — dijo Gastón con voz grave. Detecté algo en su tono de voz que no había oído antes, una fuerza casi sobrenatural. Un escalofrío me recorrió la espalda — Ella no es asunto vuestro.
—¿Es que crees que te pertenece o algo así y que por eso puedes tratarla como te venga en gana? Me recuerdas al cerdo de mi cuñado — El obrero parecía más enfadado que nunca — Y si crees que no vas a recibir lo mismo que él, tú sueñas, chaval.
Desesperada, miré a mí alrededor en busca de un camarero o del dueño del local. O de mis padres. O de Candela. En dos palabras, esperaba que alguien, me daba igual quién fuera, pusiera fin a aquello antes de que aquellos obreros borrachos hicieran papilla a Gastón, porque eran enormes y eran cuatro y en esos momentos estaba claro que todos tenían ganas de pelea.
Aunque jamás habría imaginado que Gastón sería el primero en empezar.
Se movió con tanta rapidez que ni lo vi. Pasó junto a mí como una exhalación y, segundos después, el obrero caía de espaldas sobre sus compañeros. Gastón tenía el brazo extendido y el puño cerrado, pero aun así necesité unos segundos para comprender lo que había sucedido. Por Dios, acababa de pegarle a alguien.
—Ahora verás.
Uno de los obreros se abalanzó sobre Gastón, quien lo esquivó con tanta agilidad que fue visto y no visto. Se había hecho a un lado, lo que le permitió empujar a su adversario con tanta fuerza que creí que acabaría en el suelo.
—¡Eh! — Un hombre de unos cuarenta años, con un delantal repleto de manchas de tomate, apareció en el salón. Me dio igual si se trataba del dueño, el cocinero o el señor Pizza Hut, pero lo cierto es que en mi vida me había alegrado tanto de ver a alguien — ¿Qué está pasando aquí?
—¡No pasa nada! — Sí, mentí, pero qué más daba. Salí del cubículo y empecé a retroceder hacia la puerta — Nos vamos, ya está.
Los obreros y Gastón seguían mirándose fijamente, como si quisieran matarse, pero gracias a Dios Gastón me siguió. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, oí que el dueño farfullaba algo sobre los críos de esa maldita escuela.
Gastón se volvió hacia mí en cuanto estuvimos en la calle.
—¿Estás bien?
—¡No gracias a ti! — Eché a andar a toda prisa hacia la calle principal — ¿Se puede saber qué pasa contigo? ¡Has empezado una pelea con ese tipo porque sí!
—¡La empezó él!
—No, él empezó la discusión, pero tú empezaste la pelea.
—Estaba protegiéndote.
—El también creía que me protegía. Puede que estuviera borracho y que fuera un poco basto, pero no pretendía hacerle daño a nadie.
—No tienes ni idea de lo peligroso que es el mundo en realidad, Rocío.
Siempre que Gastón me había hablado así, como si fuera mucho mayor que yo y quisiera enseñarme algo y protegerme, me había hecho sentir arropada y feliz, pero en esa ocasión me sacó de quicio.
—¡Te comportas como si lo supieras todo y luego actúas como un imbécil y te pones a pelear con cuatro tíos! Y me he fijado en cómo peleas. No es la primera vez.
Gastón caminaba a mi lado, pero poco a poco fue quedándose atrás, como si se hubiera quedado pasmado. Enseguida comprendí que lo que realmente lo había sorprendido era que hubiera adivinado algo por el estilo. Tenía razón: Gastón ya se había peleado antes, y más de una vez.
—Rocío...
—Ahórratelo.
Levanté una mano y me dirigí en silencio al autobús alquilado, que ya estaba rodeado por los estudiantes que se arremolinaban a su alrededor, la mayoría de ellos con bolsas de compra y refrescos en las manos.
Gastón se sentó junto a mí, como si todavía albergara la esperanza de poder hablar conmigo, pero me crucé de brazos y no despegué la mirada de la ventanilla. Nicolás se sentó de un bote en el asiento de delante y se volvió hacia nosotros.
—Eh, tíos, ¿qué pasa? — nos saludó, antes de fijarse en nuestras cara s— Vale, esto tiene pinta de ser el momento perfecto para contar una de mis largas y liosas historias que no llevan a ninguna parte.
—Genial — contestó Gastón, sin más.
Fiel a su palabra, Nicolás empezó a hablar sin parar de tablas de surf, de Panic! At The Disco y de un sueño raro que tuvo una vez, y no paró hasta que llegamos a la escuela. Eso me ahorró tener que dirigirle la palabra a Gastón, quien, por otro lado, tampoco abrió la boca.

2 comentarios:

  1. No me gusta que ya se esten peleando! Espero que todo se mejore pronto y de la mejor manera!! :)

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