viernes, 2 de diciembre de 2011

Primera Parte, Capitulo Tres


Capítulo tres


Bien entrada la madrugada, Daphne se coló en la madriguera de Benny el Te­jón con el rostro cubierto con la temible máscara de Halloween...

Daphne planta un huerto de calabazas
Un débil rayo de luz del pasillo se proyectaba encima de la alfombra. Rochi podía distinguir una forma grande ba­jo las mantas. Su corazón latía fuerte por la emoción de lo prohibido. Vacilante, dio un primer paso hacia dentro.
La misma energía peligrosa que había sentido cuando, a sus diecisiete años, había activado la alarma de incendios, la recorrió de arriba abajo. Se acercó un poco más. Sólo una mi­radita y se marcharía.
Gastón estaba tumbado de costado, de espaldas a ella. El sonido de su respiración era profundo y lento. Recordó las viejas películas del Oeste en las que el pistolero se despierta con el menor ruido, e imaginó a un Gastón con el pelo aplas­tado apuntándole al estómago con una Colt 45.
Fingiría que era sonámbula.
Él había dejado los zapatos en el suelo, y Ro apartó uno con el pie. Hizo un ligero ruido con el roce de la alfom­bra, pero Gas no se movió. Ro apartó la pareja, pero él siguió sin reaccionar. Había pasado el peligro de la Colt 45.
Las palmas de las manos le sudaban, y se las secó con el camisón. Entonces chocó suavemente con un extremo de la cama.
Gastón estaba profundamente dormido.
Ahora que ya había visto qué aspecto tenía cuando dor­mía, se marcharía.
Lo intentó, pero sus pies la llevaron al otro lado de la cama, donde podría ver su cara.
Amado también dormía así. Se podían lanzar fuegos ar­tificiales junto a su sobrino y él no se inmutaba. Pero Gastón Dalmau no se parecía en nada a Amado Riera. Rochi se recreó con su fantástico perfil: una frente fuerte, unos pómulos angu­lados y una nariz recta y perfectamente proporcionada. Sien­do futbolista debería habérsela roto varias veces, aunque no se veía ni un golpe.
Eso era una intolerable invasión de su intimidad. Inex­cusable. Pero mirando su pelo rubio oscuro aplastado, no pudo resistir la tentación de apartárselo de la ceja.
Un hombro perfectamente esculpido asomaba fuera de las mantas. Sintió deseos de lamerlo.
¡Ya está! Había perdido la razón. Y no le importaba.
Ella todavía tenía el condón en su mano y Gastón Dalmau yacía bajo las mantas... en cueros, a juzgar por aquel hom­bro desnudo. ¿Y si se metía bajo las mantas con él?
Eso era impensable.
Aunque, ¿quién iba a enterarse? Él tal vez ni siquiera se despertaría. ¿Y si lo hacía? Sería la última persona interesa­da en contarle a nadie que había estado con la hermana ob­sesa sexual de su jefa.
El corazón le latía tan deprisa que se sentía mareada. ¿Es­taba pensando realmente en lo que hacía?
No habría ninguna secuela emocional. ¿Cómo iba a ha­berla si ni siquiera albergaba la ilusión de un amor profun­do? Y en cuanto a lo que Gastón pensaría de ella... Él estaba acostumbrado a que las mujeres se echaran a sus brazos, así que difícilmente se sorprendería.
Ro pudo ver la alarma de incendios colgada en la pa­red, justo delante de ella, y se dijo a sí misma que no la toca­ría. Pero sentía un hormigueo en las manos y su respiración se había convertido en un jadeo. Se había quedado sin fuer­za de voluntad. Estaba cansada del desasosiego, de los pies inquietos. Cansada de mutilarse el pelo porque no sabía có­mo arreglar su vida. Harta de tantos años intentando ser per­fecta. Su piel estaba húmeda por el deseo y por una sensa­ción creciente de horror cuando se vio a sí misma quitándose las zapatillas de conejo.
« ¡Vuelve a ponértelas enseguida!»
Pero no lo hizo. Y en su cabeza empezó a sonar la alar­ma de incendios.
Alargó las manos para tomar el dobladillo de su cami­són... Se lo quitó... Y se quedó desnuda y temblorosa. Ho­rrorizada, vio que sus dedos tiraban de las mantas. Incluso cuando las mantas cayeron hacia atrás, se dijo a sí misma que no iba a hacerlo. Pero sentía un hormigueo en los pezones y su cuerpo clamaba de necesidad.
Puso las caderas sobre el colchón y luego deslizó lenta­mente las piernas bajo las mantas. Santo cielo, lo estaba ha­ciendo de verdad. Estaba desnuda y se había metido en la cama con Gastón Dalmau.
Él emitió un suave ronquido y se dio la vuelta, lleván­dose consigo la mayor parte de las mantas.
Rocío le miró la espalda y supo que ese gesto tenía que ser una señal del cielo diciéndole que se marchara. ¡Tenía que irse de aquella cama sin perder un segundo!
Sin embargo, se acurrucó a su lado, apretando los pe­chos contra su espalda, y respiró profundamente. Oh... ese olor a almizcle de la loción para después del afeitado. Había pasado tanto tiempo sin tocar a un hombre de aquel modo.
Gastón se agitó, cambió de postura, murmuró algo como si estuviese soñando.
La sirena de la alarma de incendios subió de volumen. Ella lo rodeó con su brazo y le acarició el pecho.
«Sólo será un minuto», se dijo a sí misma. Y luego se iría.
Gastón sintió la mano de su ex novia Ainoha sobre su pe­lo. Estaba en su garaje, con el primer coche que había te­nido en su vida y con Eric Clapton. Eric le estaba dando cla­ses de guitarra, pero en vez de guitarra, Gastón se empeñaba en tocar con un rastrillo. Luego levantó la mirada y Eric se había ido. En aquel momento estaba en una extraña habita­ción de troncos con Ainoha.
Ella le acariciaba el pecho, y él notó que estaba desnuda. La sangre fluyó hacia su entrepierna y se olvidó por com­pleto de las clases de guitarra de Eric.
Hacía meses que había cortado con Ainoha, pero en aquel momento quería poseerla. Solía ponerse un perfume malo. Demasiado fuerte. Era una razón estúpida para cortar con una mujer, porque ahora ella olía a canela.
Un buen olor. Un olor sexy. Le hacía sudar. No podía recordar haberse excitado tanto con ella cuando estaban jun­tos. No tenía sentido del humor. Se pasaba demasiado tiem­po maquillándose. Pero necesitaba poseerla. En ese mismo momento.
Se volvió hacia ella. Le puso la mano en el culo. Lo no­to diferente. Más carnoso. Había más para apretar.
Gas suspiró, ella olía tan bien... Ahora a naranjas. Y sus senos se apretaban contra su pecho, como naranjas cálidas, suaves y jugosas, y sus bocas se tocaban, y sus manos lo to­caban por todas partes. Jugando. Acariciando. Buscando el camino hacia su entrepierna.
Gastón gimió mientras ella lo acariciaba. Olió el aroma de mujer y supo que no tardaría mucho. Su brazo no quería mo­verse, pero tenía que sentirla.
Era como miel húmeda.
Gastón gimoteó y se giró. Encima de ella. Forzó la entra­da. No resultó fácil. Qué raro.
El sueño empezó a desvanecerse, pero no la lujuria. Es­taba enfebrecido por ella. El olor a jabón, champú y mujer le inflamaba. Empujó una y otra vez, abrió los ojos, y... ¡No hallo crédito a lo que vio!
Se la había metido a Daphne Igarzabal.
Intentó decir algo, pero ya no estaba para hablar. Sentía la sangre a oleadas, el corazón a mil. Sintió un rugido dentro de su cabeza. Y explotó.
En ese momento, todo se enfrió dentro de Rocío. « ¡No! ¡Todavía no!»
Rocío sintió que Gastón se estremecía. Su peso la aplastó contra el colchón. Recuperó la cordura, aunque algo tarde.
Gas se quedó inerte. Un peso muerto encima de ella. Un peso muerto e inútil.
Se había acabado. ¡Ya! Y ella ni siquiera podía culparle por ser el peor amante de la historia porque había recibido exactamente lo que se merecía. Nada en absoluto.
Gas se sacudió la cabeza para aclararse, luego se apar­tó de encima de ella y exclamó desde debajo de las mantas:
-¿Qué demonios estás haciendo?
La decepción había sido tan grande que Rochi habría querido gritarle, aunque quería gritarse aún más a sí misma. La habían pillado de nuevo tirando de la alarma de incen­dios, pero ya no tenía diecisiete años. Se sintió vieja y de­rrotada. La humillación la quemaba por dentro.
-¿S... s... sonambulismo? -musitó.
-¡Sonambulismo, y una mierda! -gritó Gastón saltan­do de la cama y dirigiéndose al baño-. ¡No te atrevas a mo­verte!

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