Capítulo
tres
Bien
entrada la madrugada, Daphne se coló en la madriguera de Benny el Tejón con el
rostro cubierto con la temible máscara de Halloween...
Daphne planta un
huerto de calabazas
Un
débil rayo de luz del pasillo se proyectaba encima de la alfombra. Rochi podía
distinguir una forma grande bajo las mantas. Su corazón latía fuerte por la
emoción de lo prohibido. Vacilante, dio un primer paso hacia dentro.
La misma energía
peligrosa que había sentido cuando, a sus diecisiete años, había activado la
alarma de incendios, la recorrió de arriba abajo. Se acercó un poco más. Sólo
una miradita y se marcharía.
Gastón estaba tumbado de
costado, de espaldas a ella. El sonido de su respiración era profundo y lento.
Recordó las viejas películas del Oeste en las que el pistolero se despierta con
el menor ruido, e imaginó a un Gastón con el pelo aplastado apuntándole al
estómago con una Colt 45.
Fingiría que era
sonámbula.
Él había dejado los
zapatos en el suelo, y Ro apartó uno con el pie. Hizo un ligero ruido con el
roce de la alfombra, pero Gas no se movió. Ro apartó la pareja, pero él siguió
sin reaccionar. Había pasado el peligro de la Colt 45.
Las palmas de las manos
le sudaban, y se las secó con el camisón. Entonces chocó suavemente con un extremo
de la cama.
Gastón estaba
profundamente dormido.
Ahora que ya había visto
qué aspecto tenía cuando dormía, se marcharía.
Lo intentó, pero sus pies
la llevaron al otro lado de la cama, donde podría ver su cara.
Amado también dormía así.
Se podían lanzar fuegos artificiales junto a su sobrino y él no se inmutaba.
Pero Gastón Dalmau no se parecía en nada a Amado Riera. Rochi se recreó con su
fantástico perfil: una frente fuerte, unos pómulos angulados y una nariz recta
y perfectamente proporcionada. Siendo futbolista debería habérsela roto varias
veces, aunque no se veía ni un golpe.
Eso era una intolerable
invasión de su intimidad. Inexcusable. Pero mirando su pelo rubio oscuro
aplastado, no pudo resistir la tentación de apartárselo de la ceja.
Un hombro perfectamente
esculpido asomaba fuera de las mantas. Sintió deseos de lamerlo.
¡Ya está! Había perdido
la razón. Y no le importaba.
Ella todavía tenía el
condón en su mano y Gastón Dalmau yacía bajo las mantas... en cueros, a juzgar
por aquel hombro desnudo. ¿Y si se metía bajo las mantas con él?
Eso era impensable.
Aunque, ¿quién iba a
enterarse? Él tal vez ni siquiera se despertaría. ¿Y si lo hacía? Sería la
última persona interesada en contarle a nadie que había estado con la hermana
obsesa sexual de su jefa.
El corazón le latía tan
deprisa que se sentía mareada. ¿Estaba pensando realmente en lo que hacía?
No habría ninguna secuela
emocional. ¿Cómo iba a haberla si ni siquiera albergaba la ilusión de un amor
profundo? Y en cuanto a lo que Gastón pensaría de ella... Él estaba
acostumbrado a que las mujeres se echaran a sus brazos, así que difícilmente se
sorprendería.
Ro pudo ver la alarma de
incendios colgada en la pared, justo delante de ella, y se dijo a sí misma que
no la tocaría. Pero sentía un hormigueo en las manos y su respiración se había
convertido en un jadeo. Se había quedado sin fuerza de voluntad. Estaba
cansada del desasosiego, de los pies inquietos. Cansada de mutilarse el pelo
porque no sabía cómo arreglar su vida. Harta de tantos años intentando ser perfecta.
Su piel estaba húmeda por el deseo y por una sensación creciente de horror
cuando se vio a sí misma quitándose las zapatillas de conejo.
« ¡Vuelve a ponértelas
enseguida!»
Pero no lo hizo. Y en su
cabeza empezó a sonar la alarma de incendios.
Alargó las manos para
tomar el dobladillo de su camisón... Se lo quitó... Y se quedó desnuda y
temblorosa. Horrorizada, vio que sus dedos tiraban de las mantas. Incluso
cuando las mantas cayeron hacia atrás, se dijo a sí misma que no iba a hacerlo.
Pero sentía un hormigueo en los pezones y su cuerpo clamaba de necesidad.
Puso las caderas sobre el
colchón y luego deslizó lentamente las piernas bajo las mantas. Santo cielo,
lo estaba haciendo de verdad. Estaba desnuda y se había metido en la cama con Gastón
Dalmau.
Él emitió un suave
ronquido y se dio la vuelta, llevándose consigo la mayor parte de las mantas.
Rocío le miró la espalda
y supo que ese gesto tenía que ser una señal del cielo diciéndole que se
marchara. ¡Tenía que irse de aquella cama sin perder un segundo!
Sin embargo, se acurrucó
a su lado, apretando los pechos contra su espalda, y respiró profundamente.
Oh... ese olor a almizcle de la loción para después del afeitado. Había pasado
tanto tiempo sin tocar a un hombre de aquel modo.
Gastón se agitó, cambió
de postura, murmuró algo como si estuviese soñando.
La sirena de la alarma de
incendios subió de volumen. Ella lo rodeó con su brazo y le acarició el pecho.
«Sólo
será un minuto», se dijo a sí misma. Y luego se iría.
Gastón sintió la mano de
su ex novia Ainoha sobre su pelo. Estaba en su garaje, con el primer coche que
había tenido en su vida y con Eric Clapton. Eric le estaba dando clases de
guitarra, pero en vez de guitarra, Gastón se empeñaba en tocar con un rastrillo.
Luego levantó la mirada y Eric se había ido. En aquel momento estaba en una
extraña habitación de troncos con Ainoha.
Ella le acariciaba el
pecho, y él notó que estaba desnuda. La sangre fluyó hacia su entrepierna y se
olvidó por completo de las clases de guitarra de Eric.
Hacía meses que había
cortado con Ainoha, pero en aquel momento quería poseerla. Solía ponerse un
perfume malo. Demasiado fuerte. Era una razón estúpida para cortar con una
mujer, porque ahora ella olía a canela.
Un buen olor. Un olor
sexy. Le hacía sudar. No podía recordar haberse excitado tanto con ella cuando
estaban juntos. No tenía sentido del humor. Se pasaba demasiado tiempo
maquillándose. Pero necesitaba poseerla. En ese mismo momento.
Se volvió hacia ella. Le
puso la mano en el culo. Lo noto diferente. Más carnoso. Había más para
apretar.
Gas suspiró, ella olía
tan bien... Ahora a naranjas. Y sus senos se apretaban contra su pecho, como
naranjas cálidas, suaves y jugosas, y sus bocas se tocaban, y sus manos lo tocaban
por todas partes. Jugando. Acariciando. Buscando el camino hacia su entrepierna.
Gastón gimió mientras
ella lo acariciaba. Olió el aroma de mujer y supo que no tardaría mucho. Su
brazo no quería moverse, pero tenía que sentirla.
Era como miel húmeda.
Gastón gimoteó y se giró.
Encima de ella. Forzó la entrada. No resultó fácil. Qué raro.
El sueño empezó a
desvanecerse, pero no la lujuria. Estaba enfebrecido por ella. El olor a
jabón, champú y mujer le inflamaba. Empujó una y otra vez, abrió los ojos, y...
¡No hallo crédito a lo que vio!
Se la había metido a
Daphne Igarzabal.
Intentó decir algo, pero
ya no estaba para hablar. Sentía la sangre a oleadas, el corazón a mil. Sintió
un rugido dentro de su cabeza. Y explotó.
En ese momento, todo se
enfrió dentro de Rocío. « ¡No! ¡Todavía no!»
Rocío sintió que Gastón
se estremecía. Su peso la aplastó contra el colchón. Recuperó la cordura,
aunque algo tarde.
Gas se quedó inerte. Un
peso muerto encima de ella. Un peso muerto e inútil.
Se había acabado. ¡Ya! Y
ella ni siquiera podía culparle por ser el peor amante de la historia porque
había recibido exactamente lo que se merecía. Nada en absoluto.
Gas se sacudió la cabeza
para aclararse, luego se apartó de encima de ella y exclamó desde debajo de
las mantas:
-¿Qué demonios estás
haciendo?
La decepción había sido
tan grande que Rochi habría querido gritarle, aunque quería gritarse aún más a
sí misma. La habían pillado de nuevo tirando de la alarma de incendios, pero
ya no tenía diecisiete años. Se sintió vieja y derrotada. La humillación la
quemaba por dentro.
-¿S... s... sonambulismo?
-musitó.
-¡Sonambulismo, y una
mierda! -gritó Gastón saltando de la cama y dirigiéndose al baño-. ¡No te
atrevas a moverte!
Mirala a Rochi...
ResponderEliminarNos zarpamos
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