La
lluvia comenzó a caer sobre el polvoriento parabrisas de la camioneta. Era un
día frío y gris, y según el pronóstico del tiempo sólo iría a peor. Gastón la
miró, y Rocío tuvo la sensación de que le había leído la mente.
—No
puedo resistirme a vos —dijo Gastón con suavidad. —¿Lo sabes, no? Y ya me he
cansado de fingir lo contrario —adoptó una expresión de profunda preocupación.
—Pero no te amo, Rocío, y no puedes hacerte una idea de cuánto lo siento,
porque si tuviera que amar a alguien, sería a vos.
Ella
se obligó a tragar saliva.
—¿Es
por lo de la mutación de la que hablaste?
—No
bromees con eso.
—Lo
siento. Pero es que es increíblemente... —«Estúpido». Porque era una estupidez,
aunque se calló la palabra. Si él creía que no podía amarla, lo único que
conseguiría discutiendo con él sería que se pusiera de nuevo a la defensiva. A
menos que fuera cierto. Tan desafortunado pensamiento cruzó como un relámpago
por la mente de Rocío . ¿Y si Gastón tenía razón? ¿Y si aquella violenta
infancia le había dejado una cicatriz tan profunda que nunca sería capaz de
amar? ¿Y si simplemente no podía amarla a ella?
La
lluvia tamborileó con fuerza contra el techo. Rocío bajó la mirada a su anillo
de boda.
—Decime
cómo sería. ¿Cómo sería si me amaras?
—¿Si
te amara?
—Sí.
—Es
una pérdida de tiempo hablar de algo que no puede ocurrir.
—¿Sabes
qué pienso? Que no creo que fuera mejor que esto. Ahora es perfecto.
—Pero
no durará. Dentro de seis meses nuestro matrimonio habrá terminado. No podría
vivir conmigo mismo viendo cómo languideces por no darte lo que te mereces. No
puedo darte amor. Ni hijos. Y eso es lo que necesitas, Rocío. Eres ese tipo de
mujer. Te marchitarás como una flor si no lo tienes.
Rocío
sintió una punzada de dolor al oír aquellas palabras, pero no podía reprocharle
su sinceridad. Como sabía que él no admitiría nada más por el momento, cambió
de tema.
—¿Sabes
qué es lo que quiero de verdad?
—Supongo
que unas semanas en un spa con manicura incluida.
—No.
Quiero trabajar en una guardería.
—¿En
serio?
—Es
una tontería, ¿a que sí? Tendría que ir a la universidad y ya soy demasiado
mayor. Para cuando me graduara, habría pasado de los treinta.
—¿Igual
que si no vas a la universidad?
—¿Perdón?
—Los
años pasarán igual, vayas o no a la universidad.
—¿Me
estás diciendo en serio que debería hacerlo?
—No
veo por qué no.
—Porque
ya he metido la pata demasiadas veces en mi vida y no quiero hacerlo más. Sé
que soy inteligente, pero he tenido una educación muy poco convencional y no
soy capaz de seguir una rutina. No me imagino compartiendo clase con un puñado
de jovencitos de dieciocho años de ojos brillantes recién salidos del
instituto.
—Quizás
es hora de que empieces a verte con otros ojos. No olvides que eres la dama que
domestica tigres. —Le dirigió una misteriosa sonrisa que hizo que Rocío se
preguntase de qué tigre hablaba: de Sinjun
o de sí mismo, pero Gastón era demasiado arrogante para pensar que ella lo
había domesticado.
Miró
hacia delante y divisó una serie de flechas indicando la dirección.
—Gira
ahí delante.
Encontrar
las flechas que señalaban la ubicación del circo era tan natural para Gastón
como respirar. Rocío sospechó que ya las había visto, pero él asintió con la
cabeza. La lluvia arreció y él aumentó la velocidad de los limpiaparabrisas.
—Supongo
que no seremos tan afortunados como para instalarnos sobre el asfalto esta vez
—dijo ella.
—Me
temo que no. Estaremos en un descampado.
—Supongo
que ahora sabré de primera mano por qué a los circos como el de los Hermanos
Quest se les llama circos de barro. Sólo espero que la lluvia no moleste a los
animales.
—Estarán
bien. Son los empleados los que sufrirán más.
—Y
vos. Vos estarás allí con ellos. Siempre lo estás.
—Es
mi trabajo.
—Extraño
trabajo para alguien que debería ser zar. —Lo miró de reojo. Si él pensaba que
se había olvida do de ese tema, se equivocaba.
—¿Ya
estamos con eso otra vez?
—Si
me dices la verdad no volveré a mencionarlo nunca más.
—¿Me
lo prometes?
—Te
lo prometo.
—Está
bien, pues —respiró hondo. —Es probable
que sea verdad.
—¿¡Qué!?
—Rocío volvió la cabeza con tal rapidez que casi se partió el cuello.
—Las
pruebas dicen que tengo ascendencia Romanov y, por lo que Bartolomé ha podido
averiguar, existen muchas probabilidades de que sea el bisnieto de Nicolás II.
Ella
se hundió en el asiento.
—No
me lo creo.
—Bueno.
Entonces no hay nada más de lo que hablar.
—¿Lo
dices en serio?
—Bartolomé
tiene pruebas bastante convincentes. Pero dado que no puedo hacer nada al
respecto, será mejor que hablemos de otros temas.
—¿Eres
el heredero del trono ruso?
—En
Rusia no hay trono. Por si se te ha olvidado, allí no existe la monarquía.
—Pero
si la hubiera...
—Si
la hubiera, saldrían Romanov de cada carpintería de Rusia afirmando ser el
heredero.
—Por
lo que me dijo mi padre, hay pruebas más que suficientes en tu caso, ¿no?
—Probablemente,
pero ¿qué más da? Los rusos odian más a los Romanov que a los comunistas, así
que no creo que se restaure la monarquía.
—¿Y
si lo hicieran?
—Me
cambiaría de nombre y huiría a alguna isla desierta.
—Mi
padre pondría el grito en el cielo.
—Tu
padre está obsesionado.
—Sabes
por qué concertó este matrimonio, ¿no? Yo pensaba que estaba tratando de
castigarme buscándome el peor marido del mundo, pero no es así. Quería que los
Petroff y los Romanov se unieran y me utilizó para ello. —Rocío se estremeció.
—Es como una novela victoriana. Todo esto me pone la piel de gallina. ¿Sabes
qué me dijo ayer?
—Probablemente
lo mismo que a mí. Te habrá enumerado todas las razones por las que deberíamos
seguir casados.
—Me
dijo que si quería retenerte tendría que reprimir mi carácter. Y estar
dispuesta a esperarte en la puerta con las zapatillas en la mano.
Gastón
sonrió.
—A
mí me dijo que ignorara tu carácter y me fijara en tu dulce cuerpo.
—¿De
verdad?
—No
con esas palabras, pero ésa era la idea.
—No
lo entiendo. ¿Por qué se molestó en tramar todo esto para un matrimonio de seis
meses?
—¿No
es evidente? Espera que cometamos un desliz y te quedes embarazada. —Rocío lo
miró fijamente. —Quiere garantizar el futuro de la monarquía. Quiere un bebé
con sangre Petroff y Romanov que ocupe un lugar en la historia. Ése es su plan.
Que des a luz a un bebé mítico; si luego seguimos casados o no, no importa. De
hecho, probablemente preferiría que nos divorciáramos; en cuanto rompiéramos
intentaría hacerse cargo del niño.
—Pero
sabe que tomo anticonceptivos. Amelia me acompañó al ginecólogo. Incluso es
ella quien se encarga de conseguir las recetas porque no se fía de mí.
—Es
evidente que Amelia no está tan ansiosa como él por tener un pequeño
Petroff-Romanov corriendo por la casa. O simplemente aún no quiere ser abuela. Supongo
que él no lo sabe, pero dudo que tu madrastra pueda ocultárselo durante mucho
más tiempo.
Ella
miró por la ventanilla los cuatro carriles de la autopista. Un letrero de neón
de Taco Bell brillaba intermitentemente a un lado. Luego pasaron ante un concesionario
de Subaru. Rocío experimentó una sensación de irrealidad por el contraste entre
los modernos signos de civilización y la conversación que mantenía con Gastón
sobre antiguas monarquías. Al rato le asaltó un pensamiento horrible.
—El
príncipe Gastón tenía hemofilia y es hereditaria. Gastón, no tendrás esa
enfermedad, ¿verdad?
—No.
Sólo se transmite a través de las mujeres. Aunque Gastón la tenía, no podía
pasarla a sus hijos. —Se pasó al carril izquierdo. —Sigue mi consejo Rocío, y
no piensa en esto. No vamos a seguir casados y no vas a quedarte embarazada,
así que mis conexiones familiares no tienen importancia. Sólo te he contado
esto para que dejes de hacerme la cabeza.
—Yo
no te hago la cabeza.
Gastón
le recorrió el cuerpo con una mirada lujuriosa.
—Eso
es como decir que vos no...
—Calla.
Como pronuncies esa palabra con «F», lo lamentarás.
—¿Qué
palabra es ésa? Dímela al oído para que sepa de qué hablas.
—No
te voy a decir nada.
—Deletréala.
—Tampoco
la deletrearé.
Gastón
siguió bromeando con ella hasta llegar al recinto, pero no consiguió que se la
dijera.
A
primera hora de la tarde, la lluvia se había convertido en un diluvio. Gracias
al impermeable que le había prestado Gastón, Rocío no se había mojado la
cabeza, pero para cuando terminó de comprobar la casa de fieras y visitar a Tater, tenía los vaqueros cubiertos de
lodo y sus deportivas estaban tan duras que parecían zapatos de cemento.
Esa
noche, los artistas habían comenzado a hablar con ella antes de la función. Nicolás
se disculpó por la rudeza que había mostrado el día anterior y Jill la invitó a
ir de compras esa misma semana. Los Tolea y los Lipscomb la felicitaron por su valentia
y los payasos le dieron un ramillete de flores de papel.
A
pesar del mal tiempo, la publicidad que había rodeado la fuga de Sinjun había atraído a mucha gente y
lograron vender todas las entradas de la función matinal. Jack había narrado la
historia heroica de Rocío, pero ella lo había echado a perder al soltar un
grito cuando Gastón le rodeó las muñecas con el látigo.
Cuando
acabó la función, Rocío volvió a ponerse los vaqueros enlodados en la zona
provisional de vestuarios que se había dispuesto junto a la puerta trasera del
circo para que los artistas no se mojaran los trajes de actuación. Se abrochó
el impermeable, inclinó la cabeza y salió rápidamente bajo las ráfagas de
lluvia y viento. Aunque no eran ni las cuatro de la tarde, la temperatura había
descendido mucho y para cuando llego a la caravana le castañeteaban los
dientes. Se quitó los vaqueros, puso el calentador en marcha y encendió todas
las luces para iluminar la estancia.
Cuando
la luz llenó el confortable interior y la caravana comenzó a caldearse, Rocío
pensó que aquel lugar nunca le había parecido tan acogedor. Se puso un chándal
color durazno y unos calcetines de lana antes de empezar a trabajar en la
pequeña cocina. Solían cenar antes de la última función y, durante las últimas
semanas, había sido ella quien se había encargado de hacer la comida; le
encantaba cocinar cuando no tenía que guiarse por una receta.
Canturreó
mientras cortaba una cebolla y varios brotes de apio antes de empezar a
saltearlos con ajo en una pequeña sartén; luego añadió un poco de romero.
Encontró un paquete de arroz silvestre y lo añadió junio con más hierbas aromáticas.
Sintonizó la radio portátil del mostrador en una emisora de música clásica. Los
olores hogareños de la cocina y los exuberantes acordes del Preludio en do
menor de Rachmaninov inundaron la caravana. Hizo una ensalada, añadió pechuga
de pollo a la sartén y agregó el vino blanco que quedaba en una botella que
habían abierto hacía varios días.
Se
empañaron las ventanas y regueros de condensación se deslizaron por los
cristales. La lluvia repiqueteaba contra el techo metálico, mientras los
olores, la música suave y la acogedora cocina la mantenían en un cálido
capullo. Puso la mesa con la descascarillada vajilla de porcelana china, las
soperas de barro, las desparejadas copas y un viejo bote de miel que contenía
unos tréboles rojos que había reagarrado en el campo el día anterior, antes de
la fuga de Sinjun. Cuando finalmente
miró a su alrededor, pensó que ninguna de las lujosas casas en las que había
vivido antes le había parecido tan perfecta como aquella caravana destartalada.
La
puerta se abrió y entró Gastón. El agua se le deslizaba por el impermeable
amarillo y tenía el pelo pegado a la cabeza. Ella le pasó una toalla mientras
él cerraba la puerta. El estallido distante de un trueno sacudió la caravana.
—Huele
bien aca. —Él echó un vistazo a su alrededor, al interior cálidamente
iluminado, y Rocío observó en su expresión algo que parecía anhelo. ¿Había
tenido alguna vez un hogar? Por supuesto no cuando era niño, pero, ¿y de
adulto?
—Tengo
la cena casi lista —dijo ella. —¿Por qué no te cambias?
Mientras
Gastón se ponía ropa seca, ella llenó las copas de vino y revolvió la ensalada.
En la radio sonaba Debussy. Cuando él regresó a la mesa con unos vaqueros y una
sudadera gris, ella ya había servido el pollo con arroz.
Gastón
se sentó después de que Rocío tomara asiento. Agarró su copa y la levantó hacia
ella en un silencioso brindis.
—No
sé cómo estará la comida. He utilizado los ingredientes que tenía a mano.
Gastón
la probó.
—Está
buenísima.
Durante
un rato comieron en un agradable silencio, disfrutando de la comida, la música
y la acogedora caravana bajo la lluvia.
—Te
compraré un molinillo de pimienta con mi próximo sueldo —dijo ella, —así no
tendrás que condimentar la comida con lo que contiene esa horrible lata.
—No
quiero que te gastes tu dinero en un molinillo para mí.
—Pero
si te gusta la pimienta.
—Eso
no viene al caso. El hecho es...
—Si
fuese a mí a quien le gustase la pimienta, ¿mi comprarías un molinillo?
—Si
quisieras...
Ella
sonrió.
que terco es Gastón! No quiere reconocer que la ama
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