sábado, 3 de diciembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Tres


Ella recordó, demasiado tarde, que Gas tenía fama de rencoroso. La última temporada había convertido un de­sempate contra los Steelers en un baño de sangre, y el año anterior se había peleado tras el placaje defensivo de un Vi­kingo de ciento treinta kilos. Ro se levantó de la cama y buscó frenéticamente su camisón.
Del baño salía una retahíla de obscenidades.
¿Dónde estaba su camisón?
Gastón volvió a salir, desnudo y furioso.
-¿De dónde diablos has sacado ese condón?
-De tu... tu bolso.
Rochi localizó su camisón de lino, lo recogió y se cubrió los pechos.
-¿De mi bolso? -preguntó mientras volvía a meter­se corriendo en el baño-. Lo has cogido de mi ... ¡Mierda!
-Ha sido... Un impulso. Un... Un accidente de sonam­bulismo.
Rocío caminó de puntillas hacia la puerta del pasillo, pero Gastón reapareció antes de que pudiera llegar allí, cruzó la alfombra a la carga, la agarró de un brazo y le dio una sa­cudida.
-¿Sabes cuánto tiempo ha estado eso allí dentro?
¡No el tiempo suficiente! Y entonces se dio cuenta de que se refería al condón.
-¿Qué quieres decir?
Gas le soltó el brazo y señaló hacia el baño.
-¡Lo que quiero decir es que llevaba siglos ahí dentro, y el muy hijo puta se ha roto!
Pasaron exactamente tres segundos. Luego las rodillas de Rocío cedieron. Se dejó caer en la silla que había al otro lado de la cama.
-¿Y bien? -ladró Gastón.
El cerebro confuso de Rochi volvió a funcionar.
-No te preocupes -dijo al tiempo que advertía, dema­siado tarde, la humedad entre sus muslos-. Son los días malos del mes.
-No hay ningún día malo del mes.
Gas encendió la lámpara de pie, y el cuerpo de Rochi, demasiado corriente y demasiado desnudo, quedó más ex­puesto de lo que ella hubiese querido.
-Para mí los hay: soy regular como un reloj.
Rochi no quería hablar sobre su periodo. Sujetó su ca­misón e intentó pensar en el modo de volvérselo a poner sin enseñar más de lo que ya había enseñado.
Él no parecía interesado en lo más mínimo ni en la des­nudez de Rocío, ni en la suya propia.
-¿Qué diablos hacías tú fisgoneando en mi bolso?
-Es que... Estaba abierto y he mirado como quien no quiere la cosa y... -Rochi se aclaró la garganta-. Si era tan viejo, ¿por qué seguías llevándolo encima?
-¡Me había olvidado de él!
-Eso es un motivo estúpido.
Los ojos verdes de hierba artificial adquirieron un aire asesino.
-¿Acaso intentas echarme a mí la culpa?
Ella respiró profundamente.
-No, no es eso. -Había llegado el momento de dejar de comportarse como una cobarde y afrontar las conse­cuencias. Se levantó y se puso el camisón-. Lo siento, Gastón. De verdad. Últimamente he cometido muchas locuras.
-No me vengas con cuentos.
-Te pido disculpas. Me siento avergonzada -dijo con la voz temblorosa-. En realidad, más que avergonzada. Me siento completamente humillada. Espero... Espero que pue­das olvidarte de esto.
-No es probable.
Gas recogió unos calzoncillos largos de color verde os­curo que había en el suelo y se los puso.
-Lo siento.
Ro merecía arrastrarse, pero como eso no parecía fun­cionar, se puso a interpretar el papel de la heredera hastiada y consentida.
-La verdad es que me sentía sola y tú estabas disponi­ble. Como tienes fama de playboy, creí que no te importaría.
-¿Que estaba disponible? -El aire crepitó-. Vamos a pensar en esto. Pensemos, ¿cómo se le llamaría a esto si la si­tuación fuera la inversa?
-No entiendo a qué te refieres.
-¿Cómo se le llamaría a esta situación, por ejemplo, si yo decidiese meterme en la cama contigo, una mujer, sin tu consentimiento?
-Pues... -Sus dedos se revolvían nerviosamente entre la falda de su camisón-. Ya, claro, comprendo qué quieres decir.
Gastón entrecerró los ojos, y su voz se volvió más grave y peligrosa.
-Se llamaría violación.
-¿No querrás decir en serio que te he... violado? -pre­guntó Ro.
-Pues sí, creo que sí -dijo él mirándola fríamente.
Eso era mucho peor de lo que había imaginado.
-Eso es ridículo. Tú... ¡Tú has consentido!
-Sólo porque estaba dormido y creía que eras otra per­sona.
Eso la hirió.
-Ya veo.
Gastón no se calmó. Al contrario, apretó la mandíbula y declaró:
-Al contrario de lo que pareces creer, me gusta tener re­laciones antes de llegar al sexo. Y no permito que nadie me utilice.
Y eso era exactamente lo que había hecho ella. Le entra­ron ganas de llorar.
-Lo siento, Gastón. Ambos sabemos que mi compor­tamiento ha sido indignante. ¿No podríamos olvidarnos del tema?
-No tengo muchas opciones -dijo mordiéndose los la­bios-. No es algo que me apetezca leer en los periódicos.
Rochi retrocedió hasta la puerta.
-Supongo que comprenderás que yo tampoco se lo con­taré a nadie.
Gastón la miró con asco.
A Rocio se le arrugó la cara.
-Lo siento. De verdad -volvió a decir.

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