Gastón
pareció quedarse perplejo.
—¿Es
eso lo que quieres? ¿Un molinillo de pimienta?
—Oh,
no. A mí no me gusta la pimienta.
Él
curvó la boca.
—Me
avergüenza admitirlo, Rocío, pero parece que empiezo a entender estas
conversaciones tan complejas que tienes.
—Pues
a mí no me sorprende. Eres muy brillante.
Le
dirigió una sonrisita traviesa.
—Y
vos, señora, eres la bomba.
—Y
además sexy.
—Eso
por supuesto.
—¿Podrías
decirlo de todas maneras?
—Claro.
—Gastón la miró con ternura y le agarró la mano por encima de la mesa. —Eres
sin duda la mujer más sexy que conozco. Y la más dulce...
A
Rocío se le puso un nudo en la garganta y se perdió en las profundidades verdes
de los ojos de Gastón. ¿Cómo había podido pensar que eran fríos? Bajó la cabeza
antes de que él pudiese ver las lágrimas de anhelo.
Él
comenzó a hablarle de la función y pronto se reían del lío que se había formado
entre uno de los payasos y una señorita muy bien dotada de la primera fila.
Compartieron los pequeños detalles del día: los problemas de Gastón con uno de
los empleados o la impaciencia de Tater
por estar atado todo el día. Planearon un viaje a la lavandería para el día
siguiente y Gastón mencionó que tenía que cambiar el aceite de la camioneta.
Podrían haber sido un matrimonio cualquiera, pensó Rocío, hablando del día a
día, y no pudo evitar sentir la esperanza de que, después de todo, pudieran
resolverse las cosas entre ellos.
Gastón
le dijo que fregaría los platos si se quedaba a hacerle compañía, después se
quejó, naturalmente, por el número de utensilios que ella había utilizado.
Mientras él bromeaba con ella, a Rocío se le ocurrió una idea.
Aunque
Gastón le había hablado abiertamente de su linaje Romanov, no le había revelado
nada sobre su vida actual, algo que para ella era mucho más importante. Hasta
que él le dijera a qué se dedicaba cuando no viajaba con el circo no existiría
entre ellos una verdadera comunicación. Pero no se le ocurría otra manera de
averiguar la verdad más que engañándolo. Decidió que quizá no había nada malo
en decir una pequeña mentirijilla cuando era la felicidad de su matrimonio lo
que estaba en juego.
—Gastón,
creo que tengo una infección de oído. —Él dejó lo que estaba haciendo y la miró
con tal preocupación que a Rocío le remordió la conciencia.
—¿Te
duele el oído?
—Un
poquito. No mucho. Sólo un poquito nada más.
—Iremos
al médico en cuanto termine la función. —Para entonces todas las consultas
estarán cerradas. —Te llevaré a urgencias.
—No
quiero ir a urgencias. Te aseguro que no es nada serio.
—No
voy a dejar que viajes con una infección de oído.
—Supongo
que tienes razón. —Rocío vaciló; sabía que ahora tocaba poner el cebo. —Tengo
una idea —dijo lentamente. —¿Te importaría mirármelo vos?
Él
se quedó quieto.
—¿Quieres
que te examine yo el oído? —Rocío se sintió culpable. Ladeó la cabeza y
jugueteó con el borde de la arrugada servilleta de papel. Al mismo tiempo,
recordó la manera en que él le había preguntado si estaba vacunada del tétanos
o cómo había administrado los primeros auxilios a un empleado. Tenía derecho a
saber la verdad.
—Supongo
que, sea cual sea tu especialidad, estarás cualificado para tratar una
infección de oído. A menos que seas veterinario.
—No
soy veterinario.
—Bueno.
Entonces hazlo.
Él
no dijo nada. Rocío contuvo los nervios mientras recolocaba los tréboles y
alineaba los botes de sal y la pimienta. Se obligó a recordar que aquello era
por el bien de Gastón. No podría conseguir que su matrimonio funcionara si él
insistía en mantener tantas cosas en secreto.
Lo
oyó moverse.
—Bueno,
Rocío. Te examinaré.
La
joven alzó la cabeza con rapidez. ¡Lo había conseguido! ¡Por fin lo había
pillado! Con astucia, había logrado que admitiera la verdad. Su marido era
médico y ella había logrado que confesara.
Sabía
que se enfadaría cuando la examinara y descubriera que no tenía nada en el
oído, pero ya se las arreglaría después. Sin duda alguna podría hacerle
entender que había sido por su bien. No era bueno para él ser tan reservado.
—Siéntate
en la cama —dijo. —Y acércate a la luz para que pueda ver.
Ella
lo hizo.
Gastón
se demoró secándose las manos delante del fregadero antes de dejar a un lado la
toalla y acercarse a ella.
—¿No
necesitas el instrumental?
—Está
en el maletero de la camioneta y preferiría no tener que mojarme otra vez.
Además, hay más de una manera de diagnosticar una infección de oído. ¿Cuál de
ellos te duele?
Rocío
vaciló una fracción de segundo, luego señaló la oreja derecha. Gastón le retiró
el pelo a un lado y luego se inclinó para examinarla.
—No
veo bien con esta luz, acuéstate.
Rocío
se recostó en la almohada. El colchón se hundió cuando él se sentó a su lado y
le puso la mano en la garganta.
—Traga.
Lo
hizo.
Gastón
apretó con la punta de los dedos.
—Otra
vez.
Rocío
tragó por segunda vez.
—Mmm.
Ahora abre la boca y di «ah».
—Ahhh...
Gastón
inclinó la cabeza de Rocío hacia la luz.
—¿Qué
opinas? —preguntó ella finalmente.
—Pues
parece que sí tienes una infección, pero no creo que sea en el oído.
«¿Tenía
una infección?»
Gastón
bajó la mano a su cintura y le presionó el abdomen.
—¿Te
duele aquí?
—No.
—Bien.
—Le agarró un tobillo y lo separó del otro. —Estate quieta mientras compruebo
el pulso alterno.
Ella
se mantuvo en silencio con la frente arrugada de preocupación. «¿Cómo era
posible que tuviera una infección?» Se encontraba bien. Luego recordó que había
tenido un leve dolor de cabeza hacía un par de días y que a veces se sentía un
poco mareada cuando se levantaba demasiado rápido. Tal vez estaba enferma y no
lo sabía.
Lo
miró con preocupación.
—¿Tengo
el pulso normal?
—Shh...
—Le desplazó el otro tobillo para que mantuviera las piernas separadas y le
apretó las rodillas sobre la tela del chándal. —¿Te ha dolido algo últimamente?
«¿Le
había dolido algo?»
—Creo
que no.
Gastón
le subió la parte superior del chándal y le tocó un pecho.
—¿Sientes
algo aquí?
—No.
Le
rozó el pezón con los dedos y, aunque su toque pareció impersonal, Rocío
entrecerró los ojos con suspicacia. Luego se relajó al notar la intensa
concentración en la cara de Gastón. Estaba portándose como todo un profesional;
no había indicio de lujuria en lo que estaba haciendo.
Le
tocó el otro pecho.
—¿Y
aquí? —preguntó.
—No.
Gastón
bajó la parte superior del chándal, cubriéndola con modestia, y ella se sintió
avergonzada por haber dudado de él.
Parecía
preocupado.
—Me
temo que...
—¿Qué?
Cubrió
la mano de Rocío con la suya y le dio una palmadita consoladora.
—Rocío
, yo no soy ginecólogo, y normalmente no haría esto, pero me gustaría
examinarte. ¿Te importaría?
—¿Si
me importaría...? —Rocío vaciló. —Bueno, no, supongo que no. Es decir, estamos
casados y ya me has visto... pero ¿qué tienes que hacer? ¿Crees que me pasa
algo?
—Estoy
prácticamente seguro de que no es nada, pero los problemas glandulares pueden
complicarse y sólo quiero asegurarme de que no es así. —Gastón deslizó los
pulgares hasta la cinturilla de los pantalones de Rocío . Ella levantó las
caderas y dejó que se los quitara junto con las bragas.
Cuando
él tiró la ropa al suelo, las sospechas de Rocío regresaron de nuevo, pero las
ignoró cuando se dio cuenta de que él no estaba mirándola. Parecía distraído,
como si estuviera ensimismado. ¿Y si en realidad tenía una enfermedad rara y él
estaba pensando la mejor manera de decírselo?
—¿Prefieres
que te cubra con la sábana? —preguntó él.
A
la joven le ardieron las mejillas.
—Er...,
esto... No es necesario. Es decir, dadas las circunstancias...
—Bueno.
Entonces... —Le apretó con suavidad sus rodillas. —Dime si te duele.
No
le dolió. Ni un poquito. Mientras la examinaba, a Rocío se le cerraron los ojos
y comenzó a flotar. Gastón tenía un toque de lo más asombroso. Controlado. Exquisito.
Un roce aquí. Otro allá. Era delicioso. Esos dedos dejaron un rastro suave y
húmedo. Su boca... ¡Era su boca!
Rocío
levantó de golpe la cabeza de la almohada.
—¡Eres
un pervertido! —chilló ella.
Él
soltó una risotada y la inmovilizó, agarrándola con firmeza.
—¡No
eres médico!
—¡Ya
te lo había dicho! Eres muy ingenua. —Gastón se rió más fuerte. Ella intentó
soltarse y él la sujetó con tina mano mientras se bajaba la cremallera con la
otra. —Pequeña farsante, has intentado engañarme con una falsa infección de
oídos.
Rocío
entornó los ojos cuando él se bajó los vaqueros.
—¿Qué
estás haciendo?
—Sólo
hay una cura para lo que te pasa, cariño. Y yo soy el único hombre que puede
proporcionártela.
Los
ojos de Gastón chispearon de risa y pareció tan satisfecho de sí mismo que la
irritación de Rocío se aplacó y le resultó difícil mantener el ceño fruncido.
—¡Me
las pagarás!
—No
hasta que me cobre la consulta. —Los vaqueros de Gastón cayeron al suelo en un
suave susurro junto con los calzoncillos. Con una amplia y lobuna sonrisa,
cubrió el cuerpo de Rocío con el suyo y entró en ella con un suave envite.
—¡Degenerado!
Eres un horrible..., ahh..., un horrible... Mmm...
Gastón
esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Decías?
Rocío
luchó contra la creciente excitación que la inundaba, decidida a no ceder a él
con demasiada facilidad.
—¡Creí
que me pasaba algo! Y... y durante todo ese tiempo estabas... ahhh... ¡estabas
buscando un polvo!
—Ese
lenguaje...
Ella
gimió y apresó las caderas de Gastón entre las manos.
—Y
lo dice alguien que ha violado el juramento hipocrático...
Él
soltó una carcajada que envió vibraciones de placer al interior de la joven.
Cuando Rocío le miró a los ojos, vio que el desconocido tenso y peligroso con
quien se había casado había desaparecido. En su lugar había un hombre que no
había visto nunca: joven, alegre y despreocupado. A Rocío le dio un vuelco el
corazón.
Se
le empañaron los ojos. Gastón le mordisqueó el labio inferior.
—Oh,
Gastón...
—Calla,
amor. Cállate y deja que te ame.
Dijo las palabras con el ritmo que marcaban
sus embestidas. Ella le respondió y se unió a él con los ojos llenos de
lágrimas. En un par de horas tendrían que enfrentarse en la pista, pero por
ahora no había peligro, sólo el placer que atravesaba sus cuerpos, inundaba sus
corazones y estallaba en un manto de estrellas.
Que wuacho este gaston!!jaajajajajajaaj
ResponderEliminarPero me encanto el cap!!!
me encanta ♥♥♥
ResponderEliminarRo quiso engañarlo y termino siendo al reves jaja
me encanto este capi besos muy buena la nove
que capi mas lindo cada uno con su mentirita y mira como terminaron !!!
ResponderEliminargaston es un pervertido.. lo amo.. me encanta esta novee es un vicio!!
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