domingo, 4 de diciembre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Diecisiete


Gastón pareció quedarse perplejo.
—¿Es eso lo que quieres? ¿Un molinillo de pimienta?
—Oh, no. A mí no me gusta la pimienta.
Él curvó la boca.
—Me avergüenza admitirlo, Rocío, pero parece que empiezo a entender estas conversaciones tan complejas que tienes.
—Pues a mí no me sorprende. Eres muy brillante.
Le dirigió una sonrisita traviesa.
—Y vos, señora, eres la bomba.
—Y además sexy.
—Eso por supuesto.
—¿Podrías decirlo de todas maneras?
—Claro. —Gastón la miró con ternura y le agarró la mano por encima de la mesa. —Eres sin duda la mujer más sexy que conozco. Y la más dulce...
A Rocío se le puso un nudo en la garganta y se perdió en las profundidades verdes de los ojos de Gastón. ¿Cómo había podido pensar que eran fríos? Bajó la cabeza antes de que él pudiese ver las lágrimas de anhelo.
Él comenzó a hablarle de la función y pronto se reían del lío que se había formado entre uno de los payasos y una señorita muy bien dotada de la primera fila. Compartieron los pequeños detalles del día: los problemas de Gastón con uno de los empleados o la impaciencia de Tater por estar atado todo el día. Planearon un viaje a la lavandería para el día siguiente y Gastón mencionó que tenía que cambiar el aceite de la camioneta. Podrían haber sido un matrimonio cualquiera, pensó Rocío, hablando del día a día, y no pudo evitar sentir la esperanza de que, después de todo, pudieran resolverse las cosas entre ellos.
Gastón le dijo que fregaría los platos si se quedaba a hacerle compañía, después se quejó, naturalmente, por el número de utensilios que ella había utilizado. Mientras él bromeaba con ella, a Rocío se le ocurrió una idea.
Aunque Gastón le había hablado abiertamente de su linaje Romanov, no le había revelado nada sobre su vida actual, algo que para ella era mucho más importante. Hasta que él le dijera a qué se dedicaba cuando no viajaba con el circo no existiría entre ellos una verdadera comunicación. Pero no se le ocurría otra manera de averiguar la verdad más que engañándolo. Decidió que quizá no había nada malo en decir una pequeña mentirijilla cuando era la felicidad de su matrimonio lo que estaba en juego.
—Gastón, creo que tengo una infección de oído. —Él dejó lo que estaba haciendo y la miró con tal preocupación que a Rocío le remordió la conciencia.
—¿Te duele el oído?
—Un poquito. No mucho. Sólo un poquito nada más.
—Iremos al médico en cuanto termine la función. —Para entonces todas las consultas estarán cerradas. —Te llevaré a urgencias.
—No quiero ir a urgencias. Te aseguro que no es nada serio.
—No voy a dejar que viajes con una infección de oído.
—Supongo que tienes razón. —Rocío vaciló; sabía que ahora tocaba poner el cebo. —Tengo una idea —dijo lentamente. —¿Te importaría mirármelo vos?
Él se quedó quieto.
—¿Quieres que te examine yo el oído? —Rocío se sintió culpable. Ladeó la cabeza y jugueteó con el borde de la arrugada servilleta de papel. Al mismo tiempo, recordó la manera en que él le había preguntado si estaba vacunada del tétanos o cómo había administrado los primeros auxilios a un empleado. Tenía derecho a saber la verdad.
—Supongo que, sea cual sea tu especialidad, estarás cualificado para tratar una infección de oído. A menos que seas veterinario.
—No soy veterinario.
—Bueno. Entonces hazlo.
Él no dijo nada. Rocío contuvo los nervios mientras recolocaba los tréboles y alineaba los botes de sal y la pimienta. Se obligó a recordar que aquello era por el bien de Gastón. No podría conseguir que su matrimonio funcionara si él insistía en mantener tantas cosas en secreto.
Lo oyó moverse.
—Bueno, Rocío. Te examinaré.
La joven alzó la cabeza con rapidez. ¡Lo había conseguido! ¡Por fin lo había pillado! Con astucia, había logrado que admitiera la verdad. Su marido era médico y ella había logrado que confesara.
Sabía que se enfadaría cuando la examinara y descubriera que no tenía nada en el oído, pero ya se las arreglaría después. Sin duda alguna podría hacerle entender que había sido por su bien. No era bueno para él ser tan reservado.
—Siéntate en la cama —dijo. —Y acércate a la luz para que pueda ver.
Ella lo hizo.
Gastón se demoró secándose las manos delante del fregadero antes de dejar a un lado la toalla y acercarse a ella.
—¿No necesitas el instrumental?
—Está en el maletero de la camioneta y preferiría no tener que mojarme otra vez. Además, hay más de una manera de diagnosticar una infección de oído. ¿Cuál de ellos te duele?
Rocío vaciló una fracción de segundo, luego señaló la oreja derecha. Gastón le retiró el pelo a un lado y luego se inclinó para examinarla.
—No veo bien con esta luz, acuéstate.
Rocío se recostó en la almohada. El colchón se hundió cuando él se sentó a su lado y le puso la mano en la garganta.
—Traga.
Lo hizo.
Gastón apretó con la punta de los dedos.
—Otra vez.
Rocío tragó por segunda vez.
—Mmm. Ahora abre la boca y di «ah».
—Ahhh...
Gastón inclinó la cabeza de Rocío hacia la luz.
—¿Qué opinas? —preguntó ella finalmente.
—Pues parece que sí tienes una infección, pero no creo que sea en el oído.
«¿Tenía una infección?»
Gastón bajó la mano a su cintura y le presionó el abdomen.
—¿Te duele aquí?
—No.
—Bien. —Le agarró un tobillo y lo separó del otro. —Estate quieta mientras compruebo el pulso alterno.
Ella se mantuvo en silencio con la frente arrugada de preocupación. «¿Cómo era posible que tuviera una infección?» Se encontraba bien. Luego recordó que había tenido un leve dolor de cabeza hacía un par de días y que a veces se sentía un poco mareada cuando se levantaba demasiado rápido. Tal vez estaba enferma y no lo sabía.
Lo miró con preocupación.
—¿Tengo el pulso normal?
—Shh... —Le desplazó el otro tobillo para que mantuviera las piernas separadas y le apretó las rodillas sobre la tela del chándal. —¿Te ha dolido algo últimamente?
«¿Le había dolido algo?»
—Creo que no.
Gastón le subió la parte superior del chándal y le tocó un pecho.
—¿Sientes algo aquí?
—No.
Le rozó el pezón con los dedos y, aunque su toque pareció impersonal, Rocío entrecerró los ojos con suspicacia. Luego se relajó al notar la intensa concentración en la cara de Gastón. Estaba portándose como todo un profesional; no había indicio de lujuria en lo que estaba haciendo.
Le tocó el otro pecho.
—¿Y aquí? —preguntó.
—No.
Gastón bajó la parte superior del chándal, cubriéndola con modestia, y ella se sintió avergonzada por haber dudado de él.
Parecía preocupado.
—Me temo que...
—¿Qué?
Cubrió la mano de Rocío con la suya y le dio una palmadita consoladora.
—Rocío , yo no soy ginecólogo, y normalmente no haría esto, pero me gustaría examinarte. ¿Te importaría?
—¿Si me importaría...? —Rocío vaciló. —Bueno, no, supongo que no. Es decir, estamos casados y ya me has visto... pero ¿qué tienes que hacer? ¿Crees que me pasa algo?
—Estoy prácticamente seguro de que no es nada, pero los problemas glandulares pueden complicarse y sólo quiero asegurarme de que no es así. —Gastón deslizó los pulgares hasta la cinturilla de los pantalones de Rocío . Ella levantó las caderas y dejó que se los quitara junto con las bragas.
Cuando él tiró la ropa al suelo, las sospechas de Rocío regresaron de nuevo, pero las ignoró cuando se dio cuenta de que él no estaba mirándola. Parecía distraído, como si estuviera ensimismado. ¿Y si en realidad tenía una enfermedad rara y él estaba pensando la mejor manera de decírselo?
—¿Prefieres que te cubra con la sábana? —preguntó él.
A la joven le ardieron las mejillas.
—Er..., esto... No es necesario. Es decir, dadas las circunstancias...
—Bueno. Entonces... —Le apretó con suavidad sus rodillas. —Dime si te duele.
No le dolió. Ni un poquito. Mientras la examinaba, a Rocío se le cerraron los ojos y comenzó a flotar. Gastón tenía un toque de lo más asombroso. Controlado. Exquisito. Un roce aquí. Otro allá. Era delicioso. Esos dedos dejaron un rastro suave y húmedo. Su boca... ¡Era su boca!
Rocío levantó de golpe la cabeza de la almohada.
—¡Eres un pervertido! —chilló ella.
Él soltó una risotada y la inmovilizó, agarrándola con firmeza.
—¡No eres médico!
—¡Ya te lo había dicho! Eres muy ingenua. —Gastón se rió más fuerte. Ella intentó soltarse y él la sujetó con tina mano mientras se bajaba la cremallera con la otra. —Pequeña farsante, has intentado engañarme con una falsa infección de oídos.
Rocío entornó los ojos cuando él se bajó los vaqueros.
—¿Qué estás haciendo?
—Sólo hay una cura para lo que te pasa, cariño. Y yo soy el único hombre que puede proporcionártela.
Los ojos de Gastón chispearon de risa y pareció tan satisfecho de sí mismo que la irritación de Rocío se aplacó y le resultó difícil mantener el ceño fruncido.
—¡Me las pagarás!
—No hasta que me cobre la consulta. —Los vaqueros de Gastón cayeron al suelo en un suave susurro junto con los calzoncillos. Con una amplia y lobuna sonrisa, cubrió el cuerpo de Rocío con el suyo y entró en ella con un suave envite.
—¡Degenerado! Eres un horrible..., ahh..., un horrible... Mmm...
Gastón esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Decías?
Rocío luchó contra la creciente excitación que la inundaba, decidida a no ceder a él con demasiada facilidad.
—¡Creí que me pasaba algo! Y... y durante todo ese tiempo estabas... ahhh... ¡estabas buscando un polvo!
—Ese lenguaje...
Ella gimió y apresó las caderas de Gastón entre las manos.
—Y lo dice alguien que ha violado el juramento hipocrático...
Él soltó una carcajada que envió vibraciones de placer al interior de la joven. Cuando Rocío le miró a los ojos, vio que el desconocido tenso y peligroso con quien se había casado había desaparecido. En su lugar había un hombre que no había visto nunca: joven, alegre y despreocupado. A Rocío le dio un vuelco el corazón.
Se le empañaron los ojos. Gastón le mordisqueó el labio inferior.
—Oh, Gastón...
—Calla, amor. Cállate y deja que te ame.
 Dijo las palabras con el ritmo que marcaban sus embestidas. Ella le respondió y se unió a él con los ojos llenos de lágrimas. En un par de horas tendrían que enfrentarse en la pista, pero por ahora no había peligro, sólo el placer que atravesaba sus cuerpos, inundaba sus corazones y estallaba en un manto de estrellas.

4 comentarios:

  1. Que wuacho este gaston!!jaajajajajajaaj
    Pero me encanto el cap!!!

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  2. me encanta ♥♥♥
    Ro quiso engañarlo y termino siendo al reves jaja
    me encanto este capi besos muy buena la nove

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  3. que capi mas lindo cada uno con su mentirita y mira como terminaron !!!

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  4. gaston es un pervertido.. lo amo.. me encanta esta novee es un vicio!!

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