domingo, 4 de diciembre de 2011

Capitulo 006 - Primera Parte

Después del viaje a Riverton, me sentí como la imbécil que había roto con Gastón por una tontería.
Esos tipos de la construcción habían estado bebiendo y, además, ellos eran cuatro y Gastón solo uno. Tal vez había tenido que demostrarles que sabía lo que se hacía para que no lo molieran a palos. Si no le había quedado más remedio, ¿qué derecho tenía yo a juzgarlo?
—¡Ni hablar! — dijo Candela, cuando me confié a ella al día siguiente, paseando por las inmediaciones del internado. Las hojas habían acabado de cambiar de color, por lo que los montes distantes ya no eran verdes, sino rojizos y dorados—. Si un tío se pone violento, te las piras. Y punto. Ya puedes dar gracias de haber descubierto cómo es en realidad antes de ser tú el blanco de su ira.
Su vehemencia me dejó atónita.
—Parece como si supieras muy bien de lo que estás hablando.
—¿Es que nunca has visto un telefilme? — Candela no me miró a los ojos y siguió jugueteando con la pulsera trenzada de cuero que llevaba en la muñeca — Todo el mundo lo sabe: los hombres que pegan no son buenos.
—Ya sé que se pasó tres pueblos, pero Gastón jamás me haría daño.
Candela se encogió de hombros y se arrebujó aun más en su chaqueta, como si le hubiera entrado frío, aunque fuera se estaba bien. Hasta ese momento, no me había preguntado hasta qué punto su discreto comportamiento y su aspecto masculino no responderían a un deseo de desviar una atención que no deseaba.
—Nadie piensa que va a ocurrir algo malo hasta que ocurre. Además, no paraba de decirte que la gente de aquí daba asco y que no debías intimar ni con tu compañera de cuarto ni con nadie, ¿no es así?
—Bueno... Sí, pero...
—Pero nada. Gastón ha estado intentando aislarte de todo el mundo para poder tener más poder sobre ti — Candela sacudió la cabeza — Estás mejor sin él.
Yo sabía que se equivocaba respecto a Gastón, pero también era consciente de que no había pasado tanto tiempo a su lado para conocerlo a fondo.
¿Por qué había empezado Gastón a criticar a mis padres? La única vez que nos había visto a todos juntos había sido en el cine y ellos se habían mostrado cordiales y afectuosos. Gastón había dicho que se guiaba por mi patético intento de fuga del primer día de clase, pero no sabía si creerle. Si tenía algún problema con mis padres, era obvio que se lo había inventado él por alguna extraña y paranoica razón con la que yo no quería tener nada que ver.
Posibles explicaciones acudieron a mi mente sin ser invitadas. Tal vez había tenido una novia antes de mí, por Europa, una chica elegante y sofisticada que había viajado alrededor del mundo, cuyos padres habían sido unos pedantes y se habían comportado injustamente con él. Quizá le habían cerrado la puerta en las narices, o incluso le habían prohibido volver a ver a su hija nunca más, y por eso ahora estaba escarmentado y no confiaba en nadie.
La historia que había acabado de inventarme no me ayudó en lo más mínimo. Primero: me hizo sentir mal por Gastón, como si comprendiera por qué se había comportado de ese modo tan extraño cuando él no era así en realidad. Y segundo: me hizo sentir insegura al compararme con una teórica novia europea y sofisticada... ¿Y qué hay más patético que sentirse amenazada por una persona que ni siquiera existe?
Creo que hasta ese momento, hasta separarnos y tener razones de peso para mantenerme alejada de él, no comprendí lo importante que Gastón era para mí. La clase de Química, la única a la que íbamos juntos, era una hora de tortura diaria. Era como si lo sintiera cerca de mí igual que se siente el calor que desprende el fuego de un hogar en una habitación fría. Sin embargo, no me dirigí a él en ningún momento, y él hizo otro tanto, respetando el silencio que yo había impuesto y que mantenía. Me resultaba imposible imaginar que él estuviera sufriendo más que yo. La lógica dictaba que lo mejor para mí era alejarme de él, pero la lógica me importaba bien poco. Lo echaba de menos a todas horas y daba la impresión de que, cuanto más me decía que lo dejara en paz, más deseaba estar con él.
¿Se sentiría él igual? No tenía ni idea; lo único que sabía era que se equivocaba respecto a mis padres.
—¿Cómo estás, Rocío? — me preguntó mi madre con ternura, mientras aclarábamos los platos de la cena del domingo.
No había dormido bien, apenas había probado bocado y lo único que me apetecía era esconder la cabeza debajo de una manta los siguientes dos años más o menos. Sin embargo, por primera vez en mi vida no tenía ganas de compartir mis preocupaciones con ellos. Eran sus profesores y no sería justo para él que les contara lo que Gastón opinaba de ellos. Además, hablar del hecho de que Gastón y yo al parecer habíamos acabado incluso antes de empezar solo habría conseguido ahondar en la herida.
—Estoy bien.
Mis padres intercambiaron una mirada. Sabían que estaba mintiendo, pero no me presionaron.
—¿Sabes qué? No hace falta que te vuelvas ya a tu habitación — dijo mi padre, dirigiéndose hacia el equipo de música.
—¿De verdad?
Por lo general, según las normas de la cena de los domingos, debía regresar a mi dormitorio para ponerme a estudiar poco después de acabar de cenar.
—La noche está despejada y se me ha ocurrido que tal vez te gustaría echar una ojeada por el telescopio. Además, estaba a punto de poner Frank Sinatra y sé lo que te gusta la voz.
Fly Me to the Moon — le pedí, y al cabo de escasos segundos Frank cantaba para nosotros.
Les enseñé la galaxia de Andrómeda. Les pedí que primero buscaran Pegaso en el firmamento y que luego se dirigieran hacia el noreste hasta que toparan con el suave y difuso resplandor de un billón de estrellas lejanas. Después de eso, pasé un buen rato paseándome por el cosmos y saludando a las estrellas conocidas como a mis viejas amigas.


Al día siguiente, vi a Gastón en el pasillo de camino a la clase de Historia en el mismo momento en que él me vio a mí. La luz tamizada por los cristales de la vidriera lo bañaba con los colores del otoño, y pensé que nunca había estado tan guapo.
Sin embargo, cuando nuestras miradas se encontraron, el momento perdió toda su belleza. Gastón parecía resentido, y tan desorientado y desamparado como yo desde la pelea del restaurante, que por un angustioso momento me sentí responsable de su desdicha. Sin embargo, en sus ojos también adiviné el sentimiento de culpabilidad, aunque enseguida apretó la mandíbula y dio media vuelta, con los hombros ligeramente vencidos. Segundos después, había desaparecido entre la marea de uniformes, una persona invisible más de Mandalay.
Tal vez estuviera repitiéndose una vez más que lo mejor era mantenerse alejado de la gente. Recordé cómo se había comportado estando juntos, mucho más relajado y feliz, más libre, y la idea de que yo hubiera podido obligarle a apartarse de los demás se me hizo insoportable.
—Gastón está de un bajón que no veas — me informó Nicolás ese mismo día, cuando nos topamos en la escalera un poco después. Por una vez en su vida, Nicolás iba vestido de manera formal, al menos de los tobillos para arriba porque las deportivas rojas de bota que llevaba en los pies definitivamente no formaban parte del uniforme — Vale, de todos modos el tío siempre ha tenido sus rollos raros, pero es que está raro que te cagas. Superraro. Megarraro. Rarito extremo.
Nicolás hizo una cruz con los brazos para dibujar la «x» de extremo.
—¿Te ha enviado para que defiendas su caso? — dije, con intención de parecer desenfadada, aunque creo que no me salió muy bien; tenía la voz tan carrasposa que cualquiera habría adivinado que había estado llorando, incluso alguien tan despistado como Nicolás.
—No me ha envidado él, no le pega — Nicolás se encogió de hombros — Es que me preguntaba de qué va este drama.
—No hay ningún drama.
—Ya lo creo que sí, un dramón, y ya veo que tú no vas a soltar prenda; pero, eh, no pasa nada, porque no es asunto mío.
Menudo chasco. Me habría enfadado si Gastón hubiera enviado a Nicolás para discutir el asunto en su nombre, pero aun fue peor comprender que Gastón iba a darse por vencido sin luchar.
—Vale.
Nicolás me dio un codazo amistoso.
—Tú y yo seguimos siendo amigos, ¿no? Que sepáis que en este divorcio tenéis la custodia compartida. Amplios derechos de visitas.
—¿Divorcio? — Me eché a reír a mi pesar. Solo a Nicolás se le ocurriría llamar divorcio al resultado de una primera cita que había salido mal — Seguimos siendo amigos.
En realidad antes tampoco habíamos sido exactamente amigos, así que lo de «seguir siéndolo» era un poco exagerado, pero habría resultado de muy mal gusto sacar aquello a relucir. Además, Nicolás me gustaba.
—Excelente. Los bichos raros tienen que mantenerse unidos en estos sitios.
—¿Me estás llamando bicho raro?
—Es el mayor honor que puedo concederte — Extendió los brazos mientras caminábamos por los pasillos, abarcándolo todo en ese gesto: los altos techos, las oscuras volutas de madera que enmarcaban vestíbulos y puertas, y la luz tamizada que se filtraba a través de los viejos ventanales y que dibujaba largas e irregulares sombras en el suelo — Este lugar es la capital de lo raro. Lo que es raro aquí es normal en cualquier otro sitio. Bueno, al menos esa es mi opinión.
Suspiré.
—¿Sabes? Creo que tienes más razón que un santo.
Nicolás tenía toda la razón del mundo al decir que me convenía tener todos los amigos que pudiera en un lugar como la Academia Mandalay. No es que ese sitio me hubiera gustado nunca, pero el poco tiempo que había pasado con Gastón me había hecho comprender lo que se siente cuando no se está completamente sola, y ahora que lo había perdido, el relieve de mi desamparo resaltaba con mayor nitidez. Saber lo distinto que podría haber sido solo conseguía que fuera aun más duro soportar la hostilidad y la intimidación que se respiraba en ese lugar.
El cambio de estación tampoco resultaba de mucha ayuda. El estilo gótico del edificio había quedado ligeramente suavizado por la exuberante hiedra y las lomas cubiertas de césped. Los ventanales estrechos y la luz de tintes extraños no habían conseguido enmascarar por completo el fulgor del sol de finales de verano. Sin embargo, ahora anochecía cada vez más pronto, lo que hacía que Mandalay pareciera más aislada que nunca. A medida que bajaban las temperaturas, un frío perpetuo se deslizaba en las aulas y los dormitorios y a veces parecía que los flecos de la escarcha en los cristales estuvieran intentando abrirse camino a través del vidrio. Incluso las bellas hojas otoñales susurraban estremecidas por el rumor solitario del viento. Ya habían empezado a caer y dejaban las primeras ramas desnudas como garras descarnadas que escarbaban en un cielo encapotado.
Me pregunté si los fundadores de la academia habrían instaurado el Baile de otoño para levantar el ánimo de los estudiantes en un momento del año tan lánguido.
—No creo — opinó Victorio.
Compartíamos mesa en la biblioteca. Me había invitado a estudiar con él un par de días después del fatídico viaje a Riverton. En mi antiguo colegio no había estudiado con nadie, porque «estudiar» normalmente se convertía en «hablar y gandulear», y luego los trabajos se hacían interminables. Prefería llevarme los deberes y hacerlos yo sola. Resultó que Victorio era de la misma opinión y habíamos pasado un montón de tiempo juntos en las últimas dos semanas, trabajando el uno al lado del otro sin apenas intercambiar una palabra durante horas. De hecho, no hablábamos hasta que empezábamos a recoger los libros.
—Sospecho que los fundadores de la academia adoraban el otoño. Creo que saca a relucir la verdadera naturaleza de Mandalay.
—Por eso necesitarían animarse.
Victorio sonrió y se colgó la cartera de cuero al hombro.
—No es la peor academia sobre la faz de la tierra, Rocío — Victorio solo quería provocarme, aunque su preocupación por mí era genuina — Me gustaría que te lo pasaras mejor aquí.
—Ya somos dos — dije, echando un vistazo al rincón donde unos minutos antes había visto que Gastón estaba leyendo.
Seguía allí. Su cabello reflejaba la luz de la lamparilla, pero él ni siquiera se dignó a volver la vista hacia nosotros.
—Podría gustarte si de verdad le dieras una oportunidad — Victorio sujetó la puerta de la biblioteca para que yo pasara — Deberías explorar un poco más y poner un poco más de tu parte para conocer gente.
Me lo quedé mirando.
—¿Como Eugenia?
—Corrijo: poner un poco más de tu parte para conocer a la gente adecuada.
Cuando Victorio dijo «adecuada» no se refería a los más ricos o a los más populares, se refería a los que realmente valía la pena conocer. Hasta el momento, el único de los alumnos típicamente de allí que pudiera valer la pena conocer era el propio Victorio, así que pensé que tampoco lo estaba haciendo tan mal.
—No creo que Mandalay sea adecuada para nadie — le confesé — Al menos seguro que para mí no. Sé que cumple con su cometido, pero te aseguro que cuando acaben las clases seré la persona más feliz del mundo.
—Yo también, pero no por la misma razón — Victorio caminaba a mi lado con paso lento, midiendo su larga zancada con cuidado para que yo no me quedara atrás. A veces me sorprendía lo grande que era, alto y fornido, de constitución fuerte, y sentía un extraño y pequeño hormigueo en el estómago — Gracias a Mandalay, tengo la sensación de que puedo llegar a comprender el mundo, a manejarme en él sin problemas. Las materias nuevas que estudio, todo lo que aprendo... Es como si estuviera impaciente por salir ahí fuera para probarlo por mi cuenta.
Su entusiasmo no bastaba para conseguir reconciliarme con la academia, pero me hizo sonreír por primera vez en lo que ya me parecían siglos.
—Bueno, al menos uno de los dos es feliz.
—Espero que ambos lo seamos dentro de poco — contestó Victorio, en voz baja.
Tenía sus ojos, color caramelo, clavados en mí y volví a sentir el cálido hormigueo.
Habíamos llegado al pasadizo abovedado que conducía al ala de los dormitorios de las chicas, y Victorio se detuvo justo en la frontera. Era fácil imaginárselo en el siglo XIX, con sus finos modales. Una sonrisa asomó a mis labios al pensar en él haciendo una reverencia.
Victorio parecía a punto de decir algo, pero en ese momento apareció María, quien por lo visto ya había acabado de estudiar.
—Ah, Rocío, estás aquí — Entrelazó su brazo con el mío con toda naturalidad, como si fuéramos amigas íntimas — Tienes que explicarme los deberes que nos han puesto en Tecnología moderna, no entiendo nada.
—Esto... De acuerdo — Volví la vista atrás mientras me arrastraban por el pasillo y le dije adiós con la mano a Victorio, quien parecía más divertido que molesto —  Estábamos hablando — le susurré a María.
—Ya me he dado cuenta — respondió del mismo modo — Así se quedará con las ganas de seguir hablando contigo y, cuantas más ganas tenga, antes irá a buscarte.
—¿De verdad?
—Te lo digo por experiencia. Además, no es broma, necesito que me ayudes con los deberes.
No era la primera vez que tenía que auxiliar a María en esa asignatura en concreto, ni la última que me preguntaba por qué me molestaba en decir que sí a todo.
—Ningún problema — contesté en un suspiro.
María rió tontamente y por un momento casi me pareció una cría.
—Si te interesa mi opinión, Victorio es el hombre más atractivo de la escuela. No es que sea mi tipo precisamente, pero ¿has visto qué espalda? ¿Y esos ojos caramelos? Te lo has montado bien.
—Solo somos amigos — protesté, mientras regresábamos a nuestro cuarto.
—Solo amigos, ya — dijo María, con ojillos traviesos — Me pregunto si Eugenia estaría de acuerdo.
Levanté las manos para intentar cortar esa conversación antes de que se volviera más incómoda de lo que ya era.
—No le digas nada a Eugenia de esto, ¿vale? No quiero problemas.
María enarcó una ceja.
—¿Que no le hable de qué? Creía que me habías dicho que no había nada que contar.
—Si quieres que te ayude con los deberes, será mejor que dejes el tema. Ya.
Ligeramente ofendida, María se encogió de hombros.
—Como quieras. Yo en tu lugar estaría encantada de atraer la atención de un tipo como Victorio, pero, de acuerdo, hablemos de los deberes en su lugar.
Para ser sincera, me halagaba gustarle a Victorio. No tenía demasiado claro que él quisiera ser otra cosa más que amigos, pero estaba convencida de que a veces tonteaba conmigo. Después del desastre con Gastón, sentaba muy bien que alguien coqueteara conmigo como si de verdad fuera guapa y fascinante en vez de la chica tímida y patosa del rincón.
Victorio era amable, inteligente y tenía un sentido del humor muy fino. Le caía bien a todo el mundo, seguramente porque todo el mundo parecía caerle bien a él. Incluso Candela, quien detestaba a prácticamente todos los alumnos «legítimos», lo saludaba por los pasillos y él siempre respondía. No era ni un pedante ni se comportaba de manera fría y distante. Además de ser irresistible.
En definitiva: era todo lo que una chica podía pedir. Pero no era Gastón.

1 comentario:

  1. aveces pienso que rocio es rara aveces pienso que gaston es raro ...no se me confunden por suerte ya vamos x el capi 6 falta poco para el 7 dijiste que ahi iba a pasar algo!!!. monica

    ResponderEliminar