Esos tipos de la
construcción habían estado bebiendo y, además, ellos eran cuatro y Gastón solo
uno. Tal vez había tenido que demostrarles que sabía lo que se hacía para que
no lo molieran a palos. Si no le había quedado más remedio, ¿qué derecho tenía
yo a juzgarlo?
—¡Ni hablar! — dijo Candela,
cuando me confié a ella al día siguiente, paseando por las inmediaciones del
internado. Las hojas habían acabado de cambiar de color, por lo que los montes
distantes ya no eran verdes, sino rojizos y dorados—. Si un tío se pone
violento, te las piras. Y punto. Ya puedes dar gracias de haber descubierto cómo
es en realidad antes de ser tú el blanco de su ira.
Su vehemencia me dejó
atónita.
—Parece como si supieras muy
bien de lo que estás hablando.
—¿Es que nunca has visto un
telefilme? — Candela no me miró a los ojos y siguió jugueteando con la pulsera
trenzada de cuero que llevaba en la muñeca — Todo el mundo lo sabe: los hombres
que pegan no son buenos.
—Ya sé que se pasó tres
pueblos, pero Gastón jamás me haría daño.
Candela se encogió de
hombros y se arrebujó aun más en su chaqueta, como si le hubiera entrado frío,
aunque fuera se estaba bien. Hasta ese momento, no me había preguntado hasta
qué punto su discreto comportamiento y su aspecto masculino no responderían a
un deseo de desviar una atención que no deseaba.
—Nadie piensa que va a
ocurrir algo malo hasta que ocurre. Además, no paraba de decirte que la gente
de aquí daba asco y que no debías intimar ni con tu compañera de cuarto ni con
nadie, ¿no es así?
—Bueno... Sí, pero...
—Pero nada. Gastón ha estado
intentando aislarte de todo el mundo para poder tener más poder sobre ti —
Candela sacudió la cabeza — Estás mejor sin él.
Yo sabía que se equivocaba
respecto a Gastón, pero también era consciente de que no había pasado tanto
tiempo a su lado para conocerlo a fondo.
¿Por qué había empezado Gastón
a criticar a mis padres? La única vez que nos había visto a todos juntos había
sido en el cine y ellos se habían mostrado cordiales y afectuosos. Gastón había
dicho que se guiaba por mi patético intento de fuga del primer día de clase,
pero no sabía si creerle. Si tenía algún problema con mis padres, era obvio que
se lo había inventado él por alguna extraña y paranoica razón con la que yo no
quería tener nada que ver.
Posibles explicaciones
acudieron a mi mente sin ser invitadas. Tal vez había tenido una novia antes de
mí, por Europa, una chica elegante y sofisticada que había viajado alrededor
del mundo, cuyos padres habían sido unos pedantes y se habían comportado
injustamente con él. Quizá le habían cerrado la puerta en las narices, o
incluso le habían prohibido volver a ver a su hija nunca más, y por eso ahora
estaba escarmentado y no confiaba en nadie.
La historia que había
acabado de inventarme no me ayudó en lo más mínimo. Primero: me hizo sentir mal
por Gastón, como si comprendiera por qué se había comportado de ese modo tan
extraño cuando él no era así en realidad. Y segundo: me hizo sentir insegura al
compararme con una teórica novia europea y sofisticada... ¿Y qué hay más patético
que sentirse amenazada por una persona que ni siquiera existe?
Creo que hasta ese momento,
hasta separarnos y tener razones de peso para mantenerme alejada de él, no
comprendí lo importante que Gastón era para mí. La clase de Química, la única a
la que íbamos juntos, era una hora de tortura diaria. Era como si lo sintiera
cerca de mí igual que se siente el calor que desprende el fuego de un hogar en
una habitación fría. Sin embargo, no me dirigí a él en ningún momento, y él
hizo otro tanto, respetando el silencio que yo había impuesto y que mantenía.
Me resultaba imposible imaginar que él estuviera sufriendo más que yo. La
lógica dictaba que lo mejor para mí era alejarme de él, pero la lógica me
importaba bien poco. Lo echaba de menos a todas horas y daba la impresión de
que, cuanto más me decía que lo dejara en paz, más deseaba estar con él.
¿Se sentiría él igual? No
tenía ni idea; lo único que sabía era que se equivocaba respecto a mis padres.
—¿Cómo estás, Rocío? — me
preguntó mi madre con ternura, mientras aclarábamos los platos de la cena del
domingo.
No había dormido bien,
apenas había probado bocado y lo único que me apetecía era esconder la cabeza
debajo de una manta los siguientes dos años más o menos. Sin embargo, por
primera vez en mi vida no tenía ganas de compartir mis preocupaciones con
ellos. Eran sus profesores y no sería justo para él que les contara lo que Gastón
opinaba de ellos. Además, hablar del hecho de que Gastón y yo al parecer
habíamos acabado incluso antes de empezar solo habría conseguido ahondar en la
herida.
—Estoy bien.
Mis padres intercambiaron
una mirada. Sabían que estaba mintiendo, pero no me presionaron.
—¿Sabes qué? No hace falta
que te vuelvas ya a tu habitación — dijo mi padre, dirigiéndose hacia el equipo
de música.
—¿De verdad?
Por lo general, según las
normas de la cena de los domingos, debía regresar a mi dormitorio para ponerme
a estudiar poco después de acabar de cenar.
—La noche está despejada y
se me ha ocurrido que tal vez te gustaría echar una ojeada por el telescopio.
Además, estaba a punto de poner Frank Sinatra y sé lo que te gusta la voz.
—Fly Me to the Moon — le pedí, y al cabo de escasos segundos Frank
cantaba para nosotros.
Les enseñé la galaxia de
Andrómeda. Les pedí que primero buscaran Pegaso en el firmamento y que luego se
dirigieran hacia el noreste hasta que toparan con el suave y difuso resplandor
de un billón de estrellas lejanas. Después de eso, pasé un buen rato paseándome
por el cosmos y saludando a las estrellas conocidas como a mis viejas amigas.
Al día siguiente, vi a Gastón
en el pasillo de camino a la clase de Historia en el mismo momento en que él me
vio a mí. La luz tamizada por los cristales de la vidriera lo bañaba con los
colores del otoño, y pensé que nunca había estado tan guapo.
Sin embargo, cuando nuestras
miradas se encontraron, el momento perdió toda su belleza. Gastón parecía
resentido, y tan desorientado y desamparado como yo desde la pelea del
restaurante, que por un angustioso momento me sentí responsable de su desdicha.
Sin embargo, en sus ojos también adiviné el sentimiento de culpabilidad, aunque
enseguida apretó la mandíbula y dio media vuelta, con los hombros ligeramente
vencidos. Segundos después, había desaparecido entre la marea de uniformes, una
persona invisible más de Mandalay.
Tal vez estuviera
repitiéndose una vez más que lo mejor era mantenerse alejado de la gente.
Recordé cómo se había comportado estando juntos, mucho más relajado y feliz,
más libre, y la idea de que yo hubiera podido obligarle a apartarse de los
demás se me hizo insoportable.
—Gastón está de un bajón que
no veas — me informó Nicolás ese mismo día, cuando nos topamos en la escalera
un poco después. Por una vez en su vida, Nicolás iba vestido de manera formal,
al menos de los tobillos para arriba porque las deportivas rojas de bota que
llevaba en los pies definitivamente no formaban parte del uniforme — Vale, de
todos modos el tío siempre ha tenido sus rollos raros, pero es que está raro
que te cagas. Superraro. Megarraro. Rarito extremo.
Nicolás hizo una cruz con
los brazos para dibujar la «x» de extremo.
—¿Te ha enviado para que
defiendas su caso? — dije, con intención de parecer desenfadada, aunque creo
que no me salió muy bien; tenía la voz tan carrasposa que cualquiera habría
adivinado que había estado llorando, incluso alguien tan despistado como Nicolás.
—No me ha envidado él, no le
pega — Nicolás se encogió de hombros — Es que me preguntaba de qué va este
drama.
—No hay ningún drama.
—Ya lo creo que sí, un
dramón, y ya veo que tú no vas a soltar prenda; pero, eh, no pasa nada, porque
no es asunto mío.
Menudo chasco. Me habría
enfadado si Gastón hubiera enviado a Nicolás para discutir el asunto en su
nombre, pero aun fue peor comprender que Gastón iba a darse por vencido sin
luchar.
—Vale.
Nicolás me dio un codazo
amistoso.
—Tú y yo seguimos siendo
amigos, ¿no? Que sepáis que en este divorcio tenéis la custodia compartida.
Amplios derechos de visitas.
—¿Divorcio? — Me eché a reír
a mi pesar. Solo a Nicolás se le ocurriría llamar divorcio al resultado de una
primera cita que había salido mal — Seguimos siendo amigos.
En realidad antes tampoco
habíamos sido exactamente amigos, así que lo de «seguir siéndolo» era un poco
exagerado, pero habría resultado de muy mal gusto sacar aquello a relucir.
Además, Nicolás me gustaba.
—Excelente. Los bichos raros
tienen que mantenerse unidos en estos sitios.
—¿Me estás llamando bicho
raro?
—Es el mayor honor que puedo
concederte — Extendió los brazos mientras caminábamos por los pasillos,
abarcándolo todo en ese gesto: los altos techos, las oscuras volutas de madera
que enmarcaban vestíbulos y puertas, y la luz tamizada que se filtraba a través
de los viejos ventanales y que dibujaba largas e irregulares sombras en el
suelo — Este lugar es la capital de lo raro. Lo que es raro aquí es normal en
cualquier otro sitio. Bueno, al menos esa es mi opinión.
Suspiré.
—¿Sabes? Creo que tienes más
razón que un santo.
Nicolás tenía toda la razón
del mundo al decir que me convenía tener todos los amigos que pudiera en un
lugar como la Academia Mandalay. No es que ese sitio me hubiera gustado nunca,
pero el poco tiempo que había pasado con Gastón me había hecho comprender lo
que se siente cuando no se está completamente sola, y ahora que lo había
perdido, el relieve de mi desamparo resaltaba con mayor nitidez. Saber lo
distinto que podría haber sido solo conseguía que fuera aun más duro soportar
la hostilidad y la intimidación que se respiraba en ese lugar.
El cambio de estación
tampoco resultaba de mucha ayuda. El estilo gótico del edificio había quedado
ligeramente suavizado por la exuberante hiedra y las lomas cubiertas de césped.
Los ventanales estrechos y la luz de tintes extraños no habían conseguido
enmascarar por completo el fulgor del sol de finales de verano. Sin embargo,
ahora anochecía cada vez más pronto, lo que hacía que Mandalay pareciera más
aislada que nunca. A medida que bajaban las temperaturas, un frío perpetuo se
deslizaba en las aulas y los dormitorios y a veces parecía que los flecos de la
escarcha en los cristales estuvieran intentando abrirse camino a través del
vidrio. Incluso las bellas hojas otoñales susurraban estremecidas por el rumor
solitario del viento. Ya habían empezado a caer y dejaban las primeras ramas
desnudas como garras descarnadas que escarbaban en un cielo encapotado.
Me pregunté si los
fundadores de la academia habrían instaurado el Baile de otoño para levantar el
ánimo de los estudiantes en un momento del año tan lánguido.
—No creo — opinó Victorio.
Compartíamos mesa en la
biblioteca. Me había invitado a estudiar con él un par de días después del
fatídico viaje a Riverton. En mi antiguo colegio no había estudiado con nadie,
porque «estudiar» normalmente se convertía en «hablar y gandulear», y luego los
trabajos se hacían interminables. Prefería llevarme los deberes y hacerlos yo
sola. Resultó que Victorio era de la misma opinión y habíamos pasado un montón
de tiempo juntos en las últimas dos semanas, trabajando el uno al lado del otro
sin apenas intercambiar una palabra durante horas. De hecho, no hablábamos
hasta que empezábamos a recoger los libros.
—Sospecho que los fundadores
de la academia adoraban el otoño. Creo que saca a relucir la verdadera
naturaleza de Mandalay.
—Por eso necesitarían
animarse.
Victorio sonrió y se colgó
la cartera de cuero al hombro.
—No es la peor academia
sobre la faz de la tierra, Rocío — Victorio solo quería provocarme, aunque su
preocupación por mí era genuina — Me gustaría que te lo pasaras mejor aquí.
—Ya somos dos — dije,
echando un vistazo al rincón donde unos minutos antes había visto que Gastón
estaba leyendo.
Seguía allí. Su cabello reflejaba
la luz de la lamparilla, pero él ni siquiera se dignó a volver la vista hacia
nosotros.
—Podría gustarte si de verdad
le dieras una oportunidad — Victorio sujetó la puerta de la biblioteca para que
yo pasara — Deberías explorar un poco más y poner un poco más de tu parte para
conocer gente.
Me lo quedé mirando.
—¿Como Eugenia?
—Corrijo: poner un poco más
de tu parte para conocer a la gente adecuada.
Cuando Victorio dijo
«adecuada» no se refería a los más ricos o a los más populares, se refería a los
que realmente valía la pena conocer. Hasta el momento, el único de los alumnos
típicamente de allí que pudiera valer la pena conocer era el propio Victorio,
así que pensé que tampoco lo estaba haciendo tan mal.
—No creo que Mandalay sea
adecuada para nadie — le confesé — Al menos seguro que para mí no. Sé que
cumple con su cometido, pero te aseguro que cuando acaben las clases seré la
persona más feliz del mundo.
—Yo también, pero no por la
misma razón — Victorio caminaba a mi lado con paso lento, midiendo su larga
zancada con cuidado para que yo no me quedara atrás. A veces me sorprendía lo
grande que era, alto y fornido, de constitución fuerte, y sentía un extraño y
pequeño hormigueo en el estómago — Gracias a Mandalay, tengo la sensación de
que puedo llegar a comprender el mundo, a manejarme en él sin problemas. Las
materias nuevas que estudio, todo lo que aprendo... Es como si estuviera
impaciente por salir ahí fuera para probarlo por mi cuenta.
Su entusiasmo no bastaba
para conseguir reconciliarme con la academia, pero me hizo sonreír por primera
vez en lo que ya me parecían siglos.
—Bueno, al menos uno de los
dos es feliz.
—Espero que ambos lo seamos
dentro de poco — contestó Victorio, en voz baja.
Tenía sus ojos, color
caramelo, clavados en mí y volví a sentir el cálido hormigueo.
Habíamos llegado al pasadizo
abovedado que conducía al ala de los dormitorios de las chicas, y Victorio se
detuvo justo en la frontera. Era fácil imaginárselo en el siglo XIX, con sus
finos modales. Una sonrisa asomó a mis labios al pensar en él haciendo una
reverencia.
Victorio parecía a punto de
decir algo, pero en ese momento apareció María, quien por lo visto ya había
acabado de estudiar.
—Ah, Rocío, estás aquí — Entrelazó
su brazo con el mío con toda naturalidad, como si fuéramos amigas íntimas —
Tienes que explicarme los deberes que nos han puesto en Tecnología moderna, no
entiendo nada.
—Esto... De acuerdo — Volví
la vista atrás mientras me arrastraban por el pasillo y le dije adiós con la
mano a Victorio, quien parecía más divertido que molesto — Estábamos hablando — le susurré a María.
—Ya me he dado cuenta — respondió
del mismo modo — Así se quedará con las ganas de seguir hablando contigo y,
cuantas más ganas tenga, antes irá a buscarte.
—¿De verdad?
—Te lo digo por experiencia.
Además, no es broma, necesito que me ayudes con los deberes.
No era la primera vez que
tenía que auxiliar a María en esa asignatura en concreto, ni la última que me
preguntaba por qué me molestaba en decir que sí a todo.
—Ningún problema — contesté
en un suspiro.
María rió tontamente y por
un momento casi me pareció una cría.
—Si te interesa mi opinión, Victorio
es el hombre más atractivo de la escuela. No es que sea mi tipo precisamente,
pero ¿has visto qué espalda? ¿Y esos ojos caramelos? Te lo has montado bien.
—Solo somos amigos — protesté,
mientras regresábamos a nuestro cuarto.
—Solo amigos, ya — dijo María,
con ojillos traviesos — Me pregunto si Eugenia estaría de acuerdo.
Levanté las manos para
intentar cortar esa conversación antes de que se volviera más incómoda de lo
que ya era.
—No le digas nada a Eugenia
de esto, ¿vale? No quiero problemas.
María enarcó una ceja.
—¿Que no le hable de qué?
Creía que me habías dicho que no había nada que contar.
—Si quieres que te ayude con
los deberes, será mejor que dejes el tema. Ya.
Ligeramente ofendida, María
se encogió de hombros.
—Como quieras. Yo en tu
lugar estaría encantada de atraer la atención de un tipo como Victorio, pero,
de acuerdo, hablemos de los deberes en su lugar.
Para ser sincera, me
halagaba gustarle a Victorio. No tenía demasiado claro que él quisiera ser otra
cosa más que amigos, pero estaba convencida de que a veces tonteaba conmigo.
Después del desastre con Gastón, sentaba muy bien que alguien coqueteara
conmigo como si de verdad fuera guapa y fascinante en vez de la chica tímida y
patosa del rincón.
Victorio era amable,
inteligente y tenía un sentido del humor muy fino. Le caía bien a todo el
mundo, seguramente porque todo el mundo parecía caerle bien a él. Incluso Candela,
quien detestaba a prácticamente todos los alumnos «legítimos», lo saludaba por
los pasillos y él siempre respondía. No era ni un pedante ni se comportaba de
manera fría y distante. Además de ser irresistible.
En definitiva: era todo lo
que una chica podía pedir. Pero no era Gastón.
aveces pienso que rocio es rara aveces pienso que gaston es raro ...no se me confunden por suerte ya vamos x el capi 6 falta poco para el 7 dijiste que ahi iba a pasar algo!!!. monica
ResponderEliminar