martes, 6 de diciembre de 2011

Primera Parte, Capitulo Cuatro

FE DE ERRATAS: El personaje que anteriormente hacía Victorio, como el entrenador de los Stars, ahora será Agustín.


Capítulo cuatro
Daphne saltó de su monopatín, se aga­chó y metió la cabeza 
entre la maleza pa­ra poder mirar dentro de la madriguera.

Daphne encuentra a un bebé conejo.(Notas preliminares)

Gastón se quedó rezagado detrás de la defensa. Sesenta y cinco mil aficionados gritaban en pie, pero una calma abso­luta le envolvía. No pensaba en los aficionados, ni en las cá­maras de televisión, ni en los locutores de Noche de fútbol del lunes que había en la cabina. No pensaba en nada excep­to en lo que había nacido para hacer: jugar al deporte que se había inventado sólo para él.
Leon Tippet, su receptor favorito, dibujó perfectamen­te la jugada y se desmarcó, listo para aquel dulce momento en que Gastón enviaría el balón a sus manos.
Entonces, en un instante, la jugada se fue al garete. Un defensa salió de la nada, dispuesto a interceptar el pase.
La adrenalina inundó el cuerpo de Gas. Estaba muy por detrás de la línea de marca y necesitaba a otro receptor, pero Jamás había sido derribado y Stubs tenía un marcaje doble.
Briggs y Washington atravesaron la línea de los Stars y cargaron contra él. Estos mismos monstruos escupidores de fuego, disfrazados de defensas laterales de Tampa Bay, le ha­bían dislocado el hombro el año anterior, pero Gas no pen­saba regalar el balón. Con la misma imprudencia que le ha­bía causado tantos problemas últimamente, miró hacia la iz­quierda... Y, brusca, a ciegas y alocadamente, hizo un regate a la derecha. Necesitaba un hueco en ese muro de camisetas blancas. Deseó que estuviese allí. Y lo encontró.
Con la agilidad marca de la casa, se escabulló, y dejó a Briggs y a Washington jadeando. Se dio la vuelta y se quitó de encima a un defensa que pesaba treinta kilos más que él.
Otro regate. Un baile acrobático. Luego puso la directa.
Fuera del campo era un hombre alto de un metro con ochenta y dos centímetros y ochenta y siete kilos de múscu­los, pero en el País de los Gigantes Mutantes era bajo, grácil y muy rápido. Sus pies conquistaban el césped artificial. Las luces del estadio convertían su casco dorado en un meteoro y su camiseta de color verde mar en una bandera tejida en el cielo. Poesía humana. Besado por los dioses. Bendecido en­tre los hombres. Llevó el balón hasta la zona de anotación y cruzó la línea de gol.
Y cuando el árbitro señaló el touchdown, Gastón todavía seguía en pie.


La fiesta posterior al partido tuvo lugar en casa de Kin­ney, y en el momento en que Gas atravesó la puerta, todas las mujeres se le echaron encima.
-Un partido fabuloso, Gastón.
-¡Gas, cielo, estoy aquí!
-¡Has estado fantástico! ¡Estoy afónica de tanto chillar!
-¿Te has emocionado cuando la has metido? Dios mío, seguro que estabas emocionado, pero ¿qué se siente real­mente?
-Felicidades.
-¡Gas, chéri!
El encanto era algo natural en Gastón, y mientras exhibía una de sus sonrisas logró desembarazarse de todas ellas a ex­cepción de dos de las más persistentes.

-Te gustan las mujeres hermosas y silenciosas -le ha­bía dicho la esposa de su mejor amigo la última vez que ha­bían hablado-. Pero la mayoría de las mujeres no son si­lenciosas, por lo que buscas a chicas extranjeras con un inglés limitado. Un clásico caso de evitación de la intimidad.
Gas recordó haberle contestado con una fresca.
-¿Ah, sí? Pues escucha, doctora Candela Vetrano -le había dicho-. Intimaré contigo siempre que quieras.
-Por encima de mi cadáver -había respondido su ma­rido, Victorio, desde el otro extremo de la mesa del comedor.
Aunque Vico era su mejor amigo, Gas disfrutaba cinchándole. Había sido así desde los tiempos en que fue el su­plente resentido del abuelo. Sin embargo, Vic ya se había re­tirado del fútbol y estaba a punto de empezar su residencia de medicina interna en un hospital de Carolina del Norte.
Gas no podía resistirse a fastidiarle.
-Es una cuestión de principios, abuelo. Tengo que de­mostrar una cuestión.
-Vale, pues demuéstralo con tu mujer y deja a la mía en paz -le había espetado Vico.
Can se había reído, había besado a su marido, le había dado una servilleta a su hija Tefi y había cogido en brazos a su hijo recién nacido, Luca. Gastón sonrió al recordar la res­puesta de Vico cuando le había preguntado por las notas de Post-it que llevaba Lu en los pañales.
-Eso es porque ya no le dejo a mi mujer que le escriba en las piernas.
-¿Sigue con ésas?
-Brazos, piernas... El pobre nene se estaba convir­tiendo en una libreta científica ambulante. Pero eso ha me­jorado desde que empecé a ponerle a Can Post-its en todos los bolsillos.
La costumbre de Cande de garabatear distraída ecuaciones complejas en superficies poco ortodoxas era bien conocida, y Estefanía metió baza.
-Una vez me escribió en el pie, ¿verdad, mamá? Y otra vez...
La doctora Candela le metió a su hija una baqueta en la boca.
Gas sonrió al recordarlo, pero una hermosa francesa que gritaba por encima de la música interrumpió sus pensa­mientos.
-Tu es fatigué, chéri?
Gas tenía facilidad para los idiomas, pero había apren­dido a mantenerlo en secreto.
-Gracias, pero ahora no quiero nada para comer. Oye, deja que te presente a Stubs Brady. Creo que los dos te­néis mucho en común. Y.. ¿Lucía, verdad? Mi compa­ñero León lleva mirándote con intenciones lascivas toda la noche.
Era el momento de desprenderse de un par de hembras.
Nunca le admitiría a Cande que tenía razón acerca de sus preferencias con las mujeres. Pero, al contrario que algunos de sus compañeros de equipo, que no hacían más que vana­gloriarse de que lo daban todo en el terreno de juego, Gas se limitaba a entregarse de veras. Y entregaba no sólo el cuer­po y la mente, sino también su corazón, y eso no se podía hacer teniendo a una mujer de altas exigencias en su vida. Hermosa y nada exigente, eso era lo que quería, y las muje­res extranjeras encajaban en la descripción.
Jugar con los Stars era lo único que le importaba, y no iba a dejar que nadie se interpusiera. Le encantaba poner­se el uniforme verde mar y dorado, saltar al campo en el es­tadio Midwest Sports Dome, y, sobre todo, trabajar para María Igarzabal y Nicolás Riera. Tal vez era el resultado de haberse pasado la infancia ejerciendo como hijo de un predicador, pero era un honor ser un Chicago Star, y no se podía decir lo mismo de todos los equipos de la liga de fútbol americano.
Cuando jugabas para los Riera, el respeto por el jue­go era más importante que el dinero. Los Stars no eran un equipo para bandidos ni para prima donnas, y, en el trans­curso de su carrera, Gas había visto traspasar a algunos ju­gadores de gran talento por no cumplir con los valores de conducta establecidos por Nico y María. Gas no se podía imaginar jugando en ningún otro equipo, y cuando ya no fuese capaz de dar la talla con los Stars en el campo, se reti­raría para entrenar.
Entrenar a los Stars.
Aunque aquella temporada habían pasado dos cosas que ponían en peligro sus sueños. Una era culpa suya: esa loca imprudencia que había cometido tras la pretemporada. Siem­pre había tenido tendencia a ser imprudente, pero, hasta en­tonces, se había limitado a serlo durante las vacaciones entre temporadas. La otra era la visita de Daphne Igarzabal a su dormitorio a medianoche. Eso hacía peligrar su carrera más que todos los saltos en caída libre y todas las carreras de mo­tocross del mundo.
Gas tenía un sueño profundo, y lo cierto es que ésa no había sido la primera vez que se despertaba a medio hacer el amor, pero hasta entonces siempre había elegido a sus com­pañeras. Irónicamente, si no hubiera sido por sus relaciones familiares, tal vez se habría planteado elegirla a ella. Tal vez era la atracción de la fruta prohibida, pero se lo había pasa­do muy bien con ella. Le había hecho tocar con los pies en el suelo y le había hecho reír. Aunque había procurado que ella no se diera cuenta, la había estado mirando. Se movía con una confianza de niña rica que a él le parecía muy sexy. Tal vez no tenía un cuerpo de relumbrón, pero todo estaba en su lugar y no podía negar que se había fijado en ella.
Aun así, había mantenido las distancias. Era la hermana de su jefa, y nunca confraternizaba con mujeres relacionadas con el equipo: ni las hijas de los entrenadores, ni las secreta­rias de las oficinas, ni siquiera las primas de sus compañe­ros de equipo. Y, a pesar de eso, mira qué había pasado.

Con sólo pensar en eso volvió a ponerse de mal humor. Ni siquiera un quarterback de aúpa era más importante para los Riera que la familia, y si jamás descubrían lo sucedi­do, sería a él a quien pedirían explicaciones.
Su conciencia le iba a obligar a llamarla pronto. Sólo una vez, para asegurarse de que no hubiera habido consecuen­cias. No las habría, se dijo, y no se iba a preocupar por eso, especialmente en ese momento, en que no podía permitirse ninguna distracción. El domingo se jugaría el Campeonato AFC, y tenían que hacer un partido impecable. Entonces se haría realidad su mayor sueño. Llevaría a los Stars a la gran final, a la Super Bowl.
Pero seis días después, su sueño se había hecho añicos. Y no podía culpar a nadie más que a sí mismo.

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