Capítulo cuatro
Daphne saltó de su monopatín, se agachó y metió la cabeza
entre la maleza para poder mirar dentro de la madriguera.
Daphne encuentra a un bebé conejo.(Notas preliminares)
Gastón se quedó rezagado detrás de la defensa. Sesenta y cinco mil aficionados gritaban en pie, pero una calma absoluta le envolvía. No pensaba en los aficionados, ni en las cámaras de televisión, ni en los locutores de Noche de fútbol del lunes que había en la cabina. No pensaba en nada excepto en lo que había nacido para hacer: jugar al deporte que se había inventado sólo para él.
Leon Tippet, su receptor favorito, dibujó perfectamente la jugada y se desmarcó, listo para aquel dulce momento en que Gastón enviaría el balón a sus manos.
Entonces, en un instante, la jugada se fue al garete. Un defensa salió de la nada, dispuesto a interceptar el pase.
La adrenalina inundó el cuerpo de Gas. Estaba muy por detrás de la línea de marca y necesitaba a otro receptor, pero Jamás había sido derribado y Stubs tenía un marcaje doble.
Briggs y Washington atravesaron la línea de los Stars y cargaron contra él. Estos mismos monstruos escupidores de fuego, disfrazados de defensas laterales de Tampa Bay, le habían dislocado el hombro el año anterior, pero Gas no pensaba regalar el balón. Con la misma imprudencia que le había causado tantos problemas últimamente, miró hacia la izquierda... Y, brusca, a ciegas y alocadamente, hizo un regate a la derecha. Necesitaba un hueco en ese muro de camisetas blancas. Deseó que estuviese allí. Y lo encontró.
Con la agilidad marca de la casa, se escabulló, y dejó a Briggs y a Washington jadeando. Se dio la vuelta y se quitó de encima a un defensa que pesaba treinta kilos más que él.
Otro regate. Un baile acrobático. Luego puso la directa.
Fuera del campo era un hombre alto de un metro con ochenta y dos centímetros y ochenta y siete kilos de músculos, pero en el País de los Gigantes Mutantes era bajo, grácil y muy rápido. Sus pies conquistaban el césped artificial. Las luces del estadio convertían su casco dorado en un meteoro y su camiseta de color verde mar en una bandera tejida en el cielo. Poesía humana. Besado por los dioses. Bendecido entre los hombres. Llevó el balón hasta la zona de anotación y cruzó la línea de gol.
Y cuando el árbitro señaló el touchdown, Gastón todavía seguía en pie.
La fiesta posterior al partido tuvo lugar en casa de Kinney, y en el momento en que Gas atravesó la puerta, todas las mujeres se le echaron encima.
-Un partido fabuloso, Gastón.
-¡Gas, cielo, estoy aquí!
-¡Has estado fantástico! ¡Estoy afónica de tanto chillar!
-¿Te has emocionado cuando la has metido? Dios mío, seguro que estabas emocionado, pero ¿qué se siente realmente?
-Felicidades.
-¡Gas, chéri!
El encanto era algo natural en Gastón, y mientras exhibía una de sus sonrisas logró desembarazarse de todas ellas a excepción de dos de las más persistentes.
-Te gustan las mujeres hermosas y silenciosas -le había dicho la esposa de su mejor amigo la última vez que habían hablado-. Pero la mayoría de las mujeres no son silenciosas, por lo que buscas a chicas extranjeras con un inglés limitado. Un clásico caso de evitación de la intimidad.
Gas recordó haberle contestado con una fresca.
-¿Ah, sí? Pues escucha, doctora Candela Vetrano -le había dicho-. Intimaré contigo siempre que quieras.
-Por encima de mi cadáver -había respondido su marido, Victorio, desde el otro extremo de la mesa del comedor.
Aunque Vico era su mejor amigo, Gas disfrutaba cinchándole. Había sido así desde los tiempos en que fue el suplente resentido del abuelo. Sin embargo, Vic ya se había retirado del fútbol y estaba a punto de empezar su residencia de medicina interna en un hospital de Carolina del Norte.
Gas no podía resistirse a fastidiarle.
-Es una cuestión de principios, abuelo. Tengo que demostrar una cuestión.
-Vale, pues demuéstralo con tu mujer y deja a la mía en paz -le había espetado Vico.
Can se había reído, había besado a su marido, le había dado una servilleta a su hija Tefi y había cogido en brazos a su hijo recién nacido, Luca. Gastón sonrió al recordar la respuesta de Vico cuando le había preguntado por las notas de Post-it que llevaba Lu en los pañales.
-Eso es porque ya no le dejo a mi mujer que le escriba en las piernas.
-¿Sigue con ésas?
-Brazos, piernas... El pobre nene se estaba convirtiendo en una libreta científica ambulante. Pero eso ha mejorado desde que empecé a ponerle a Can Post-its en todos los bolsillos.
La costumbre de Cande de garabatear distraída ecuaciones complejas en superficies poco ortodoxas era bien conocida, y Estefanía metió baza.
-Una vez me escribió en el pie, ¿verdad, mamá? Y otra vez...
La doctora Candela le metió a su hija una baqueta en la boca.
Gas sonrió al recordarlo, pero una hermosa francesa que gritaba por encima de la música interrumpió sus pensamientos.
-Tu es fatigué, chéri?
Gas tenía facilidad para los idiomas, pero había aprendido a mantenerlo en secreto.
-Gracias, pero ahora no quiero nada para comer. Oye, deja que te presente a Stubs Brady. Creo que los dos tenéis mucho en común. Y.. ¿Lucía, verdad? Mi compañero León lleva mirándote con intenciones lascivas toda la noche.
Era el momento de desprenderse de un par de hembras.
Nunca le admitiría a Cande que tenía razón acerca de sus preferencias con las mujeres. Pero, al contrario que algunos de sus compañeros de equipo, que no hacían más que vanagloriarse de que lo daban todo en el terreno de juego, Gas se limitaba a entregarse de veras. Y entregaba no sólo el cuerpo y la mente, sino también su corazón, y eso no se podía hacer teniendo a una mujer de altas exigencias en su vida. Hermosa y nada exigente, eso era lo que quería, y las mujeres extranjeras encajaban en la descripción.
Jugar con los Stars era lo único que le importaba, y no iba a dejar que nadie se interpusiera. Le encantaba ponerse el uniforme verde mar y dorado, saltar al campo en el estadio Midwest Sports Dome, y, sobre todo, trabajar para María Igarzabal y Nicolás Riera. Tal vez era el resultado de haberse pasado la infancia ejerciendo como hijo de un predicador, pero era un honor ser un Chicago Star, y no se podía decir lo mismo de todos los equipos de la liga de fútbol americano.
Cuando jugabas para los Riera, el respeto por el juego era más importante que el dinero. Los Stars no eran un equipo para bandidos ni para prima donnas, y, en el transcurso de su carrera, Gas había visto traspasar a algunos jugadores de gran talento por no cumplir con los valores de conducta establecidos por Nico y María. Gas no se podía imaginar jugando en ningún otro equipo, y cuando ya no fuese capaz de dar la talla con los Stars en el campo, se retiraría para entrenar.
Entrenar a los Stars.
Aunque aquella temporada habían pasado dos cosas que ponían en peligro sus sueños. Una era culpa suya: esa loca imprudencia que había cometido tras la pretemporada. Siempre había tenido tendencia a ser imprudente, pero, hasta entonces, se había limitado a serlo durante las vacaciones entre temporadas. La otra era la visita de Daphne Igarzabal a su dormitorio a medianoche. Eso hacía peligrar su carrera más que todos los saltos en caída libre y todas las carreras de motocross del mundo.
Gas tenía un sueño profundo, y lo cierto es que ésa no había sido la primera vez que se despertaba a medio hacer el amor, pero hasta entonces siempre había elegido a sus compañeras. Irónicamente, si no hubiera sido por sus relaciones familiares, tal vez se habría planteado elegirla a ella. Tal vez era la atracción de la fruta prohibida, pero se lo había pasado muy bien con ella. Le había hecho tocar con los pies en el suelo y le había hecho reír. Aunque había procurado que ella no se diera cuenta, la había estado mirando. Se movía con una confianza de niña rica que a él le parecía muy sexy. Tal vez no tenía un cuerpo de relumbrón, pero todo estaba en su lugar y no podía negar que se había fijado en ella.
Aun así, había mantenido las distancias. Era la hermana de su jefa, y nunca confraternizaba con mujeres relacionadas con el equipo: ni las hijas de los entrenadores, ni las secretarias de las oficinas, ni siquiera las primas de sus compañeros de equipo. Y, a pesar de eso, mira qué había pasado.
Con sólo pensar en eso volvió a ponerse de mal humor. Ni siquiera un quarterback de aúpa era más importante para los Riera que la familia, y si jamás descubrían lo sucedido, sería a él a quien pedirían explicaciones.
Su conciencia le iba a obligar a llamarla pronto. Sólo una vez, para asegurarse de que no hubiera habido consecuencias. No las habría, se dijo, y no se iba a preocupar por eso, especialmente en ese momento, en que no podía permitirse ninguna distracción. El domingo se jugaría el Campeonato AFC, y tenían que hacer un partido impecable. Entonces se haría realidad su mayor sueño. Llevaría a los Stars a la gran final, a la Super Bowl.
Pero seis días después, su sueño se había hecho añicos. Y no podía culpar a nadie más que a sí mismo.
Ro lo dejó loquito ^^
ResponderEliminarAMO ESTA NOVE QUIERO MAS !!!
ResponderEliminar