martes, 6 de diciembre de 2011

Capitulo 006 - Segunda Parte

En mi antiguo colegio, los profesores siempre decoraban las aulas cuando llegaba Halloween. Se colocaban calabazas de plástico naranja en las ventanas para llenarlas de caramelos y barritas de chocolate, y las brujas de papel volaban por todas las paredes. El año pasado, la directora había colgado luces de colores en el marco de la puerta de su despacho, en la que también había un cartel que decía en letras verdes de caligrafía irregular: ¡Uh! Siempre me había parecido una horterada y jamás se me habría pasado por la cabeza que algún día lo echaría de menos.
No se colgaban adornos en Mandalay.
—Igual creen que las gárgolas ya dan bastante miedo — sugirió Candela mientras comíamos en su dormitorio.
Recordé la que había al otro lado de la ventana de mi habitación y traté de imaginarla envuelta en lucecitas de colores.
—Sí, ya sé a qué te refieres. Cuando la escuela ya es una mazmorra espantosa, húmeda y oscura de por sí, sobran los adornos de Halloween.
—Qué lástima que no podamos montar una casa encantada. Para los niños pequeños de Riverton, digo. Podríamos adornarla para que diera mucho miedo y disfrazarnos de demonios un fin de semana. Algunos de estos capullos ni siquiera tendrían que esforzarse demasiado. Podríamos recaudar dinero para la escuela.
—No creo que la Academia Mandalay ande escasa de fondos.
—Vale, tienes razón — admitió — pero tal vez podríamos recaudar dinero para la beneficencia. Como un teléfono de ayuda, o un teléfono de la esperanza o algo así. Supongo que a la gente de aquí le importa un pimiento la beneficencia, pero tal vez lo harían para ponerlo en sus solicitudes de ingreso universitarias. Todavía no he oído mencionar la universidad a ninguna de ellas, seguramente porque esas estúpidas brujas tendrán parientes en Harvard o en Yale, o en una de esas, pero de todos modos tendrán que rellenar la solicitud, así que tal vez aprueben la idea, ¿no?
Veía pasar las imágenes a toda velocidad en mi cabeza: telarañas en las escaleras, las risas demoníacas de los alumnos rebotando contra las paredes del vestíbulo principal e inocentes niños pequeños mirándolo todo con ojos desorbitados por el terror mientras Eugenia o Vidette agitaban unas uñas largas y negras sobre sus cabezas.
—Aunque ya es un poco tarde, solo quedan dos semanas para Halloween. Tal vez el año que viene.
—Si el año que viene vuelvo a estar aquí, por favor, pégame un tiro — rezongó Candela, dejándose caer en su cama — Mis padres dicen que voy a tener que aguantarme, que para eso me saqué una beca, para venir aquí, y que si no ya sé lo que me toca: volver a mi antiguo instituto público con sus detectores de metales y olvidarme de obtener una titulación. Pero es que tengo este sitio atragantado.
Me rugieron las tripas. La ensalada de atún y las galletas saladas que Candela y yo habíamos compartido apenas habían conseguido matar el hambre. Tendría que comer algo más en mi habitación, pero no quería que Candela se enterara.
—Seguro que la cosa mejora.
—¿Lo crees de verdad?
—No.
Nos miramos sin decir nada y de pronto estallamos en carcajadas.
A medida que las risas fueron apagándose, empecé a oír unos gritos, aunque alejados, al otro lado del vestíbulo principal. Candela se alojaba junto al pasadizo abovedado central que comunicaba los dormitorios de las chicas con la zona de aulas, de donde me parecía que procedían los gritos.
—Eh, ¿oyes eso?
—Sí — Candela se enderezó para prestar atención, apoyándose en los codos — Creo que es una pelea.
—¿Una pelea?
—Confía en una persona que antes iba al peor instituto público de Boston. Reconozco una pelea cuando la oigo.
—Vamos.
Cogí la bolsa de los libros y me dirigí a la puerta, pero Candela me agarró por la manga del jersey.
—¿Qué haces? ¿No querrás meterte en medio de una pelea? — dijo, mirándome con los ojos abiertos como platos — No te busques problemas.
Tenía razón, pero no la escuché. Si había una pelea, tenía que asegurarme, por completo, de que Gastón no estaba implicado.
—Quédate si quieres, yo voy.
Candela me dejó ir.
Me dirigí a la carrera hacia el lugar del que procedían los gritos y ahora incluso chillidos.
—¡Acaba con él! — oí rugir a Eugenia, como si estuviera disfrutando.
—¡Tíos, eh, tíos! — resonó la voz de Vic en el pasillo — ¡Dejadlo ya!
Doblé la esquina con el corazón en un puño justo a tiempo de ver a Augusto dándole un puñetazo en la cara a Gastón.
Gastón cayó de espaldas y quedó despatarrado en el suelo delante de todo el colegio. Los alumnos prototípicos de Mandalay se echaron a reír y Eugenia incluso aplaudió. Gastón tenía los labios manchados de sangre, que contrastaba fuertemente sobre su piel clara. Cuando me vio entre la gente, cerró los ojos con fuerza. Quizá la vergüenza dolía más que el puñetazo.
—No vuelvas a insultarme — le avisó Augusto, levantando las manos y mirándolas como si estuviera satisfecho de lo que acababan de hacer. Tenía los nudillos manchados con la sangre de Gastón — O la próxima vez te callaré la boca para siempre.
Gastón se enderezó sin apartar la mirada de Augusto y un extraño silencio se instaló entre los presentes. Como si de repente todo fuera mucho más serio de lo que parecía, como si la pelea no hubiera hecho más que empezar. Sin embargo, no fue miedo lo que sentí, sino expectación. Impaciencia. Deseo de venganza.
—La próxima vez te aseguro que acabará de otra manera.
—Sí, no lo dudo — contestó Augusto, con desenfado — la próxima vez te dolerá de veras.
Augusto se marchó a grandes zancadas, siendo considerado como un héroe por Eugenia y quienes lo siguieron. Los demás se apresuraron a desperdigarse antes de que apareciera algún profesor. Solo nos quedamos Vic y yo.
Vic se arrodilló junto a Gastón.
—Por cierto, menuda pinta, das pena.
—Gracias por la delicadeza.
Gastón respiró hondo y soltó un gruñido. Vic le sirvió de apoyo y le ofreció un pañuelo de papel acolchado para que se limpiara la sangre que le goteaba de la nariz.
Yo no sabía qué decir, solo podía pensar en el aspecto lastimoso que tenía Gastón. Estaba claro que Augusto había podido con él.
Desde el incidente en la pizzería, consideraba a Gastón un tipo más duro de lo que había creído en un principio, alguien que se metía en peleas a la primera de cambio porque sí, sin motivo alguno. Y ahora acababa de meterse en otra. ¿Acaso no demostraba eso que yo tenía razón? ¿O el hecho de que se hubiera llevado la peor parte demostraba que, después de todo, Gastón no era el tipo duro que había imaginado?
—¿Estás bien? — le pregunté al fin.
—Sí, no pasa nada — Gastón ni siquiera me miró — En realidad solo se necesitan un par de muelas, las demás son de recambio.
—¿Te ha saltado un diente? —preguntó Vic, palideciendo por momentos.
—Me baila uno, pero creo que aguantará — Gastón esperó unos segundos antes de dirigirse a mí — Te dije que esto ocurriría tarde o temprano.
Me había dicho que algún día sería un marginado en Mandalay y estaba claro que ese día había llegado, pero ¿por qué intentaba dar a entender que había sido él quien me había dejado por mi propio bien? Era yo la que había roto nuestra relación.
—Lo importante es que estés bien — dije.
Volví a dejarlo, esta vez despatarrado en el suelo. Tal vez así comprendería cuál de los dos estaba dejando a quién.
Me embargó una profunda tristeza y una sensación de desamparo que me sacudió los hombros y me hizo un nudo en la garganta. Me mordí el labio con tanta fuerza que me hice sangre. Me habría reconfortado volver al dormitorio de Candela, pero todavía no estaba preparada para enfrentarme a sus preguntas, así que me encaminé hacia la biblioteca para esconderme durante la siguiente media hora hasta la clase de Ciencias Políticas. Seguro que encontraría algo que leer, tal vez un libro de astronomía, incluso una revista de moda. Quizá me sentiría mejor si me ocultaba detrás de un libro durante un rato.
Al acercarme a la puerta, esta se abrió de par en par y por ella asomó Victorio, quien echó un cómico vistazo al pasillo.
—¿Hay moros en la costa?
—¿Qué?
—Supongo que buscas refugio de la batalla campal entre Gastón y Augusto.
—La batalla se ha acabado — Suspiré — Ha ganado Augusto.
—Siento oír eso.
—¿De verdad? Creía que Gastón no le caía bien a casi nadie.
—No voy a negar que es un poco liante — dijo Victorio — pero Augusto no se queda atrás y él ya tiene aquí quien le apoye. Supongo que siento debilidad por el más débil.
Me apoyé contra la pared. Estaba agotada, como si ya fuera medianoche en vez de media tarde.
—A veces se respira tanta tensión en este lugar que me sorprende que el edificio no se haga añicos como el cristal.
—Pues relájate. No estudies durante un rato — me propuso Victorio, zalamero.
—No vengo a estudiar. Creo que solo iba a pasar el rato.
—A pasar el rato... ¿en la biblioteca? Vale. ¿Sabes qué? — Se inclinó ligeramente hacia mí — Tienes que salir más.
No tenía ganas de reír, pero hice un esfuerzo por sonreír.
—Me subestimas.
—Entonces permíteme proponerte algo — Victorio vaciló lo suficiente para darme tiempo a adivinar lo que estaba a punto de hacer. Me cogió la mano — Ven conmigo al Baile de otoño.
A pesar de las insinuaciones y las bromas de María, jamás se me había pasado por la cabeza que Victorio pudiera pedirme que fuera al baile con él. Era el chico más guapo de la escuela y podría haber invitado a quien le diera la gana. Aunque nos llevábamos bien y éramos amigos, y a pesar de no ser inmune a su irresistible encanto, jamás lo habría imaginado.
Ni que me lo pidiera, ni que mi primer impulso fuera decirle que no.
Si bien habría sido una grandísima estupidez. La única razón que se me ocurría para rechazar la invitación de Victorio era la esperanza de que me lo pidiera otra persona y esa otra persona no iba a pedírmelo porque yo la había echado de mi lado para siempre.
Victorio me miró con infinita ternura y, al ver esos ojos caramelos tan esperanzados, solo pude contestar:
—Será un placer.
—Genial — Cuando sonreía de esa manera, se le marcaba más el hoyuelo de la barbilla — Nos lo pasaremos bien.
—Gracias por pedírmelo.
Sacudió la cabeza y me miró como si no creyera lo que acababa de oír.
—El afortunado soy yo, créeme.
Le sonreí porque esa era una de las cosas más bonitas que nadie me había dicho jamás. Una mentira como un piano teniendo en cuenta que el chico más popular de la escuela iba a llevar al gran baile a la friqui de la clase — no hacía falta decir quién era el afortunado de los dos — pero muy bonito al fin y al cabo.
Sin embargo, no había sentimiento en esa sonrisa. Me desprecié por mirar el apuesto rostro de Victorio deseando que fuera el de Gastón, pero no pude evitarlo.

1 comentario:

  1. aaj hasta las manos esta rocio con gaston..y como culparla encima victorio dando vueltas por ahi
    bueno el proximo capi nos explota la verdad en la cara no?? vamos a saber por fin un indicio de que va a pasar q es lo misterioso y asi...ank para mi son todos TODOS freack #lodije

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