sábado, 10 de diciembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Cuatro

Tras trabajar día y noche, Rochi terminó Daphne se cae de bruces y lo envió la misma semana que los Stars perdie­ron el Campeonato AFC. Cuando quedaban quince segun­dos en el reloj, Gastón Dalmau no había querido jugar con­servadoramente y le había lanzado el balón a un compañero marcado por dos rivales. El pase había sido interceptado, y los Stars habían perdido por un gol de campo.
Rochi se sirvió una taza de té para protegerse del frío de las tardes de enero y se la llevó a la mesa de trabajo. Tenía que escribir un artículo para Chik, pero en lugar de conectar su ordenador portátil, cogió unos papeles que había dejado en la butaca para tomar nota de algunas ideas para un nuevo li­bro, Daphne encuentra a un bebé conejo.
Justo cuando se disponía a sentarse sonó el teléfono.
-¿Diga?
-¿Daphne? Soy Gastón Dalmau.
El té se le derramó y Ro se quedó sin aliento. Hasta hacía poco tiempo, había estado encaprichada por aquel hom­bre. En ese momento, el simple sonido de su voz la aterró.
Se obligó a respirar. Si todavía la llamaba Daphne signi­ficaba que no había hablado con nadie sobre ella. Eso era bueno. No quería que él hablara de ella, ni siquiera que pen­sara en ella.
-¿De dónde has sacado mi número?
-Te pedí que me lo dieras.
Rocío había logrado olvidarlo.
-Yo... ¿Qué quieres de mí?
-Ahora que ha terminado la temporada, estoy a punto de marcharme de la ciudad durante un tiempo. Y quería ase­gurarme de que no hubiera habido... ninguna consecuencia desafortunada de... lo ocurrido.
-¡No! Ninguna consecuencia en absoluto. Por supues­to que no.
-Me alegro.
Más allá de la respuesta glacial, Rochi percibió un suspi­ro de alivio. De pronto, se le ocurrió el modo de hacer las co­sas más fáciles.
-¡Ya voy, cariño! -le gritó a una persona imaginaria.
-Veo que no estás sola.
-Pues no. ¡Estoy al teléfono, Benny! -dijo, levantan­do de nuevo la voz-. Enseguida estoy contigo, cielo.
Rocío sintió un escalofrío. ¿No se le podía haber ocu­rrido un nombre mejor?
Cafre trotó desde la cocina para ver qué ocurría. Ro asió el teléfono aun más fuerte.
-Agradezco la llamada, Gastón, pero no hacía falta.
-Mientras todo vaya...
-Todo va de perlas, pero tengo que dejarte. Lo siento por el partido. Y gracias por llamar.
Cuando colgó el teléfono, la mano todavía le temblaba. Acababa de hablar con el padre del hijo que estaba esperando.
Se acarició el abdomen. Todavía lo tenía liso y no se ha­bía hecho del todo a la idea de estar embarazada. Cuando tuvo la primera falta, lo achacó al estrés. Pero con cada día que pasaba tenía los pechos cada vez más sensibles, y había empezado a sentir náuseas, así que finalmente decidió com­prarse un test de embarazo. De eso hacía sólo dos días. El re­sultado la había dejado tan aterrorizada que salió corriendo a comprar otro.
No había error posible. Iba a tener un bebé y el padre era Gastón Dalmau.
Sus primeros pensamientos, sin embargo, no habían sido para él. Habían sido para Mery y Nico: la familia era el cen­tro de su existencia, y ninguno de los dos podía imaginarse educar a un hijo sin el otro. Eso les iba a sumir en la tristeza.
Cuando finalmente se puso a pensar en Gastón, llegó a la conclusión de que tenía que asegurarse de que él no lo su­piera nunca. Él había sido su víctima inocente, de modo que cargaría con las consecuencias ella sola.
Tampoco sería tan difícil ocultárselo. Ahora que la tem­porada había acabado era poco probable que se topara con él, y bastaría con no acercarse a las oficinas de los Stars cuan­do se reanudaran los entrenamientos en verano. Excepto en algunas pocas fiestas del equipo que organizaban Nico y Mery, nunca socializaba demasiado con los jugadores. Fi­nalmente, Gastón tal vez sabría que ella había tenido un bebé, pero tras la llamada de aquella mañana debía de pensar que había otro hombre en su vida.
A través de las ventanas de su loft observó el cielo inver­nal. Aunque no eran ni las seis, ya había oscurecido. Se echó en el sofá.
Hasta hacía dos días nunca se había planteado ser madre soltera. De hecho, nunca había pensado demasiado en la ma­ternidad. Pero ya no podía pensar en otra cosa. El desaso­siego, que siempre había aparecido como una maldición en su vida, había desaparecido, dejándola con la extraña sensa­ción de que todo era exactamente como tenía que ser. Por fin tendría una familia propia.
Cafre le lamió la mano, que colgaba a un lado del sofá. Ro cerró los ojos y se dejó llevar por la ensoñación que se había apoderado de su imaginación una vez pasado el sus­to inicial. ¿Un niño? ¿Una niña? No le importaba. Había pa­sado el tiempo suficiente con sus sobrinos para saber que en cualquiera de los casos sería una buena madre, y le daría al bebé tanto amor como dos padres.
Su bebé. Su familia.
Por fin.
Se estiró, satisfecha de pies a cabeza. Eso era lo que ha­bía estado buscando durante todos aquellos años, una fami­lia realmente suya. No podía recordar haber sentido jamás tanta paz. Incluso su pelo estaba en paz: ya no lo llevaba tan exageradamente corto y había recuperado de nuevo su color rubio natural. Volvía a quedarle bien.
Cafre restregó su nariz húmeda en su mano.
-¿Tienes hambre, amiguito?
Rochi se levantó, y cuando ya iba de camino a la cocina para darle de comer, volvió a sonar el teléfono. El pulso se le aceleró, pero esta vez era Mery.
-Nico y yo hemos tenido una reunión en Lake Forest. Ahora estamos en Edens y Nico está hambriento. ¿Quieres venir con nosotros a Yoshi a cenar?
-Me encantaría.
-Genial. Pasaremos a recogerte dentro de una media hora.
Cuando Rocío colgó, la golpeó la certeza de lo mucho que les iba a doler la noticia. Querían que ella tuviera exac­tamente lo que tenían ellos: un amor profundo e incondi­cional que constituía la base de la vida de ambos. Pero la ma­yoría de la gente no tenía tanta suerte.
Se puso su raído jersey Dolce & Gabanna y una escuáli­da falda gris marengo que le llegaba a los tobillos y que se había comprado en Field's la primavera anterior, durante las rebajas. La llamada de Gastón la había dejado intranquila, así que encendió el televisor. Últimamente se había acos­tumbrado a ver reposiciones de Encaje, S.L. La serie des­pertaba en ella sentimientos de nostalgia: era un vínculo con una de las pocas partes agradables de su infancia.
Todavía se preguntaba por la relación de Gastón con Julia Calvo. Tal vez su hermana lo supiera, pero temía citar su nom­bre, aunque maría no tuviera ni idea de que Ro había estado con él en la casa de Door County.
«Encaje está al caso, sí... Encaje resolverá el caso, sí...»
Hubo anuncios tras los créditos, y luego Julia, en el papel de Ginger Hill, saltó por la pantalla con un pan­talón corto blanco muy ajustado y los pechos asomando tras un top de biquini verde brillante. El pelo castaño oscuro on­deaba alrededor de su cara, unos aros dorados acariciaban sus mejillas, y su sonrisa seductora prometía inimaginables delicias sensuales.
El ángulo de la cámara se amplió para mostrar a las dos detectives en la playa. En contraste con la escasa indumen­taria de Ginger, Sable llevaba un malliot largo. Rochi recor­daba que las dos actrices habían sido amigas fuera de la pan­talla.
El interfono del vestíbulo sonó. Rocío apagó el televisor y, pocos minutos después, les abrió la puerta a su hermana y a su cuñado.
María la besó en la mejilla.
-Te veo pálida. ¿Te encuentras bien?
-Estamos en enero y esto es Chicago. Todo el mundo está pálido.
Rochi estuvo abrazada a su hermana un poco más de lo necesario. Celia la Gallina, una maternal habitante del Bos­que del Ruiseñor que cuidaba a Daphne como a uno de sus polluelos, había sido creada a imagen de su hermana.
-Hola, señorita Rocío. Te hemos echado de menos -dijo Nico, dándole uno de sus acostumbrados abrazos de oso que la dejaban casi sin respiración.
Mientras le devolvía el abrazo, pensó en lo afortunada que era de tenerles a ambos.
-Sólo han pasado dos semanas desde Año Nuevo -di­jo Ro.
-Y dos semanas desde que viniste a casa. Mery se an­gustia -repuso Nico.
Nicolás dejó su chaqueta en el respaldo del sofá.
Rochi sonrió mientras cogía el abrigo de María. Nico todavía pensaba que el auténtico hogar de Rochi seguía sien­do el suyo propio. No comprendía sus sentimientos por aquel pisito.
-Nico, ¿recuerdas cuando nos conocimos? Intenté con­vencerte de que Mery me pegaba.
-Es difícil olvidarse de algo así. Todavía recuerdo lo que me dijiste. Me dijiste que no era mala del todo, sólo ligeramente retorcida.
Mery se rió y dijo con un suspiro:
-Ah, los buenos viejos tiempos.
Ro observó con cariño a su hermana.

-De pequeña era tan impertinente que me extraña que no me pegaras.
-Las niñas Igarzabal teníamos que buscar nuestra ma­nera de sobrevivir -dijo María.
«Una de nosotras sigue haciéndolo», pensó Rochi.
Cafre adoraba a María, y saltó a su regazo en cuanto se sentó.
-Me alegró mucho ver las ilustraciones de Daphne se cae de bruces antes de que las enviaras. La expresión de la cara de Benny cuando su bicicleta de montaña resbala en el charco es impagable. ¿Tienes alguna idea para un próximo libro?
Rocío dudó durante unos instantes y respondió:
-Todavía estoy en la fase preliminar.
-Valeria estaba delirante de alegría cuando Daphne le vendó la pata a Benny. Creo que no se esperaba que pudiera perdonarle -dijo María.
-Daphne es una conejita muy compasiva. Aunque uti­lizó un lazo rosa de encaje para el vendaje.
-Benny tendría que ser más consciente de su lado feme­nino -dijo Mery con una sonrisa-. Es un libro maravillo­so, Ro. Siempre consigues insertar alguna lección impor­tante de la vida sin que se pierda la diversión. Me alegro tanto de que escribas.
-Es exactamente lo que siempre había querido hacer. Sólo que no lo sabía.
-Hablando de eso... Nico, ¿te has acordado...? -Mery se interrumpió al darse cuenta de que Nicolás no estaba allí-. Debe de haber ido al baño.
-Pues hace un par de días que no lo limpio. Espero que no esté demasiado... -Rochi sofocó un grito y se volvió rá­pidamente.
Pero era demasiado tarde. Nicolás volvía del baño con las dos cajas vacías que había encontrado en la papelera. Esos tests de embarazo en sus enormes manos parecían un par de granadas cargadas.
Rochi se mordió los labios. No quería decirles nada por el momento. Todavía tenían que digerir la derrota en el Cam­peonato AFC, y no necesitaban otro disgusto.
Mery no pudo ver lo que tenía su marido en las manos hasta que dejó caer una de las cajas en su regazo. La levantó lentamente y se llevó la mano a la mejilla.
-¿Rochi?
-Ya sé que tienes veintisiete años -dijo Nico-, y am­bos intentamos respetar tu intimidad, pero tengo que saber qué significa todo esto.
Parecía tan alterado que Rochi no pudo soportarlo. A Nico le encantaba ser padre, y le iba a costar aceptar aquello más que a Mery.
Rocío cogió las dos cajas, las dejó a un lado, y dijo:
-¿Por qué no te sientas?

1 comentario:

  1. HA ESTA EMBARAZADA!!
    QUE MAL K NO SE LO DIGA A GASTON! TENDRIA K DECIRSELO? JAJAJ CUANDO SE ENTERE...

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