sábado, 10 de diciembre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Diecisiete

Un rato después, cuando Rocío estaba en el cuarto de baño aplicándose el maquillaje para la función, la sensación de bienestar se evaporó. No importaba lo que ella quisiera creer, no habría verdadera intimidad entre ellos si Gastón guardaba tantos secretos.
—¿Quieres tomar un café antes de que salgamos a mojarnos? —gritó él.
Rocío guardó el lápiz de labios y salió del cuarto de baño. Gastón estaba apoyado en el mostrador con sólo los vaqueros y una toalla amarilla colgando del cuello. Ella metió las manos en los bolsillos del albornoz.
—Lo que quiero es que te sientes y me digas a qué te dedicas cuando no viajas con el circo.
—¿Ya estamos con eso otra vez?
—Más bien seguimos con ello. Ya basta, Gastón. Quiero saberlo.
—Si es por lo que acabo de hacer...
—Eso ha sido una tontería. Pero no quiero más misterios. Si no sos médico ni veterinario, decime, ¿qué tipo de doctor sos?
—Puede que sea dentista.
Gastón parecía tan esperanzado que Rocío casi sonrió.
—No eres dentista. Ni siquiera utilizas la seda dental todos los días.
—Sí que lo hago.
—Mentiroso, como mucho cada dos días. Y, definitivamente, no eres psiquiatra, aunque estás neurótico perdido.
Él agarró la taza de café del mostrador y se quedó mirando el contenido.
—Soy profesor universitario, Rocío.
—¿Que eres qué?
Gastón la miró.
—Soy profesor de historia del arte en una pequeña universidad privada de Connecticut. Ahora mismo he agarrado una excedencia.
Rocío se había imaginado muchas cosas, pero no ésa. Aunque, si lo pensaba bien, tampoco debería asombrarse tanto. Él había dejado caer pistas sutiles. Recordó que Heather le había dicho que Gastón la había llevado a una exposición y le había comentado los cuadros. Y había muchas revistas de arte en la caravana, aunque ella había pensado que se las habían dejado los anteriores inquilinos. Además, estaban las numerosas referencias que Gastón había hecho a pinturas famosas. Se acercó a él.
—¿Y por qué tanto misterio?
Gastón tomó un sorbo de café.
—A ver si lo adivino. Es por el mismo motivo por el que usamos esta caravana, ¿no? ¿La misma razón por la que escogiste vivir en el circo en vez de otro sitio? Sabías que estaría más cómoda con un profesor universitario que con Gastón el Cosaco, y no querías que estuviese a gusto.
—Quería que te dieras cuenta de lo diferentes que somos. Trabajo en un circo, Rocío. Gastón el Cosaco es una parte muy importante de mi vida.
—Pero también eres profesor universitario.
—En una universidad pequeña.
Rocío recordó la raída camiseta universitaria que a veces se ponía ella para dormir.
—¿Estudiaste en la Universidad de Carolina del Norte?
—Hice prácticas allí, pero me licencié y doctoré en la Universidad de Nueva York.
—Me cuesta imaginarlo.
Gastón le rozó la barbilla con el pulgar.
—Esto no cambia nada. Todavía diluvia, tenemos una función que hacer y estás tan hermosa que lo único que quiero es quitarte el albornoz y volver a jugar a los médicos.
Rocío se obligó a dejar de lado las preocupaciones y a vivir el presente, al menos de momento.


Esa noche, a mitad de la función, se levantó viento. Cuando los laterales de la lona de nailon del circo comenzaron a hincharse y deshincharse como un gran fuelle, Gastón ignoró la afirmación de Eugenia de que la tormenta amainaría y ordenó a Jack que suspendiera la función.
El maestro de ceremonias lo anunció de manera discreta, diciéndole al público que necesitaban bajar la cubierta del circo como medida de seguridad, garantizando a todos el reembolso de la entrada. Mientras Eugenia echaba humo por el dinero perdido, Gastón dio instrucciones a los músicos de tocar una alegre melodía para acelerar la salida de la gente.
Parte del público se detuvo bajo el toldo de entrada para no mojarse y tuvieron que animarlo para que continuara saliendo. Mientras ayudaba a la evacuación, Gastón sólo pensaba en Rocío; en si habría seguido sus órdenes de permanecer en la camioneta hasta que amainara el viento.
¿Y si no lo había hecho? ¿Y si estaba ahí fuera en ese momento, bajo el viento y la lluvia, por si se había perdido algún niño o para ayudar a un anciano a llegar hasta su coche? ¡Maldición, seguro que era así! Rocío tenía más corazón que sentido común y se olvidaría de su propia seguridad si sabía que alguien estaba en problemas.
Un sudor frío le cubrió la piel y tuvo que recurrir a todo su control para mirar con gesto tranquilo al público que pasaba por su lado. Se dijo a sí mismo que ella estaría bien, e incluso esbozó una sonrisa cuando recordó la jugarreta que le había hecho antes. Se había reído más en el tiempo que llevaban juntos que en toda su vida. Nunca sabía cuál sería la próxima ocurrencia de su esposa. Lo hacía sentirse como el niño que nunca había sido. ¿Qué haría cuando ella se fuera? Se negaba a pensar en ello. Lo superaría y punto, tal como había hecho con todo lo demás. La vida lo había convertido en un solitario, y era así como le gustaba vivir.
Cuando el último de los espectadores abandonó el circo, el viento había arreciado y la empapada lona se abombaba por las ráfagas. Gastón tenía miedo de perder la cubierta si no la aseguraban con rapidez, y se movió de un grupo a otro para ordenar y ayudar a aflojar las cuerdas. Uno de los empleados soltó la cuerda antes de tiempo y le dio en la mejilla, pero Gastón ya había sentido latigazos antes e ignoró el dolor. La fría lluvia cayó sobre él cegándole, el viento le revolvió el pelo y, durante todo el tiempo que estuvo trabajando, pensaba en Rocío. «Será mejor que estés en la camioneta, ángel. Por tu propia seguridad y por la mía.»
Rocío estaba agazapada en el centro de la jaula de Sinjun con el tigre acurrucado a su lado y la lluvia entrando por los barrotes. Gastón no confiaba en la seguridad de la caravana durante la tormenta y le había dicho que se metiera en la camioneta hasta que amainara el viento. Se dirigía allí cuando había oído el rugido aterrorizado de Sinjun. Se dio cuenta de que la tormenta lo había asustado.
El tigre estaba a la intemperie, expuesto a los elementos mientras todos ayudaban a desmontar el circo. Al principio Rocío se había quedado junto a la jaula, pero el embate de la lluvia y del viento hacía que le resultara difícil mantenerse en pie. Sinjun se puso frenético cuando ella intentó resguardarse debajo de la jaula y, sin que le quedara otra elección, se había metido dentro con él.
Ahora la rodeaba como si fuera un gato grande. Rocío sentía la vibración de la respiración y del ronroneo del felino en la espalda y gracias al calor del animal no tenía frío. Se acurrucó contra él y se sintió tan segura como unas horas antes, cuando se encontraba entre los brazos de Gastón.
Rocío no estaba en la camioneta.
Rocío no estaba en la caravana.
Gastón atravesó el recinto buscándola frenéticamente. ¿Que habría hecho esta vez? ¿Dónde se habría metido? ¡Maldita sea, todo eso era culpa suya! Sabía de sobra lo loca que estaba; debería haberla acompañado a la camioneta y, ya puestos, atado al volante.
Gastón siempre se había sentido orgulloso de mantener la cabeza fría ante una crisis, pero ahora no podía pensar. La tormenta amainó después de que aseguraran la carpa y pasaron unos cuantos minutos revisando los daños superficiales; el cristal delantero de uno de los camiones estaba salpicado de escombros y uno de los puestos había volcado por el viento. La lona del circo tenía algún desgarrón, pero no parecía haber sufrido daños serios. Tras asegurarse de que todo estaba en orden decidió ir a buscar a Rocío. Sin embargo, cuando llegó a la camioneta, y vio que no estaba allí, sintió cómo el pánico le atenazaba las entrañas.
¿Por qué no la había vigilado de cerca? Era demasiado frágil, demasiado confiada. «Dios mío, que no le haya ocurrido nada.»
Vio un destello de luz al otro lado del recinto, pero uno de los remolques le bloqueaba la vista. Mientras corría hacia allí, oyó la voz de Rocío y se le aflojaron los músculos de puro alivio. Rodeó el vehículo con rapidez y pensó que nunca había visto nada más hermoso que Rocío sosteniendo una linterna y dirigiendo a dos de los empleados para que cargaran la jaula de Sinjun en la parte trasera del camión que transportaba a las fieras.
Quiso sacudirla por haberle hecho pasar tanto miedo, pero se contuvo. No era culpa suya que él se hubiera convertido en un debilucho y un cobarde.
Cuando lo vio, Rocío esbozó una sonrisa tan llena de felicidad que hizo que el calor alcanzara los dedos de los pies de Gastón.
—¡Estás bien! Estaba tan preocupada por vos.
Él se aclaró la garganta y tomó aliento para tranquilizarse.
—¿Necesitas que te de una mano?
—Creo que ya estamos acabando —dijo Rocío, subiéndose al camión.
Aunque Gastón quería llevarla a la caravana y amarla hasta la mañana siguiente, la conocía lo suficiente como para saber que ninguna baladronada por su parte la apartaría del camión hasta que estuviera totalmente segura de que los animales a su cargo estaban bien resguardados. Si se lo permitía, incluso les habría leído un cuento antes de arroparlos.
Rocío salió por fin y, sin ninguna vacilación, estiró los brazos y se dejó caer desde la parte superior de la rampa hacia él. Cuando Gastón la estrechó contra su pecho, decidió que eso era lo que más le gustaba de ella: nunca dudaba de él. Rocío había sabido que la atraparía entre sus brazos costara lo que costase.
—¿Te quedaste en la camioneta durante la tormenta como te dije? —le preguntó plantándole un beso duro y desesperado sobre el pelo mojado.
—Mmm... estuve a salvo, te lo aseguro.
—Bien. Volvamos a la caravana. Los dos necesitamos una ducha caliente.
—Antes necesito...
—Saber cómo está Tater. Iré contigo.
—Pero no vuelvas a mirarlo con cara de pocos amigos.
—Nunca lo miro con cara de pocos amigos.
—La última vez que lo miraste así heriste sus sentimientos.
—No tiene...
—Por supuesto que tiene sentimientos.
—Lo mimas demasiado.
—Es cariñoso, no mimado. Hay una gran diferencia.
Gastón le dirigió una mirada significativa.
—Créeme, conozco la diferencia entre cariñoso y mimado.
—¿Qué estás insinuando...?
—Ha sido un cumplido.
—No ha sonado así.
Discutió con ella hasta que llegaron al remolque donde se encontraba el elefante, pero Gastón no le soltó la mano en ningún momento. Ni se le borró la sonrisa de la cara.

2 comentarios:

  1. Esta Rocio siempre metiéndose en problemas... pero es lo mas! jaja

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  2. Se que gaston esta enamorado de Rochi!!.. Que lo diga ¡ya!jaajajajaja

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