sábado, 17 de diciembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Dieciocho

Siguiendo la rutina diaria, se acercó a los elefantes y saludó a Tater. Él la siguió hasta las jaulas de las fieras.
Sinjun solía ignorar al elefantito, pero esta vez alzó la cabeza con orgullo y miró a su rival con arrogante condescendencia.
«Rocío me ama, molesto infante, no lo olvides.» Lollipop y Chester estaban atados fuera de la carpa y Tater se acomodó en el lugar de costumbre, donde le esperaba un fardo de heno limpio. Rocío se acercó a Sinjun y metió la mano entre los barrotes para rascarle detrás de las orejas. Como no era un cachorro, Rocío no lo arrullaba como hacía con los demás.
A Rocío le encantaba el tiempo que pasaba con los animales. Sinjun había mejorado bajo sus cuidados; su pelaje naranja oscuro tenía ahora un brillo saludable. Algunas veces, casi de madrugada, cuando todo estaba silencioso y desierto, Rocío abandonaba su confortable lugar junto a Gastón y se acercaba a la jaula de Sinjun, le abría la puerta y dejaba que el enorme felino vagara libre un rato.
Mientras retozaban juntos en la hierba húmeda de rocío, Sinjun mantenía sus garras cuidadosamente tapadas. Rocío se mantenía ojo avizor por si aparecía algún otro madrugador. En ese momento, mientras acariciaba al animal, sintió que la envolvía una sensación de somnolencia.
Sinjun la miró profundamente a los ojos.
«Díselo.»
«Lo haré.»
«Díselo.»
«Pronto, muy pronto.»
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que sintiera la nueva vida que crecía en su vientre? No podía estar embarazada de más de seis semanas, así que aún pasaría un tiempo. No se había saltado ni una sola píldora, por lo que al principio había atribuido los síntomas al cansancio. Pero la semana anterior, tras vomitar en el cuarto de baño, se había comprado un test de embarazo y había descubierto la verdad.
Jugueteó con una de las orejas de Sinjun. Sabía que tenía que decírselo a Gastón, pero aún no estaba preparada. Sabía que su marido se enfadaría —Rocío no se engañaba al respecto, —pero en cuanto se acostumbrara a la idea, ella misma se aseguraría de que aquello lo hiciera feliz. «Y le haría feliz», se dijo a sí misma firmemente. Gastón la amaba. Aunque todavía no lo hubiera admitido. Y amaría a su bebé.
Si bien él todavía no había dicho las palabras que ella necesitaba escuchar, Rocío sabía que Gastón albergaba profundos sentimientos hacia ella. ¿Qué otra cosa si no provocaría la ternura que veía reflejada en sus ojos de vez en cuando o la satisfacción que parecía irradiar de él cuando estaban juntos? A veces le resultaba difícil recordar lo raro que solía ser que él se riera cuando lo había conocido.
Sabía que a Gastón le gustaba estar con ella. Al vivir en una pequeña caravana y gracias a los interminables kilómetros que hacían en la camioneta casi todas las mañanas, pasaban más tiempo juntos que la mayoría de los matrimonios y, a pesar de ello, todavía la buscaba durante el resto del día para compartir con ella cualquier cosa, para comentarle cualquier problema que hubiera surgido en la localidad en la que estaban o simplemente darle una rápida palmadita posesiva en el trasero. La comida diaria entre la matinée y las funciones nocturnas se había convertido en un ritual importante para los dos. Y por la noche, tras el trabajo, hacían el amor con una pasión y una libertad que nunca hubiera creído posible.
Ya no podía imaginar la vida sin él. Por otro lado Gastón había dejado de mencionar el divorcio, señal de que tampoco él podía imaginárselos separados. Por ese motivo Rocío aún no le había contado lo del bebé. Simplemente quería darle un poco más de tiempo para que se acostumbrase a amarla.

A la mañana siguiente todo se fue al garete. Gastón se despertó un poco después de que ella hubiera salido de la cama y la descubrió en el descampado detrás de las caravanas jugando con Sinjun. Dos horas más tarde todavía seguía cabreado con ella.
Esa mañana le tocaba conducir a Rocío. Habían comenzado a turnarse cuando Gastón se dio cuenta de que ella no iba a destrozar la camioneta y de que le encantaba conducir.
—Debería haber conducido yo esta mañana —dijo él. —Así habría tenido las manos ocupadas y no tendría que pensar en dónde meterlas para no estrangularte.
—Ya está bien, Gastón, relájate.
—¿¡Que me relaje!? ¿Estás loca?
Rocío lo fulminó con la mirada. Él la miró furioso.
—Prométeme que no volverás a soltar a Sinjun.
—No estábamos en un pueblo y no había ni un alma en los alrededores, así que deja de preocuparte.
—Eso no parece una promesa.
Rocío contempló los campos de Indiana que se extendían a ambos lados de la carretera.
—Te has fijado que Jack y Jill pasan mucho tiempo juntos últimamente. ¿No sería gracioso que se casaran? Lo digo por esa serie de televisión que se llama así.
—No intentes cambiar de tema y prométeme que no volverás a ponerte en peligro. —Tomó un largo sorbo de café de la taza que agarraba firmemente con la mano.
—¿De verdad crees que Sinjun me haría daño?
—No es un gato doméstico, por mucho que te empeñes en creer lo contrario. Los animales salvajes son imprevisibles. No vuelvas a dejarlo suelto, ¿me has entendido? De ninguna manera.
—Te he hecho una pregunta. ¿Crees que me haría daño?
—No a propósito. Es evidente que está loco por vos, pero la historia del circo está llena de animales dóciles que se volvieron contra sus domadores. Y Sinjun ni siquiera es dócil.
—Está conmigo y odia la jaula. De verdad. Ya te he dicho que nunca lo dejo salir si estamos cerca de una zona habitada. Y ya viste por vos mismo que no había nadie cerca esta mañana. Si hubiera habido alguien, no le hubiera abierto la puerta.
—Como no volverás a dejarlo libre, nada de esto tiene importancia. —Gastón se terminó el café y colocó la taza en el suelo de la camioneta. —¿Qué ha sucedido con la mujer con la que me casé? ¿La que creía que la gente civilizada no se levantaba antes de las once?
—Se casó con un tipo del circo.
Rocío oyó aquella profunda y entrecortada risa, y devolvió la atención a la carretera. Sabía que a Gastón le preocupaba que hubiera dejado suelto a Sinjun y esperaba que no se diera cuenta de que no le había prometido nada.
Heather cerró la puerta de la Airstream de su padre y salió al fresco de la noche. Llevaba puesto un camisón amarillo de algodón con un dibujo de Garfield, y los pies desnudos se le hundieron en la hierba húmeda. El circo ya había sido desmontado, pero ella se sentía demasiado mal consigo misma como para prestar atención a la familiar visión. Clavó la mirada en su padre, que estaba sentado junto a la puerta del Airstream en una silla azul y blanca mientras fumaba el único cigarrillo que se permitía a la semana.
Por una vez no había ninguna mujer rondándolo. Ni las showgirls ni las jóvenes del lugar que siempre le perseguían. La idea de que su padre practicara el sexo le repelía, pero sabía que era irremediable. Por lo menos era discreto, que era más de lo que podía decir de sus hermanos. Su padre siempre les reñía por decir obscenidades cerca de ella.
Nicolás  todavía no la había visto y la brasa del cigarrillo brilló cuando dio otra calada. Heather apenas había comido nada en la cena, pero sentía como si fuera a vomitar sólo de pensar en lo que tenía que hacer esa noche. Ojalá pudiera taparse las orejas y ahogar por completo la voz de su conciencia, pero cada día era más fuerte. La atormentaba de tal manera que ni siquiera podía dormir por la noche y no lograba retener la comida en el estómago. Guardar silencio se había convertido en un castigo peor que decir la verdad.
—Er... ¿puedo hablar contigo un momento, papá? —hizo la pregunta como si tuviera una rana enorme en la garganta y croara en vez de hablar.
—Pensaba que estabas dormida.
—No puedo dormir.
—¿Otra vez? ¿Qué te pasa últimamente?
—Es que... —Heather se retorció las manos. Nicolás se iba a enfadar cuando se lo dijera, pero no podía seguir así, sabiendo que le había jodido la vida a Rocío y sin hacer nada para remediarlo.
—¿Qué te pasa, Heather? ¿Todavía te preocupa que se te haya caído el aro esta noche?
—No.
—Bien, porque no deberías preocuparte por eso. Aunque deberías concentrarte más. Cuando Matt y Rob tenían tu edad...
—¡No soy ni Matt ni Rob! —Estalló. —¡Siempre Matt y Rob! ¡Matt y Rob! ¡Ellos son perfectos y a mí todo me sale mal!
—No he dicho eso.
—Es lo que piensas. Siempre me comparas con ellos. Si hubiera venido a vivir contigo después de morir mamá en vez de quedarme con tía Terry, ahora lo haría mejor.
Nicolás no se enfadó sino que se frotó el brazo y ella supo que le molestaba la tendinitis.
—Heather, hice lo que era mejor para vos. Ésta no es una vida fácil.
—Me gusta vivir así. Me gusta el circo.
—No me entiendes.
Heather se sentó en una silla a su lado porque era más fácil hablar si estaba a la misma altura que él. Ése había sido el mejor y el peor verano de su vida. El mejor gracias a Rocío y a Eugenia. Aunque no se llevaban bien entre sí, las dos se preocupaban por ella. Si bien nunca lo reconocería ante Rocío, le gustaba que le riñera por decir palabrotas, fumar y hablar de sexo. Rocío era graciosa y no tenía ni pizca de arrogancia, siempre te estaba acariciando el brazo y cosas por el estilo.
Eugenia se preocupaba por ella de otra manera. La defendía cuando sus hermanos se comportaban de manera aborrecible, y se aseguraba de que comiera cosas sanas en vez de comida basura. La ayudaba a ensayar y nunca le gritaba, ni siquiera cuando no lo hacía bien. Eugenia tenía buen corazón, siempre la peinaba o le corregía la postura, o le daba una palmadita de ánimo cuando terminaba la actuación.
Conocer a Kevin la semana anterior también había sido genial. Habían prometido escribirse. Aunque no la había llegado a besar, estaba segura de que había querido hacerlo.
Todo lo demás había sido horrible. Se había humillado ante Gastón y aún se ruborizaba cuando pensaba en ello. Su padre siempre parecía disgustado con ella. Pero lo peor de todo era lo que le había hecho a Rocío , algo tan horrible que su conciencia no le dejaba vivir ni un minuto más sin confesarlo.
—Papá tengo que contarte algo. —Se agarró las manos con fuerza. —Algo muy malo.
Él se puso rígido.
—No estarás embarazada, ¿no?
—¡No! —Heather se ruborizó. —¡Siempre piensas lo peor de mí!
Nicolás se hundió en la silla.
—Lo siento, cariño. Es que te haces mayor y eres muy guapa. Estoy preocupado por vos.
Era lo más agradable que le había dicho en todo el verano, pero a ver qué decía cuando confesara lo que había hecho. Quizá debería habérselo dicho a Eugenia primero; no era a Eugenia a quien temía, sino a su padre. Las lágrimas hicieron que le picaran los ojos, pero parpadeó para ahuyentarlas porque los hombres odian las lágrimas. Matt y Rob decían que sólo lloraban las nenitas.
—Es que hice algo... y ya no puedo callarlo por más tiempo.
Él no dijo nada. Sólo la observó y esperó.
—Es... es como si algo horrible estuviera creciendo en mi interior y no se detuviera.
—Tal vez sea mejor que me lo cuentes.
—Yo... —Tragó saliva. —El dinero... el dinero que todos pensaron que había robado Rocío ... —Las palabras salieron finalmente: —fui yo quien lo robó.
Por un momento él no dijo nada, luego se levantó de un salto.
—¿¿¡¡Qué!!??

1 comentario:

  1. hay me encanta, re lindo que ella este embarazada, quiero saber la reaccion de el, quiero saber que dirà...
    cuando subis el otro???

    ResponderEliminar