lunes, 19 de diciembre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Cuatro

Rocío cogió las dos cajas, las dejó a un lado, y dijo:
-¿Por qué no te sientas?
Nico dobló lentamente su enorme cuerpo y se sentó en el sofá, junto a su esposa. María le cogió instintivamente la mano. Los dos juntos contra el mundo. A veces, al ver el amor que se profesaban el uno por el otro, Rocío se sentía sola en lo más profundo de su alma.
Rochi se sentó en una silla frente a ellos y forzó una dé­bil sonrisa.
-No hay ninguna forma fácil de deciros esto. Voy a te­ner un bebé.
Nicolás se encogió y Mery se inclinó hacia él.
-Ya sé que es un disgusto, y lo siento. Pero no lo sien­to por el bebé.
-Dime que antes habrá una boda -musitó Nico sin ape­nas mover los labios.
Rocío se acordó nuevamente de lo inflexible que podía llegar a ser: si no se mantenía en sus trece, él nunca la dejaría en paz.
-No hay boda. Ni hay papá. Eso no va a cambiar, así que será mejor que se lo tomen con tranquilidad.
Mery pareció aún más apenada.
-No... No sabía que te estuvieras viendo con nadie es­pecial. Normalmente me lo cuentas.
Rocío no podía permitir que profundizara demasiado.
-Comparto muchas cosas contigo, Mer, pero no todo.
A Nicolás se le había disparado un tic en un músculo de la mandíbula: sin duda alguna una mala señal.
-¿Quién es él? -preguntó.
-No te lo voy a decir, Nico -dijo Rocío con sereni­dad-. Esto es cosa mía, no de él. No lo quiero en mi vida.
-¡Pues lo quisiste en tu vida el tiempo suficiente para dejarte embarazada!
-Nicolás, por favor-dijo María, que nunca se había de­jado intimidar por el mal humor de él. Parecía mucho más preocupada por Ro, y, con voz pausada, le dijo-: No de­bes precipitarte en tu decisión, Ro. ¿De cuánto estás?
-Sólo de seis semanas. Y no pienso cambiar de idea. Se­remos sólo el bebé y yo. Y ustedes dos, espero.
Nico se levantó de un brinco y comenzó a deambular nervioso por la habitación.
-No tenés ni idea de en qué te estás metiendo -le es­petó.
Ella podría haber subrayado que miles de mujeres solte­ras tenían bebés todos los años y que su punto de vista estaba algo anticuado, pero lo conocía demasiado bien como para gastar saliva. En vez de eso, se concentró en los aspectos prác­ticos:
-No puedo evitar que se preocupen, pero tienen que recordar que estoy mejor equipada que la mayoría de ma­dres solteras para tener un bebé. Tengo casi treinta años, me encantan los niños y tengo una estabilidad emocional.
Por primera vez en su vida, se sintió como si eso pudie­ra ser verdad.
-También estás arruinada la mayor parte del tiempo -dijo Nicolás apretando los labios.
-Las ventas de Daphne aumentan lentamente -repu­so Rocío.
-Muy lentamente -puntualizó él.
-Y puedo hacer más trabajos como freelance. Ni siquie­ra tendré que pagar a una canguro porque trabajo en casa.
Nico la miró con testarudez y declaró:
-Los niños necesitan a un padre. Rocío se levantó y caminó hacia él.
-Los niños necesitan a un buen hombre en su vida, y espero que vos estés allí para este bebé porque sos el mejor hombre que existe.
Eso le llegó al alma, y la abrazó.
-Sólo queremos que seas feliz -susurró. -Ya lo sé. Por eso los quiero tanto a los dos.


-Sólo quiero que sea feliz -le repitió Nico a Mery esa misma noche en el coche mientras volvían a casa después de una cena llena de tensión.
-Eso queremos los dos. Pero es una mujer indepen­diente, y ha tomado una decisión -dijo ella frunciendo una ceja con preocupación-. Supongo que lo único que pode­mos hacer ahora es darle nuestro apoyo.
-Tuvo que ocurrir hacia principios de diciembre -dijo Nico entornando los ojos-. Te prometo una cosa, Amor. Voy a descubrir quién es el desgraciado que le ha hecho el bombo y le arrancaré la cabeza de cuajo.
Pero eso de descubrirlo era más fácil de decir que de ha­cer, y a medida que iban pasando las semanas, Nico no lo­graba acercarse a la verdad. Inventó excusas para telefonear a las amigas de Rochi y, tímidamente, intentar sonsacarles información, pero ninguna de ellas recordaba que hubiera salido con nadie en esa época. Sondeó a sus propios hijos con el mismo éxito. Llevado por la desesperación, llegó a con­tratar a un detective, algo que no se atrevió a comentarle a su mujer, que le habría ordenado que se metiera en sus asuntos. Lo único que obtuvo fue una elevada factura y nada que no supiera ya.
A mediados de febrero, Mery y Nico se llevaron a los niños a la casa de Door County para pasar allí un largo fin de semana y montar en las motos de nieve. Invitaron a Rochi a acompañarles, pero ella debía cumplir un plazo de entrega para Chik y tuvo que quedarse a trabajar. Nico sabía que el auténtico motivo era que no quería escuchar más discursi­tos de los suyos.
El sábado por la tarde, justo cuando acababa de volver a casa con Amado tras dar un paseo en la moto de nieve, María entró en el vestíbulo, donde padre e hijo se estaban quitando las botas.
-¿Te diviertes, cielo? -le preguntó la rubia al niño.
-Sí.
Nicolás sonrió mientras Amadito patinaba sobre el suelo mo­jado en calcetines y se lanzaba en brazos de su madre, algo que solía hacer cuando llevaba separado de uno de los dos más de una hora.
-Me alegro -dijo, enterrando los labios en su pelo y dándole un pequeño empujón hacia la cocina-. Ve por tu merienda. El chocolate está caliente, pídele a Paloma que te lo sirva.
Mientras Amado salía corriendo, Nico observó que Mery estaba especialmente deleitable con sus vaqueros dorados y su jersey marrón claro. Ya iba  por ella cuando le enseñó un recibo de tarjeta de crédito.
-He encontrado esto arriba.
Nicolás le dio un vistazo y vio el nombre de Rocío.
-Es un recibo del colmado del pueblo -dijo Mery-.Y fíjate en la fecha, arriba.
Nico se fijó, pero seguía sin comprender por qué su mu­jer parecía tan trastornada.
-¿Y qué?
Mery se apoyó en la lavadora y añadió:
-Nico, fueron los días que pasó Gas aquí.



Gastón  salió del café y empezó a andar por el paseo ma­rítimo de Cairns en dirección a su hotel. Las palmeras se bamboleaban bajo la soleada brisa de febrero y, en el puer­to, las barcas se balanceaban. Tras haber pasado cinco días bu­ceando en el mar del Coral junto a los tiburones que nada­ban cerca del cuerno norte del arrecife de Great Barrier de Australia, resultaba agradable volver a la civilización.
La ciudad de Cairns, en la costa nororiental de Queens­land, era el puerto de embarco de las expediciones de buceo. Tenía buenos restaurantes y un par de hoteles de cinco estre­llas, así que Gas decidió quedarse allí un tiempo. La ciudad estaba lo bastante lejos de Chicago como para no correr el riesgo de encontrarse con algún aficionado de los Stars que quisiera saber por qué le había lanzado el balón a un com­pañero doblemente marcado en el último cuarto del Cam­peonato AFC. En lugar de darles a los Stars la victoria que los habría llevado a la Super Bowl, les había fallado a sus com­pañeros, y ni siquiera nadar junto a un banco de peces mar­tillo le estaba ayudando a olvidarse de aquello.
Una preciosidad australiana con un top anudado a la espalda y un ceñido pantalón corto blanco le paró con una sonrisa invitadora.
-¿Necesitas una guía turística, rubio?
-Hoy no, gracias.
Pareció disgustada. Tal vez debería haber aceptado la in­vitación, pero no logró despertarle el suficiente interés. Tam­poco había respondido a las seductoras proposiciones de la atractiva rubia candidata a doctorado que había cocinado en el barco de inmersión, aunque eso era más comprensible: se trataba de una de esas mujeres inteligentes con exigencias ele­vadas.
Queensland estaba en plena temporada del monzón, y empezó a caer una ráfaga de lluvia. Gas decidió ejercitar­se en el gimnasio del hotel durante un rato, y luego se diri­gió al casino a echar unas partidas de blackjack.
Acababa de ponerse la ropa deportiva cuando alguien aporreó la puerta. Gastón se dirigió hacia allí y la abrió.
-¿Nicolás? ¿Qué haces vos...?
No pudo terminar la frase porque se encontró el puño de Nicolás Riera en la cara.
Gastón se tambaleó hacia atrás, se agarró a un extremo del sofá y se desplomó en el suelo.
La adrenalina le subió al máximo. Se reincorporó, listo para darle una paliza a Nicolás, pero de pronto dudó, no por­que fuera su jefe, sino porque la furia bruta que vio en su rostro indicaba que algo iba drásticamente mal. Nico había sido con respecto al partido más comprensivo de lo que Gastón se habría merecido, de modo que Gas sabía que aque­llo nada tenía que ver con aquel pase imprudente.
Se le hacía difícil no contraatacar, pero se obligó a bajar los puños.
-Será mejor que tengas un buen motivo para esto -dijo por fin.
-Sos un desgraciado. ¿De verdad creías que podrías li­brarte tan fácilmente?
Al ver tanto desprecio en el rostro de un hombre al que respetaba se le hizo un nudo en el estómago.
-¿Librarme de qué?
-No significó nada para ti, ¿verdad? -se mofó Nicolás.
Gastón se quedó a la espera.
Nico se le acercó, con el labio torcido.
-¿Por qué no me contaste que no habías estado solo cuando estuviste en mi casa en diciembre?
A Gastón se le erizaron los pelos. Eligió sus pa­labras con cuidado.
-Pensé que no era cosa mía. Pensé que le correspondía a Daphne contarte que había estado allí.
-¿Daphne?
Gas se hartó y también perdió los nervios.
-¡No fue culpa mía que apareciese la tarada de tu cu­ñada! -exclamó.
-¿Ni siquiera sabes cómo coño se llama?
Nico parecía estar a punto de abalanzarse sobre él, y Gastón ya estaba demasiado cabreado como para quedarse es­perando.
-¡Quieto ahí! Ella me dijo que se llamaba Daphne.
-Sí, claro -se burló Nicolás-. ¡Pues se llama Rocío, mal­dito cabrón, y está esperando un hijo tuyo!
Gas se sintió como si le estuvieran despidiendo.
-¿De qué estás hablando?
-Estoy hablando de que estoy hasta las narices de de­portistas millonarios que creen que tienen el derecho divino de ir dejando hijos ilegítimos por ahí, como si nada.
Gastón sintió un mareo. Ella le había dicho que no había habido consecuencias cuando la llamó. Si incluso estaba con un novio.
-¡Al menos podrías haber tenido la decencia de utilizar una goma!
El cerebro de Gastón volvía a funcionar y no estaba dis­puesto a asumir las culpas por lo ocurrido.
-Hablé con Daph... con tu cuñada antes de marcharme de Chicago, y me dijo que no había ningún problema. Tal vez sería mejor que tuvieras esta conversación con su novio.
-Ahora mismo está un poco preocupada como para te­ner novios.
-Te está ocultando algo -dijo con cautela-. Has he­cho este viaje en balde. Está saliendo con un tipo llamado Benny.
-¿Benny?
-No sé cuánto tiempo llevan juntos, pero me temo que él es el responsable de su estado actual.
-¡Benny no es su novio, cabronazo arrogante! ¡Es un puto tejón!
Gas se quedó mirándole y luego se dirigió al mueble bar.
-Tal vez será mejor que volvamos a empezar desde el principio -dijo finalmente.

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