Después de cruzar el puente, no tuve demasiados problemas para seguir el rastro de Gastón sin ayuda de nadie. Estaba muy oscuro y no poseía la visión o el oído extrasensoriales de los verdaderos vampiros. Sin embargo, era obvio que Gastón se dirigía a Riverton, y en ese lugar había muy pocos caminos que le llevaran al sitio al que se dirigía. Gastón sabía que no tenía tiempo que perder y que, por tanto, tenía que alejarse de allí lo antes posible.
Después de que se fuera a casa a pasar las vacaciones de Navidad, yo había acompañado a Candela hasta la estación de autobuses. Aunque ella ansiaba abandonar Mandalay cuanto antes, su familia no iba a estar en casa hasta un poco más tarde, así que estuvimos esperando uno de los últimos autobuses, el que salía hacia Boston a las 8:08. Ya casi eran las ocho y estaba segura de que Gastón iba a intentar subir a ese autobús. El siguiente no pasaría hasta al cabo de un par de horas y eso era demasiado margen. La señora Bethany y los demás caerían antes sobre él. El autobús a Boston era la única oportunidad real que Gastón tendría de escapar.
El centro de la ciudad estaba casi desierto. No había coches en las calles y los pocos negocios que se habían molestado en seguir abiertos parecían vacíos. A nadie le apetecía salir en una noche como aquella. Con el pelo empapado pegado a la cabeza, lo consideré lo más normal del mundo. Miré en un par de tiendas abiertas, incluido el establecimiento donde encontramos el broche. Gastón no estaba.
«No. Sabe que es el primer lugar donde mirarían.»
En ese momento, comprendí que tenía una ventaja sobre la señora Bethany y mi padres, algo que ni siquiera siglos de experiencia y poderes sobrenaturales podían darles: conocía a Gastón y eso significaba que sabía lo que iba a hacer.
Era probable que ellos también imaginaran que Gastón no intentaría esconderse en un lugar público. Incluso puede que hicieran la inferencia que yo hice: que se ocultaría tan cerca de la estación de autobuses como le fuera posible para no exponerse demasiado en el pueblo antes de poder subir al autobús y salir de allí. Sin embargo, la estación de autobuses estaba en el mismo centro de la ciudad, rodeada por un puñado de tiendas y, por lo que ellos sabían, él podría estar en cualquiera de ellas.
Gastón había ido conmigo a ver una película antigua y me había comprado el broche en la tienda de ropa vieja. Y antes de salir corriendo me había dicho que me quería.
Lo que significaba que tal vez, solo tal vez, escogería para ocultarse el mismo lugar que hubiera escogido yo.
Me dirigí de nuevo hacia la tienda de antigüedades del extremo más alejado de la plaza, sorteando los charcos de agua. Cualquier duda que hubiera podido albergar acerca de mi corazonada se desvaneció en cuanto llegué a la puerta trasera de la tienda y vi que la habían dejado entornada.
La abrí poco a poco. Las bisagras no chirriaron y avancé con cuidado sobre los tablones de madera. Con las luces apagadas, la oscuridad era prácticamente completa. Apenas conseguía distinguir la silueta de los objetos extraños que me rodeaban. Al principio no podía creer lo que estaba viendo: una coraza, un zorro disecado, un bate de criquet, hasta que comprendí que la amalgama de objetos tenía una razón de ser: formaban parte del almacén de la tienda de antigüedades, cosas que compraba muy poca gente. Todo era un poco surrealista, como si viviera una pesadilla estando completamente despierta.
Al principio intenté no hacer ruido, pero a medida que avanzaba comprendí que eso podía ser peligroso. Puede que Gastón estuviera dispuesto a atacar a los demás que iban tras él, pero estaba convencida de que a mí no me haría nada.
—¿Gastón? — Nadie contestó — Gastón, sé que estás aquí — Silencio, aunque sabía que alguien me observaba — Estoy sola, pero ellos están cerca. Si tienes algo que decirme, será mejor que me lo digas ahora.
—Rocío.
Gastón dijo mi nombre en un suspiro, como si estuviera demasiado cansado para seguir reteniéndolo. Intenté escudriñar la oscuridad, pero no lo vi. Lo único que sabía era que su voz procedía de algún lugar por delante de mí.
—¿Es cierto lo que dicen de ti?
—Depende de lo que digan.
Oí unas pisadas que se acercaban poco a poco en mi dirección. Me apoyé con una mano temblorosa sobre el objeto que tenía más cerca para que me sirviera de sostén, una silla tapizada de terciopelo gastado.
—Dicen que eres miembro de una organización llamada la Cruz Negra. Cazadores de vampiros. Que has estado mintiéndome a mí... Y a todos.
—Es cierto — Nunca me había parecido tan cansado—. ¿De verdad estás sola? No te culpo si me has mentido.
—Solo te he mentido una vez y no voy a empezar a hacerlo de nuevo ahora.
—¿Una vez? Se me ocurren bastantes veces en las que se te pasó por alto comentarme que eras un vampiro.
—¡Tú tampoco me dijiste que eras un cazador de vampiros!
Lo habría abofeteado. Mi rabia no pareció conmoverlo en lo más mínimo.
—Supongo que tienes razón. Supongo que al fin y al cabo es lo mismo.
—¡Te conté toda la verdad en ese correo electrónico! ¡No me guardé nada!
—Porque te pillé. Así no cuenta y lo sabes.
¿Por qué continuaba insistiendo en que habíamos hecho lo mismo?
—Yo no elegí ser lo que soy. Tú... Vosotros planeáis dar caza a mi familia, a mis amigos...
—Yo tampoco lo elegí, Rocío — dijo con voz ronca, como si se ahogara. Mi rabia se transformó en otra emoción, en una que no podía nombrar. Gastón se acercó un poco más. Al escudriñar en la oscuridad, entrevi su silueta a unos pasos de mí — Ni quién soy ni lo que soy, ni siquiera el venir a Mandalay.
—Pero elegiste estar conmigo.
Aunque él había intentado convencerme de que no me convenía, ¿no? En ese momento comprendí por qué.
—Sí, lo hice, y sé que te he hecho daño. Lo siento. Eres la última persona en el mundo a la que querría hacer sufrir.
Parecía completamente sincero. Deseé poder creerle como nunca antes había deseado nada en el mundo. Sin embargo, después de todo lo que había ocurrido esa noche, se había acabado lo de creerlo todo sin más.
—¿Puedes decirme por qué?
—Sería muy largo de explicar y no tenemos tanto tiempo.
El autobús de las 8:08 h a Boston. Consulté la hora; las manecillas fosforescentes me indicaron que apenas nos quedaban cinco minutos.
Me acerqué a Gastón con las manos extendidas, abriéndome camino a tientas. Mis dedos acariciaron unas plumas de avestruz, polvorientas después de tantos años, y algo suave y frío, tal vez el armazón de una cama de latón. Gastón se volvió hacia la izquierda, intentando evitarme, y se ocultó detrás de un panel, aunque descubrí que podía ver a través de él. Al acercarme vi que se trataba de una vidriera.
Estábamos en la pieza principal de la tienda de antigüedades, menos abarrotada y en penumbra. Las farolas de la calle proyectaban su luz verdusca y desvaída sobre nosotros. Gastón se quedó detrás de la vidriera. ¿Me tenía miedo? ¿Le daba vergüenza mirarme a la cara? En vez de rodear el panel, me coloqué delante de él, así nos veríamos a través de los vidrios tintados. La cara de Gastón estaba dividida en cuatro cuadrados de color, y en sus ojos oscuros había una mirada atormentada.
Los dos permanecimos en silencio hasta que Gastón sonrió con tristeza.
—Eh.
—Eh.
Yo también sonreí, y estuve a punto de echarme a llorar.
—Por favor, no llores.
—No, no lo haré — Se me escapó un sollozo, pero tragué saliva y me mordí la lengua. Como siempre, el sabor de la sangre me dio fuerzas — ¿He de temer algo?
Gastón sacudió la cabeza. En su rostro se reflejaba el color de las piedras preciosas a través del cristal: topacio, zafiro y amatista.
—No de mí. De mí nunca.
—Díselo a Augusto.
—Lo habéis encontrado — Gastón no parecía ni remotamente arrepentido — Augusto estaba acosando a Candela . ¿Recuerdas? Cuando la oí hablar de la pulsera que había perdido, supe que se le acababa el tiempo. Robar las posesiones de su víctima es una señal típica de que el vampiro asediador se está preparando para atacarla. Augusto quería matarla y, si hubiera encontrado la ocasión, lo habría hecho. Creo que en el fondo tú también los sabes.
Me intranquilizó tener que darle la razón. Si no hubiera probado la sangre de Augusto y hubiera sentido toda aquella maldad yo misma, tal vez no le habría creído. Sin embargo, había visto la sed de mal en la mente de Augusto y sospechaba que Gastón decía la verdad, al menos acerca de ese tema.
—Todavía me cuesta hacerme a la idea.
—Ya lo sé. Sé que debe de ser duro para ti.
—Dime lo que he de saber.
Gastón guardó silencio y temí que no fuera a responderme. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de darme por vencida, empezó a hablar.
—Al principio te mentí por la misma razón por la que tú me mentiste a mí. Cruz Negra es un secreto que he guardado con celo toda mi vida, algo con lo que me comprometió mi madre al nacer — Gastón hablaba con voz distante, absorto en sus recuerdos — Me enseñaron a pelear, me inculcaron disciplina y me enviaron a cumplir mi misión en cuanto fui lo bastante mayor para sujetar una estaca.
Recordé que Gastón me había contado en el pasado que su madre era una mujer muy severa, y que él a veces tenía la sensación de que no tomaba sus propias decisiones. Por fin comprendí lo que realmente había querido decirme. Solo tenía cinco años y se había llevado un arma al fugarse de casa.
—Al principio creí que eras una de las alumnas humanas de la escuela. Cuando me dijiste lo de tus padres, pensé que habrían asesinado a los verdaderos y que te habrían adoptado. Supuse que no sabías qué eran en realidad — Nuestras miradas se encontraron a través de la vidriera. Su sonrisa era descorazonadora — Me dije que debía mantenerme alejado de ti por tu propio bien, pero no pude. Era como si formaras parte de mí casi desde el instante en que te vi. La Cruz Negra me habría dicho que te apartara a un lado, pero estaba harto de apartar a la gente de mí. Por una vez en mi vida quería estar con alguien sin preocuparme de cómo podría afectar eso a la Cruz Negra , por una vez quería vivir como una persona normal. Después de la primera conversación que tuvimos... ¿Te puedes creer que pensé que eras una chica muy guapa y normal?
Era lo más gracioso y lo más triste que había oído en mi vida.
—Para que vuelvas a fiarte.
—No me importa... lo que eres. Ya te lo dije, y lo dije en serio — Se volvió hacia el escaparate, y la preocupación se perfiló en su silueta — Tengo que decirte muchas cosas, pero el autobús está a punto de salir... Mierda, tal vez podría coger el siguiente...
—¡No! — Apreté una de las manos contra la vidriera. Aunque seguía sin saber cómo iba a poder volver a confiar en Gastón, sabía que jamás podría hacerle daño y mucho menos quedarme de brazos cruzados mientras la señora Bethany y mis padres tenían intención de matarlo — Gastón, los demás están muy cerca. No esperes. Vete, rápido.
Gastón debería haber salido corriendo de allí en ese preciso momento. Sin embargo, se me quedó mirando a través de la vidriera y poco a poco abrió la mano al otro lado de modo que ambas quedaron encaradas contra el mismo vidrio, dedo con dedo, palma con palma. Nos acercamos al cristal y nuestros rostros quedaron a apenas unos centímetros de distancia. A pesar de la vidriera que nos separaba, fue tan íntimo como otras veces en que nos habíamos besado.
—Ven conmigo — dijo en voz baja.
—¿Qué? — parpadeé, incapaz de comprender lo que me pedía — ¿Quieres decir que... huya contigo? ¿De verdad? ¿Como me dijiste que hiciera el primer día?
—Para poder hablar contigo sobre todo lo que ha sucedido y... Para que podamos despedirnos como es debido en vez de... — Gastón tragó saliva y comprendí que estaba tan angustiado y asustado como yo — Tengo suficiente dinero para comprar dos billetes que nos sacarían de la ciudad. Luego puedo conseguir más dinero para enviarte a casa si es lo que quieres. Podemos irnos ahora mismo. Cruza la calle y sube al autobús. Saldremos juntos de aquí.
—¿Vas a entregarme a la Cruz Negra ?
—¿Qué? ¡No! — Gastón no parecía habérselo planteado si quiera — En lo que a cualquier humano concierne, eres humana. Cuidaré de ti si vienes conmigo.
—Dime una cosa antes de que te conteste —le pedí, muy lentamente.
Gastón pareció receloso.
—De acuerdo, pregunta.
—Dijiste que me querías. ¿Lo dijiste en serio?
Si me había mentido sobre todo lo demás, incluso sobre su nombre, creía poder soportarlo, siempre que supiera aquello.
Soltó el aire que había estado conteniendo en algo que no fue ni una risa ni un sollozo.
—Dios, sí, Rocío, te quiero con toda mi alma. Aunque no vuelva a verte nunca más, aunque salgamos de aquí y caigamos en una emboscada que me hubieras preparado con tus padres, siempre te querré.
En medio de todas las mentiras, al menos había algo que era cierto.
—Yo también te quiero — dije — Tenemos que darnos prisa.
genial el capítulo! viste,yo sabía que Gas la ama ^^
ResponderEliminarNoo!!!!!! meee mori con estos ultimos tres capitulos quede asi :O whaaaaat(?) Gas cazador de vampiros(?) :O no looo puedo creer!!! lo que sufrio Rochi al enterarse, y con este mori de amooor, Gas le confeso la verdad y le propuso escaparse juntos, que teeernura, ella acepto(?) aaaahi nonono!! ya quiero el proximo, espectacular esta novela socia :D
ResponderEliminarBeso
Ame estos capitulos! No puedo creer que gaston sea un cazador de vampiros! me tranquiliza saber que ama a rocio y que no le va a hacer nada!.. o eso espero!!... me encanta la nove espero el próximo cap!!
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