sábado, 21 de enero de 2012

Segunda Parte, Capitulo Seis

La cocina mexicana vanguardista del chef Rick Bayless había convertido el asador Frontera en uno de los lugares de moda para comer en Chicago, y, antes de desprenderse de su dinero, Rocío iba a comer allí con frecuencia. Ahora sólo co­mía en aquel restaurante de la calle North Clark, y cuando era otra persona la que pagaba la cuenta. En este caso se tra­taba de Jimena Barón, su editora de Birdcage Press.
-... estamos todos muy comprometidos con los libros de Daphne, pero tenemos ciertas preocupaciones.
Rocío imaginó de qué se trataba. Había entregado Daph­ne se cae de bruces a mediados de enero, y a esas alturas Jimena ya debería tener al menos una idea sobre de qué iría su siguiente libro. Pero Daphne encuentra a una bebé conejo había acabado en la basura, y Rocío sufría un caso devasta­dor de bloqueo de escritor.
Durante los dos meses siguientes a su aborto espontáneo no había sido capaz de escribir una sola palabra, ni siquiera para Chik. En vez de eso, se mantenía ocupada con charlas sobre libros en las escuelas y con un programa de tutoría lo­cal para preescolares, obligándose a concentrarse en las ne­cesidades de los niños vivos para no pensar en el bebé que había perdido. A diferencia de los adultos que conocía Rochi, a los niños no les importaba que estuviera a punto de conver­tirse en ex esposa del quarterback más famoso de la ciudad.
Apenas la semana anterior, la columna de cotilleos favo­rita de la ciudad había vuelto a centrar la atención de los me­dios de comunicación en ella:

La heredera Rocio Igarzabal, la esposa separada del quarterback Gastón Dalmau de los Stars, ha intentado pasar desapercibida en la ciudad del viento. ¿Es por abu­rrimiento, o por el corazón partido tras su fracasado ma­trimonio con el señor Fútbol? Nadie la ha visto en nin­guno de los locales nocturnos de la ciudad, en los que Dalmau sigue apareciendo acompañado por sus bellezas extranjeras.

Al menos, la columna no decía nada de que uno de sus pa­satiempos era «escribir libros infantiles». Eso le había dolido, aunque últimamente ni siquiera había sido capaz de pasar el tiempo. Cada mañana se decía a sí misma que aquél sería el día en que tendría alguna idea para un nuevo libro de Daphne o al menos un artículo para Chik, y cada mañana se encontra­ba mirando un papel en blanco. Mientras, su situación finan­ciera se iba deteriorando. Necesitaba desesperadamente la se­gunda parte del anticipo que tenía que cobrar por Daphne se cae de bruces, pero Jimena todavía no lo había aprobado.
La colorida decoración del restaurante le pareció, de re­pente, demasiado chillona, y el animado parloteo demasiado estridente para sus nervios. No le había hablado a nadie so­bre su bloqueo, y mucho menos a la mujer que tenía enfren­te en la mesa. Por eso habló con cautela.
-Quiero que el próximo libro sea muy especial. Estoy barajando varias ideas, pero...
-No, no -la interrumpió Jimena, alzando la mano-. Tómate tu tiempo. Lo entendemos. Últimamente te han pa­sado muchas cosas.
Si su editora no estaba preocupada por no recibir un ma­nuscrito, ¿por qué la había invitado a comer? Rochi recolocó una de las diminutas barcas de masa de trigo en su plato. Siem­pre le habían encantado, pero tenía problemas para comer desde la pérdida del bebé.
Jimena tocó el borde de su vaso de margarita.
-Tengo que hacerte saber que hemos recibido una se­rie de peticiones de NHAH acerca de los libros de Daphne.
Jimena interpretó mal la cara de asombro de Rochi y le aclaró:
-Niños Heterosexuales por una América Heterosexual. Son una organización antigay.
-Ya sé qué es NHAH, pero ¿por qué se han interesado por los libros de Daphne?
-No creo que les hubieran echado un vistazo si la prensa no hubiera hablado tanto de ti. Los reportajes de las noticias debieron de llamarles la atención, así que me telefonearon hace varias semanas para comentarme ciertas inquietudes.
-¿Y cómo pueden tener inquietudes? ¡Daphne no tiene vida sexual!
-Sí, ya... Pero eso no impidió que Jerry Falwell desca­lificara a Tinky Winky de los Teletubbies por ser violeta y llevar un bolso.
-A Daphne se le permite llevar bolso. Es una chica. La sonrisa de Jimena pareció forzada.
-No creo que el bolso sea el problema. Están... preo­cupados acerca de posibles trasfondos homosexuales.
Fue una suerte que Rocío no estuviera comiendo, por­que se habría atragantado.
-¿En mis libros?
-Eso me temo, aunque todavía no ha habido ninguna acusación. Como te decía, creo que tu boda les llamó la aten­ción y vieron una oportunidad de darse publicidad. Me pi­dieron si podían mirarse el libro Daphne se cae de bruces, y como no preveía ningún problema, les envié una copia de la maqueta. Por desgracia, fue una equivocación.
A Rochi le empezó a doler la cabeza.
-¿Qué posibles inquietudes pueden tener?
-Pues... Mencionaron que utilizas muchos arcos iris en todos tus libros. Y como es el símbolo del orgullo gay...
-¿Ahora es delito dibujar un arco iris?
-Hoy en día parece que sí -dijo Jimena secamente-. Y hay algunas cosas más. Todas son ridículas, por supuesto. Por ejemplo, has dibujado a Daphne besando a Melissa en al menos tres libros diferentes, incluido Se cae de bruces.
-¡Son amigas íntimas!
-Sí, ya... -Al igual que Ro, Jimena había abandona­do cualquier pretensión de comer, y tenía los brazos cruzados sobre el borde de la mesa-. Además, Daphne y Melissa van cogidas de la mano y brincando por la senda del caracol de mar. Hay un diálogo.
-Una canción. Van cantando una canción.
-Es verdad. Y la letra dice: «¡Es primavera, es primave­ra! ¡Somos mariquitas, somos mariquitas!»
Rocío empezó a reírse por primera vez en dos meses, pero la sonrisa forzada de su editora la detuvo.
-Jime, no me estarás diciendo que piensan realmente que Daphne y Melissa se lo montan, ¿verdad?
-No son sólo Daphne y Melissa. Benny...
-¡No sigas por ahí! Ni siquiera la persona más paranoi­ca podría acusar a Benny de ser gay. Es tan macho que...
-Han señalado que en Daphne planta un huerto de ca­labazas se lleva prestado un lápiz de labios.
-¡Si lo utiliza para pintarse de monstruo y asustar a Daphne! Eso es tan ridículo que ni siquiera merece una res­puesta.
-Y estamos de acuerdo. Pero, por otra parte, no sería sincera si no te confesara que estamos un poco nerviosos con todo esto. Creemos que NHAH quiere utilizarte para dar­se bombo, y quieren hacerlo a costa de cargarse Daphne se cae de bruces.
-¿Y qué? Cuando algunos grupos marginales acusaron a J. K. Rowling de satanismo en los libros de Harry Potter, su editor no les hizo ningún caso.
-Perdona, Rochi, pero Daphne no es tan conocida como Harry Potter.
Ni Rocío tenía la influencia y el dinero de J. K. Rowling.
                                                         
Las posibilidades de que Jimena autorizara el resto de su an­ticipo parecían cada vez más remotas.
-Escucha, Rochi, ya sé que es ridículo, y Birdcage apo­ya los libros de Daphne al cien por cien, de eso no hay nin­guna duda. Pero somos una editorial pequeña, y he creído que era justo decirte que estamos recibiendo una presión bastante grande acerca de Daphne se cae de bruces.
-Seguro que eso se acabará en cuanto la prensa se can­se de la historia de... de mi matrimonio.
-Eso puede tardar un poco. Ha habido muchas espe­culaciones... -dijo Jimena, arrastrando las palabras, como sonsacándole sutilmente los detalles.
Rocío sabía que era el aire de misterio que rodeaba su matrimonio lo que mantenía el interés de la prensa, pero se negaba a hacer ningún comentario sobre el tema, igual que Gastón. Sus llamadas formales de cortesía para saber de ella habían parado por insistencia de Rocío. Desde el momento en que había sabido de su embarazo hasta la pérdida del bebé, su comportamiento había sido intachable, y Rochi se sentía avergonzada por el resentimiento que sentía cada vez que pensaba en él, así que dejó de pensar en él.
-Creemos que es aconsejable ir con cuidado. -Su edi­tora sacó un sobre de la carpeta que tenía a su lado y se lo en­tregó. Por desgracia, era demasiado grande para contener un cheque-. Por suerte, Daphne se cae de bruces todavía no ha pasado la fase final de producción, y eso nos da la oportuni­dad de hacer algunos de los cambios que sugieren. Sólo para evitar malentendidos.
-Yo no quiero hacer ningún cambio.
Rochi sintió que se le tensaban dolorosamente los múscu­los de los hombros.
-Lo comprendo, pero creemos...
-Me dijiste que te encantaba el libro.
-Y lo apoyamos totalmente. Los cambios que te sugie­ro son de poca monta. Tú míralos y piénsatelo. Podemos vol­ver a hablar la semana próxima. Rocío se sentía furiosa al salir del restaurante. En cuan­to llegó a casa, sin embargo, la furia se había desvanecido, y aquella desoladora sensación de vacío de la que no podía li­brarse volvió a apoderarse de ella. Dejó a un lado el sobre con las recomendaciones de Jimena y se fue a la cama.

Julia llevó el chal que le había regalado Mallory al museo J. Paul Getty. Se quedó en pie en uno de los balcones curvos que hacían del museo un edificio tan asombroso y observó el panorama por encima de las colinas de Los Ángeles. Era un día soleado de mayo, y si volvía un poco la cabeza, podía ver Brentwood. Podía distinguir incluso el tejado de su casa. Le había encantado la casa cuando Craig y ella la habían descu­bierto, pero ahora parecía que las paredes se le cayeran en­cima. Como tantas otras cosas de su vida, era más de Craig que de ella.
Volvió a entrar en el museo, pero no le prestó demasia­da atención a las obras antiguas que había colgadas en las pa­redes. Lo que le gustaba era el Getty en sí mismo. El grupo de edificios ultramodernos con sus maravillosos balcones e imprevisibles ángulos formaban una obra de arte que le gustaba más que los preciosos objetos de su interior. Desde la muerte de Craig, había tomado una docena de veces el resplandeciente tranvía blanco que llevaba a los visitantes al museo, situado en la cima de la colina. La forma en que la en­volvían los edificios la hacía sentir como si se hubiera con­vertido en parte del arte: congelada en el tiempo en el mo­mento de la perfección.
La revista People había aparecido aquel día en los quios­cos con un reportaje de dos páginas sobre Gastón y su miste­riosa boda. Julia había huido al museo para escapar al casi irreprimible deseo de coger el teléfono y llamar a Jacinta Long, su única fuente de información sobre Gastón. Era mayo, y la boda y la separación habían tenido lugar hacía tres me­ses, pero Julia seguía sabiendo exactamente lo mismo que entonces. Si pudiera estar segura de que Jacinta Long no iba a contarle nada a Gastón, la llamaría sin dudarlo.
Mientras bajaba por la escalinata hacia el patio, intentó pensar alguna manera de mantenerse ocupada durante el res­to del día. Nadie iba a llamar a su puerta suplicándole que protagonizara su nueva película. No quería iniciar otro pro­yecto de colcha porque le dejaría demasiado tiempo para pensar, y de eso ya había tenido demasiado últimamente. La brisa soltó un mechón de sus cabellos y se lo estampó en la mejilla. Tal vez debería dejar de preocuparse por las conse­cuencias y ceder al deseo de llamar a Jacinta Long. Pero ¿cuánto dolor estaba dispuesta a soportar en caso de no ver ninguna posibilidad de un final feliz?
Si al menos pudiera verle...

1 comentario:

  1. aaaay!! que capitulo triste :S pobre Rochi esta pasando un momento espantoso y ensima le vienen a recriminar sus libros que son para niños, q abusrdos, pooobre Rochi,y sobre Julia no entiendo bien q sucede ahi... :O Espero el proximo.

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