domingo, 22 de enero de 2012

Segunda Parte, Capitulo Veintiuno

Rocío apartó las manos de su pecho. El instinto la impulsó a escapar, pero ya había hecho lo más difícil y estaba dispuesta a mantenerse firme.
—Gastón, no he buscado este bebé. Ni siquiera sé cómo ocurrió. Pero no voy a mentirte y a decir que lo siento.
—Confié en ti —dijo el sin apenas mover los labios.
—En ningún momento he traicionado tu confianza.
Gastón cerró los puños y tragó compulsivamente. Por un momento, Rocío pensó que iba a golpearla.
—¿De cuánto estás?
—De unos dos meses y medio.
—¿Cuánto hace que lo sabes?
—Más o menos un mes.
—¿Lo sabes desde hace un mes y no me has dicho nada?
—Me daba miedo decírtelo.
La alegre música de los payasos fue en aumento señalando el final del número. Gastón y ella eran los siguientes. Digger, que era el encargado de enviar a Misha a la pista en el punto álgido de la actuación, se acercó para hacerse cargo del caballo.
Gastón agarró a Rocío del brazo y la alejó de los demás.
—No vas a tener ningún bebé. ¿Entiendes lo que te digo?
—No, no lo entiendo.
—Mañana por la mañana, en cuanto nos levantemos, tú y yo nos iremos. Y cuando volvamos, no existirá ningún bebé.
Ella lo miró conmocionada. Se le revolvió el estómago y tuvo que llevarse el puño a la boca. El público guardó silencio como siempre que Jack Daily comenzaba la dramática introducción de Gastóni el Cosaco.
—Yyyy... ahora, el circo de los Hermanos Quest se enorgullece en presentar...
—¿Quieres que aborte? —susurró Rocío.
—¡No me mires como si fuera un monstruo! ¡No te atrevas a mirarme así! Te dije desde el principio lo que pensaba de ese tema. Te abrí mi corazón para que lo entendieras. Pero, como siempre, has decidido que sabes más que nadie. Aunque no tienes ni una pizca de cordura en tu maldito cuerpo, ¡decidiste que eres más lista que nadie!
—No me hables así.
—¡Confié en ti! —Gastón hizo una mueca cuando las primeras notas de la balalaica rompieron el silencio de la noche. Era la señal para entrar en la pista. —Creía que tomabas las pastillas, pero me has engañado.
Ella negó con la cabeza y se tragó la bilis que le subía por la garganta.
—No voy a deshacerme del bebé.
—¡Por supuesto que sí! Harás lo que yo diga.
—Tú tampoco quieres. Sería algo horrible.
—No tan horrible como lo que tú has hecho.
—¡Gastón! —gritó uno de los payasos. —Es tu turno.
Agarró el látigo de su hombro.
—Nunca te lo perdonaré, Rocío. ¿Me oyes? Nunca. —Apartándose de ella, desapareció en dirección a la pista.
Rocío se quedó paralizada, embargada por una desesperación tan profunda y amarga que no podía respirar. Oh, Santo Dios, ¡qué tonta había sido! Había pensado que él la amaba, pero Gastón había tenido razón todo el tiempo.
No sabía amar. Le había dicho que no podía hacerlo y ella se negó a creerle. Ahora tendría que pagar por ello.
Demasiado tarde recordó algo que había leído sobre los tigres: «Los machos de esta especie se desvinculan por completo de la vida familiar. No participan en la cría de los cachorros, ni siquiera los reconocen.»
Gastón iba incluso más lejos. Quería aplastar esa brizna de vida que se había vuelto tan preciosa para ella. Quería destruirla antes de que pudiera llegar al mundo.
—¡Espabila, Rocío! Te toca. —Madeline la agarró y la empujó hacia la puerta trasera del circo.
El foco la iluminó. Desorientada, levantó el brazo, intentando protegerse los ojos.
—... y ninguno de nosotros sabe cuánto le ha costado a esta joven entrar en la pista con su marido.
Rocío se movió automáticamente al compás de la música de la balalaica, mientras Jack contaba la historia de la novia criada en un convento que había sido secuestrada por un poderoso cosaco. Apenas lo escuchó. No veía nada salvo a Gastón, el traidor, en el centro de la pista.
Las luces arrancaban brillos carmesí del látigo que caía hasta sus brillantes botas negras, titilaban en el pelo oscuro de Gastón y en sus pálidos ojos dorados, que brillaban como los de un animal acorralado. Rocío seguía bajo la luz del foco cuando Gastón comenzó a mover el látigo. Pero esa noche el baile del látigo no hablaba de seducción, sino de locura salvaje, de furia.
El público ovacionó con aprobación al principio, pero según transcurría el número, percibió la tensión de Rocío. La comunicación fluida que siempre había existido entre ellos había desaparecido. La joven ni siquiera se sobresaltó cuando Gastón cortó el rollo de papel en su boca, de hecho actuaba como una autómata. La embargaba una desesperación tan profunda que no sentía absolutamente nada.
El ritmo del acto decaía en picado. Gastón destruyó uno de los rollos en dos cortes, otro en cuatro. Olvidó una variante en la que había añadido una serpentina al extremo del rollito, y cuando envolvió las muñecas de Rocío con el látigo, los espectadores se removieron inquietos. En el aire se palpaba la tensión de la pareja y lo que antes había sido un acto de seducción ahora parecía una violenta parodia. En lugar de un marido intentando ganarse el amor de su esposa, el público veía a un hombre peligroso amenazando a una pequeña mujer frágil e indefensa.
Gastón notó lo que ocurría y se dejó llevar por su amor propio. Se dio cuenta de que no podía permitirse el lujo de rodearla con el látigo sin que el público se pusiera en su contra, pero por otro lado necesitaba un gesto final que diera por concluida la actuación antes de indicar a Digger que soltara a Misha.
Deslizó la mirada por el cuerpo de Rocío y sus ojos cayeron sobre la flor de papel que emergía entre sus pechos, y se dio cuenta de que la había olvidado antes. Con un gesto de cabeza le indicó a Rocío lo que iba a hacer. La joven lo observó sin moverse; lo único que quería era acabar de una vez para poder marcharse y ocultarse del mundo.
La música de la balalaica creció en intensidad mientras ella clavaba los ojos en su marido. Si no hubiera estado tan petrificada, se habría dado cuenta del sufrimiento de Gastón, de que lo embargaba una pena tan profunda como la suya.
Él movió los brazos y dio un latigazo con un rápido movimiento de muñeca. La punta del látigo voló hacia ella como docenas de veces antes, pero esta vez
Rocío lo vio todo a cámara lenta. Con una extraña sensación de desapego, ella esperó que volaran los pétalos de la flor, pero en su lugar sintió un dolor abrasador.
Se quedó sin aliento. Una punzada ardiente atravesó su cuerpo cuando el látigo impactó en ella desde el hombro hasta el muslo. La pista comenzó a girar y ella a caer. Pasaron unos segundos y luego volvió a sonar la música, una enérgica y alegre melodía que parecía un extraño contrapunto a aquel dolor tan intenso que le impedía respirar. Sintió que la alzaban unos brazos fuertes y que los payasos entraban a la pista a toda velocidad.
Rocío seguía consciente aunque no quería. A sus oídos llegó una oración. La música, el murmullo del público, todo resonaba débilmente detrás del muro de dolor que la envolvía.
—¡Apártense! ¡Atrás todos!
La voz de Gastón. Era Gastón quien la llevaba en brazos. Gastón, el enemigo. El traidor.
Rocío sintió el duro y cortante frío del exterior cuando la tendió al lado de la carpa. Su marido se inclinó sobre ella, utilizando su cuerpo para ocultarla de los demás.
—Cariño, lo siento. Oh, Dios mío, cuánto lo siento.
Rocío utilizó las fuerzas que le quedaban para apartar la mirada de él y clavarla en la polvorienta lona de nailon. Jadeó de dolor cuando Gastón rozó con una mano los pedazos desgarrados del maillot.
Rocío tenía los labios tan secos y pegados que no podía abrirlos.
—No me toques...
—Déjame ayudarte. —La respiración de Gastón era rápida y entrecortada. —Te llevaré a la caravana.
Rocío gimió cuando la alzó en brazos, odiando que la moviera y la hiciera sentir más dolor.
—Nunca te perdonaré por esto —susurró.
—Ya, ya lo sé.
Una abrasadora estela de fuego le bajaba desde el hombro al centro del pecho y desde el vientre hasta la cadera. Sentía tanto dolor que no se dio cuenta de que habían atravesado el recinto y entrado en la caravana hasta que Gastón la dejó sobre la cama.
Una vez más, Rocío apartó la mirada de él, mordiéndose los labios para no gritar cuando su marido le quitó lentamente el destrozado maillot.
—Tu pecho... —él contuvo el aliento. —Tienes un hematoma, pero no tienes la piel cortada, sólo amoratada.
El colchón se movió cuando él se levantó, pero regresó enseguida.
—Sentirás frío. Voy a ponerte una compresa.
Rocío dio un respingo cuando él le cubrió la piel ardiente con una toalla húmeda y fría. Apretó los párpados, deseando que pasara todo.
La toalla se calentó por la piel ardiente y Gastón se la quitó para reemplazarla por otra. El colchón se hundió de nuevo cuando él se sentó a su lado. Comenzó a hablar, con voz suave y ronca.
—No soy... no soy tan pobre como te he hecho creer. Doy clases en la universidad, pero... pero además me dedico a la compraventa de arte ruso. Y soy asesor en algunos de los mejores museos del país.
Las lágrimas se deslizaron por los párpados de Rocío y cayeron en la almohada. Cuando las compresas comenzaron a surtir efecto, el dolor disminuyó y se convirtió en un latido sordo y vibrante.
Gastón continuó hablando con frases entrecortadas y titubeantes.
—Me consideran una autoridad en iconografía rusa en... en Estados Unidos. Tengo dinero. Prestigio. Pero no quería que lo supieras. Quería que pensaras que era un inculto y pobre trabajador del circo. Quería... ahuyentarte.
—Ya no me importa —se obligó a decir Rocío.
Gastón hablaba ahora con rapidez, como si se le acabara el tiempo.
—Poseo una... una gran casa de ladrillo. En Connecticut, no lejos del campus. —Con un toque ligero como una pluma, reemplazó la compresa por una nueva. —Está repleta de arte y cosas bellas y también... también tengo un granero en la parte de atrás con un establo para Misha.
—Por favor, déjame en paz.
—No sé por qué sigo viajando con el circo. Siempre que lo hago me juro que será la última vez, pero después pasan unos años y comienzo a sentirme inquieto. No importa si estoy en Rusia, en Ucrania, o en Nueva York, al final acabo sintiendo una llamada que me impulsa a volver. Supongo que siempre seré más Dalmau que Romanov.
Ahora que ya no importaba, Gastón le contaba todo aquello que ella le había rogado que le revelara durante meses.
—No quiero oírte más.
Gastón le ahuecó la cintura con la mano en un gesto extrañamente protector.
—Ha sido un accidente. Lo sabes, ¿no? No sabes cuánto lo siento...
—Sólo quiero dormir.
—Rocío, soy un hombre rico. Esa noche, cuando fuimos a cenar, sé que estabas preocupada por la cuenta... No tienes... no tienes que preocuparte nunca más por el dinero.
—No me importa.
—Sé que te duele. Mañana te encontrarás mejor. Te saldrá un moretón doloroso, pero no te quedará cicatriz. —Gastón vaciló como si se diera cuenta de la terrible mentira que había dicho.
—Por favor —dijo ella. —Si te importo algo, déjame en paz.
Hubo un largo silencio. Luego el colchón se movió de nuevo cuando Gastón se inclinó y le rozó los húmedos párpados con los labios.
—Si necesitas algo, enciende la luz. Vendré de inmediato.
Ella esperó que se fuera. Esperó que saliera de la caravana para poder romperse en un millón de pedazos.
Pero Gastón no se apiadó de ella. Levantó la punta de la compresa y sopló con suavidad, enviando una oleada de aire que le enfrió la piel. Algo caliente y húmedo cayó sobre ella, pero Rocío estaba demasiado aturdida para saber lo que era.
Finalmente Gastón se levantó de la cama y la caravana se llenó de los familiares sonidos de su marido cambiándose de ropa: el sordo ruido de las botas contra el suelo, el leve susurro de las lentejuelas al quitarse el fajín rojo, el roce de la cremallera de los vaqueros. Rocío sintió que pasaba una eternidad antes de que oyera cerrarse la puerta.
El gruñido del tigre saludó a Gastón cuando salió de la caravana. Se detuvo en los escalones y tomó aire. Las luces de colores iluminaban los banderines, pero él era incapaz de ver nada más que el obsceno hematoma rojo que cruzaba la frágil piel de Rocío. A Gastón le picaban los ojos por las lágrimas contenidas y le ardían los pulmones. ¿Qué había hecho?
Se acercó a ciegas a la jaula del tigre. La función aún no había terminado. La zona de las caravanas estaba desierta salvo por un par de payasos con los que evitó cruzarse.
Todo había salido mal esa noche.; Por qué no había dado por finalizado el número antes? Debería haberle indicado a Digger que enviara a Misha cuando supo que aquello no iba bien. Pero había estado demasiado furioso. Su orgullo le había exigido que hiciera un truco más para intentar salvar la función. Sólo un truco más, como si eso hubiera podido arreglar algo.
Gastón apretó los párpados. Rocío tenía una piel pálida y delicada. El hematoma le cruzaba el pecho y aquel dulce vientre todavía plano donde crecía su hijo. Su hijo. Ese ser del que le había dicho a Rocío que se deshiciera. Como si Rocío pudiera hacer algo así. Como si él pudiera dejar que lo hiciera. Las feas y horribles palabras que había dicho le resonaron en los oídos. Palabras que ella nunca olvidaría ni perdonaría. Porque ni siquiera Rocío tenía el corazón tan grande como para perdonar algo semejante.
Cuando llegó a la jaula, Sinjun le sostuvo la mirada sin parpadear, con tanta atención que pareció llegar a los rincones más profundos de su alma. ¿Qué veía el tigre? Gastón traspasó la cuerda de seguridad y agarró los barrotes. Aquel lugar frío y vacío que siempre había tenido en su interior había desaparecido, pero ¿qué había ocupado su lugar?
La mirada de Gastón se clavó en la del tigre y se le pusieron los pelos de punta. Por un momento todo quedó en suspenso y luego oyó una voz —su propia voz— diciéndole exactamente lo que veía el tigre.
«Amor.»
El corazón le golpeó las costillas. «Amor.» Ése era el sentimiento que no había reconocido, el sentimiento que había provocado el deshielo. Estaba aprendiendo a amar. Rocío se había dado cuenta. Había sabido lo que le ocurría aunque él lo había negado.
La amaba. Total y absolutamente. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Era más preciosa para él que todos esos iconos antiguos y que las obras de arte que llenaron su vida durante tanto tiempo. Al vivir con ella había aprendido a ser feliz. Rocío le había mostrado la alegría, la pasión, todo... Y lo había hecho con una impresionante humildad. ¿Y qué le había dado él a cambio?
«No te amo, Rocío. Nunca lo haré.»
Apretó los párpados al recordar cómo había negado una y otra vez el precioso regalo que ella le daba. Pero con un valor que le dejaba sin aliento, Rocío había seguido ofreciéndoselo. No importaba cuántas veces hubiera negado Gastón su amor, ella continuaba brindándoselo.
Ahora aquel amor estaba encarnado en el niño que crecía en el vientre de su esposa. El niño que había dicho que no quería. El niño que deseaba con cada latido de su corazón.
¿Qué había hecho? ¿Cómo iba a recuperar a su esposa? Volvió la cabeza hacia la caravana, deseando que la luz estuviera encendida, pero la ventana permanecía en penumbra.
Tenía que ganársela de nuevo, tenía que hacer que perdonara todas las desagradables palabras que había dicho. Había sido tan arrogante, había estado tan ciego, tan obsesionado con el pasado, que le había dado la espalda al futuro. La había traicionado de un modo tan absoluto que nadie en su lugar lo perdonaría.
Pero Rocío no era una mujer común. Para ella amar era tan natural como respirar. No era capaz de contener su amor igual que no era capaz de hacer daño a nadie. Buscaría misericordia en su dulzura y en su generosidad. No tendría más secretos para ella. Le diría todo lo que sentía y, si eso no la ablandaba, le recordaría aquellos votos sagrados que siempre sacaba a relucir. Se aprovecharía de su simpatía, la intimidaría, le haría el amor hasta que no recordara que la había traicionado. Le recordaría que ahora era una Dalmau, y que las mujeres Dalmau luchaban por sus hombres, incluso aunque éstos no se lo merecieran.
La ventana de la caravana seguía a oscuras. Decidió dejarla dormir, darle tiempo para que se recuperara, pero en cuanto amaneciera haría todo lo que estuviera en su mano para ganársela de nuevo.
El circo comenzaba a vaciarse y él se puso a trabajar. Mientras desmontaban la cubierta, pensó en cómo podría demostrarle su amor, cómo podría hacerle ver que, a partir de ahora, todo sería diferente entre ellos. Volvió la mirada a la ventana oscura de la caravana, luego corrió a la camioneta. Diez minutos más tarde, encontró una tienda que abría toda la noche.
No había mucho para elegir, pero se llenó los brazos con todo lo que encontró a su paso: galletitas saladas para niños con forma de animales, un sonajero de plástico azul y un patito amarillo; un ejemplar del libro sobre educación infantil del doctor Spock, un babero de plástico con un conejo de grandes orejas y una caja de harina de avena, porque Rocío tendría que alimentarse bien.
Regresó al circo con los regalos tan rápido como pudo. La bolsa se rompió cuando la agarró del asiento delantero. La cerró con sus grandes manos y corrió hacia la caravana. Cuando Rocío viera todo eso, comprendería lo que ella significaba para él. Lo mucho que quería ese bebé; sabría cuánto la amaba.
Se le cayó el sonajero mientras giraba la manilla de la puerta. El juguete de plástico rebotó en el escalón superior y luego rodó por la hierba. Gastón entró corriendo sin prestarle atención.
Rocío se había ido.

3 comentarios:

  1. este capítulo me dejó con la boca abierta! GENIAL

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  2. No no no se puede haber ido!!!..
    Ahora que gas se dio cuenta de que la ama y que tambien ama a ese bebe qe lleva en el vientre rocio, ella no se puede ir!!!.. espero que la alcance que le diga que la ama!!!

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  3. noooooooooooooo!! no se puede ir!!
    ojala que no se haya ido lejos, quiero que el le dija que la ama y que tambien ama a su hijo...
    ojala que la encuentre y le diga, y si le dice de seguro que ella vuelve con el...
    me dejaste helada...
    espero el proximo...
    porfa subilo rapido...
    BESOS!!!!!!!!!!!!!!!!

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