lunes, 2 de enero de 2012

Cuarta Parte, Capitulo Cuatro

Rochi  aparcó su Escarabajo detrás del BMW de Mery. Al salir del coche, esquivó un montón de nieve sucia. El norte de Illinois vivía en plena ola fría y todo parecía indi­car que iba para largo, pero no le importaba. Febrero era la mejor época del año para acurrucarse junto al calor de un ordenador y un cuaderno de dibujo, o simplemente para so­ñar despierta.



Daphne se moría de ganas de que la bebé conejita fuera lo bastante mayor como para jugar con ella. Se pon­drían faldas con lentejuelas brillantes y dirían: « ¡O lá lá, estás divina!» Luego les lanzarían globos llenos de agua a Benny y a sus amigos.


Rochi estaba contenta de que su charla en la comida li­teraria hubiera terminado y que Phoebe hubiera ido a darle apoyo moral. Aunque le encantaba visitar escuelas para leer­les a los niños, dar charlas para adultos la ponía nerviosa, so­bre todo con un estómago imprevisible.
Hacía ya un mes que había descubierto que estaba em­barazada, y la idea del bebé se hacía cada día más real para ella. No había podido resistir la tentación de comprar un conjunto vaquero en miniatura, y se moría de ganas de em­pezar a ponerse ropa de premamá, aunque, estando sólo de dos meses y medio, aún no resultaba necesario.
Siguió a su hermana hacia el interior de la laberíntica al­quería de piedra. Había pertenecido a Nico antes de que se casara con Mery, y él no había tenido queja cuando Rochi se instaló allí junto a su nueva esposa.
Cafre salió corriendo a recibirlas, mientras que su herma­na Canela, más educada, trotaba detrás. Ro lo había deja­do allí mientras estaba en la comida, y en cuanto colgó su abrigo, se agachó para saludar a los dos perros.
-Hola, Cafre. Hola, Canela, bonita.
Ambos caniches se tumbaron panza arriba para que les rascase la barriga.
Mientras rocío cumplía con sus obligaciones con los pe­rros, vio que María metía el pañuelo Hermés que había lle­vado puesto en el bolsillo de la chaqueta de Amado.
-¿Qué te pasa? -le preguntó Rochi-. Llevas toda la tarde distraída.
-¿Distraída? ¿Por qué lo dices?
Ro sacó el pañuelo y se lo entregó a su hermana.
-Amado dejó de travestirse cuando cumplió los cua­tro años.
-Oh, vaya. Supongo que... -se interrumpió al ver apa­recer a Nico por la parte posterior de la casa.
-¿Qué haces tú aquí? -preguntó Rochi-. Mery me había dicho que estabas de viaje.
-Y lo estaba. -Nicolás besó a su mujer-. Acabo de volver.
-¿Has dormido con la ropa puesta? Tienes muy mal as­pecto.
-Ha sido un vuelo muy largo. Entra en la sala familiar, ¿quieres, Rocío?
-Claro.
Los perros la siguieron mientras se dirigía a la parte pos­terior de la casa. La sala familiar formaba parte del añadido que se había construido al crecer la familia Riera- Igarzabal. Tenía mucho cristal y zonas cómodas para sentarse, algunas con butacas para leer, otra con una mesa para hacer los deberes o jugar. En el mueble para el equipo estéreo de vanguardia había de todo, desde Raffi hasta Rachmaninoff.
-¿Y dónde has ido, si puede saberse? Creía que esta­bas... -Las palabras de Rochi murieron en cuanto vio al hombre alto con el pelo rubio oscuro que estaba en pie en un rincón de la habitación. Los ojos verdes que antes le habían parecido tan atractivos la miraban en aquel momento con una hostilidad declarada.
Su corazón empezó a latir rápidamente. La ropa de Gastón estaba tan arrugada como la de Nicolás, y llevaba barba de varios días. Aunque estaba bronceado, nadie hubiera dicho que acababa de llegar de unas vacaciones de relax. Más bien parecía peligrosamente malhumorado y a punto de estallar.
Rocío recordó la distracción de su hermana de aquella tar­de, su expresión furtiva cuando, justo después de la charla de Rocío, había salido un momento de la sala para responder a una llamada a su teléfono móvil. Aquella reunión no tenía nada de casual. De algún modo, Mery y Nico habían des­cubierto la verdad.
María habló con determinación, pero también con se­renidad.
-Sentémonos.
-Yo me quedaré en pie -dijo Gastón, sin apenas abrir los labios.
Rocío se sintió mareada, enojada y atemorizada.
-No sé qué está pasando aquí, pero no quiero tener na­da que ver con esto -dijo volviéndose; Gastón, sin embargo, dio un paso adelante y le cerró el paso.
-Ni se te ocurra -le espetó.
-Esto no tiene nada que ver contigo -dijo ella.
-No es lo que me han contado. -Sus ojos verdes la atravesaron como témpanos de hielo verde.
-Pues te lo han contado mal.
-Rochi, vamos a sentarnos para poder hablar del tema -dijo María-. Nico ha volado hasta Australia para ir a buscar a Gastón, y lo mínimo que...
-¿Has volado hasta Australia? -interrumpió Rochi volviéndose hacia su cuñado.
Nicolás le dedicó la misma mirada obstinada que Ro había visto en sus ojos el día que se negó a dejarla ir a un campamento mixto tras el baile de despedida del instituto. La misma expre­sión que había observado en su cara cuando no le permitió posponer sus estudios en la universidad para hacer turismo de mochila por toda Europa. Pero ya hacía años que había deja­do de ser una adolescente, y algo se rompió en su interior.
-¡No tenías ningún derecho! -exclamó.
Sin pensárselo, se encontró atravesando la habitación co­mo un rayo con la intención de pegarle.
Rocío no era una persona violenta. Ni siquiera tenía ata­ques de mal humor. Le gustaban los conejitos y los bosques de los cuentos de hadas, las teteras de porcelana y los cami­sones de lino. Nunca le había pegado a nadie, y menos a al­guien a quien quisiera. Aun así, sintió que su mano se cerra­ba formando un puño y volaba hacia su cuñado.
-¿Cómo has podido?
Rochi golpeó a Nicolás en el pecho.
-¡Rocío! -gritó su hermana.
Nico abrió los ojos como platos, asombrado. Cafre empe­zó a ladrar.­
La culpa, la ira y el miedo se fundieron y formaron una bola en el interior de Rochi. Nicolás retrocedió, pero ella fue tras él y le asestó otro golpe.
-¡Esto no es asunto tuyo! -gritó.
-¡Basta, Rochi! -exclamó María.
-No te lo perdonaré nunca-dijo, volviendo a la carga.
-¡Rochi!
-¡Es mi vida! -Las palabras de Rocío se oyeron con toda claridad a pesar de los ladridos enloquecidos de Cafre y las protestas de su hermana-. ¿Por qué no podías quedarte al margen?
Un brazo musculoso la tomó por la cintura antes de que pudiese golpear de nuevo. Cafre aulló. Gas tiró de ella ha­cia su pecho.
-Tal vez será mejor que te calmes.
-¡Suéltame! -gritó, clavándole un codazo.
Gas gruñó, pero no la soltó.
Cafre le mordió el tobillo.
Gas gañó, y Rochi le dio otro codazo.
Gastón empezó a soltar tacos.
Nico se unió a él.
-¡Por el amor de Dios!
Un pitido estridente se adueñó de la sala.

2 comentarios:

  1. hola!! hace unos dias empeze a leer la nove!! la verdad muy buena, ya quiero ver como sigue, y como reaccionan los rubios. espero el proximo ;)

    Beso-

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  2. No te mereces q te comente lo sabes pero igual aca estoy xq SOY BUENA!!! Y encima te hago propaganda xq Belu la chica q firmo arriba es MI Socia y yo le dije q te leyera, q esta nove es INCREIBLEEE!!! Besar a un angel ya la leyo...

    Xq cortas los caps cuando son tan cortos??? no ves q nos dejas con la sangre en el ojoooooo!!! Grrrrrrrrrrrrrrrrr...

    Rocio tiene toda la razon en golpear a Nico y en partirle algo en la cabeza tambien, quien corno se cree q es??? si ella queria ser madre soltera estaba en todo su derechoooooo... me cae horribleee... osea si qria q Gas se entere pero no x él, cualkieraaaaaa!!! Ame a Gas agarrandolaaa, leeendo!!!

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